REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Confabulario

Don Feliciano


Leonardo Compañ Jassol

“La medicina –sentenciaba Don Feliciano, con parsimonia y circunspección– es el arte donde convergen la ciencia y la experiencia para devolver la salud, ese misterio de la naturaleza más apreciado que toda joya”. Y agregaba a la mezcla su ignorancia, aderezo del que abundaba, pues apenas había estudiado la carrera, detalle que no le preocupaba demasiado, desde su lírico y pragmático ejercicio de la profesión.
Contribuía, así, a la prosperidad de la funeraria de Don Teódulo, la famosísima “El Buen Pastor”, y al poblamiento del cementerio, donde florecían cruces y tumbas y, de vez en cuando, brotaba un mausoleo.
No, si Don Feliciano no era interesado ni egoísta; veía por los demás y ponía especial empeño en quienes pagaban sus servicios, o adquirían sus pócimas para devolver la salud, el amor, la suerte, el trabajo y la prosperidad. Estas carencias, según afirmaba, desaparecían por la magia de sus manos y saberes, nudos infinitos de poder astral, solar, galáctico y cósmico. Según él, tenía ya una larga amistad con la Santísima Muerte y había noches en que platicaban acerca de los problemas que aquejan a la Nación; entre otros, los relativos a políticos y sicarios.
Polémica resultaba la fama de Don Feliciano: doctor, para unos, los menos; charlatán para otros, brujo o yesero y; merolico para los más. Como en cualquier actividad su prestigio lo había labrado, día tras día, con esfuerzo y dedicación, al promocionar sus productos en calles, mercados, parques y plazas. El sesgo meroliquesco, para hablar en términos modernos y globalifílicos, constituía un ardid mercadotécnico para allegarse clientes; perdón, pacientes.
Aceptaba, resignadamente, que no siempre le pagaran con dinero; podían hacerlo con un molito, un guajolote, unas carnitas y demás suculencias culinarias mexicanas. Había ocasiones en que aceptaba hasta una televisión, o una computadora. Y es que donde despachaba y daba consulta la gente presumía de flaca; a excepción de algunos de abundantes carnes, como el taquero.
Cuando iba a sobar a alguien, por un golpe, un torzón, mal aire o extravío de alma, le explicaba cómo lo haría y, en contundentes tecnicismos médicos, se refería a las caniquitas de los huesos, a sus paletitas o sus cañitas o, entrando a cuestiones de órganos y músculos, al cuajo, al ventre, la perilla y demás precisiones que, por no aburrir al lector, dejan de consignarse.
Pero sus oficios no acababan ahí. También traía chamacos al mundo, o los enviaba al otro, tal como indicara la mujer y pagara, si estaba a tiempo.
Quizás por eso se le apareció el Chamuco. Al mediodía, cuando la melena del sol anda resplandeciente, contrario a los que muchos suponen, le dijo:
–Oiga, dotorcito, necesito una consulta.
Le dio su tarjeta y le precisó que atendía de 4 de la tarde a nueve de la noche.
–Una recomendación, señorita: sea puntual; atiendo a muchas personas.
Pasaron las 4 y no llegaba; luego, las 5, las 6… y nada. Don Feliciano estaba preocupado. Su única paciente no aparecía. Las malas lenguas le habían arrebatado a los demás y, por lo visto, para siempre.
Cerca de las 9 de la noche, a punto de cerrar, triste y resignado, oyó una voz: <<Buenas noches>>. La noticia iluminó sus ojos por partida doble, porque reinaban dos pecados capitales: la codicia y la lascivia. Dominó su alegría insana y lanzó un <<adelante>>. Entra la joven, de no malos bigotes y muy buen ver.
–Dotorcito, creiba que no alcanzaba consulta. Se me hace que tuve suerte; no hay gente.
–Siéntese, señorita –le indicó, mientras pensaba la respuesta. Es que no cité a nadie para atenderla debidamente.
El motivo, bastante pueril, lo pronunció coqueta y lúbricamente, no sin cierto dejo de amabilidad y predisposición profesional.
–Gracias, dotorcito –replicó humildemente y el rubor cubrió sus mejillas.
–Dígame usted ¿qué le pasa?
–Pos, mire, dotorcito, se me anda despintando la piel; unas manchitas amarillas por un lado y, otras, prietitas, por el otro. Pero eso no es todo; rengueo.
Corrió Don Feliciano a cerrar la puerta y al volver le dijo:
–A ver, señorita, desnúdese; necesito revisarla.
–¡Ay, dotorcito, que soy señorita! Ningún hombre me ha visto.
–No se preocupe, soy doctor, antes que hombre.
Obediente, la muchacha fue detrás del biombo y, cuando salió mostró a Don Feliciano, entre la matemática armonía de su cuerpo, la piel pintita. Quién sabe cómo se llame la enfermedad, pero Don Feliciano, entre el gozo y el retozo de la vista y el tacto, bajo el pretexto de auscultación, dictaminó:
–En efecto, señorita, la luna le anda comiendo el color. Déjeme decirle que también la luna tiene sus envidias contra la hermosura y busca lastimarla. El tratamiento será largo y costoso.
–Dotorcito: ¿por qué estoy renguita?
–Déjeme y revisó sus pies.
No lo había hecho por el gusto y regusto en que andaba, pero descubrió que el izquierdo estaba contraído, los dedos a punto de atrofiarse y las uñas eran garras. Se espantó. Al subir la vista descubrió a un jaguar. Con voz de trueno le dijo:
–Vengo por ti.
Pero la sobrevivencia cuenta con muchos recovecos, ignorados por el miedo, así que Don Feliciano arremetió:
–¿Pues quién eres? ¿Dónde me llevas? ¿Qué hiciste con la muchacha?
–Soy el Diablo –respondió– y vengo por ti. Irás a los infiernos y la chamaca fue mi disfraz.
–Jamás he celebrado pacto contigo; además, el Chamuco tiene cuernos y no está pinto y sus patas son de cabra, no de ocelote ni jaguar.
En eso, emerge la estrella de la sangre, mejor conocida como Venus, y besa la luna.
–Volveré– amenazó– y te llevaré.
Don Feliciano, simplemente, sonrió y se fue a dormir como un angelito, pues ningún pecado capital lo había hecho caer. No hubo ganancias ni retozos, pero tampoco llamas.