REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos de Bracho


Carlos Bracho

TRANCO I
En este Tranco nuestro dilecto autor, el maestro Carlos Bracho, nos hace una reseña algo interesante. Sí, en esas líneas hace un recuento de hechos que le son caros, o sea, que, por un lado, fustiga a los “incomprendidos” políticos mexicas y por otro lado nos lleva de la mano hacia los senderos que el amor le dicta. En fin este siete veces H. Cuerpo Editorial, como siempre, se siente complacido por lo que el maestro nos remite mes a mes. Y claro, sólo esperamos que las irredentas y nunca bien ponderadas lectoras insumisas, reciban con el mismo entusiasmo que nosotros a las cálidas frases de nuestro escritor preferido. Bien, así las cosas dejemos que el tiempo pase, y como nosotros los miembros de este siete veces H. Consejo, esperemos que ustedes amigas lectoras, sentadas frente a la ventana que mira al parque y a los árboles, y con un tequila o un mezcal o una copa de tinto junto a ustedes, lean este Tranco, y claro, también les pedimos que lean los otros fantásticos artículos que en nuestra digital revista aparecen cada mes. Suerte:
Miraba yo como la luna se desplazaba con lentitud por el espacio y luego era “tragada” por el horizonte y las sombras tomaban su lugar. Pero debo decir que mientras duraba su camino lucía plena, lucía llena y enviaba su luz por entre las copas de los árboles y llegaba tenue hasta el arroyo en donde yo permanecía absorto. Ese tiempo lunar no lo cambio por ninguno otro. Ese lapso nocturno me produce fantasías eróticas. Desfilan por mi mente las mujeres que han sido parte fundamental de mí, que han significado, no una aventura ligera y pasajera, no, sino que dejaron algo más profundo, tan profundo que siento todavía las huellas de sus besos, siento las caricias tempraneras en mis brazos y en mi cara, siento el calor de su piel luchando con denuedo con la mía, siento su aliento de mujer en celo sobre mi rostro, siento con enorme placer aquellas noches de aquelarre fantasmal, siento la batalla que emprendieron muslos y piernas y dedos y boca y manos. Y ese recuerdo imborrable, como vampiro, como Drácula, renace pleno cada luna llena y dura en mi ser lo que dura todo el viaje estelar de la cascabelera. Cuando desaparece y la oscuridad llena el espacio y cubre con su manto todo el entorno, me recluyo en la cabaña, me tiendo en la hamaca, bebo unos vasos de mi vino tinto preferido y cuando los grillos arrecian su concierto, aparece, como de cuento, como de novela, como de sueño fantástico María, si, ella, la de pelo negro -azabache, dice la canción-, la de los ojos que son capulines vivos y lucientes, María la de los brazos que abrazan como tenazas y su calor me abrasa hasta el delirio. Sí, aparece María plena, pura, ágil, plantada en sus piernas que el sólo verlas me produce un vértigo infinitesimal y debo decir, mortal. Sí, allí está María, con su piel de un color moreno claro que produce destellos cuando gira y capta la luz de aquella estrella distante. Sí, María, es la calma de la ira que tengo acumulada, es el sedante del coraje que inunda mi espíritu, es el remanso de paz para la guerra que destruye mi interior, es el cálido amanecer de una noche violenta, es la calma chicha del mar que produjo tifones y olas de odio visceral, María es alma, vida y corazón ardiente. Con ella, con María, con su voz, con su pecho que llena la camisa, con risa leve, con su suave transcurrir, me hace olvidar a los milicos, a los gendarmes, a los granaderos, a los diputados cínicos y desvergonzados, María con sus besos de Venus adormilada, con su cuerpo que cubre el mío, el coraje que me producen los presidentes en turno con sus discursos dobles y con sus acciones no democráticas y con su aire de santos petrificados, se diluye y pasa a ser luego un ventarrón lleno de partículas negras que huye por los cuatro confines de la tierra. María, cuando juega conmigo el juego de las pieles, el juego de manos contra muslos, el juego de besos y labios contra boca y dientes, el juego de los pechos al vapor, el juego de las manos deslizándose por todas las líneas corporales y recibiendo y dando aquellas pequeñas descargas plenas de impulsos eléctricos que hacen estremecer a uno y a otra a la vez, ese juego, digo, juego de nunca acabar, juego de jugar el cuerpo como juguete infantil, ese juego de aires imperiales y vientos australes, ese juego de ojos que ven auroras boreales al ver la desnudez plácida e inerme, me hace olvidar a todos los jueces y malandrines que pululan en las tierras mexicas. Ese juego maravilloso de María y mi persona, me distrae, me sume de lleno en el alboroto lúdico de los sentidos y por ello mando al diablo a senadores y presidentes, lanzo al averno a los políticos todos, arrojo al Taigeto a soldados y judiciales, arrojo de mi mente a las bayonetas y tanquetas que se dirigieron contra nuestros cuerpos de jóvenes en lucha, desprecio a funcionarios que venden su alma al mejor postor y los señores secretarios que “amando al pueblo” “amando a México y a los mexicanos” nos venden y entregan a jirones los restos de la patria a los compradores que pagan en dólares y en euros. Sí, María, sí, vida y sustento del alma, sigue así, apareciéndote cada noche lunar, viniendo a mí cada que el sol se abata, llegando a mí cada vez que la estrella del norte emerja allá en lo alto, sigue así, dándome todo tu cuerpo sin pedir nada a cambio, sin poner condiciones que traben la cordura amorosa, sin establecer reglas ominosas y cumpliendo sólo aquéllas que los besos dicten y que ésas sí hay que someterse a ellas, someter nuestros cuerpos que tienen pleno derecho de ejercer la libertad plasmada por Eros y por Baco. Sí, María, te prefiero a ti, prefiero tus risas a las risas macabras de los individuos que “dirigen” los destinos de este México (Mi país, pobre país!).
Termino este Tranco hoy, que es ya tarde. Espero que la luna salga en el horizonte y poder así, repetir la aventura cíclica que he descrito líneas arriba, de veras.
Vale. Abur.