REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

¿OTRO DÍA “D”?
Cuando despertó, Feldespato recordó que acaso iba a vivir otro día como el 23 de enero cuando vivió el día D de su vida de siete decenios. Al contrario de tres meses atrás, ahora tomó conciencia de su miedo, casi pavor. ¿Y eso? Porque en su trabajo había ejercitado en exceso el músculo de la imaginación. Así que mejor ejercitaba la parte donde radica el valor. Bastaría un gramo, un punto por encima de su cobardía. Pero ¿y dónde buscarlo? En el cerebelo ya no estaba. Nunca le preocupó el sitio de la imaginación para aplacarla. Sin embargo los efectos devastadores de la quimio y de la radioterapia eran tan variados como paralizantes. Si se le caía el cabello a racimos le importaba un diputado federal y dos locales. Iba a leer el instructivo de las cápsulas de la quimio. El miedo surge de lo desconocido, se dijo. Además, el doctor Rodea del IMSS desestima los mitos que satanizan esas terapias. Lo cual anima a quienes no temen los efectos colaterales por no imaginarlos. Pues ¿cuál será el efecto de un fogonazo de rayos equis en el cerebro? Recordó al dentista que corría a parapetarse tras una plancha de metal antiatómica cuando le tomaba placas al paciente para ver el estado de una muela desvencijada.
Pero Feldespato tenía que abreviar al contarle a sus críos. Iba a decirles que se le ocurrió una idea intuitiva, de las recomendadas por sus compas de arma y ésa fue que “no” se trataba de otra cirugía cerebral, sino de una curación, y así disipó el miedo.
Al salir de la primera sesión de radioterapia, su princesa le preguntó qué tal. “Rápido y sin dolor”, respondió él. Pero más le satisfizo volver a casa con la toalla de mano, limpia. La llevó por si el Temodal, la quimio, le provocaba náuseas y vómito. Se hubiera sentido pésimo si hace su numerito ¿Y? ¿Buscó en alguna parte de la panza la clave de la firmeza estomacal? No. Sólo se encomendó a la voluntad de su ser superior, como aconsejan los compas del arma. Callaría un cuento “duro” para su nueva colección. El personaje descubre que, al fallarle el pulso al radioperador, le radian una zona imprevista y le dejan “aquellito” con forma y tamaño de un dado. Horror de horrores.

Cabeza de pichancha
Abelardo Martín Miranda y yo quisimos salir corriendo de aquel cuarto de nosocomio, allá por los años 70 del siglo XX. Habíamos ido a visitar al colega reportero René Arteaga, recién operado de una traicionera peritonitis. La enfermera entraba con una lista de visitantes y René palomeaba o ponía tache a quienes no deseaba recibir en ese momento. En el palomeo, Abelardo y yo corrimos con suerte. Cuando entramos, René estaba diciéndole a la enfermera que se sentía muy a gusto y que por favor le pusiera un suero de whisky… En un movimiento brusco del paciente vi cómo saltaron agujas y mangueras y una variedad de líquidos y fluidos empezó a mezclarse en el piso. Abelardo y yo dimos voces de auxilio. La enfermera llegó deprisa y se hizo cargo con pericia de la situación. Mientras tanto, Abe y yo nos escabullimos del cuarto, saltando fluidos imaginarios y jurando que la próxima vez íbamos a tener cuidado en buscar el momento propicio para hacerle a un enfermo la visita. Nuestro querido amigo y colega René Arteaga murió días después.
Ahora cuando me dijeron que Abelardo Martín Miranda preguntaba por mí, le abrí la puerta y nos dimos un abrazo. Si él recordó nuestra visita a René Arteaga, guardó prudente silencio acaso para no ser inoportuno. El tenis que practica en el club Inglés le mantiene la piel atezada y aún peina un cabello negro ensortijado. “Colocho”, le dicen por mis rumbos del sur profundo. Tras enterarse de algunos pormenores de mi estado de salud, me extendió un pequeño mueble de madera. Se trataba de un atril adaptado según diseño de él, para leer en la cama. Un regalazazo para un lector empedernido, que no se atreve, convaleciente, a pedir sueros de whisky, si bien ganas no le faltan después de una trepanación. Lo hubiera hecho en otros tiempos y acaso hubiera ganado el mote de “Cabeza de pichancha”, especie de colador allá en el sur.

Leoncito
Para José Luis Cuevas

La primera vez que oí aquella súplica más que lamento (“¡Ya me quiero ir!”) supuse que era un niño. Durante toda la semana escuché la misma demanda cada mañana. No me pareció extraño porque la espera a esa hora, acaso con el sueño interrumpido o desmañanado, se antojaba demasiado larga. En semana santa, el piso de Radioterapia de Oncología del Centro Médico Siglo XXI estaba lleno, desbordado. Llaman al paciente por medio de un sistema interno de sonido, dos o tres cada diez o quince minutos. Se organiza un desfile de esperanzados en una cura casi milagrosa. A lo mejor no para aquel niño que aún no se explica muchas injusticias de la vida.
En la primera sesión de radioterapia se me ocurrió preguntar si dolía. Buscaba romper el hielo con la enfermera. Pero ella no estaba para romper nada y dijo que ahí también trataban a niños. Entendí: “Ni siquiera los niños hacen preguntas pueriles”.
Cuando conocí a Leoncito lo vi en un pasillo jugando con su padre, el mismo perfil del cráneo. El niño de unos cinco o seis años, estaba rapado a navaja, a la Yul Bryner (1920-1985), el actor ruso aquel del siglo XX. Leoncito, así lo llamaban, corría de un lado a otro, riendo, siempre al encuentro de quien supuse el padre. Era el niño que gritaba cada mañana “¡Ya me quiero ir!” y ahora con la misma voz decía, vehemente: “¡Al ratito…!” “¡La foto, al ratito!” Le hicieron creer, deduje, que las luces de la sesión de radioterapia recorriendo su cuerpo eran para tomarle fotos.
Hubiera querido acercarme y chocar mis nudillos con los suyos y decirle que yo también quería irme ya a casa, pero que él era un ejemplo de paciente para los adultos, sobre todo para los temerosos de que aquellas luces no fueran las de una cámara fotográfica, sino lancetas de fuego atómico… Entonces escuché mi nombre y caminé resuelto a mi sesión, inspirado por Leoncito.