REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 12 | 2019
   

Confabulario

El peón que quería ser Rey


Juan Carlos Fonseca

Todo marchaba en orden en el Reino del Ajedrez. Las partidas, la multitud de partidas que se jugaban en ese momento, se daban en armonía con las Leyes que rigen al juego: los caballos brincaban, los alfiles hacían en ocasiones largos recorridos, al igual que las torres y la dama desfilaba por el tablero, todo para conquistar al Rey contrario y guarecer al propio.
Pero ¿y los peones? Bueno, ellos desde luego participaban también en la lucha, con su capacidad particular, abriendo brechas y sacrificándose en muchas ocasiones para ofrecer una posición ganadora a su bando… y también coronándose.
Todo marchaba en orden en una de tantas partidas, hasta que en un decidido movimiento un peón llegó a la octava fila, por lo que en consecuencia había que coronarlo.
En lo que el autor de dicha coronación razonaba cómo iba a promoverlo, el peón empezó a cobrar vida. Sí, por alguna razón insospechada y contraria a todas las leyes de la naturaleza, ese peón empezó a moverse y a manifestar que estaba vivo, eso sí, sin dejar ni por un momento el escaque que le correspondía.
-No -dijo el peón-
-¿No qué? -contestó con miedo e ingenuidad el jugador.
-No voy a aceptar ser pieza. No me interesa ser torre, ni caballo o alfil. Mucho menos una dama.
- Es que te tengo que coronar, ya casi ganamos -replicó el jugador.
- Eso no me interesa. Yo lo que quiero es ser Rey.
-¿REY?, expresaron todas las piezas del tablero que por un momento también cobraron vida.
-Sí, REY -afirmó el peón contundentemente.
-Es que eso no es posible -replicó la Dama-, la cual se encontraba fuera del tablero y estaba ansiosa por regresar al juego.
-¿No prefieres ser una torre?, le dijo la torre.
-¿O un caballo o un alfil?, replicaron las piezas menores.
- NOOOO. YO QUIERO SER UN REY, -dijo el peón-.
-Es que eso no es posible, -contestaron al unísono las piezas, en voz baja, para no despertar al Rey que se encontraba dormido en su enroque, porque así son los Reyes, de las cosas importantes que ocurren en sus Reinos nunca se enteran, hasta que va alguien y les dice. -Pues si no es posible, yo prefiero quedarme aquí, en la octava fila siendo un peón, -dijo el peón con aspiraciones de realeza.
-Eso tampoco es posible, ya que la partida tiene que continuar, además, con tu rebeldía has causado que todo se haya detenido en el Reino del Ajedrez.
-No me importa. Yo tengo derecho a tener aspiraciones.
-Pero, ¿Es qué no te basta con ser una Dama, o una Torre, o un Alfil o un Caballo?, replicó Don Tablero, que también había empezado a intervenir en la discusión.
-No, no me basta y si escuchan mis razones, tal vez me entiendan, -señaló el peón.
-Pues dinos tus razones, -replicó la Dama, con una mezcla de curiosidad y mal humor.
Entonces, todos se sentaron alrededor del peón, el cual, sin dejar su escaque de coronación, argumentó:
-Yo soy un peón y lo he sido desde tiempos inmemoriales. Desde que existo, ni siquiera se me considera pieza. Todos los días tengo que levantarme desde temprano y arar el campo en tiempos de paz y presentarme a la guerra cuando hay conflictos. Yo, al igual que mi padre y que mi abuelo he mirado siempre con ambición y tristeza pero a su vez con respeto, el enorme castillo que cobija al Rey, el cual no sólo tiene comodidades, ésas en realidad ni siquiera me importan mucho, sino más bien todas las responsabilidades que implica gobernar.
Yo he visto a más de un Rey cometer torpezas y dejarse matar desconsideradamente mientras los peones a su alrededor eran sacrificados uno tras otro para salvarlo. Peor o mejor aún, he visto más de un peón avanzar, tomar o sacrificarse en el momento oportuno y definir partidas enteras, todo para defender al Rey, al cual ni siquiera podemos mirar de frente, porque él es un Rey y nosotros somos peones.
Cuando acudimos a algún lugar, en donde el Rey se presenta, a él lo anuncian y a nosotros nos ignoran y todavía tenemos que aplaudir por ello. El Rey, en realidad nos representa, pero es tratado como si fuera alguien especial y no como el que llevara todas las inquietudes del pueblo.
Además, los Reyes, cuando se saben con esa encomienda, se vuelven soberbios, flojos y amanerados y ya no les preocupa igual el pueblo. Sólo les interesa banquetear y holgazanear, aunque digan que trabajan mucho, su labor nunca se comparará a la de un peón, que tiene que madrugar todos los días y viajar a su lugar de trabajo en las peores condiciones y aguantar lo peor siempre, las peores labores, los peores horarios, los peores salarios, porque es un peón y porque de acuerdo a las reglas del Ajedrez, sólo puede aspirar, si sobrevive a la lucha, a ser una pieza.
Confieso que en el fondo también quiero ser un Rey holgazán, quiero banquetear y tener todas las Damas posibles a mi alrededor y ser el centro de la partida. Sí, me gusta ser peón, pero ya me harté de que al final, nadie me haga caso, que yo no sea importante para nadie, ni siquiera para los demás peones, salvo que me convierta en pieza, porque entonces sí me adularán y querrán que los proteja.
Es por eso, por razones individuales, tan individuales como este juego que quiero ser Rey.
-Sí, está muy bien todo lo que dices, pero las reglas del ajedrez no lo permiten. Tú no puedes ser Rey.
-Eso es lo más lamentable de todo, que aunque yo tuviera la capacidad para ser Rey, quizá un Rey más valiente y capaz que el que tenemos, que sigue ahí durmiendo, mientras nosotros discutimos los asuntos del Reino y al que tengo que rendir pleitesía aunque en muchas ocasiones haga jugadas erróneas que atenten contra los peones y las propias piezas.
-Sí, pero eres solamente un peón ¿Cómo podemos saber que tienes algún talento? No podemos arriesgarnos. No tienes el “perfil” de Rey, argumentó una torre.
-Ni lo tendré nunca si no recibo la oportunidad de coronarme, sin limitaciones, porque este juego podrá ser hermoso, pero está lleno de limitaciones. Desde los escaques que son cuadrados, hasta las reglas, que si bien por un lado le dan orden, también le quitan posibilidades. A la larga, sólo se solapa, dijo el peón.
-Bueno ¿Y qué es lo que propones, entonces dijo el Rey? Quien ya había escuchado todo, pero a quien no hacía mucha gracia las aspiraciones del peón.
-Exijo un plebiscito, en el que participen todas las piezas y peones del mundo del Ajedrez, de otra manera no me moveré de aquí y no podrá continuar el juego.
-Está bien, concedido, -dijo el Rey.
Entonces se dio a conocer el plebiscito por todo el Reino del Ajedrez, se le avisó a Caissa, la musa del juego, así como a Tablas, el más salomónico, pero no siempre el más justo de todos los integrantes del Reino. Don Tablero también participaría y desde luego todas las piezas y peones del Reino del Ajedrez.
En el fondo, todos estaban de acuerdo en que el Peón que quería ser Rey, lograra sus aspiraciones, pero estaban llenos de temores, ya que había varios inconvenientes: El primero era que si un peón lograba ser Rey, todos los peones aspirarían a lo mismo, lo cual quitaría a la investidura real su razón de ser y rebajaría a la realeza. En segundo término, el juego se vería trastornado, toda su tradición y teoría se verían deformadas porque ahora habría que dar jaque mate a muchos Reyes, todos los que el tablero pudiera aceptar y en tercero, las piezas también se podrían revelar y todos podrían querer ser Reyes, lo cual podría convertir al ajedrez en algo así como un juego de Damas, pero con Reyes, con todas las limitaciones que ello supone. Bueno, en fin que el Ajedrez perdería su razón y sentido de ser.
La verdad de las cosas es que nada de esto fue considerado salvo por el Rey, quien con su visión de soberano pudo darse cuenta de las cosas y quizá por uno que otro Alfil avispado que percibió las consecuencias de la petición del peón, pero prefirió callar.
El día del plebiscito llegó y todos expresaron su opinión. El pueblo, digamos que habló y aunque fue el temor lo que lo movió y no sabían de fondo las razones que volvían imposible en realidad la petición del peón, votaron con un “NO”, a que el peón pudiera ser Rey.
Al saber el resultado, el soberano y en especial Caissa suspiraron de alivio, pues el juego del Ajedrez se había salvado del desastre y fueron a avisarle al peón que no podía ser Rey y que tenía que coronarse en Dama, Torre, Caballo o Alfil.
El peón, al conocer el resultado del plebiscito no tuvo más remedio que aceptarlo y de improviso se volvió a convertir en una pieza inanimada, que en el capricho o en el destino nunca fue coronada.
Es así, que en lo que es quizá el juego más hermoso, pero también menos democrático del mundo, el peón quedó en esa partida inconclusa en la octava fila sin coronar, situación que las piezas restantes decidieron rendir como homenaje a ese peón rebelde que se había atrevido a trastornar al Reino del Ajedrez y por ello, si ustedes no lo sabían, cada vez que en una partida, de las miles y quizá millones que se juegan en el mundo todos los días, queda un peón sin coronar en la octava, se recuerda al peón rebelde… al peón que quería ser Rey.