REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 07 | 2019
   

Apantallados

Moviola en su laberinto


Alonso Ruiz Belmont

La perestroika y el fin de la Unión Soviética

El sorpresivo final de la Guerra fría, así como el colapso del bloque comunista, no podrían entenderse cabalmente sin la aparición de las reformas políticas y económicas que Mijail Sergéyevich Gorbachov, el último de los premieres soviéticos, impulsó entre 1986 y 1991. La caída del Muro de Berlín, la reunificación alemana, las llamadas revoluciones de terciopelo en Europa del Este y la eventual desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), difícilmente se habrían materializado, para bien y para mal, sin la intervención de este enigmático e incomprendido personaje. ¿Qué llevó a este individuo, víctima de la desmemoria histórica y relegado hoy al olvido político, a tener la audacia de iniciar un proceso de cambio sin precedentes que terminó escapando a su control?
Hasta 1975, la URSS era a todas luces una superpotencia económica que registraba mayores tasas de crecimiento que los EEUU y poseía niveles de desarrollo tecnológico y científico que rivalizaban con sus contrapartes occidentales. Sin embargo, a partir de aquel año el liderazgo soviético comenzó a estancarse. La autarquía económica, que había permitido a los directores de las empresas estatales comerciar libremente con los medios de producción para obtener mayores utilidades, originó severos problemas de corrupción y baja productividad en la mano de obra. Por otra parte, a diferencia de las economías más desarrolladas del mundo capitalista, el aparato industrial de la URSS no fue capaz de reconvertirse, de una economía impulsada por la industria pesada, a otra basada en tecnologías de punta y microprocesadores. A principios de los años ochenta el país se hallaba totalmente rezagado en los campos de la informática y las telecomunicaciones. Por dicha razón, la falta de escáneres, fotocopiadoras, robots industriales y computadoras dificultaron la eficiente coordinación de las decisiones en la política económica, así como el intercambio de datos actualizados para la modernización de la planta industrial. Dicho factor no podría explicarse sin las numerosas restricciones políticas que enfrentaban la distribución y el manejo de la información en aquel país. Asimismo, los avances tecnológicos alcanzados por el complejo militar industrial y la industria aeroespacial no se transfirieron al sector de las manufacturas civiles; ello provocó en éstas un atraso de años, e incluso décadas, frente a sus contrapartes occidentales.
Hacia 1980 el estancamiento era evidente. La invasión a Afganistán y la reactivación de la carrera armamentista, impulsada durante la era Reagan en los EEUU, agravó significativamente la situación. A mediados de aquella década, la URSS había dejado de ser una superpotencia económica. En marzo de 1985, Gorbachov, un abogado de 54 años, fue designado Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la URSS tras la muerte de Konstantín Chernenko. Entre 1986 y 1987, el nuevo líder introdujo una serie de reformas destinadas a recuperar la competitividad del país y terminar con la carrera armamentista. Gorbachov impulsó la glásnost (transparencia), un proceso gradual de apertura a la crítica y la participación política ciudadanas. Su finalidad era preparar el terreno para la restructuración económica, llamada perestroika. La perestroika tuvo por objeto impulsar el establecimiento de una economía mixta, inspirada parcialmente en la socialdemocracia sueca. El régimen autorizó la propiedad privada en el sector comercial. En 1990, el centro del poder se transfirió del Partido Comunista hacia el recién formado Congreso de los Diputados del Pueblo. Sus miembros comenzaron a ser votados a través de elecciones ciudadanas, libres, democráticas y competitivas. Así, Gorbachov fue elegido aquel año primer presidente de la URSS por los diputados de este nuevo parlamento.
Bajo el influjo crítico de la glásnost, fueron rehabilitados y liberados los disidentes políticos; al tiempo que en la prensa y la televisión se discutía abiertamente la corrupción imperante en la burocracia oficial. Bajo el espíritu de la glásnost cayeron los regímenes comunistas en Europa del Este, así como Muro de Berlín en 1989, hecho que posibilitó a la reunificación alemana. Para lograr salvar a la URSS, Gorbachov permitió la desaparición pacífica del Pacto de Varsovia. La Guerra fría había terminado.
A pesar de las intenciones democratizadoras de la glásnost, ésta también ocasionó un peligroso vacío político e ideológico; desde 1989, sus efectos contribuyeron igualmente a desatar una acelerada y desestabilizadora oleada de movimientos independentistas en varias de las repúblicas que formaban parte de la Unión, como Estonia, Lituania, Letonia, Georgia, Ucrania y Azerbaiyán. Entre 1989 y 1991 la represión militar soviética (que Gorbachov asegura nunca haber autorizado, aunque varios de sus ex colaboradores lo desmienten) dejó 14 muertos en Lituania, 20 en Georgia, y 143 en Azerbaiyán. Las tensiones separatistas propiciaron el posicionamiento político de Boris Nikoláyevich Yeltsin, rival político de Gorbachov. El 12 de junio de 1991, tras renunciar al PCUS, Yeltsin fue elegido primer presidente de Rusia, la mayor de todas las repúblicas soviéticas, con el 57% del voto popular. Yeltsin rápidamente construyó alianzas con los líderes de las repúblicas secesionistas, para fortalecer su esfera de poder personal ante la URSS y desplazar a Gorbachov, propósito que eventualmente conseguiría con la aprobación tácita de los Estados Unidos y el resto de Europa. El carisma populista de Yeltsin, quien era a diferencia de su odiado adversario partidario de una privatización total de la economía, cautivó rápidamente a los EEUU y sus aliados occidentales.
Sin embargo, las mayores dificultades para el país vendrían con la implementación de las reformas económicas, aceleradas a partir de 1988. El sistema de planeación centralizada fue eliminado prematuramente, sin ser sustituido por un sistema eficaz de coordinación basado en la demanda y oferta de los mercados. La producción y la recaudación de impuestos cayeron drásticamente, generando un inmenso déficit fiscal; para financiarlo, el gobierno aumentó la oferta monetaria, lo cual ocasionó un violento proceso inflacionario que agravó la escasez de productos básicos. A principios de 1991, la economía se hallaba al borde del colapso y Gorbachov era el hombre más impopular en toda la URSS.
Luego de un referéndum nacional llevado a cabo en marzo de 1991, el 75% de los votantes se habían pronunciado a favor de preservar a la Unión Soviética como una federación de repúblicas soberanas. Tras largas negociaciones, Yeltsin y Gorbachov acordaron firmar el Nuevo Tratado de la Unión el 20 de agosto. El Tratado estaba legitimado por un referéndum celebrado en marzo y convertiría al país en un conjunto de repúblicas autónomas que únicamente compartirían un presidente, un ejército y una política exterior común. El gobierno central perdería así la autoridad para imponer y recolectar impuestos a nivel nacional en un momento en que sus finanzas se hallaban paralizadas. En los hechos, la firma del Tratado significaría la disolución formal de la URSS. El 19 de agosto, mientras Gorbachov se hallaba de vacaciones en Foros, Ucrania (una casa de verano ubicada frente al Mar Negro en la Península de Crimea), los sectores más duros al interior del ejército, la KGB y el Politburó del PCUS lanzaron un intento de golpe de Estado para impedir la firma del Tratado. Gorbachov es puesto bajo arresto domiciliario e incomunicado junto a su familia. El golpe fracasa en 72 horas ante la resistencia civil encabezada por Yeltsin en la Casa Blanca de Moscú, sede del gobierno Ruso. Gorbachov y su comitiva regresan a la capital el día 22. Yeltsin se impone así como el nuevo líder de los reformadores y margina definitivamente Gorbachov. Entre el 21 de agosto y el 22 de septiembre de aquel año, todas las ex repúblicas soviéticas, excepto Rusia, declararon su independencia. El 24 de agosto, Mijaíl Sergéyevich renunció como Secretario General del Partido Comunista, dicha organización sería proscrita por Yeltsin el 6 de noviembre. El 25 de diciembre de 1991, Gorbachov dimitió finalmente como presidente de la Unión Soviética; al día siguiente, Rusia se convirtió en una nación independiente y Boris Yeltsin en su presidente (cargo que ejercería hasta el 31 de diciembre de 1999). La URSS había desaparecido, la perestroika y el proyecto reformista de Gorbachov se convirtieron así en un momento perdido de la historia.
La infancia y adolescencia de la última generación de jóvenes que creció en la Unión Soviética y vivió los cambios que produjeron la glásnost y la perestroika durante los años ochenta y noventa es abordada en el filme documental My Perestroika (2010), de la cineasta estadunidense Robin Hessman. La cinta, filmada entre 2005 y 2008, narra las vivencias de cinco ex compañeros de clase que estudiaron juntos en la escuela pública # 57 de Moscú, desde el jardín de niños hasta la preparatoria. Todos ellos iniciaron su educación preescolar en 1973. A lo largo de este revelador documental, podemos conocer testimonios del matrimonio formado por Borya Meyerson y su esposa Lyuba, así como de sus amigos Ruslan Stupin, Olga Drukova y Andrei Yevgafov. El filme alterna fragmentos de entrevistas con los protagonistas junto a películas caseras que muestran la infancia de estos, así como la vida cotidiana en la URSS y antes de y durante la perestroika. Los entrevistados ofrecen una visión muy clara acerca de lo que es la vida cotidiana en Rusia actual y, de algún modo, sintetizan también las expectativas y frustraciones que generó en aquel país la abrupta transición hacia una economía capitalista, así como el amplio descontento ciudadano ante el velado autoritarismo político instaurado con el inicio de la era Putin.
Borya y Lyuba son ahora profesores de historia en la escuela # 57. Mientras que el primero siempre rechazó los valores ideológicos oficiales durante su juventud y proyectaba un carácter rebelde, Lyuba se describe en aquellos años como una conformista que no alcanzó a percibir la opresión política y confiaba en la sensación de seguridad y estabilidad que engañosamente proyectaba el régimen. Sin embargo, durante la intentona golpista de 1991, ambos acudieron a manifestarse junto a los partidarios de Yeltsin para defender las reformas democráticas. Al igual que Borya, Ruslan, su mejor amigo, compartió en su adolescencia el mismo espíritu transgresor hacia los dogmas políticos del régimen; ello le ocasionó a ambos numerosos problemas con las autoridades. Ruslan, se dedicó a la música y formó una popular banda de rock llamada NAIV. Sin embargo, su carácter conflictivo y su incomodidad ante el conformismo que impuso la sociedad de consumo, terminó alejándolo de sus compañeros músicos. Stupin se divorció de su segunda esposa y actualmente se dedica a dar clases de banjo y tocar en el metro de Moscú, al tiempo que cuida a su pequeño hijo Nikita, fruto de su segundo matrimonio.
Olga es una madre soltera y trabaja en una empresa que alquila mesas de billar para mantener a su hijo. Ella también padece dificultades económicas y vive en un pequeño departamento que comparte con su hermana, su sobrino y su hijo. Aunque se considera apolítica, recuerda que el régimen soviético le garantizaba a todos los ciudadanos un empleo estable, así como un sistema de seguridad social que permitía a toda la gente llevar una vida digna por aquellos años.
Andrei es el único de los cinco ex compañeros que ha logrado mejorar su calidad de vida tras el colapso de la URSS. Yevgafov se convirtió en empresario y administra una exitosa franquicia de costosas tiendas de ropa para caballero, propiedad de una corporación francesa. Vive en un exclusivo departamento con su esposa, conduce un auto de lujo y tiene un hijo que estudia en Francia. Sin embargo, su privilegiada situación económica no impide que, tanto él como su esposa, expresen también su desencanto ante la corrupción imperante en el país, la ausencia de una genuina democracia y las inmensas restricciones a la libertad de expresión.
Para poder ingresar a la universidad, Borya, Lyuba, Ruslan, Olga y Andrei, debieron afiliarse al Komsonol (las juventudes comunistas). Sin embargo, hacia 1986, el país en el que habían crecido les parecía irreconocible. El espíritu crítico de la glásnost que se vivía en la prensa y la televisión no tenía precedentes al igual que la creciente occidentalización de las modas y los gustos musicales entre los jóvenes soviéticos.
My Perestroika destaca ante todo por ser un valioso documento histórico que ilustra perfectamente la atmósfera de confusión y vacío espiritual que se apoderó de la población tras la desintegración de la URSS. A pesar del carácter totalitario del régimen soviético; el fracaso de la perestroika y la abrupta llegada de un capitalismo depredador (incomprensible para muchos ciudadanos), marcó también la desaparición de una identidad común y de un sentido de pertenencia basado en la solidaridad y la cooperación mutua.
Boris Meyerson expresa su confianza en que el acceso a la información a través de la Internet sirva a las nuevas generaciones como una herramienta que contribuya al desmantelamiento del renovado autoritarismo político.
Tras la intentona golpista de 1991 la perestroika fracasó definitivamente y la desaparición formal de la URSS se tornó irreversible. Sin embargo, tanto la miopía política como la ceguera histórica de los EEUU y sus aliados occidentales resultaron determinantes para que el colapso económico y la desaparición de la Unión Soviética pudieran consumarse. En julio de 1991, Gorbachov viajó a Londres para reunirse con los líderes del Grupo de los siete. El presidente soviético solicitó un crédito de emergencia por 30,000 millones de dólares para continuar las reformas, pero los gigantes industriales del mundo capitalista le ofrecieron un trato humillante y condiciones inaceptables. A principios de septiembre la desaparición de la URSS ya era políticamente inevitable.
Sin embargo, historiadores como Amy W. Knight, John Dunlop, Peter Reddaway y Dimitri Glinski cuestionan la versión oficial sobre el intento de golpe de Estado en 1991. Todos sugieren que, en un desesperado intento por conservar los hilos del poder y evitar la destrucción de su país, el artífice de la perestroika comenzó a jugar un doble juego político. De acuerdo al libro de Knight, Spies Without Cloaks, The KGB’s Succesors (Princeton University Press, 1996); en 1991 Gorbachov comenzó a discutir en privado con Vladimir Kryuchkov (Director de la KGB), Dimitri Yazov (ministro de Defensa), Valentin Pavlov (primer ministro) y Gennady Yanayev (vicepresidente de la URSS) la posibilidad de imponer temporalmente la ley marcial en el país para detener el Tratado de la Unión y restablecer la estabilidad política y económica. Todos ellos habían sido nombrados por el propio presidente. El 3 de agosto, en una reunión del Gabinete de Ministros realizada un día antes de partir a Crimea, Gorbachov dio su apoyo implícito a los planes de la intentona golpista diciendo: “Son necesarias medidas de emergencia (…) en situaciones de emergencia todos los gobiernos han tomado decisiones y tendrán que seguirlo haciendo si las circunstancias lo ameritan”, posteriormente añadió: “Me voy de vacaciones con su autorización, para no interferir con sus planes”.
El 18 de agosto Yanayev anuncia ante la prensa que asumiría los poderes presidenciales, ya que Gorbachov había enfermado. Las tropas del ejército entran a Moscú pero no son capaces de arrestar a Yeltsin y sus colaboradores. Nunca reciben órdenes de atacar la Casa Blanca. En realidad los funcionarios del llamado Comité de Emergencia habían pactado con el presidente ruso para que éste no se opusiera a la operación y decidieron no detenerlo. Sin embargo, Yeltsin los engaña y se niega a aceptar los términos acordados. El plan de Gorbachov era permanecer en el Mar Negro para no asumir la responsabilidad política de las acciones. Si el estado de excepción funcionaba, regresaría a Moscú posteriormente para retomar el mando. Si el Comité fracasaba, arrestaría a todos sus miembros y regresaría igualmente a la capital para recuperar el control y, convertido en “héroe”, diría a la opinión pública que la intentona golpista no había contado con su aprobación. El 21 de agosto, todo había terminado. Al día siguiente Gorbachov regresa a Moscú junto a su esposa, su hija, su nieta y su yerno. Un total de diez miembros del Comité fueron arrestados. Doce funcionarios serían juzgados por participar en los sucesos. Cinco personas involucradas se suicidaron en los días posteriores: Boris Pugo, su esposa, Sergei Akhromeev (general del Ejército), N.E. Kruchina (funcionario del Comité Central del PCUS) y G.S. Pavlov (otro miembro del partido). Numerosos testimonios sugieren que en realidad todos fueron asesinados para no revelar datos comprometedores que hubiesen desacreditado absolutamente la versión oficial de los hechos; sin embargo, la identidad de los presuntos autores intelectuales continúa siendo un misterio. Pese a todo, el principal beneficiario del intento de golpe fue Yeltsin, quien siempre estuvo al tanto de los planes, pactó con los responsables y también llevaba una estrecha relación con Kryuchkov. El presidente ruso ordenó suspender las investigaciones sobre las muertes de los cinco testigos mencionados.
El proceso judicial a los miembros del Comité de Emergencia estuvo a cargo del Comité Militar de la Suprema Corte de Rusia. Comenzó en abril de 1993 y terminó en marzo de 1994, luego que la Duma (el parlamento ruso) declarara una amnistía para los acusados. El Comité Militar no halló evidencia de que el Ejército, la KGB o el Ministerio de Asuntos Internos hubiesen dado órdenes de tomar por asalto la Casa Blanca ni de arrestar al presidente ruso y sus colaboradores. Se determinó también que el presidente soviético había tenido algunas líneas telefónicas disponibles en el Mar Negro para comunicarse con el exterior (al interior de las limusinas) y habría podido abandonar el lugar si hubiese deseado.
El doble juego que el Mijail Sergéyevich decidió poner en marcha, es ciertamente criticable, pero sus pronósticos sobre las consecuencias del colapso soviético resultaron certeros. A pesar de sus claroscuros, el legado intelectual y político de Gorbachov en la historia del siglo XX es incuestionable. Un privilegio que su rival Boris Yeltsin no compartirá pese a la admiración que le profesa la intelectualidad conservadora. Luego de haber abandonado la política activa, Gorbachov se transformaría en un entusiasta socialdemócrata. Desde hace unos tres años, el hombre que terminó con la Guerra fría ha criticado activa y públicamente el autoritarismo de Putin, la ausencia de una verdadera democracia y la represión a los movimientos opositores en Rusia.

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My Perestroika; Estados Unidos, Reino Unido, Rusia; 2010. Dirección: Robin Hessman. Guión: Robin Hessman, Alla Kougan, Garret Savage. Producción: Red Square Productions, Bungalow Town Productions.

aruizbelmont@gmail.com