REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Confabulario

Relatos


Helmut Jeri

EL ESPEJISMO

Un hombre que vagaba perdido por el desierto de Ica, se encontró repentinamente con un huarango, se preguntó con extrañeza qué hacía tal árbol en medio de la nada, pero luego, recordando su condición se respondió a sí mismo:
- Debe ser un espejismo.
Un huarango que yacía erguido en las profundidades del desierto de Ica, se encontró repentinamente con un hombre, se preguntó con extrañeza qué hacía aquel hombre en medio de la nada, pero luego, recordando su condición se respondió a sí mismo:
- Debe ser un espejismo.
Pocos días después el hombre cayó abatido por el hambre y la sed. El huarango en cambio, fue visto nuevamente, no sólo durante esa temporada, sino los siguientes cuatrocientos años.
Quedó entonces absuelta la duda sobre cuál de los dos era el espejismo.

* Huarango: Árbol nativo de la zona del valle de Ica–Perú.

LECCIÓN DE FIDELIDAD

Un prestigioso médico fue hallado sin vida en una habitación de su casa. Sin vida y sin corazón para ser precisos, mientras en su sótano se encontró una niña de 11 años encadenada a una columna. El macabro suceso abrió las páginas de una historia increíble, cuando no, terrorífica.
El sujeto asesinado había utilizado perfectamente su profesión como careta para cubrir sus perversiones, se trataba de un pedófilo en extremo grado, pero que, por su estatus social, era incapaz de levantar sospecha alguna. Hace 5 años había secuestrado a una niña, no dejó rastro, huella, ni pista alguna; con el transcurrir del tiempo, el caso se cerró y pasó al olvido, incluso la familia abandonó toda esperanza. Pero una mañana, la niña apareció en la puerta de su casa -ahora con 15 años- sorprendiendo al mundo entero, sin embargo, cuando apenas se retomaban las investigaciones y empezaban a esbozarse los partes policiales, la muchacha desapareció nuevamente, tal como sucedió la primera vez. La historia se convirtió en un cuento de horror, no sólo porque la familia volvía a padecer el mismo dolor que ya había vivido, sino porque sospechaban que algún acontecimiento más oscuro se escondía detrás de todo este funesto capítulo.
3 años después -también de mañana- la muchacha apareció nuevamente. La pesadilla estaba vigente, pero cuando se le preguntó qué le había ocurrido, ella respondió con naturalidad:
-Me perdí dando un paseo.
De los rasgos de la chica se comentó luego, que hablaba muy poco y que su mirada dejaba ver un destello de ira. El caso se aproximaba más a una triste leyenda urbana, hasta que se conoció el desenlace.
La noche del asesinato del doctor, una muchacha fue vista entrando y saliendo de la casa, portando una bolsa oscura, fue capturada poco después. Era ella, la niña, adolescente, ahora mujer. Ya en el interrogatorio, dio una respuesta escalofriante:
-¿Usted asesinó al doctor?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque era un maldito.
-¿Porqué fue quien la secuestró?
-No.
-¿Entonces?
-Fue por la niña que encontraron en su sótano.
-¡Ahh! Obviamente quisiste hacer justicia y que no le pasara lo mismo que te pasó a ti
-¿Justicia? bah, lo hice porque no le iba a permitir semejante infidelidad.


LECCIÓN DE ORGULLO

Érase una vez una mujer que escuchaba con demasiada agudeza gracias a una falla en la conformación de su estructura auditiva; le decía un médico amigo en son de broma que sus oídos además del yunque y el martillo también tenían al herrero, lo cierto es que, esta extraña facultad le daba a la dama un tufillo de poder, puesto que queriendo o sin querer, se enteraba de lo que quería y no quería saber; ya en los centros comerciales sabía de antemano qué productos iba a comprar cada quien, ya en misa, compartía con el cura los secretos de los pecadores, ya al pasar por los parques, se enteraba de las promesas de amor que se prodigaban las parejas; sin embargo, su mayor deleite yacía en el lugar donde vivía; un condominio con decenas de casas, de las que bien disfrutaba de cada historia, lo que se dice, la vida y milagros de los vecinos; los aniversarios, los pleitos, las fechas para las audiencias de divorcio, y los meses de gestación de las mujeres preñadas, la cantidad de coscorrones que recibía el niño que tiraba el plato de comida y los que recibía el marido que llegaba tarde, la tos de los viejos y los estornudos de los alérgicos, todo registrado en la memoria gracias a su prodigioso oído, que además, en las noches hacían la escena mucho más interesante, pues gracias a su facultad, conocía muy bien la calidad de unos y otros amantes, le bastaba oír un gemido o una exhalación para saber de tal o cual vecino se trataba, sabía cuánto duraba la cópula en cada casa, y también estaba bien enterada de las posturas favoritas y de las perversiones de cada pareja. Todo el deleite carnal a su servicio.
Cierta noche, mientras la pasaba en vela esperando a que su marido volviera a casa, fue alertada por sonidos desconocidos, el ruido la ubicaba a sólo 4 casas de la suya y siguiendo un sendero imaginario, entraba por la puerta principal, recorría la sala, después un estrecho pasadizo y terminaba en una habitación, de ahí provenía lo que ahora con más claridad se entendía, eran unos gemidos quedos pero intensos, esa tenía que ser la señora Clarisa, la exuberante dama cuarentona que se expresaba siempre en voz baja debido a su bien ganada fama de casquivana, aprovechando que el marido pasaba temporadas largas viajando. Pero lo que se hizo indescifrable en aquel instante fue reconocer al caballero de turno, esa voz le parecía conocida, pero no era sencillo identificarla, mentalmente hizo una lista de los posibles amantes ocasionales, y no parecía ser alguno de los vecinos, pero tampoco era nuevo, la había escuchado antes, finalmente, después de tanto pensar y aguzar el oído más que de costumbre, encontró la respuesta, que le llegó como una descarga eléctrica soberbia, hasta los huesos. Era su marido. La mujer cayó desecha al piso y por primera vez en su existencia, maldijo la desgracia de escuchar más de lo que debía. Lloró todas las horas que estuvo sola, lloró todo lo que pudo, lloró su medio siglo de vida, pero finalmente, después de mucho cavilar y antes que regrese el infiel -sin parar de llorar un solo minuto- tomó una decisión; entró en el dormitorio, abrió el cajón de la cómoda, buscó entre la ropa de invierno y sacó un revólver que cargó con 2 balas. Y siguió llorando.
Mientras preparaba el arma, pensaba en la mesalina que había engatusado a su marido, en el desgraciado aquél que soportó durante 25 años y que merecía como mínimo la muerte, en la maldición de su súper oído que de ninguna manera compensaba una vida invadiendo la privacidad de las personas por el dolor causado tras la perfidia de su marido, pues finalmente, ojos que no ven... mejor dicho, oídos que no escuchan…
En cuanto el marido abrió la puerta se oyeron 2 disparos consecutivos, el tipo cayó de hinojos, absorto, confundido por los hechos, con la mirada perdida en el horizonte formado entre la sombra del sofá más grande y la ventana. Cerró los ojos. No tuvo tiempo para despedirse.
La mujer cayó de bruces al piso, estremecida por el espantoso estruendo del martillo impactando la aguja. Pero minutos después se levantó, exactamente al mismo tiempo que el marido, que la observó con los ojos llenos de regocijo, como quien agradece un milagro, aunque en ella no había cesado el fuego al mirar, hubiera querido quemar al desgraciado sin errar en el intento.
En el vecindario, el estruendo alarmó a propios y extraños, que se asomaron a la casa de los disparos temiendo lo peor, esperaban presenciar en primera fila un cruento crimen pasional, empero, lo que encontraron fue mucho más sorprendente: La mujer engañada había dado 2 tiros al vacío, pegándose el revolver a uno y otro oído para perforar sus tímpanos con el fragor. El motivo fue simple: no quería volver a escuchar el triste canto de sus lágrimas al tocar el piso, pues sabía que se pasaría llorando, el resto de su vida.