REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Las exequias del tiempo


Alberto Aguilar

Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: su tiempo de nacer, y su tiempo de morir; su tiempo de plantar, y su tiempo de arrancar lo plantado. Esto se lee en el libro del Eclesiastés. Sabedores de que nuestro tiempo presente está cargado de pasado y preñado de futuro, lo efímero de la existencia es para los mortales aún incierto y lejano mientras se ignore la viva presencia de la muerte y su registro punzante, capaz de atravesarlo todo y teñirlo de dolor, de paz, de maldición, de regalo extraño.
Andando el tiempo y yo con él, de continuo he estimado que hay que tener en los bolsillos, en el pensamiento, unos cuantos versos para no andar tan desarrapados en este mundo, tan sin aliento. Si consideramos que la muerte es insobornable y que todo poema es, al menos en parte, un fracaso, corresponde al leedor de versos estar realmente vivo para recibir una poética de la muerte y, en reverberación a la experiencia de vida del autor, dar el calificativo más honesto, ése que rime acorde con su sentir.
Tiempo de exequias representa una de las formas más depuradas que sobre las fatigas del hombre y sus quehaceres se hayan escrito con el lujo de la economía de palabras, el gusto por la belleza, la sencillez al hacer ver luz donde hay oscuridades y la emoción ante lo preciso que puede llegar a ser el lenguaje. Es más sabia esa virtud de conocer el tiempo si tenemos en las palmas el conocimiento de Manuel Camacho Higareda: su arte poética hinca la mirada en asuntos que en libros anteriores le han venido ocupando el alma: la vida que a fuerza de tenerla nos hace vivir con intensidad varias muertes; el tiempo circular que, con sus horas y sus días, nos domestica y acorrala; la incertidumbre de no asir un poquito la soltura del destino; la tauromaquia como una espléndida metáfora de la vida misma: artística, arriesgada, “un lance en el que la vida pasa”.
Honroso canto fúnebre, de brutal sinceridad, diálogo impostergable es el trabajo poético de Manuel Camacho Higareda: con mano firme nos muestra una nuez: en ella cabe el instante de la vida: se adelgaza, se hace niña-mujer y en la realidad de su seducción, de su poderosa imagen enmarcada, está la muerte, acompañándola. Mientras más nos empeñamos en vivir más cercanos estamos de la muerte; por ello, el canto del poeta que hoy nos ocupa si bien atiende al tema mortuorio es porque ama la vida y se vale de ella para convidar la revelación de ese aprendizaje.
Tiempo de exequias es la cotidianidad de la existencia diaria. El ir y venir sobre nuestros propios pasos, aun de los que se han marchado, porque regresan, por supuesto que regresan, en los recuerdos y en los ritos funerarios, con amenaza masiva en malsana mansedumbre, a decirnos su nombre y su lugar en el calendario.
El poeta nos hace admitir una verdad hace tiempo ya anunciada: vivir cansa. La inutilidad de las acciones sumada a la brevedad de la vida conduce a repentinos momentos de desencanto. Y sin embargo Manuel Camacho atiende, desmesurado, a desmenuzar las flores del camposanto. Invita al convite de su palabra a todos los muertos que se le han adelantado, aunque señala que “si los muertos se hacen muchos, / Que se vayan al carajo”, los despide no sin agregar el tono irónico que hace desvanecer la solemnidad y alienta el desparpajo: “Todos juntos / Para que no sientan / Que se van muy solos”.
Manuel Camacho Higareda hace festín de las palabras y con soplo premeditado lleva por buen camino el sentido de sus vocablos; además, mediante la desautomatización el lector descubre el hallazgo sorpresivo de lo inesperado y diferente que está escrito entre lo previsible y habitual, así leemos expresiones como “paisaje de acero inexplicable” cuando la palabra que esperamos es inoxidable; “morirse de hombre” en lugar de referirse al hambre.
El lector encontrará en el aliento de Manuel Camacho Higareda la presencia de un sujeto lírico al cual el poeta convida, invita, evoca, nombra, sugiere, defiende con profundo amor y sencillez de escapulario: Juan. Él es un primer destinatario, lo viste de palabras y confesiones toda vez que ya no viene, que ya no va, con su hermosura de muchacho. El poeta vive con intensidad sus preguntas acerca de la vida, y Juan representa la figura del hermano que se ha ido, del ser amado, semejante a Dios: el amigo que nunca está.
Advierto que así como no estamos preparados para vivir en dosis ingentes -y a pesar de saber que para morir nacimos-, el tema de la muerte puede ser inédito ante el lector de este libro, inusual como tema o experiencia propia. ¿A partir de qué momento, en intensidad avasallante, estamos conscientes de la finitud de nuestra vida? Tengo por cierto que la risa, lo mismo que el llanto, es el silencio mismo después del disparo.
Las exequias del tiempo y las penas de vivir son menos -insisto-, si tenemos en las manos y en el almario reservadísimo de nuestro cuerpo el aliento de unos buenos versos. La verbalización de la experiencia de la vida y de la muerte es una aportación muy valiosa que Manuel Camacho Higareda convida al amable leedor. Con su palabra poética, estoy seguro, volverán los que de la poesía se han alejado.


Manuel Camacho Higareda, Tiempo de exequias, México, Ediciones Páginas, 2011.