REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Confabulario

El nombre imposible


Mónica Sánchez Orozco

En el principio eran mi madre y mi padre, y tuvieron una hija: era mi hermana mayor. Un bebé blanco, rollizo y comprensivo, que sólo comía a sus horas, eructaba sobre el hombro materno cuando se le solicitaba y era obediente a la hora de dormir.
Diez meses despues llegué yo, y mis posibles nombres iban de Ataulfo a Zacarías, pasando por Benito, Guillermo, Mauricio o Román. Papá decía que esos nombres eran de maricas y auguraba dificultades del niño para integrarse en la escuela y no, mejor Fernando, Armando o Ricardo.
Pero a mi madre, los nombres en gerundio o participio le daban nauseas, y arqueándose completa, salía corriendo rumbo al baño y su vómito cesaba únicamente cuando el estómago escupía hasta el último chícharo del arroz. Después de respirar profundamente, como había aprendido en el psico profiláctico, mamá se tambaleaba hasta el lavabo, se echaba agua en la cara y, mirando la pesadez de su embarazo en el espejo, gritaba: se llamará Guillermo, o no se llamará.
Pero la decepción fue doble. El trece de junio a las cuatro de la mañana, llegué a este mundo, después de negarme a hacerlo por más de 72 horas seguidas, y al final, un tajo de bisturí sobre el vientre materno, le abrió el camino al cirujano para sacarme al aire y desprender, de paso, el páncreas de mamá.
Apenas reaccioné a la primera nalgada y concluyeron que no podría mantener mi temperatura fuera del vientre materno. Una enfermera me tomó en brazos depositándome luego en una camilla en la que me llevaron rodando hasta la sala de incubadoras.
Cuando mi padre fue informado, calculó por un segundo el dinero extra que tendría que gastar en tales imprevistos, pero concluyó que por un primogénito valdría cualquier sacrificio.
-Exacto -dijo el doctor- La niña estará bien en tres semanas y podrán llevarla a casa sin ningún riesgo.
-¿Qué niña? -Dijo iracundo papá.
El doctor lo miró con una mueca incómoda, intentó una sonrisa sesgada y consultando su reloj, se excusó aduciendo alguna urgencia.
Papá miró a su alrededor: un par de ancianas cuchicheaban sentadas a la orilla de unos sillones, tenían el aire luminoso de las abuelas primerizas y sonreían con la plenitud grasosa de una ballena en celo. Papá se sintió ofendido por esa sonrisa marina y camino hacia la ventana. -Ni Guillermo ni Ricardo- y percibió que las enfermeras, los doctores y sus amigos de la oficina, en ese instante, se reían de su deseo de tener un hijo varón. Recordó su presunción ante una cuñada sin hijos y se vio diciéndole: cuando vallamos al cine tú podrás cuidar al pequeñito. Lo hizo con una dosis fingida de buena voluntad que ahora le parecía ridícula, gratuita, cruel.
-¡Niña!
Se acercó al cristal de la ventana hasta aplastarlo con la frente y decidió admitir que había perdido la apuesta de los nombres, ahora su mujer estaría regocijándose por ese triunfo que también la derrotaba a ella. Necesitaba reivindicarse, necesitaba una satisfacción; no podría ver a sus colegas de la oficina; lo felicitarían abiertamente pero notaría la gota de sarcasmo y mala saña que habría por debajo de todas esas palabras. No lo quería tolerar. Necesitaba vengarse del mundo. -¿A cuenta de qué otra niña? Es ilógico, pensó empujando más la frente contra el cristal. -Si ya tenemos una-. Y se imaginaba fingiendo alegría frente a la familia de su esposa, frente a sus amistades, sus parientes lejanos o cercanos que desde cualquier punto del país telefonearían para felicitarlos: -Gracias, estamos muy contentos- y él no se tragaría toda esa comedia que al final lo obligaría a mostrar sus verdaderos sentimientos de una forma descarnada y vil, -pero en privado, claro.
A su espalda, la risita sofocada de las dos ancianas terminó por desquiciarlo y se imaginó caminando hasta esas ratas para darles una bofetada que hiciera saltar sus dentaduras postizas pero la campanita anunciando la llegada del ascensor retintineó; Francisco dio media vuelta para alcanzarlo corriendo y lo abordó. Cuando las puertas estaban por cerrar, miró que al fondo de la sala: una de las enfermeras que había estado cuidando a su mujer durante el parto, le hacía señas para que regresara. A él no se le dio la gana contestarle e instintivamente bajó los párpados, se puso a revisar los zapatos de la gente que ocupaba el elevador -algunos eran de marca, otros pirata- y dejó cerrar las dos hojas de la puerta casi en la misma cara de la enfermera.

2
Después de caminar varias calles, encontró un local iluminado por la media luz de pequeñas velas que brillaban desde el centro de cada mesa. Se acercó a la barra, pidió una botella de tequila y caminó hacia la rocola. El lugar estaba casi vacío, a excepción de una pareja de borrachos que a pulmón abierto entonaban una canción del Charro Avitia. Francisco los miró con odio. ¿Cómo podían divertirse de esa forma bárbara mientras él pasaba las de Caín? Sentía que el mundo entero estaba en su contra, que todo se empeñaba secretamente por molestarlo y, bajando la mirada hacia la rocola, leyó los títulos de las canciones: Ingrata pérfida, Mujer bonita, Usted es la culpable. Contuvo el puñetazo que quiso darle a la rocola, depositó una moneda y marcó al azar la G5.
Eligió el sitio extremo del local para instalarse y Anillo de bodas, de Cuco Sánchez, comenzó a sonar a sus espaldas. Eran las tres de la mañana, no había comido en dos días y el primer trago de tequila le amargó la boca. “Que unió para siempre y por toda la vida”. Recordó que su mujer tenía cinco meses de embarazo cuando se casaron y nadie lo había notado. ¿O si? Revivió la mueca oblicua que todos los invitados les dirigían cuando partieron el pastel de boda: parecían participar de un gozo compulsivo ante la nueva pareja; se reían y cuchicheaban mirándolos. No faltó quien viniera a darle el espaldarazo: -Bien venido a la familia, cuñado- con un tono implícito de burla que él sintió en los testículos y que todavía estaba escuchando. Todos tenían esa actitud de condescendencia forzada y carcajada reprimida que entonces no había sabido identificar. -Qué bueno que seas tan hombrecito- le dijo una pariente política que al tercer brindis se tambaleaba flaca sobre sus taconcitos de raso y como veleta iba y venía alrededor de los novios. Los felicitaban con cierta curiosidad cortada, como si hubieran sido sorprendidos en culpa y les diera vergüenza aceptar que conocían la circunstancia del embarazo. Entendió de golpe que aquellas muecas no eran otra cosa que un morbo exacerbado por conocer las minucias de la historia. Durante el banquete se le acercaron los tíos de su mujer y en tono de cofrades, lo arrinconaron en un ángulo de la terraza y le preguntaron abiertamente que desde cuándo se acostaba con la sobrina: la entrepierna de uno de ellos se abultaba esperando la respuesta.
Maldijo a su mujer, a toda esa parentela de chiflados, al párroco primo hermano de su esposa, que los había casado y que tenía moretones y chupetes en el cuello. Maldijo la noche en que ella le anunció su preñez y ante la negativa, reclamó: ¿No te importa tu primer Hijo? Y entonces, como un resorte que surgía de sus entrañas, Francisco dijo que sí, que sí le importaba y mientras más lo decía, más imaginaba al niño en sus brazos, jugando futbol en el parque: metiéndole goles, sería tan fácil ganarle en la lotería, la resortera, las canicas y estaba dispuesto a hacerlo todo por un hijo, pero entendámoslo bien claro, -se reafirmó con dos tragos de tequila mojados en Cuco Sánchez- dijimos HIJO- y tuvo que contenerse, ahí en la cantina, para no estallar en blasfemias contra alguien que le había prometido un hijo y le daba sólo hijas.
-Ése no fue el trato -dijo en voz baja, apretando la copa y deseando romperla para ver sus dedos atravesados por los trozos de vidrio chorreando sangre. -Me estafaron -concluyó reconociéndose medio borracho y en medio de un melodrama donde él era la víctima. El cuello le dolía y sentía esa tiesura ganando poco a poco su espalda. Quería dormir para soñar que la niña había sido niño. Aunque sólo fuera para recrear la imagen luego. No es justo. Y estaba a punto de soltar el llanto cuando uno de los borrachos del fondo trastabilló hasta la rocola. Después de hurgar en las bolsas de su pantalón y tirar la mitad de lo que contenían, encontró una moneda, la metió con trabajo en la ranura y Cosecha de mujeres comenzó a sonar.
Francisco reaccionó con náuseas, la letra le daba asco y, a pesar del medio litro de tequila ingerido, seguía sintiendo que el mundo se empeñaba en fastidiarlo, que todo lo vivo le miraba con desprecio y, a punto de insultar a Dios en voz alta, miró que desde el extremo opuesto del local, una mesera, entallada en su vestido de lykra amarilla, quitaba las velas de las mesas, levantaba los manteles y los doblaba meticulosamente, depositándolos luego en una caja que jalaba hasta llegar a la siguiente mesa. Francisco empinó su copa y notó que desde lejos ella le sonreía burlona. Era alta y gorda; sus senos como globos de silicón, se apretujaban bajo el corpiño en un escote pronunciado que exhibía el tatuaje de una rosa en verde. A pesar de su juventud se movía autómata. Seguramente -pensó Francisco- muerta por la jornada y por clientes borrachos, necios que a la tercera copa molestan al primero que se les cruza y, haciéndole una seña, le ordenó unos cigarrillos. Entonces recordó que en los últimos tres días apenas si había pegado el ojo. Primero en la casa, cuando a su mujer le empezaron los dolores del parto, y después en el hospital. Durante dos noches tuvo que escuchar los alaridos de varias parturientas, que al transcurrir del día iban dando a luz una por una. Todas, menos su mujer que seguía prendida a los barrotes de la cama, pujando e insultando a los médicos para que le sacaran de las entrañas al pequeño Guillermo.
-Ricardo. Riky, Dick -decía Francisco pasándole un paño fresco por la frente. Ella se retorcía como el moño enorme de un regalo, la presión de la sangre aumentaba en sus venas y antes de perder el conocimiento alcanzó a escupir: Guillermo, Memito o Memo.
Cuando la mesera regresó con los cigarros y unos cacahuates, sin saber cómo, Francisco le pescó la mano y la retuvo un momento cuando intentó soltarse.
-¿Qué traes pendejo? -dijo safándose de un tirón, y él se sorprendió mirándola al escote como un perro apaleado. Imaginaba sus manos estrujando esa carne en plan de revancha, pero cuando le miraba el rostro, percibía tan nítidamente el rechazo que volvía a bajar los ojos hasta los senos de la mujer.
Ella, en cambio, lo miraba sin parpadear, sosteniendo una charolita con la mano derecha mientras la izquierda se apoyaba en su cintura a modo de asa. Él no estaba acostumbrado a que lo miraran de tal forma, le cohibía esa serenidad de jarra antigua, confundía sus emociones en pequeños nudos estacionándose en la garganta, sólo quería tocar los dos globos enormes que se apretujaban bajo el cielo del escote, darle un beso en esa boca gorda, y mal se levantó hacia ella cuando la mesera comenzó a gritar y la charola se le cayó de las manos. Él intentó taparle la boca, quería decirle que ese día había sido muy desgraciado, que hacía años no había hablado con nadie sinceramente, y en sus intentos por sofocarla, no vio llegar el puño cerrado de un hombre fornido, alto y completamente tatuado, que había surgido de una pequeña puerta disimulada atrás del mostrador
Francisco fue a estrellarse contra los bancos giratorios de la barra. Se quiso levantar, salir corriendo en ese instante, pero la mesera, le dio una patada en el pecho que lo hizo enroscarse como un camarón y regresar al suelo. Ahí se quedó tirado unos segundos, escuchando el eco roto de sus mismos huesos. Cuando comenzó a vomitar, el tipo fornido lo levantó en vilo y lo aventó a la calle. Su cabeza golpeo de frente contra un muro, cayó encima de unos envases y los hizo añicos. Quedó tendido sobre el charco de un vomito caliente y amarillo que estuvo escupiendo el resto de la madrugada.

3
La enfermera se quedó pasmada frente a la doble puerta del ascensor. -Bola de orates -pensó corriendo al teléfono-. Primero la mujer vociferando que le saquen al chamaco y luego el tipo éste, sulfurado por que en vez de niño nació niña. Carajo -suspiró marcando el número de la recepción-. Qué gusto por exagerar, qué ganas de complicarlo todo, y ahora, la mujer se pone grave y este tipo me evade, me estaba evitando a propósito, dejó que la puerta del elevador me diera casi en las narices. Qué descortesía. Dios. Revisó la sala buscando a un afanador para que corriera a detenerlo, pero sólo encontró a dos ancianas que sonriendo se tomaban de las manos, sentadas a la orilla de un sofá. En recepción no contestaba nadie. Del fondo del pasillo, el cirujano en jefe se acercaba sudando. -No hay caso -dijo la enfermera y colgó. Esto pasa siempre. Todos los domingos, nadie contesta. Punto. Las dos ancianas entonaban en susurros una pieza de Glen Miller, se reían haciendo cloquear sus dentaduras y se palmeaban los muslos.
-La mujer murió, -dijo el cirujano safándose de un tirón la mascarilla- hay que avisarle al marido. Se quitó la bata y se la dio a la enfermera. ¿No estaba aquí hace un rato?

4
Francisco reaccionó a las seis de la mañana, estaba en una esquina, sentado en la banqueta, y una mujer cargando a un niño, estacionó los dos robles de sus piernas justo a su lado. Notó que la mujer le echaba una rápida ojeada y después lo evitaba. Traía un envoltorio blanco en brazos que inició un lloriqueo interminable hasta que la mujer comenzó a arrullarlo, yendo de aquí para allá y mirando el horizonte por si llegaba el camión. El olor de pañales mojados penetró la atmósfera junto con los primeros rayos de sol. Francisco se apretó el estómago con las dos manos e intentó vomitar de nuevo, pero por más que se metía el dedo no lograba expulsar la papa frita adherida a su espinazo. La mujer con el niño interrumpió su arrullo, dio media vuelta y se alejó trotando, decidida a tomar el camión en otra esquina. Francisco la miró con odio, figurándola embutido andante, y el olor que evocó fue tan intenso que logró, por fin, desalojar de sus entrañas un trozo minúsculo de mortadela. Era vegetariano y de seguro, todo su malestar se lo debía a esos bocadillos que le hicieron tragar sus familiares para celebrar el nacimiento de su hijo.
Por la avenida, los automóviles eran un mar de ruidos discordantes y de pronto, se dio cuenta que no traía cartera ni corbata: tiritaba de fiebre. Tenía el pómulo derecho sembrado de pequeños vidrios y las personas que pasaban lo hacían volteando la cara, bajando los ojos, volviéndose sombras endebles entre los muros de una ciudad donde ninguno era su hijo. Una ciudad sin hijo. Claro.
Llegó al hospital con la frente en alto y cuarenta grados de calentura. No recordaba el número de la habitación. Se acercó a la recepcionista y se dio cuenta que esa mujer le evocaba descaradamente una estampita de Santa Rosalía de los Milagros. El aroma a cirios se hizo intenso, escuchó los cantos que acompañaban las misas de su infancia y se vio arrastrado por la mano de su madre hasta el altar para recibir el santo sacramento. Las luces del vestíbulo empezaron a girar alrededor de su cabeza; quiso fijarlas pero se dio cuenta que los duendes habían comenzado a desordenar, no sólo la iluminación, sino la cara de la recepcionista, que de estampita religiosa adquiría la apariencia viscosa de una diosa hindú: morada, de cabellos lustrosos y argollitas en la nariz, le estaba extendiendo un trozo de papel.
-A mano derecha, por el primer elevador, sexto piso, –dijo y señaló con el dedo un sitio oscuro bajo la escalera.
Todo era culpa de su mujer; se empeñaba en hacer líos de cosas tan sencillas como tener un hijo, cocinar una sopa instantánea o colocar un cuadro en la pared. De seguro, ahora estaría entre sus parientes, posando hasta la carcajada, celebrando su ocasión de reina absoluta, artífice de princesitas, y cuando el elevador abrió sus hojas en el quinto piso, la enfermera que había evadido por la madrugada, entró con la cara percudida y lo miró cansada. Francisco le sonrió calculando el tamaño de su trasero, la imaginó cogiendo en el ascensor con el cirujano en jefe, después cogiendo con él mismo, y estaba a punto de proponérselo, cuando el elevador se detuvo en el sexto piso y se dio cuenta que las caras de sus parientes políticos se hacían más largas y menos políticas mientras más los miraba. Ahí estaban todos: desde el párroco primo hermano, hasta la tía impertinente. Sabía que le increpaban su impropia desaparición y ahora lo condenaban con la indiferencia: esa actitud helada con la que castigan a los desobedientes. Qué mal gusto, pensó, hasta que alguien se acercó y le dijo al oído -Es que, Francisco Tu mujer murió anoche ¿Mira cómo vienes?

5
El velorio fue discreto. Papá no tuvo capacidad de avisar a todos los parientes, a todas las ex condiscípulas, a todas las amigas de mamá. El primo párroco se encargó de mi hermana mayor: vestida de encaje, era un punto blanco sobre la sotana negra, aparece en las fotos contenta de ser la mayor. Mi tío la hace reír y los dos miran la cámara, mi hermana en brazos del tío, acercándose a las flores, dormida en el regazo del sacerdote o sonriendo en su carriola, junto a la tumba de mamá.
Sólo acudió la familia. Yo me quedé atrapada en la incubadora y papá se fue por las cantinas del centro, en busca de la mesera que lo había golpeado y que también le había roto el corazón.
Ahora vive con ella.