REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Confabulario

Monólogo felino


Leonardo Compañ Jassol

ARGUMENTO: mientras una mujer espera la llegada de su hija, extraviada hace muchos años, recapitula su vida entre perros y gatos para descubrir que siempre ha estado sola, debe liberarse de su esperanza y comenzar a morir.

PERSONAJE ÚNICO: Alba, mujer mayor de 60 años, vestida sencillamente, con falda sucia y maltratada. Sus modales, no obstante, indican aristocracia.
Un atisbo de cólera y decepción alcanza a percibirse al fondo de sus ojos tristes. Sin embargo, el breve rictus de energía que dibujan sus labios, sellados por las quijadas, indica un carácter decisivo y determinante.
A pesar de esto, habla con dulzura a los perros y los gatos que la rodean; su voz es casi infantil.
Pero cuando mira sus recuerdos el tono es duro y grave, por el dolor y la soledad. Hay veces en que la belleza, o el gozo, de la imagen o el momento, se imponen y, entonces, su mirada se pierde en la nada y su palabra corre como agua de cristal.

ESCENA ÚNICA: Se desenvuelve en un cuarto en obra negra, con ventanas, pero sin cristales, donde se mira un sillón de madera, con el tejido de palma ya carcomido por la humedad y el uso, de un lado y; del otro, un camastro.
Enmedio, una mesa de pino con trastes sucios y una botella de agua.
Sonido de perros y gatos: ladridos, runruneos, gruñidos y maúllos.

MONÓLOGO:

(Al fondo se oye el canto de un gallo)

(Sentada en el sillón y desperezándose) Canta el sol, entre sus plumas de oro y sangre. Amanece. Hace apenas un momento las lágrimas de la luna entraban por el ventanal. Seguro lloraba por Doris. Ha estado muy enfermita la pobre. ¿Doris? ¿Doris?
(Se pone de pié y voltea alrededor del cuarto buscando) ¿Dónde anda mi gatita consentida?
(Caminando y buscando) Vete para allá.
(Se acuclilla y habla) No, todavía no hay pollito. Espera a que venga Refugio.
(De nuevo se pone de pié y, desde ahí, habla) ¡Eres un goloso, Canelo! Dime ¿dónde anda Doris?
(Nuevamente se sienta y acaricia la cabeza del perro) Un día, te platico, así comencé a buscarla.
(Mira hacia el suelo) Era pequeñita. Si vieras cómo le lucía su vestidito carmesí. Bueno, estaba peloncita, por eso le gustaba usar diadema.
(Sonríe con añoranza) La llevamos su papá y yo al parque. Le compramos su pelotita y, me acuerdo, un globito.
(Voltea a mirar al perro, con cierta severidad dulce) ¿Por qué les gustarán tanto los globos a los niños?
(Regreso a su recuerdo, pero sin sonreír) Su papá jugaba con ella. Los miraba desde el pasto. Mi corazón lucía ropas de alegría y olía a jazmín. Me recosté y, sin querer, me quedé dormida.
Eso supongo, porque me vi con ellos al borde de una montaña:
(Sus ojos y su sonrisa se iluminan de gozo) los tres, tomados de la mano, a punto de caminar sobre los rayos de la madrugada, con ese maravilloso abismo abierto bajo de nuestros pies.
(Hace como si mirara al perro) ¡Volamos, Canelo, volamos!; aunque no lo creas.
(Mueca de amargura y decepción, sin dejar la mirada extraviada hacia el suelo) La Aurora, no obstante, se puso pálida. Sus dedos dejaron el suave sonrojo de los antiguos días en Troya y se volvieron duro suelo de jardín, ríspida corteza de árbol, bisturí de luz al mediodía, que rompe la visión y golpea con el silencio y la distancia.
(Abre su mirada con sorpresa, sin dejar el brillo del extravío) Desperté. Ahora, todavía espero que mi niña regrese.
(Se ilumina de esperanza su rostro) ¿Te imaginas? Será toda una mujer. Me pregunto: ¿qué haré si me trae a los nietos? ¿Cómo les enseñaré a convivir con ustedes? Pero los cuidarán ¡eh! (Se queda meditabunda)
(Suspiro y mirada, entre nostalgia y evocación) Esa mañana, era domingo, caminé el hueco de la ausencia; los busqué.
(Frunce el ceño y mira al público) Dolor y angustia, navajas del destino, sangraban la flor de mi pecho. Aún la gota de leche coronaba mis senos.
(Se pone nuevamente de pié, va hacia la ventana, desde la cual entra ya la luz del día, se toma de las manos y, con tristeza y resignación, sigue hablando) Nací, entonces, de nuevo y nunca pude liberarme del primer llanto. Ese día, pregunté a los que paseaban por ahí. Al otro, volví a hacerlo. Luego, vinieron otros más y de tanto inquirir la locura enturbió mis ojos hasta preferir el útero, donde ahora ustedes nacen y mueren, bajo mis cuidados.
(Contempla sus perros y sus gatos, mientras camina hacia el proscenio) La primera fue Corina: afelpadita, gris y de insinuantes ágatas en su mirar de hielo.
(Muestra una breve sonrisa. Se detiene) Luego, vinieron Trompo, Rigoleto, Barbas, Pachita, Bolita y otros perritos y gatitos que ya no conociste.
(Revisa debajo de la cama) Ni siquiera sus huesitos. Los de Pachita parecían de marfil. Los de Rigoleto, no; más bien rayaban en amarillo negruzco, como el de las ciruelas.
(Recarga sus brazos sobre la mesa y lanza su mirada hacia el telón) De niña me gustaba comer ciruelas. Un gran y frondoso ciruelo coronaba el jardín de la casa. En una de sus firmes ramas, papá colgó un columpio y me mecía por las tardes. Durante el otoño, volaban las risas sobre el viento, doradas por las hojas al caer. Pero se vestían de bugambilias rosa, roja y morada y olían a azahar, en la primavera.
(Después de un breve silencio, evoca con voz casi infantil) Una tarde, llegó la tía Chipis a visitarnos. Le decía “Chipis” por sus chapitas en perenne rubor.
(Deja ver en su mirada alegría de niña, eleva un poco su tono de voz y da muestras de entusiasmo) Cuando la veía, corría a sus brazos y la llenaba de besos. Ella, a cambio, me daba dulces, chocolates y, a veces, hasta la preciosa muñequita que aún conservo en el ropero…
(Señala al fondo, en dirección contraria a la ventana y en tono entre severo y cariñoso continúa hablando) ¡Ésa! Mírala bien, porque no quiero que ninguno se le acerque.
(Luego de dar unos pasos en dirección contraria hacia donde está parada, continúa) En esa ocasión, me dijo: “Alba, vengo por ti para llevarte a mi casa. Me acompañarás algunos días: iremos al cine, al circo y comeremos churros con chocolate espumoso. ¿Qué te parece? Le pido permiso a mamá y te ayudo a guardar tu ropa, tu peine y tu cepillo de dientes”.
(Levanta la mirada hacia los reflectores pero frente al público y exclama) Me puse feliz. De nuevo le di un abrazo y más besos.
(Se sienta nuevamente y continúa con su tono de voz inicial) Dentro de casa, mamá y abuelita caminaban de la cocina a la recámara. Entraban y salían muy misteriosas. Tía las saludó y musitaron no sé qué cosas.
Vino hacia mí, me tomó de la mano y me dijo:
(Se pone seria y adopta aire de autoridad.) “Alba, ya me dio permiso, vamos a tu habitación para preparar la maleta”. Empacamos, nos despedimos de mamá y abuelita.
(Baja su voz, la hace apenas audible y vuelve de nuevo su mirada al suelo) Hubiera querido despedirme de papá, pero supuse que estaba en el trabajo.
(Levanta de nuevo su rostro y sigue con el recuerdo) En casa de tía Chipis todo fue contento, juego y diversión. Cuando salía, me encargaba con la señora que hacía el aseo.
(Mira dulcemente hacia sus perros y gatos) Contaba historias de princesas, reyes y duendes. También de animalitos: el zorro y la garza, las ranitas y el león, el jaguar y el tlacuache. Aprendí que también hablan, aunque no los sabemos entender.
(Acariciando al perro) Unos, incluso, antes fueron humanos.
Salía a la azoteuela y platicaba con Gunter. Tía Chipis lo mimaba mucho y yo lo regañaba para que dejara de ser grosero. Movía de un lado a otro la cabeza, sin dejarme de mirar con sus ojos tristes, y cuando menos lo esperaba recibía un lenguetazo en la cara. (Coloca el dorso de la mano sobre una de sus mejillas, como limpiándose. Risas breves y tímidas).
(Se reclina, en el sillón, hacia atrás y descansa sus manos al centro de sus piernas, en una postura semejante a la fetal) Cuando tía Chipis me regresó a casa, llegué corriendo y gritando de alegría. Besé a mamá y abuelita, pero como no estaba papá pensé en darle la sorpresa.
(Tras un breve silencio, toma los brazos del sillón y se reclina hacia el frente) Cuándo me iba a imaginar que la recibiría yo. “Alba -me dijo mamá- papá se ha ido al cielo”.
(Señala hacia la ventana y continúa hablando) Volteé a la ventana y miré cómo sobrevolaban en círculo varias águilas. <<¡Ah!, entonces papá -dije- trabaja de águila>>. (Breve silencio para dejar que el público sonría)
(Viendo al público, con gesto de reclamo y en tono de confidencia) A pesar de las explicaciones, cada que me columpiaba y miraba volar a una de ellas creía que papá me cuidaba.
(Se ensombrece su voz y, después de breve pausa, habla) Sólo el tenue hilo de una pregunta lastimaba mi corazón: ¿Por qué se fue y nos dejó solas?
(Retoma el tono inicial de su voz al evocar) Cuando cumplí 15 años, muy de mañana, llegó la tía Chipis en su carrito. Fuimos al panteón.
Ahí, frente a la tumba de mi padre, al colocar las flores desperté.
(Voz entrecortada por llanto y silencios) Comprendí lo que mamá trató de explicarme.
(Después de un silencio, en que se recobra del sollozo, dice en tono grave y seco, irguiendo la cabeza con orgullo) No obstante, cada que miro el vuelo del águila me siento protegida por papá.
(Retoma el tono inicial de su discurso) Por él conocí mundo y lenguas. Le gustaba mucho viajar.
(Mira hacia el público) “La única lengua universal -decía-, no lenguaje, es la música”. E ingresé al Conservatorio. Aprendí a tocar viola da gamba. También, a componer.
(Se dulcifica el tono de su voz como preludio a lo que dirá) Y, en la clase de Dirección, lo descubrí:
(Su rostro se vuelve amoroso) Cabellos de oro hasta los hombros, ojos pequeños color olivo y nariz aquilina, de emperador persa.
(Frunce un poco el seño y muestra un gesto de fuerza, que remarca cerrando un puño) Sus delgados labios, carnosos hacia el centro, se elevaban cuando dirigía, como solicitando amor y piedad. Entonces, inclinaba la cabeza, vencido por la cúpula frontal de su cráneo, y su beso formaba un triángulo pictórico con su mirada, donde el sonido era forma y la nota, color.
(Después de una pausa, una leve sonrisa amorosa, con mirada dulce y brillante) Me enamoré.
(Hablando más rápido y con cierta coquetería) No era la única, por cierto; varias lo codiciaban.
(Lo dice coquetamente y con fingido gesto de enojo y altivez). Cada que podían se le insinuaban, le hacían plática y no faltó la atrevida que, de plano, se le declaró.
(Tras un breve silencio, exclama despectivamente, pero sin amargura, mirando al público). ¡Locas! (breve silencio para que el público ría un poco)
(Retoma el tono inicial de su discurso) Pero él tampoco les hacía caso; estaba concentrado en la música. Incluso, llegué a pensar que no le gustaban las mujeres. Entonces, me dediqué a estudiar.
(Se pone de pié y finge tocar la viola) Practicaba la viola horas enteras, porque mis dedos son pequeños y no resultaba fácil extraerle su sonido grave y redondo. (Voltea a ver sus manos moviendo los dedos y mostrándolas al público, desde las palmas)
(Retoma su discurso, pero de pié) Llegó el día del examen de dirección. A su turno, cada uno dejaba su lugar en la orquesta y pasaba a tomar la batuta, ante la mirada severa del maestro y las sonrisas complacientes de los familiares y amigos, que integraban el público.
Las diversas piezas fueron ejecutándose en sus términos, a veces sostenidas por la inercia misma de los ensayos y, otras, por alguna conducción brillante.
Sin embargo,
(Pausa para resaltar lo que dirá) cuando él se colocó frente al atril, después de hacer los debidos saludos al público,
(Nueva pausa, pero con gesto de orgullo y admiración) un gran silencio lo rodeó al tomar la batuta.
(Con la mirada hacia el fondo del teatro, encima del público, como viendo la imagen) De inmediato su presencia, delgada y alta, se puso de relieve.
(Baja un poco la cabeza y sigue hablando, sin dejar de mirar hacia el fondo) Inclinó hacia el frente la cabeza,
(Levanta los brazos) levantó sus brazos,
(Queda en silencio y recorre con su mirada hacia el público) nos miró con el verde profundo de sus ojos, e iniciamos, de pronto, el vuelo.
(Retoma su discurso inicial sólo para puntualizar) Era un concierto de Spontini para violín y viola da gamba y yo debía tocar algunos solos.
Cuando acabamos,
(Pausa) nadie aplaudió, pero al maestro las lágrimas se le agolpaban entre los párpados.
(Eleva el tono de su voz, acelera su discurso y muestra gran entusiasmo, con la vista de nuevo encima del público como viendo la escena) No pasó mucho tiempo, unos segundos tal vez, cuando el público aplaudió fuerte y nutridamente, se puso de pié y comenzó a ovacionarlo con sus “¡bravo!”, “¡hurra!”, “¡viva!”, “¡otra!”
(Silencio. Mira hacia la nada y respira con rapidez).
(Retoma el tono de su discurso) Ya en el convivio, se me acercó ofreciéndome una copa de vino tinto.
(En voz baja y mirando pícara y de soslayo al público, como haciéndole una confidencia) ¡Jamás había bebido nada!
(Retoma su discurso, pero elevando la voz) Cuando me preguntó mi nombre, le dije:
(Gesto de fingido reclamo y con cierto aire de ofendida) <