REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2019
   

Arca de Noé

Islas y fiordos de la Antártica Chilena


Roberto Bravo

La oficina naviera está en el hotel de prestigio de Puerto Natales; es una construcción sólida con buenos servicios. Mil cuatrocientos cincuenta dólares fue el costo del viaje por Theresita, el auto y yo. La travesía duraría del martes al viernes.
Vimos en el mapa varias veces la ruta que seguiría el barco, fuimos a la aduana a solicitar permisos y otros trámites burocráticos antes de partir. Un empleado de la compañía nos acompañó, y en el camino nos dijo que el día anterior había sufrido un accidente en su motocicleta, que afortunadamente sólo en la mano y en la pierna tenía raspones. Le pregunté que por qué le gustaba montarse en la moto.
--Es una sensación de libertad que me invade, difícil de explicar.
Cuando montaba caballos, eso mismo sentía al correr a galope rápido, pensé.
Al despedirse el empleado, Theresita me confió que le daba temor regresar por barco. En un sueño recurrente que tuvo de joven: Una ola gigantesca la envolvía y llevaba al fondo del mar donde se ahogaba.
De niño, una draga estacionada en el río Papaloapan era mi diversión. Acostumbraba ir por las tardes a nadar y la cruzaba a lo ancho por debajo del agua. Una vez, al atravesarla, lo hice a lo largo, y al tratar de salir a la superficie me topé con la quilla, dos veces más hice el intento de salir y nada. Estaba por ahogarme cuando rectifiqué y momentos después logré respirar. Otra vez, cerca de ese lugar, encontré a un compañero de la escuela atrapado en las raíces de un sauce, se había resbalado mientras pescaba, el anzuelo se le prendió al cuello y el hilo se enredó en la raíces del árbol. Ya estaba muerto cuando lo vi. Salí del agua, me vestí y sin decir a nadie lo ocurrido, porque no tenía permiso de ir a nadar al río, regresé a la casa de mis padres. Más tarde lo sacaron y le hicieron el funeral. En otra ocasión, siendo universitario, fui a Isla Mujeres, en el Caribe mexicano, alquilé una moto para recorrer la isla; en un promontorio de lava volcánica de uno de sus extremos encontré un remanso de agua, una alberca natural. Me quité la ropa y nadé un rato. Al intentar volver a la orilla me di cuenta que estaba en el mismo lugar. No avanzaba. Busqué a alguien para pedir auxilio; una lancha pasó a lo lejos, sus ocupantes me saludaron agitando sus manos y desaparecieron. Sin ser percibida, una corriente me alejaba de la orilla y no podía volver. Me imaginé perdido en altamar jalado por esa resaca silenciosa. Al sentirme desamparado nadé por debajo del agua como acostumbraba de niño y al salir a respirar divisé la orilla más cerca. Repetí esta operación hasta que mis dedos agarraron la saliente rocosa. Juré no volver a nadar en mi vida. Hoy, lo hago en las albercas, pero me canso demasiado, el agua en ellas es pesada, y mis brazos y mi pecho son delgados.
Estuvimos la tarde completa esperando el arribo del barco, listos con el equipaje. Theresita vio sus emails y estuvo contestando mensajes. Por el ventanal del hotel, miraba yo a las personas caminar por el andador del muelle. Compré un café americano y un late en la cafetería del hotel, y cenamos de lo que habíamos comprado en el supermercado. Abordamos el barco antes de medianoche. Acostado en la litera escuchaba los golpes que hacía la carga al ser almacenada en la panza del bote. Debo haber estado dormido cuando inició la navegación. Al despertar, sentí la sensación de que íbamos deslizándonos por el agua.
Aunque nos dieron boleto para viajar en un camarote para cuatro pasajeros, finalmente lo hicimos solos y ocupamos las camas bajas. El compartimiento tiene un ojo de buey hacia cubierta por donde podemos ver el mar.
En la casa de mis padres, a las siete y media de la noche era la hora en que dos de mis hermanos y yo debíamos ir a la regadera juntos, salíamos de allí con la ropa de dormir a tomar la cena, y de allí a la cama. De adulto tomo mi ducha por la mañanas para empezar el día limpio, pero, todavía hasta hoy, no puedo hacerlo en una baño común aunque las regaderas estén dividas en compartimientos. Un prurito de que la limpieza en esos lugares no es suficiente me lo impide. Siento aversión de estar en la misma bañadera donde otra persona que no conozco, estuvo antes que yo. Soy admirador de San Francisco, quien para vencer su repugnancia a los leprosos besó a uno de ellos en un acto de humillación que lo hiciera sensible al sufrimiento de los demás y humilde. Mis compañeros de viaje no eran apestados, pero aun consciente de eso, por las mañanas me rasuraba y lavaba la cara y el pelo únicamente. Theresita, en cambio, iba feliz al comunal de mujeres y regresaba radiante.
Al tenderme en mi litera y relajarme sentí agudizado un dolor en el lado izquierdo de mi cintura que se prolongaba desde la cadera a la ingle. Esta molestia que me había acompañado durante el viaje por Argentina y alivié con sedantes se me presentó y no tenía más analgésicos. Sin embargo, en consonancia con el entorno, me sentía en paz. Theresita, ordenó sus cosas, mientras yo me abandonaba a ser conducido por donde el destino eligiera. Dormí con la sensación de ser mecido en una hamaca o en mi cuna de niño.
El comedor y los alimentos eran básicos como los de un internado o cuartel, pero limpio y la comida con los nutrientes necesarios. En cubierta, los pasajeros miraban las islas, los icebergs, fiordos, y los entendidos hacían comentarios sobre la fauna y las aves marinas que avistaban. El aire helado de un enorme glaciar me golpeó, el barco fondeó un tiempo frente a él. Vimos pingüinos y focas entre los bloques de hielo que navegaban a los lados de la embarcación. El crucero iba completo de pasajeros, todos de diferentes continentes. Theresita encontró una pareja de jóvenes escoceses de Inverness, que llevaban un mes de viaje desde Brasil: Él era chofer de un camión de mercancías y ella optometrista. Habían ahorrado varios años para hacer el viaje que se prolongaría hasta Perú y Bolivia. Tenían poco de casados. Por la tarde escuchamos una conferencia sobre los glaciares, y un discurso de bienvenida por parte del capitán del barco que nos informó entre otras cosas que el bote había sido un carguero de segunda mano japonés acondicionado para transportar pasajeros y fletes.
Hoy en Escocia es el Burns Day, sus habitantes hacen verbenas en sus ciudades para festejar al poeta Robert Burns.
Nos levantamos a las cinco de la mañana para ver el amanecer y hacer tomas, estuvo nublado, pero Theresita se esforzó y encontró rendijas en el horizonte donde la luz se afanaba por alumbrarlo. Regresamos a dormir, desayunamos y volvimos a la cama. Theresita, siente molestias en el estómago. Después de comer fuimos a cubierta: ballenas lanzaban chorros de agua por su lomo, delfines, focas y cormoranes merodeaban la embarcación.
Entramos al Golfo de Penas, mar abierto. El barco se bamboleó durante 12 horas; Theresita ha empeorado del estómago. Nos fuimos al camarote inmediatamente después de cenar. Dormimos bien.
Aunque he descansado, mis brazos y la espalda siguen doliéndome. El día está nublado. En la noche habrá fiesta en el bar porque mañana desembarcaremos en Puerto Montt. El bar es la parte más confortable del barco. Los pasajeros dormitan, platican, se entretienen con juegos de mesa, leen. Theresita pidió un pisco sour, y yo vino rojo.
Por la noche nos entretuvimos jugando bingo, Theresita ganó una botella de vino chileno. Bebimos vino rojo, y cuando terminó la diversión regresamos a preparar nuestro equipaje para desembarcar.
Estos días en el mar fueron como un sumergirse en sus aguas para salir de ellas con el espíritu dispuesto a reiniciar nuestro trabajo en tierra. A través de la limpieza del aire marino y su luz fuimos testigos de lo extraordinaria que es la lejanía del horizonte y de la belleza de la tierra insular. Los cielos por donde anduvimos, cada uno contribuyó a documentar un trabajo que sin ellos no hubiéramos podido completar.
El agua más sucia en una travesía de más de veinte y cinco kilómetros en contacto con la luz y el aire se purifica como si fuera bendecida por una divinidad. Así me sentí al rodar por Puerto Montt, que en el amanecer me pareció como el barco varado habitado por aves marinas que encontramos en la ruta y que estaba convertido en chatarra. Testigos de su época de bonanza pesquera, cuando Puerto Montt fue el segundo productor de salmón en el mundo, se levantaban dos torres comerciales gemelas viendo hacía el frío antártico. Aparejos de pesca oxidados por falta de uso me parecieron sus calles y casas modestas deterioradas por los elementos.