REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Trancos van y Trancos vienen y parece que los motivos que los hacen vivir siguen vivitos y coleando. Sí, por ejemplo, a semejanza de los Trancos del maestro Bracho, la vida tiene una similitud maquiavélica con ellos, sí, de verdad, la vida en realidad está compuesta de Trancos. Ni hablar. Es la neta. La vida se vive en Trancos. Bien, aceptado eso y así las cosas vayamos ahora a la realidad que nos apabulla, vamos a vivir el Tranco de este día, y éste nos dice que hay que gozar que hay que estar alegres y contentos que hay que brindar y hay que sacarle jugo a todo lo que se nos presente, y si es una mujer -Bracho’s dixit- , una Venus ¡qué mejor! ¡qué alegría! ¡qué dicha maravillosa! Eso, el encuentro con una mujer es lo que marca la diferencia de estar en el Infierno o en el Cielo, es claro que el Cielo está asignado a perpetuidad para todo hombre que con una mujer se encuentre. Dicho esto y para dar paso al Tranco y sustentarlo, este siete veces H. Consejo Editorial, dado el infernal calor que se abate sobre nuestros inmaculados cuerpos, estamos ahora mismo en sesión permanente y despachando desde las gratas y frescas paredes de Mi Oficina. Le atinó usted, lectora pluscuamperfecta: es una cantina en donde fluyen con singular alegría las cubas y los tequilas y los rones, y en donde María, la novia, la mujer, la amiga, la amante, la maga, la hechicera que arropa al maestro Bracho, nos atiende, nos trata como si fuéramos príncipes de Siam, como si fuéramos señores del México antiguo. Eso vale. Pero, amigas insumisas, mejor dejemos que fluya el Tranco que nos envía el señor Bracho:
Pues nada, que el calor que en este París se abate nos hace pensar en los icebergs, en los hielos eternos de la Antártida, nos hace añorar el iglú y el aire del casquete polar. De manera que el estar en un café al aire libre en Champs-Elysées, con el sombrero Panamá cubriéndonos la testa, con un expreso en la mesa y esperando turno para después del café, una Perrier con un vaso repleto de hielo, hace que estemos en el mismo Edén. Sentado. Despatarrado. No pensando en nada de las cosas de la nefasta y cínica política que practican con singular alegría diputados y senadores y gobernadores y presidentes del país que antes era libre y soberano y que pertenecía a los mexicanos. No, nada de pensar en fraudes y asesinatos, no traer a la memoria los asaltos y las matazones en las que soldados y narcos se enfrentan y dejan saldos que son una vergüenza. No, nada de eso. Poner la mente aquí en París, sorber el café, saborearlo con lentitud pasmosa, alegrar los ojos y el pensamiento echarlo a volar al ver pasar a las parisinas que, como digo, el calor está a peso, llevan faldas ligeras y minúsculas y por lo tanto, para deleite carnal, nos dejan ver las curvas y los promontorios más peleados y más deseados por las manos del hombre inquieto. Sonreír ante el ritmo de sus pasos, aplaudir el movimiento de sus caderas y sucumbir ante sus pisadas suculentas. Sí, ése es un desfile maravilloso, bello e interminable. Y así pasar varias horas dedicadas a la adoración femenil, pasar horas enteras tratando de leer lo que sus azules ojos nos dicen, tratando de descifrar el lenguaje oculto de sus cuerpo. Aventura del espíritu y del pensamiento la que se vive en esta avenida de ensueño. Y luego caminar por el Bois de Boulogne, mirar los árboles que con sus ramas y sus hojas nos ayudan a mitigar los rayos del sol hiriente. Y ver a las caminantes, a las deportistas que metidas en sus minúsculos arreos, corren como gacelas, y es en ese momento cuando me entran enormes deseos de ser un tigre o un león o un leopardo. Y luego al Siene, y allí, sentado en el bateau mouche, ver cómo pasamos por las torres enhiestas de Nôtre Dame, y sentir el suave vaivén de las pequeñas olas que le dan sabor al viaje. Y tomarse un vodka, y sentir la brisa y ver pasar los edificios que son el orgullo nacional francés, y ver las playas artificiales que a los lados del río las autoridades han implementado varias. Y claro, las parisinas en su traje de baño -que yo- maligno ser, se los quito sin pedir siquiera algún permiso. Sí, vivir la vida parisina a Trancos. Trancos vitales, Trancos que me dan aire, Trancos galos que me llenan el cuerpo de coraje, Trancos que vivo en la Tour Eiffel, trepado hasta lo más alto y que me permite observar el transcurso de la vida que los parisinos gozan. Y no pensar, como arriba digo, en la venta al mejor postor que de la república hacen los polacos mexicas. No, mejor que eso meterme raudo al d´Orsay, y quedarme absorto ante las obras de Van Gogh, y pensar en la cara Italia de Modigliani. Y volar con ellos al infinito azul.
Eso, lectoras no pripanistas, es vivir la vida a grandes y raudos Trancos. Trancos que me llevan a otros mundos mejores. Así que a seguir el impulso del siguiente Tranco y esperar su mágico desenlace. A vivir, pues, los Trancos que la vida nos depare. Vale. Abur.