REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
27 | 05 | 2019
   

Confabulario

El guerrero águila


Francisco Javier Arroyo

Ese viernes no hubo clases, así que acompañé a mi madre al centro de la ciudad, a la plaza de “La Santísima”, detrás del Palacio Nacional, ahí había unos negocios donde vendían chiles secos, semillas y otros productos del ramo. Cuando mi madre, elaboraba mole estilo oaxaqueño, compraba los ingredientes ahí, así que mientras la esperaba, me senté en la banqueta, había unas tablas de triplay que obstruían la visión a una obra en construcción en el predio contiguo, me asomé a través de un resquicio miré la excavación, había un trascabo y dos camiones de volteo, aproveché que nadie me observaba y me introduje, llegué a la excavación, a mis casi doce años y con la ilusión de ser algún día, arqueólogo, era mi oportunidad, dí un salto directo al agujero, nunca supe si esa excavación había sido parte del proyecto Templo Mayor, pues siete meses antes habían encontrado muy cerca de ahí, en la esquina de República de Argentina y Guatemala, el monolito de la diosa Coyolxauhqui (cara pintada con cascabeles), con lo cual dio inicio el proyecto arqueológico urbano más importante de nuestro país.
Tomé un madero y comencé a escarbar, encontré varios huesos, luego hallé un cráneo lleno de tierra, los metí en la bolsa de mi madre y salí, sin evitar ensuciarme, mi madre me esperaba furiosa, cuando llegamos a casa, me dediqué a limpiar los huesos, cuidé que nadie me viera, después los guardé en una caja debajo de mi cama.
En la noche soñé que viajaba en la parte superior de un camión de volteo repleto de tierra húmeda, se dirigía a un lugar desolado, la descargaba sobre montones de restos humanos, algunos crujían, los cráneos movían sus mandíbulas como queriéndome morder, otros lanzaban espantosos alaridos, desperté sobresaltado, ya no pude dormir.
Esa semana anduve intranquilo, despistado y temeroso.
La noche del 24 de octubre de 1978, escuché ruidos debajo de mi cama, me asomé, algo estaba ahí, sentí su mirada, de ambas cuencas, surgió una intensa luz, era el cráneo; lleno de terror salí de mi habitación para introducirme al baño, en donde me quedé toda la noche.
Eran las siete de la mañana cuando mi padre se percató de mi presencia en el baño, me preguntó:
-¿por qué te quedaste dormido aquí?, ¿qué te pasó?
Contesté:
-Lo que pasa es que tenía un dolor de estomago muy fuerte, entré al baño y me venció el sueño.
Ese día mi distracción fue total, el maestro Jacinto me previno varias veces de que pusiera atención o mandaría un citatorio a mis padres.
Cuando llegué a casa, se encontraba el camión recolector de basura en la calle, decidido, traté de deshacerme de los huesos, pero al sacarlos, rodaron por el piso, haciendo tremendo escándalo, mi madre gritó para preguntar el origen del ruido, contesté que no pasaba nada, al momento de sacar la caja a la calle, el camión recolector ya se había marchado, me encontré de frente a mi padre, quien llegaba de sus labores diarias, me cuestionó sobre la caja, tuve que mentir, aludiendo que se trataba de un material para la escuela.
En la noche no quería entrar a mi habitación, pero lo tuve que hacer, me senté sobre mi cama, me quedé dormido con la luz encendida, ya entrada la noche comenzaron los ruidos, me armé de valor, miré de frente el cráneo que permanecía con las cuencas encendidas, de pronto ya no sentí miedo, era increíble verlo de cerca, meticulosamente lo revisé, centímetro a centímetro, noté algunas cicatrices en la parte frontal, otra a un lado de la cuenca derecha, además algunas marcas en la barbilla, me quedé conmovido ante mis preguntas, ¿quién fue?, ¿dónde y en qué época vivió?, me venció el sueño.
Al día siguiente ante los primeros rayos del sol que entraban por mi ventana, se encontraba ahí, sobre la cama, lo miré, me miró, abrió su mandíbula para decirme: cualli tonaltin, después sabría su significado (buenos días), quise salir corriendo de mi habitación a causa del miedo, sin embargo me enfrenté a él, y pregunté:
-¿Quién eres?, ¿Qué quieres?
Contestó:
-Tetlepanquetzal……Tetlepanquetzal.....ne notoca…Tetlepanquetzal (me llamo Tetlepanquetzal), ya no habló más, hice anotaciones en una libreta, salí de casa rápidamente.
En la biblioteca de la escuela consulté las enciclopedias de Historia de México y México a través de los siglos, era tarde cuando llegué a casa, esa noche no hubo ruidos, dormí placenteramente, tuve un sueño muy extraño, había mucha gente, la mayoría vestía con ropas coloridas y plumajes extravagantes, mi rostro estaba pintado de carmín, participaba en un ritual muy extraño frente a una enorme pirámide, portaba vestimentas con piel de jaguar y sobre mi cabeza, amarrada con tiras de piel, una cabeza de águila, sostenía con mi mano derecha un garrote con puntas de piedras filosas (macahuitl), seguramente era un guerrero águila (cuauhpilli), en la ceremonia se encontraban varios hombres atados de pies y manos, alguien con otra vestimenta y con plumas de varios colores realizaría una especie de ceremonia, llenando de incienso el lugar, se escucharon unos gritos ensordecedores, justo en ese momento desperté sobresaltado, empapado en sudor; ese día, después de clases continué con mi investigación, consulté un diccionario náhuatl, traté de aprender algunas palabras, y no fue sino hasta las 7:30 de la noche cuando dejé la biblioteca, nuevamente salí a toda prisa rumbo a mi casa, me regañaron y me fui a mi recámara sin merendar, nuevamente acepté mi castigo.
Era de madrugada cuando comenzaron los ruidos, saqué el cráneo e inicié un diálogo, le pregunté si en verdad era Tetlepanquetzal, el señor de Tlacopan, primo de Cuauhtémoc (águila que cae sobre su presa), le pregunté, además, que si él había peleado en contra de los invasores españoles, que saquearon el oro de la Gran Tenochtitlan, quise preguntarle sobre Hernán Cortés, pero al ver que sus ojos se iluminaron, guardé silencio, lo escuché:
-Quema… ne… Tetlepanquetzal… (si soy Tetlepanquetzal).
Me quedé paralizado de asombro, no podía creer, estaba frente a un personaje importante en la historia de nuestros antepasados, un testigo presencial de la conquista de nuestro territorio prehispánico, un hombre cercano a Cuauhtémoc, volví a preguntar:
-¿Hablas español?
Dijo:
-Sí, barbados hablar, aprender, Malintzin Tenépatl (mujer de Hernán Cortés), Huey Tlatoani Cuauhtémoc (Gran gobernante águila que cae sobre su presa) hablar dioses, resistir ataque, señal noche, Huitzilopochtli, luz de la noche canto de guerra.
No entendía en su totalidad lo que me decía, saqué mis apuntes y creo que a lo que se refería, era a que en ese período surcó por el cielo un cometa y ellos habrían entendido el paso de éste, como una señal del dios de la Guerra (Huitzilopochtli) para enfrentar a los españoles, encabezados por Hernán Cortés, continuó:
-Quetzalcoatl, dios dador vida, redentor, anunció el mal, barbados mal del sur, hijos de Coatlicue y de Mixcoatl, llegados para sacrificar hijos de Tonatiuh. Robar metal amarillo, robar figuras de dioses, matar niños, jóvenes, ancianos, Tenochtitlan luego ser lugar de fuego, Cuauhtémoc llamó a sus alianzas, Tetlepanquetzal de Tlacopan traer cientos guerreros águilas (cuauhpipiltin) y jaguares (ocelopipiltin), valientes defender pueblo y dioses y a Tlatoani, vencimos a la noche, barbados huir, levantamos murallas, ciudad, adoración a Huitzilopochtli y Xipe Tótec, ceremonia de Tlacaxipehualiztli (sacrificios humanos antes de la primavera), 22 barbados prisioneros, desollados, ofrecidos para vencer en la guerra, Tlaloc envió purificación año conejo, 21 días cayó agua, casas inundadas, Tlaloc mandó señal para ganar guerra. Muchos ahogados, Huey Tlatoani Cuauhtémoc, preparar 500 cuauhpilli (guerrero águila), 1200 ocelopilli (guerrero jaguar), 3000 macehualtin (guerreros resistentes), barbados regresar, tlaxcaltecas regresar por venganza, 135 000 hombres en cabeza, después barbados, muchos caballos, perros hambrientos, cañas de fuego, todos atacar a los dioses, Quetzalcoatl molesto hizo llamado a Tlatoani valiente, guerra de 80 días, resistencia de guerreros, hambre, peste negra, agua fétida, muchos muertos, no rendir ante barbados, Huitzilopochtli mandar señal, Metztli (luna) negra seis días, Tlatoani, pedir ayuda, Tlacopan quedar en ruinas, yo Tetlepanquetzal pelear, atrapar cinco barbados, tenerlos en casa de Cuauhtémoc 60 días, aprender de ellos, lengua, armas, pólvora (polvo que enciende), ceremonia de ayuda a Coatlicue, 5 barbados sacrificados, pocos vivimos, atrapar, encerrar Tlatoani Cuauhtémoc y Tetlepanquetzal.
Se escuchó el cerrojo de la puerta, lo lancé por debajo de la cama. Era mi madre, quien preguntó el motivo de los cuchicheos, me pidió que me durmiera, contesté que sí, me quedé completamente dormido; soñé una hermosa ciudad prehispánica, llena de colores, con gran actividad, miles de personas cruzaban las hermosas calles empedradas, hacia el oriente se admiraban los hermosos volcanes: Popocatépetl (cerro que humea) e Iztaccíhuatl (mujer blanca), veía una abundante vegetación, hermosos canales que cruzaban la ciudad, el cielo azul, lleno de variadas aves de muchos colores. Yo portaba un hermoso pectoral de plumas de quetzal, color turquesa, muñequeras, orejeras, espinilleras, aretes, anillos, collares con glifos de varios dioses, todos de oro laminado, portaba además taparrabo con diseño tolteca, capa con motivos guerreros y un elegante penacho elaborado en Tlacopan, (lugar de plantas floridas), con plumaje de aves traídas de Xochimilco, Texcoco y Mixquic, en mi sueño aparecían varios guerreros águilas y jaguares, todos uniformados y bien alineados, esperaban la orden del Huey Tlatoani Cuauhtémoc quien se encontraba sobre un basamento circular, me encontraba a su lado derecho, me miraba, me llamaba Tetlepanquetzal, señalaba con su dedo índice hacia el oriente donde se apreciaban nubes de polvo a lo lejos, me decía: Quetzalcoatl huala Tenochtitlan (Quetzalcoatl viene a Tenochtitlan), miraba a lo lejos, de repente miraba al Tlatoani y ya su rostro era el de una calavera con las cuencas llenas de fuego, miraba toda la ciudad en ruinas y mucha gente muerta tirada sobre la plaza principal, a decir verdad ése ha sido el peor sueño que he tenido.
A la siguiente noche, continué escuchando a Tetlepanquetzal, me dijo que permanecieron por más de cinco días encerrados en la propia casa de Cuauhtémoc, al sexto día Malinche (así le llamaban a Hernán Cortes, por ser este dueño de Malintzin) habló con ellos a través de la traductora, la propia mujer de Cortés, fue quien les conminó a entregar los tesoros escondidos, se refería al oro.
Continuó su historia:
-Huey Tlatoani Cuauhtémoc sufrir por pueblo, todo se acabó, barbados destruir a los dioses, Coatlicue, Quetzalcoatl, Huitzilopochtli, Mictlantecuhtli, Tlaloc, Tezcatlipoca, todos hundidos en el agua, mancillados, Cuauhtémoc no reveló la ubicación del oro, todo quedó guardado en casa de él, bajo tierra, con dirección a Huizachtecatl, nos quemaron pies, manos, valiente Tlatoani, guardó silencio, Mictecacihuatl (Señora de la muerte), cuidar nuestros huesos después de morir, hubo ceremonia, llegar a inframundo, solo carne desaparece, alma pertenece al aire, al aspiro, evocar muertos, no se van, quedan con nosotros.
Le pregunté:
-¿Qué quieres que haga por ti?
Las cuencas destellaron un azul intenso, me contestó:
-Cerca de donde me encontraste, está el Huey Tlatoani Cuauhtémoc, una vez que nos quemaron los pies y las manos, Malinche nos colgó de un árbol, nos tiraron en una fosa y nos cubrieron de lodazal, encuéntralo, sólo así podrá cumplirse el deseo del Tlatoani de regresar a la vida, al aire, al sol, al agua.
Al día siguiente, muy temprano, me dirigí a la Plaza de la Santísima, mi decepción fue mayúscula al ver que en lugar de la excavación se encontraban unas jardineras de terrazos; pregunté a algunas personas que hacían limpieza en el lugar, no supieron, le pregunté a un conductor de camión, quien me contestó que la tierra de la construcción estaba siendo descargada en los tiraderos de Santa Cruz Meyehualco, al oriente de la ciudad, entristecido me fui a mi casa.
En la noche, me encontraba pensativo, los ruidos se escuchaban bajo mi cama, no quise hablar con Tetlepanquetzal, pensaba que lo había decepcionado, al no haber podido recuperar al Huey Tlatoani Cuauhtémoc.
Al día siguiente, sábado, muy de mañana, abordé un camión y me fui a Santa Cruz Meyehualco, llegué rápido.
Efectivamente, había bastantes camiones, tanto de recolección de basura como de escombros, así que desde lejos se podían apreciar los montículos de ladrillos, tierra, material de desecho, basura y demás, todo mojado, pues había llovido toda la noche.
Recorrí casi todo el lugar sin hallar nada, era más de medio día y me encontraba fatigado, enlodado, hambriento, sediento, acalorado y sobre todo desanimado, creí que todo había sido en vano.
Sentí que era momento de retirarme, pero, sobre un montículo divisé una madera rectangular con pedazos de vidrios oscuros incrustados en las orillas, estaba llena de lodo, con dificultad, la limpié, concluí que esa madera, era un macuahuitl (macana con puntas de obsidiana, utilizada por los guerreros aztecas), continué buscando en el montículo, transcurrieron más de dos horas, fue entonces que topé con una roca esférica de mediano tamaño, el palo se hundió por un orificio, luego por otro, la limpié hasta descubrir que era un cráneo, encontré otros huesos, la tarde cayó, guardé todo dentro de un costal de yute que encontré por ahí, me retiré.
Llegué de noche a casa, escondí el costal, esperé a que durmieran, comencé a revisar pieza por pieza.
Limpié el cráneo, observé su mandíbula, algo brillaba dentro de ésta, encontré un hermoso brazalete circular de oro laminado con un glifo de cabeza de águila en posición de ataque, además, muy bien envuelto, un rollo de papel amate pictografiado, lo desenvolví, aprecié algunos pasajes de la vida cotidiana de aquel personaje, los colores estaban muy bien conservados.
Saqué a Tetlepanquetzal, coloqué los cráneos de frente, el foco de mi lámpara explotó, de sus cuencas surgieron luces de colores e iniciaron una charla bastante fluida en náhuatl, les pedí que guardaran silencio, mis padres podían escuchar y sería el fin, los puse en la caja de cartón y los metí debajo de la cama, me acosté, su charla continuó, no supe hasta qué horas, por que me quedé completamente dormido.
A la mañana siguiente, me alistaba para ir a la escuela, cuando escuché una voz que me decía, tlazohcamati, tlazohcamati (gracias, gracias), era Tetlepanquetzal, me pidió que los regresara a su lugar de origen; envolví cada hueso con periódico, incluyendo el macuahuitl; la hoja del códice, la enrollé cuidadosamente y la introduje en la mandíbula de Cuauhtémoc y los cráneos con mantas, acomodé todo en una mochila, antes de esto, Cuauhtémoc me dijo:
-Xocoyotl copitl, tlazohcamati, no teocuitlatl tica chantli, miquiztli, quiahuitl, metztli. (Hermano menor luciérnaga, gracias, mi oro está en casa, muerte, lluvia, luna, inframundo).
Guardó silencio.
La mañana estaba nublada, vestido con uniforme escolar y mochila al hombro, salí de casa, era un 3 de diciembre de 1978. Una vez que llegué al Museo de Antropología e Historia, tenía varios sentimientos encontrados, aún así, coloqué, sin que nadie me viera, la mochila frente a la enorme puerta de cristal de aquel hermoso recinto, hogar de la historia nacional, crucé la arbolada, escuché a lo lejos un par de voces que al unísono decían: tlazohcamati (gracias), caminé, aprecié el hermoso Castillo de Chapultepec, me senté un rato, me fui a casa.
Unos días después, mirando el noticiero televisivo junto a mi familia, dieron a conocer una sorprendente noticia:
Arqueólogos mexicanos encuentran restos del emperador azteca Cuauhtémoc, así como de otro personaje de la época, ambos fueron hallados cerca del Templo Mayor; el Instituto de Cultura e Historia informó, que acompañado a estos, también localizaron un códice que puede dar a conocer la verdad sobre la vida y muerte de este gran héroe azteca, el último Huey Tlatoani
Me dirigí a mi habitación, mi madre preguntó:
-¿A dónde vas hijo?
Sonriendo, le contesté:
-A estudiar Historia de México.
Antes de encender la luz de mi recámara, miré la repisa lateral, ahí se encontraba el brazalete de oro, su brillo era intenso, se apreciaba el glifo de la cabeza de un águila en posición de ataque, era del emperador Cuauhtémoc, el verdadero Guerrero Águila.