REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Introducción al libro: La Madre, de Máximo Gorki


Boris Bialik

Máximo Gorki es uno de los mayores escritores que ha dado el orbe. Sus libros están llenos de pasión y elevados sentimientos. No cabe duda, fue un luchador social que recurrió a la literatura en su ayuda. Vivió, como lo narró en sus libros, en la pobreza y padeció prisiones y persecuciones. Uno de sus mejores y más afamados libros es La madre, una conmovedora historia que ha tenido millones de lectores y seguidores. Una obra maestra que abrió un camino nuevo a las letras. De muchas formas, Gorki, anticipó la Revolución que Lenin encabezó. Antes incluso, en 1905, durante el Ensayo general, un primer intento revolucionario, la novela de Gorki circulaba estableciendo nuevos valores. Sus personajes principales están ya mostrando las posibilidades de una revolución marxista, imagina a una humanidad distinta, combativa, que busca sus derechos luchando. Son páginas heroicas, que establecen paradigmas novedosos, lejos de las ideas ramplonas de lo que la burguesía imaginaba de la familia y en especial de la madre. Con Gorki, estamos en presencia de una mujer, de una madre que lucha con valor, posee una vitalidad que asombra. Han pasado muchos años de su publicación inicial, está traducida a multitud de lenguas, y la novela de Gorki es un clásico, una de las obras que se leerán hasta el fin de los tiempos.
El socialismo ha caído y apenas subsiste. Pero sus productos, todo aquello que prefiguró una espléndida revolución donde los bolcheviques fueron determinantes, subsisten al derrumbe. Son fundamentalmente obras artísticas, que nos legaron hombres y mujeres que imaginaron poder llevar a cabo la hazaña de un mundo distinto y mejor.
La introducción del profesor Boris Bialik, da una breve pero sólida idea de los méritos literarios y políticos de esa hermosa obra de Máximo Gorki.

El Búho


INTRODUCCIÓN

La Madre, libro extraordinario, ha tenido también un destino nada común. En toda la historia de la literatura mundial, pocas son las obras que han alcanzado tan enorme número de lectores e influido con tanta fuerza y de modo tan directo en millones de vidas humanas.
Conocida es la apreciación que hiciera V. I. Lenin de la novela “La Madre”, después de haber leído el manuscrito original: “...es un libro necesario, muchos obreros participaban en el movimiento revolucionario de modo no consciente, espontáneo, y ahora el leer “La Madre” les reportará gran provecho... Es un libró muy oportuno”.
Concibe su obra Máximo Gorki el año 1902, a raíz de la manifestación del Primero de Mayo en Sórmovo, arrabal obrero de Nizhni Nóvgorod. Aquella acción y la vista de la causa contra sus participantes tuvieron amplia resonancia en toda Rusia. Mucho después, el año 1935, en un telegrama dirigido a los obreros de Sórmovo, el escritor recordaría aquel Primero de Mayo como “un día de gran trascendencia histórica”, como “una de las primeras luchas del proletariado contra su enemigo irreconciliable” y una muestra de la “gran valentía del proletariado”.
Gorki conoció personalmente a muchos de los participantes en aquellos acontecimientos; entre ellos, al abanderado, el obrero Piotr Zalómov, uno de los dirigentes de la organización socialdemócrata de Sórmovo, así como a su madre, Anna Kirílovna, que fueron los prototipos de Pável Vlásov y Nílovna. Pero tanto estas figuras cómo el cuadro general presentado en la obra no eran simples fotografías de personas y acontecimientos reales. En 1911, Gorki, al indicar en su carta a N. Iordanski que Nílovna era “el retrato de la madre de Piotr Zalómov”, explicaba: “Ella no es una excepción. Recuerde usted a la madre de los Kádomtsev, que fue juzgada en Ufá por haberle llevado a su hijo, a la cárcel, las bombas con que fue destrozado el muro durante la fuga. Podría mencionar decenas de nombres de madres que fueron juzgadas en unión de sus hijos y que, en parte, yo he conocido personalmente”.
En 1933, en su carta a V. Diesnitski, decía: “La idea de escribir un libro sobre los obreros surgió ya en mí en Nizhni, después de la manifestación de Sórmovo. Por aquel entonces comencé a reunir datos y a tomar algunos apuntes. Savva Morózov me dio un par de decenas de curiosísimas cartas que le habían escrito los obreros y me contó muchas cosas interesantes por él observadas en la vida fabril... Después del 9 de enero del año cinco, los materiales que yo había reunido desaparecieron en algún sitio, puede que los gendarmes no los devolvieran…
Máximo Gorki empezó a escribir “La Madre” en junio de 1906, durante su estancia en los EE.UU., y allí terminó, a principios de septiembre, la primera parte; la segunda la acabó ya en Italia, en Capri, en el mes de diciembre. La obra apareció por vez primera, en inglés en la revista “Appleton Magazine”, de New York, de diciembre de 1906 a febrero de 1907. Ese mismo año se inicia su publicación en Rusia, en las colecciones literarias (números XVI de la sociedad “Znanie” (“Saber”). Hasta 1917, “La Madre” sólo pudo ver la luz en Rusia mutilada por la censura; además, se entabló acción judicial contra su autor.
Con tal motivo, en el Boletín Oficial del Gobierno Civil de San Petersburgo se insertó el siguiente edicto, (anecdótico si se tiene en cuenta que se trataba de un escritor ya famoso en todo el mundo y cuya residencia era tan conocida, que hasta cuando ponían en los sobres Creta en vez de Capri, las cartas llegaban a su poder): “A requerimiento del Juzgado Comarcal de San Petersburgo, se busca al maestro pintor Alexéi Maxímovich Péshkov (“Máximo Gorki”) de la corporación de Nizhni Nóvgorod”.
La novela adquirió inmediatamente la más amplia difusión. En 1907 y 1908, ya había sido editada en América del Norte, Inglaterra, Bulgaria, Alemania, Holanda, Dinamarca, España, Italia, Servia, Turquía, Finlandia, Francia, Suecia y otros países. Con bastante frecuencia, estas ediciones iban precedidas o acompañadas de fragmentos en periódicos y revistas. Según testimonio de A. Lunacharski, “La prensa obrera, principalmente la alemana, se apoderó de la novela y empezó a divulgarla en forma de suplemento de los periódicos o de folletines, literalmente en millones de ejemplares. Y “La Madre” se convirtió en el libro predilecto de los proletarios europeos’.
Podemos agregar que su suerte fue igual entre multitud de lectores de otros continentes.
“La Madre”, obra comprensible para millones y millones de lectores, es al propio tiempo muy compleja, tanto por su brillante originalidad y su audaz forma innovadora, como por su contenido, que requiere esa forma. ¿Cuál es su contenido? La pregunta no es de tan fácil respuesta como parece a primera vista.
Suele decirse que en esta novela se refleja la vida de la clase obrera, su lucha contra la burguesía y la autocracia, el aumento de su conciencia revolucionaria, la aparición de líderes y dirigentes salidos de su propio seno... Todo ello, desde luego, es cierto, pero demasiado general y ayuda poco a comprender por qué un tal contenido exigía una plasmación artística. Surgen nuevas preguntas. ¿Por qué en una obra dedicada a la vida de la clase obrera no se muestra su trabajo, no aparecen incluso esas escenas laborales que encontramos en los primeros cuentos, relatos y novelas de Máximo Gorki? Ni siquiera sabemos en qué fábrica trabajan los protagonistas de “La Madre”.
Llama también la atención otra circunstancia: En una obra en la que se presenta la lucha de clase del proletariado, no hay en realidad ni un solo tipo de capitalista, en los diversos servidores de la burguesía y de la autocracia — el director de la fábrica, el listero espía, policías, gendarmes, jueces, etc—, no se muestra en absoluto, a diferencia de los personajes positivos, su mundo interior y la mayoría de ellos ni siquiera tienen nombres.
Y no puede decirse que Máximo Gorki conociera mal ese medio, pues en sus cuentos y relatos de los años noventa, y en particular en “Fomá Gordéiev”, ofrece ya una brillante galería de tipos de negociantes y dueños de fábricas y en su obra teatral “Enemigos”, escrita al mismo tiempo que “La Madre”, presenta a las dos clases antagónicas con una honda penetración en la sicología e individualidad de cada personaje. Entonces, ¿por qué no hay esa penetración en la novela “La Madre”?
Tal vez más enjundiosa aún sea otra pregunta que surge inevitablemente al observar la excesiva generalidad con que se aborda el tema de “La Madre”. Si Máximo Gorki quería mostrar el crecimiento de la conciencia revolucionaria y la formación de la vanguardia del proletariado, por qué la figura central de la novela es Pelagueia Nílovna, “viuda de la clase obrera” y madre de obrero, y no su hijo Pável Vlásov, “hombre férreo”, o cualquier otro líder revolucionario?
Conviene recordar, sin embargo, que en “La Madre” no se habla simplemente de la lucha revolucionaria, sino de cómo en el proceso de esa lucha, en su fuego depurador, se transforma interiormente el hombre perteneciente a la masa y nace por segunda vez. Este segundo nacimiento, espiritual, es especialmente demostrativo y aleccionador en el caso de una persona como Nílovna. Ella ha de liberarse de una triple carga —la de clase, la familiar y la espiritual—, pues además de pertenecer a la masa oprimida se encuentra al principio bajo el poder de la religión.
Aunque Nílovna no tiene más que cuarenta años, se siente ya una vieja que ha carecido de verdadera infancia y juventud y no ha experimentado la alegría de “conocer” al mundo. Todo esto le llega en realidad, solamente después de los cuarenta años, cuando por vez primera empiezan a revelarse para ella el sentido y la belleza del mundo, la razón de su propia vida. En una u otra forma, por ese proceso de “enderezamiento” espiritual pasan muchos personajes de la novela, pero para ninguno es tan penoso y hasta tan torturante como para Nílovna.
Pável Vlásov es un “hombre férreo”, “poco común”, “legendario”, y sin embargo, resulta que necesita también una renovación interior, debe liberarse de la demasiada rectitud y de la “austeridad monacal”, de todo cuanto da motivo a la madre para calificarle de “reservado”. Al principio, teme dar rienda suelta a sus sentimientos, sobre todo al del amor. En cambio, a su amigo Andréi Najodka le estorba al comienzo el exceso de romanticismo soñador y esa ternura de alma tan magnífica cuando va acompañada de la firmeza y la decisión del luchador. Ribin tiene que desprenderse del recelo hacia los intelectuales; Vesovschikov, de su desconfianza hacia todo el mundo (¡Qué subita revelación es para él, un convencido de que todos los hombres son enemigos unos de otros, el amplio significado de la palabra “camarada”!)
Y todos estos progresos y cambios internos se producen en la “dulce, triste, sumisa” Nilovna, a quien la vida le ha enseñado a ocultar de las gentes sus sentimientos y a vivir en continuo temor a todo y a todos. ¿Disminuye la valía de Nílovna el hecho de que emprendiera el camino de la lucha revolucionaria después de su hijo e impulsada al principio solamente por su amor de madre? ¡No, en absoluto! El amor la empuja al camino de la lucha, y la lucha le ayuda a comprender qué gran dicha y qué gran responsabilidad es ser madre.
“Cuando un hombre puede llamar a su propia madre también madre en espíritu... ¡es una dicha rara!” —dice Pável Vlásov. Y a medida que Nílovna va convirtiéndose en el ser más entrañable para el hijo, no sólo por la sangre, va agrandándose en ella el amor maternal y extendiéndose a muchos, a todos cuantos están estrechamente enlazados por la gran palabra “camaradas”. (Con este título apareció la novela “La Madre” en la primera edición inglesa.)
La revolución despierta todos los sentimientos verdaderamente humanos, y los más elevados de ellos: la maternidad y la fraternidad. “ a la mujer- Madre, inagotable fuente de la vida, siempre triunfante! —exclama Máximo Gorki en uno de sus “Cuentos de Italia”—. ¡Glorifiquemos en el mundo a la mujer-Madre, única fuerza ante la que se doblega sumisa la muerte!” Máximo Gorki creó toda una galería de figuras de madres, cada una de las cuales va convirtiéndose en símbolo de confirmación de la vida y su constante fecundidad. Y la más admirable de ellas es la protagonista de la presente novela.
Al concentrar la atención en los progresos revolucionarios en la conciencia de las gentes y en los procesos de su vida espiritual, Máximo Gorki mostró cuál es la base real de los mismos. Los destinos de los protagonistas de “La Madre” testimonian que únicamente la lucha contra las fuerzas que oprimen al hombre desde fuera puede liberarle, depurarlo interiormente. “Al hombre hay que renovarlo —dice Ribin—. Si coge la sarna, le llevas al baño; le lavas bien, le pones ropa limpia, ¡y se cura! ¿No es cierto? Pero, ¿cómo se puede limpiar al hombre por dentro?”
Gorki da cumplida respuesta a esa pregunta ensalzando al depurador fuego de la lucha revolucionaria, revelando el carácter verdaderamente universal, para toda la humanidad, de la idea del socialismo, que encierra los principios no sólo de un nuevo régimen social, sino de unas relaciones éticas completamente nuevas, un nuevo “código” moral. Cuando Nílovna vio por primera vez al revolucionario Nikolái Ivánovich, le pareció que éste “había llegado de algún lugar lejano, de otro mundo, donde la existencia era fácil y honrada...” Y cuando la madre, después de la manifestación del Primero de Mayo y de la detención de Pável, deja el arrabal y se traslada a la ciudad, a casa de Nikolái Ivánovich, al medio ambiente de los revolucionarios profesionales, experimenta la sensación de que ha ido a parar a una pequeña isla del futuro.
Aun admirando a sus héroes, Gorki continúa siendo un realista severo y riguroso, pues a la “pequeña isla del futuro” la bate todavía por todas partes el oleaje de una sociedad hostil que pone en peligro no sólo la existencia de las nuevas gentes, sino todo su mundo espiritual. “¿Y será posible que atormenten a la gente? —pregunta Nílovna a su hijo, refiriéndose a los gendarmes y a los carceleros—. ¿Que desgarren el cuerpo, que rompan los huesos? Cuando pienso en esto, Pável, querido mío, ¡me da horror!... “ Y él responde: “Rompen el alma... Eso duele más: el que desgarren el alma con manos sucias. .
El viejo mundo trata de adormecer, de matar nuevamente a las almas que se despiertan, que resucitan, y sobre todo y ante todo con su probada arma: el miedo. “ miedo es la perdición de todos nosotros!” —dice Pável a la madre, llena de inquietud por él. Y Nílovna intenta justificarse: “ no voy a tener miedo? Me he pasado la vida entera temiendo... ¡Tengo llena de temor el alma!” Durante el primer registro, que es también el primer encuentro con los gendarmes, ella no siente más que pavor, pero la segunda vez “no era tan grande su miedo... sentía más odio a aquellos huéspedes nocturnos, grises, con espuelas en las botas, y el odio dominaba al sobresalto”.
En otras muchas ocasiones el miedo se apoderaba del alma de Nílovna, pero en todas ellas lo vence el odio a los enemigos, sentimiento que ha de esclarecer cada vez más la conciencia de los elevados fines de la lucha. “¡Ahora ya no tengo miedo de nada!”, exclama Nílovna, después de la vista de la causa contra su hijo, pero el temor alienta aún en ella. Y en la estación, cuando la reconoce el agente de la policía secreta, de nuevo “sentía que una fuerza hostil la oprimía obstinada.., la envilecía, sumiéndola en un espanto mortal”. Por un instante la acomete el deseo de tirar la maleta con las hojas en que está impresa la palabra del hijo y huir. Pero entonces asesta a su viejo adversario el golpe definitivo: “...con un esfuerzo vigoroso del corazón, que la hizo estremecerse toda, apagó dentro de sí todos aquellos fueguecillos débiles, cobardes, astutos, diciéndose imperiosa: “¡No cubras de vergüenza a tu hijo! ¡Nadie tiene miedo!” Estas palabras constituyen todo un poema acerca, de la lucha contra el temor y el triunfo sobre él.
La exposición de las transformaciones revolucionarias en las almas humanas y su renovación moral va enlazada en Gorki a la idea de que el dominio de las egoístas relaciones de la propiedad privada mata lo humano en el hombre. El escritor aseguraba que la burguesía, al adquirir el dominio en la vida, pierde la facultad de elaborar nuevos ideales y de enardecer con ellos a las masas. El pensamiento de la impotencia ideológica y espiritual de la burguesía y sus servidores —entre ellos los de la autocracia— es expresada del modo más directo y “programático” en el discurso de Pável Vlasóv ante el tribunal.
Aquí debemos destacar una vez más que Máximo Gorki, al trazar las figuras de los protagonistas de “La Madre”, se apartó grandemente de sus modelos reales, reelaborando con audacia el material vivo para cumplir sus tareas ideológico-artísticas.
Los discursos de Piotr Zalómov y sus camaradas en la vista de la causa contra los participantes en la manifestación del Primero de Mayo de 1902 en Sórmovo. magníficos discursos, que Lenin valorara altamente, fueron sustituidos en la novela por otros, escritos por Gorki, en los que las mismas ideas adquirieron una expresión completamente distinta, dictada por el propósito artístico de la obra.
Pável arremete contra la sociedad burguesa, cínica y cruel con la personalidad humana, contra “todas las formas de avasallamiento físico y moral del hombre empleadas por esa sociedad, contra todos los métodos de trituración del hombre...” Y denuncia la necrosis espiritual de ella: “...todos vosotros, nuestros amos, sois más esclavos que nosotros mismos; vosotros estáis esclavizados en espíritu, mientras que nosotros lo estamos sólo físicamente... Advertid que ya no tenéis a nadie que pueda luchar con ideas en defensa de vuestro poderío; habéis agotado ya todos los argumentos capaces de protegeros contra el empuje de la justicia histórica, no podéis crear ya nada nuevo en el dominio de las ideas, sois estériles de espíritu... Vuestra energía es la energía mecánica producida por el aumento del oro, os une en grupos predestinados a devorarse mutuamente; la nuestra es la fuerza viva y sin cesar creciente del sentimiento de solidaridad de todos los obreros... Habéis arrancado al hombre de la vida y le habéis aniquilado; el socialismo une el mundo destrozado por vosotros en un todo único y grandioso. ¡Así será!”
¿Por qué el autor de “La Madre” ha renunciado en este caso a un amplio análisis sicológico de los defensores del régimen de explotación, tan bien esclarecidos interiormente en las escenas, relativamente breves, de “Enemigos”? Ello se debe a la esencia de su empresa artística, tan original y nueva para aquel tiempo, que no podía ser comprendida ni apreciada en su verdadero valor inmediatamente.
En primer lugar el mundo de los enemigos, como todo lo demás, es mostrado aquí, principalmente, a través del prisma de la conciencia de Nílovna. Es ella la que ve así a los enemigos, es a ella a quien le parece que en su alma renaciente quiere irrumpir una desalmada fuerza, a la que no es posible persuadir con palabras. “Un muro gris de gente, toda igual, sin rostro”, así se alza ante Nílovna la fila de soldados que cierran el paso a la manifestación del Primero de Mayo. Pero en realidad, el mismo o casi el mismo muro gris le parecen los enemigos de la revolución. Esta es la razón de que en su alma surja miedo mortal una vez y otra, hasta que es reemplazado por la impavidez, anunciadora de la victoria final de lo nuevo en la conciencia de la madre.
En segundo lugar, la adopción de ese método obedece a la estructura artística de la obra, en la que desempeñan un papel muy importante románticos elementos de estilo que dan a la obra un elevado tono de epopeya o leyenda.
Pero hay que tener en cuenta que en “La Madre” el estilo romántico va unido al realista y que ambos forman aquí dos estratos. En la mañana del Primero de Mayo, Nilovna vio que “Por el cielo, de un azul pálido, bogaban con rapidez bandadas de ligeras nubecillas rosáceas y blancas, semejando grandes pájaros que volaran asustados por el sonoro rugido del vapor. La madre miraba a las nubes y prestaba atención a sí misma”. Esas nubes-pájaros expresan románticamente la lucha de sentimientos contradictorios en el alma de la madre: su afan de ir al encuentro de lo que va a acontecer (luego, surge la imagen de la multitud —pájaro de alas muy abiertas), y la zozobra por lo que pueda ocurrirle al hijo y a sus camaradas. Pero casi inmediatamente Nílovna oye unas palabras que la hacen descender del cielo a la tierra y la llevan a los “prácticos” quehaceres del tan esperado día: “Sale el sol. Se van las nubes. ¡Hoy están de más!”
“La Madre” es una obra netamente innovadora. Pero ello no quiere decir que precisamente Máximo Gorki promoviera por primera vez ese tema y esa problemática. El siguió desarrollando las tradiciones de la gran literatura realista del siglo XIX, y en particular, de su cimero representante: León Tolstói. No sólo en la novela “Resurrección”, sino en otras muchas obras de Tolstói se había planteado ya el problema que tanto apasionó al autor de “La Madre”: el de la renovación interior del hombre, de su depuración moral y su segundo nacimiento. Pero precisamente en la forma de abordar el problema, se percibe toda la complejidad de la actitud de Gorki con respecto a Tolstói, tanto en la continuidad que lo vincula estrechamente a él, como en la enérgica refutación de sus ideas.
Para León Tolstói la “resurrección” del hombre era su autoperfeccionamiento moral, la liberación de su alma de la maldad llevada a ella por la falsa e hipócrita sociedad explotadora. En las obras literarias de Tolstói, a diferencia de las ético-religiosas, la representación de la depuración interior del hombre iba ligada a una audaz crítica de los fundamentos sociales y morales del viejo mundo. Pero las prédicas toistoyanas que negaban la necesidad de la lucha revolucionaria y de toda “resistencia al mal por medio de la violencia” se reflejaban también en sus trabajos literarios. El no fue y no podía ir más allá de contraponer a la falsa y enferma razón de las clases superiores el sano y certero instinto de los de abajo.
En cambio, Máximo Gorki contrapuso a la falsa razón la verdadera, la revolucionaria, que afirmaba la necesidad de derribar el viejo régimen social, incluso por la violencia, si no quedaba otro remedio, y si el enemigo obligaba a ello, de un modo implacable. Mostró además (recordemos la valoración leninista de “La Madre”) cómo el hombre, en su desarrollo, pasa de la protesta espontánea a la lucha consciente.
Al igual que en otras obras suyas escritas anteriormente (“Pequeños burgueses”, “Bajos fondos”, “Enemigos”) o con posterioridad (su trilogía autobiográfica, el esbozo “Y. I. Lenin” y otros trabajos literarios), Gorki plantea en “La Madre” la cuestión del humanismo verdadero y del falso. A. Andréi Najodka le atormenta la conciencia de no haber impedido el asesinato del delator Isái. Comprende que era necesario hacerlo, que aquel confidente de la policía podía perder a muchas personas buenas y honradas. Y sin embargo, le es desagradable y angustioso pensar en su pequeña complicidad con lo ocurrido. En ello se manifiesta, a más de la falta de firmeza (defecto de que adolece Najodka y que aumenta sus sufrimientos) un rasgo hondamente positivo y peculiar de todos los personajes preferidos de Gorki: considerar la violencia, incluso la revolucionaria, como algo forzoso y temporal, preciso solamente para la creación de un mundo nuevo, en el que será innecesaria e imposible toda suerte de violencia.
Al plantear en su novela “La Madre” el problema del humanismo verdadero y del falso, Máximo Gorki no se limitó a rechazar los llamamientos a la no violencia y el perdón de todo, desenmascaró además los intentos de atribuir a la revolución y a los revolucionarios el renunciamiento del humanismo. Mientras los literatos burgueses de distintos matices y tendencias desde los ultrarrevolucionarios hasta los anarquistas, buscaban e inventaban con esmero situaciones y caracteres destinados a demostrar que la lucha revolucionaria excita en el hombre los turbios instintos y despierta en él a la fiera, en “La Madre” se mostraba esta lucha como el único medio para depurar al ser humano de todo lo animal y convertirlo en Hombre, con mayúscula. La novela pone de manifiesto que si la lucha revolucionaria adquiere a veces severas formas, los culpables de ello son los que recurren a todo, a cualquier brutalidad, a cualquier crimen, con tal de detener el curso de la historia.
Muchos años después, parifraseando los sonoros y claros versos de Nekrásov (“Nunca aprenderá a amar el corazón cansado ya de odiar”), Máximo Gorki diría en su esbozo “V. I. Lenin”: “La vida está construida con tan diabólico arte que, sin saber odiar, no es posible amar sinceramente. Sólo esta necesidad, de desdoblar las almas —que deforma radicalmente al hombre—, la inevitabilidad del amor a través del odio condena ya las condiciones actuales de vida a la destrucción”.
La revolución socialista trae consigo la destrucción del mundo que ha impuesto al alma del hombre la tortura del desdoblamiento y la desmembración. La esencia de esa revolución es el amor al ser humano. Si al humanismo se le separa de la revolución, deja de ser verdadero humanismo, y si a la revolución se la separa del humanismo deja de ser verdadera revolución.
En toda la obra de Máximo Gorki, encontramos dos temas: el de “la destrucción de la personalidad” y el de “la resurrección del alma”. En el hombre que se contra pone al pueblo, a la sociedad, al curso de la historia, se pierde y aniquila la personalidad de modo ineluctable, a ese hombre le llega la muerte espiritual antes que la física. Tal tema alcanza el mayor relieve y corporeidad en la epopeya de Máximo Gorki. “La vida de Klim Samguín”. En quienes unen su destino al de su pueblo y se convierten en conscientes artífices de la historia, el alma resucita y ellos mismos adquieren el derecho a la inmortalidad. Este tema se desarrolla con la mayor claridad y brillantez en la novela “La Madre”.
No en vano, en el trágico final de la obra, resuenan estas magníficas palabras, llenas de fe en el Hombre y en su futuro: “¡Al alma resucitada no la matarán!”

Profesor BORIS BIALIK
Doctor en Ciencias Filológicas