REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

EL CAMINO DE LA ESCRITURA

Para René Avilés Fabila en sus primeros 50 años de escritor.

El camino de la escritura tiene vericuetos, muchos inaccesibles. Cuando hay vocación, que empieza por la lectura, la cual no es negociable, resulta ineludible caer en el fanatismo. Uno quiere saber todo de todo del oficio. En ese todo hay frases que marcan de por vida. ¿Cuántas? Cientos. Imagínense si no en un mundo construido de frases.
Cuando le preguntaron a Adolfo Bioy Casares, amigo y alumno de Borges cuánto había tardado en aprender a escribir, él respondió “los primeros cuarenta años son los difíciles”, traté de calcular los míos. ¿A partir de cuándo? ¿desde los poemas cuyo fajo quemé en el patio de la casa, arrojado al fuego de la hojarasca del árbol de naranjas junto con mi vocación frustrada de poeta? Incluso pensé en contar mis años por sexenios como se mide todo aquí. El tema dejó de obsesionarme porque enseguida me pregunté y ¿a poco uno mismo repara de súbito en que ya aprendió a escribir? Pensé en preguntarle al próximo que me diera su tarjeta de presentación con la leyenda de “Escritor”, luego del nombre. ¿Cómo saberlo a ciencia cierta? ¡Sepa!”
Entonces recordé al escritor tamaulipeco Antonio Delgado. Lo tengo, me dije. Debía empezar por sentirme escritor. Pero ¿cuándo se siente uno escritor? Otra incógnita torturante. Pero ¿qué dijo Antonio Delgado, presidente de la Asociación de escritores de México de 1988 a 1990 y amigo y paisano del querido amigo Rafael Ramírez Heredia (1942-2006). Antonio dijo: Hasta cuando no escribo, escribo. Y eso ¿qué significaba? Estuve años rumiando la frase, y nada. Cuando vi a un chico salir de una escuela de música mientras rasgueaba incesante una guitarra imaginaria y tarareaba la canción, concluí en que cada uno debía interpretar la frase a su modo. Eso, me dije, eso significa escribir hasta cuando uno no escribe. Tras el descubrimiento, me he sorprendido no cientos, sino miles de veces escribiendo sin escribir, creando personajes, describiéndolos, inventando situaciones y diálogos. Ahora no importa si tardo 400 años o cien sexenios en aprender el oficio. Escribiendo hasta cuando no escribo, un día lo conseguiré y, logrado, nada me detendrá.
¿Hay más? Sí. Ésta: “El que quiere ser escritor ya no tiene derecho a vivir como los demás”. Pero la de Stevenson es una consigna formidable: “El escritor no debe pasar ni un minuto en nada que no le sea placentero”.

LA CONSPIRACIÓN DE LA MODA
Como a Feldespato, le disgustan las modas. Tecleará una serie, si no le birlan la idea porque la pongan… de moda. Es una conspiración del capitalismo salvaje, adelanta, si bien no le importa, por esa frase trillada según la cual cada uno lleva con derecho agua a su molino. ¿Entonces? El problema es a quién afecta porque la publicidad esté dirigida a los jóvenes y si el producto es nocivo hay un problema ético. También si tiene que ver con el oficio y lo manosean y banalizan. Hablando de frases trilladas, recordó que, paradoja, la moda del libro electrónico supuso darle la puntilla a la pregunta manoseada de qué libros se llevaría usted a una isla desierta. Un listillo dijo me llevaría uno, el de cómo aprender carpintería en diez lecciones. Pero no faltará el egocéntrico que responda, yo cargo mi biblioteca en el kindle, incluida una enciclopedia.
El alter ego de feldespato, que firma este pergeño, le tiene reservada una experiencia desagradable, hablando de listillos. Cierta vez viajé a una playa del Pacífico, frente a las Islas Marías (IM), le contará, así que era el momento de leer Los muros de Agua, de José Revueltas, cuya trama se desarrolla en una de las IM, así como el listo de Feldespato llevó a París para releerlo, París era una fiesta, de su maestro Hemingway. No andaba tan errado excepto que me acarballé cuando la marea subió y una ola gigantesca dejó caer encima de mí y del libro un muro de agua salada y de arena. Si un día me hacen la pregunta diré que odio los libros forrados y más el plástico.
Si Feldes pregunta cómo surgió el tema, diré que veo venir una avalancha de reporteros con la misma pregunta. La he leído en tres entrevistas recientes. Coincidencia o no, hay que estar preparados, dijo Feldespato. ¿Cuál es? ¿En qué época le hubiera gustado vivir? Nada nuevo, dijo Feldes. No, pero una respuesta me horrorizó. ¿Cuál? A un estudioso del siglo XVI de un país europeo, le preguntaron si hubiera querido vivir entonces. La respuesta fue No porque entonces, explicó, no había café ni periódicos. ¡Qué horror!, dijo Feldes “es como si hoy dejaras sin Facebook a los narcisistas.

DE CÓMO Y POR QUÉ DESAPARECIÓ EL TIPO DEL ABRIGO MARRÓN
Ahora que intenta recordar calcula que lo tupido, la quimioterapia, empezó a la semana de que terminó lo duro, las sesiones de radioterapia. Lo vencía la tensión porque ignoraba qué le deparaba el destino. La tensión, la desmañanada y el frío. Por eso decidió enfundarse en un abrigo de color marrón. Los pacientes iban vestidos de cualquier manera, acaso de la forma como se sentían más cómodos. Así que él, enemigo feroz de los convencionalismos ¿por qué no? Además, llamar la atención estaba prohibido en su oficio. No tanto como un detective, pero era lo recomendable, si no, ¿cómo ser un observador profesional de tiempo completo si llamaba la atención tanto como un narciso exhibicionista?
Observó que no pasaba inadvertido, paradoja, dominado por el afán de que nadie reparara en su presencia. ¿Cómo con el cráneo casi a rape y el único de abrigo en medio de gente enchamarrada o rodeado de señoras enrebozadas?
Tomaba asiento, recargaba la frente en la cuenca de las manos, sin recuperar el sueño. Aun cuando la sesión de medicina nuclear no duraba ni veinte minutos, la espera de turno era hasta de tres horas. Entonces luchaba contra los pensamientos negativos. No podía pensar en positivo. No es cosa nomás de desearlo.
Se oían sin querer las charlas. Nada estimulantes. Se levantaban más temprano que él. Viajaban desde lejanas poblaciones hasta el centro médico siglo XXI del IMSS. Les costaba el transporte en tiempo y dinero. Escuchaba casos de cánceres espeluznantes. Lo peor eran los efectos de la radio, el cansancio, el sueño y el frío. Y ¿cuándo saldría de ahí? A la mitad le informaron que le faltaban otras tantas sesiones. A veces más tiempo debido a que el sistema “se caía” o si coincidía con dos o tres niños esperaba más tiempo debido a que, por inquietos los anestesian.
Lo importante era cumplir con las sesiones y acaso no regresar. ¿Aguantaría? Sin alternativa, quedaba resistir.
Por eso cuando cumplió la sesión 35 y la radioterapeuta le dijo que ésa era la última, que se fuera a casa y descansara, lo primero que pensó fue “lo hice”. Claro, no iba a cantar victoria. Enseguida vendrían cinco meses de quimioterapia y análisis cada mes y al final otros estudios para que la doctora Nettel le dijera ya, o le seguimos por tanto tiempo más.
En el siglo veinte podía decir salí de Guatemala y entré a Guatepeor. Quizá ahora lo correcto sea decir salí de Hiroshima y entré a Nagasaki. ¿Hay alternativa? La misma, resistir. El tipo del abrigo marrón por fin se esfumó. Para siempre, pidió fervoroso a su ser superior.

EL CAZA TEMAS POR EL COGOTE
La pregunta de su hijo menor, Mario, Mariolín, lo asombró porque justo rumiaba el asunto de los temas de escritura. Solía sucederle cada semana con sus turbocrónicas. Desde siempre tuvo resuelto el problema por fortuna. Era parte del aprendizaje del oficio y sólo tenía que esperar a que el tema apareciera y ¡saz! Atraparlo por el cogote. Con el tiempo reparó en que todos provenían de una situación que reunía ciertos requisitos: cuatro, mínimo. Ser absurda, surrealista, mágica o kafkiana. Muchas veces coinciden dos o tres requisitos en una misma situación. De otro modo no le halla el chiste de interesarse por llamarlo de algún modo.
Desde el principio advirtió que sus maestros en periodismo de repente carecían de tema. Varios de ellos, habilidosos, lo resolvían recurriendo al truco de la escritura automática, escribir lo primero que se le viene a uno a la mente y enseguida ligar la segunda frase con la primera y así. Con el tiempo, se descubre que los escritores tienen otro sistema. No buscan el tema. El tema los busca a ellos. De esa manera el tema no se fuerza. Cuando se fuerza no siempre queda al gusto del autor. Mariolín preguntó cuál era el sistema que su papi seguía. El de los escritores. Si hay suerte, el cazatemas puede ser hallado por más de uno y anotarlo en una lista que a veces se torna extensa. ¿Inagotable? Sí. ¿Cómo no, se preguntó el padre, viviendo en un país a veces absurdo, a veces kafkiano y casi siempre surrealista o mágico? Te la pones fácil, dijo el crío. ¿Cuál de los requisitos tendrá tu siguiente tema? El mágico. Pensabas en lo que estaba pensando yo.