REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 10 | 2019
   

De nuestra portada

Rubén Bonifaz Nuño de carne y hueso


Paloma Guardia Montoya

La vida me premió siendo la asistente personal de Rubén Bonifaz Nuño durante 32 años; además, su corazón me adoptó desde que yo tenía 6 meses de edad.
Repito aquí como lo hice en Córdoba, la ciudad natal del doctor Bonifaz Nuño, que para mí es muy difícil escribir para ustedes, puesto que yo no soy escritora, poeta o filóloga. Simplemente en la vida de Rubén, soy Paloma.
Es muy fácil y difícil al mismo tiempo hablar de su vida personal, o hacerles una semblanza de su vida misma.
No creo en las casualidades, desde el momento de mi nacimiento mi destino fue estar junto a ese gran ser. Él me protegió y cuidó siempre, yo lo cuidé con el amor más grande y puro en su vejez.
Ahora comprendo con tristeza y dolor, que los seres humanos tenemos una tarea en esta vida, cuando hemos terminado, es el momento de irnos.
Espero con mucha alegría que ahora Rubén Bonifaz Nuño viva sin dolores ni preocupaciones. Sé que él recobró la vista y andará feliz por su nuevo mundo viendo y disfrutando las maravillas que le gustaban.
Nuestro homenajeado era un ser humano que brillaba intensamente, aún en sus últimos días, cuando me encontraba sentada junto a él, cosa curiosa, me transmitía mucha energía y esa energía alcanzaba a todos los que estaban a su alrededor.
Recuerdo perfectamente una anécdota que lo hacía reír con sus estruendosas carcajadas tan características. Había yo cumplido recientemente 15 años, siempre pasábamos a recogerlo para ir a comer sábado o domingo a su casa, en ese entonces en la calle de Frontera en San Ángel. Ese día fuimos a comer a un restaurant de comida china en la Zona Rosa, al preguntarme el mesero qué quería tomar, inocentemente pedí una sangría con vodka, al oír la palabra vodka soltó la carcajada y nunca, hasta el día que murió, me perdonó que a los 15 años hubiera pedido vodka. Le causó una impresión traumática.
Aún ahora a mis casi 52 años, cuando le platicaba que me había tomado uno o dos tequilas, me decía, “qué bárbara, usted sabe lo que hace”. No estaba tranquilo, si no sabía que yo ya estaba en mi casa y había hablado con él.
Ya por mis 20 o 21 años, entré a trabajar de planta con él, dejó de ser Director del Instituto de Investigaciones Filológicas en su segundo período y el Dr. Carpizo le proporcionó una oficina, una persona que le manejara y una secretaria. Es así como cambia definitivamente mi vida para siempre.
Fue el 4 de diciembre de 1985. Bendito día en que tuve la oportunidad de estar sentada junto a él hasta el día en que fallece.
Ese rumor que corría por los pasillos de la Biblioteca Central, era cierto, el poeta, el maestro, el traductor, el funcionario, Rubén Bonifaz Nuño, venía a ocupar una oficina en la Planta Alta del Edificio de los murales que diseñó el Arquitecto Juan O’Gorman.
Así comienza nuestro ir y venir diario por ese impresionante edificio. Fue un comienzo muy pesado y difícil, porque algunos de ustedes que tal vez conozcan esa oficina, saben que es un área muy grande, la principal, su oficina privada, más un pasillo lleno de estantes, más dos cubículos atrás del área secretarial, pero todo, todo el espacio estaba lleno de cajas, papeles, archivos de piso a techo. Entonces como enajenada me puse a hacer talacha para que la oficina tuviera aspecto decente.
Al principio me costó mucho seguirle el ritmo de trabajo, por la cantidad impresionante de producción que a diario realizaba. Tenía una extensa lista de amistades que igual eran amigas o amigos que a diario querían llorar en su hombro. Y venían y charlaban una hora o más, siempre pidiéndole consejo o dinero o lo que fuera; el chiste era estar con él. Y digo yo a veces pues quitarle mucho tiempo.
Es así como decide que dos o tres días a la semana no iría a Ciudad Universitaria, trabajaría en su lugar secreto, lugar que pocas personas han tenido el privilegio de conocer. En ese lugar es donde guardaba celosamente su biblioteca personal, sus amados Snoopy’s, su fabulosa colección de caleidoscopios, sus espadas, sus obras de arte, sus cuadros, en fin, su vida entera. Es ahí en donde se dedicaba a trabajar con ahínco como todo lo que él hacía. Al día siguiente llegaba y me entregaba su fajo de hojas siempre a máquina, al final de cada página, tenía la costumbre de que con su propia mano ponía la fecha en que había realizado cada trabajo.
Rubén era extremadamente difícil de carácter, alguna colaboradora suya, cercana con un puesto de importancia, cuando llegamos a esta nueva oficina, le llamó, le llamó y le llamó, cada día, cada semana, cada mes, cuando menos 1 o 2 veces al día. La orden que yo tenía era “no estoy nunca para esa persona”. Entonces tenía que inventar cualquier cantidad de excusas inimaginables, “se acaba de ir”, “hace un segundo que va bajando por el elevador”, “le hablaron de Rectoría urgente y fue para allá”, “no vino el día de hoy”. Pero dicha persona con una inteligencia sagaz, digo yo, creo que a los dos años, se dio cuenta de que el doctor Bonifaz Nuño no quería contestarle.
Cuando Rubén decía “no” o “nunca más”, era nunca más. Lo mismo pasó con uno de sus amigos más cercanos y queridos, cuando dijo ya no, fue “ya no” para siempre. De hecho cuando esa persona estaba por morir en el hospital, le llamó. Pero él había dicho “nunca más”, y no contestó. En ese entonces tendría unos 62 o 63 años.
La vida iba transcurriendo, con altas y bajas, pero siempre temiendo que la ceguera llegara, una enfermedad muy difícil, se llama Retinitis Pigmentosa. Fueron siete hermanos y tres la heredaron, entre ellos Rubén, pero a eso también nos tuvimos que ir acostumbrando y adaptando.
Colocábamos las sillas de tal manera, que cuando él llegara, iba directo a su oficina grande. Había una silla dispuesta para que colgara su saco, y al voltear la cabeza, una caja grande con letras azules, por cierto una caja de Moët & Chandon, en un librero, le indicaba que por ahí saldría al pasillo de la oficina. Caminaba contando equis número de pasos, y entonces había otra silla cuyo brillo del filo metálico le indicaba la entrada a su otro cubículo, el cual empezó a usar cuando compró una máquina lectora de marca Aladdin, lectora que está hecha para ser usada por personas con algún tipo de problema visual.
Esa máquina lectora la pudo usar un par de años, al principio no se habituaba a ella pero finalmente la dominó. La lectora es como una computadora, con su pantalla y una charola en donde se colocaba el libro; la pantalla reflejaba la página que se había colocado en la charola. Esa pantalla, como aclaración, les digo tiene dos palanquitas, una de cada lado, y ahí Rubén escogía el color tanto del fondo como de las letras. Según el problema visual de cada persona, el ojo reconoce diferentes tonalidades, a él le servía más la combinación de fondo blanco y letra negra. No pudo adaptarse a las combinaciones de colores como el azul con amarillo.
Pasando esa etapa de usar su lectora, prefirió que yo estuviera sentada siempre junto a él, yo le leía en náhuatl o en latín, y el doctor Bonifaz dictaba en español, trabajo sumamente difícil para su mente. Pero su mente daba para eso y miles de cosas más. Simplemente tan independiente siempre en su trabajo, empezó a sufrir por depender de alguien más para escribir, ahora tenía que dictar. Eso nunca le gustó.
Con la convivencia de tantos años, tantos, nuestra amistad se hizo muy fuerte. Rubén y yo, pasábamos largas horas platicando como nadie, los temas eras muy diversos. A partir de ese momento, nadie logró separarme de él jamás.
Hubo una persona cuyo nombre omitiré, que hizo un comentario cuando le dieron la Medalla de Oro de Bellas Artes, sólo que esa persona que lo dijo, no sabía que se lo estaba diciendo a alguien muy cercano a mí, “Paloma es como una roca en la puerta de Bonifaz Nuño”. Lamento que así me hayan visto en alguna ocasión pero sí, en roca o en lo que fuera me convertiría para protegerlo de cualquier cosa. Así, lo cuidé hasta el último segundo de su vida con una gran devoción y lo seguiría haciendo eternamente.
Algo chistoso o curioso o como prefieran verlo: le decía, oiga Rubén, pidió cita para verlo, zutano o mengano, “ah bueno pero ya sabe”. Sí, yo ya sabía, entraba a la oficina a ofrecer agua, café o cualquier pretexto era bueno, al ver la cara de Rubén, yo sabía si ya corría a la persona, si él estaba tranquilo, o si tenía la visita, 5, 10 o 15 minutos más. Su expresión me decía todo, yo sabía lo que tenía que hacer.
Les aclaro que siempre nos hablamos por nuestros nombres “Rubén”, “Paloma”, pero siempre de usted.
Así fue, teníamos una conexión muy especial.
Una anécdota chistosa de Bonifaz Nuño es ésta: siempre que llegaba a un restaurant, los meseros ya lo conocían y tenía su mesa de siempre, le decían: “una etiqueta roja maestro”, claro, para emborracharme como loco. Lo que no saben es que su etiqueta roja era su coca cola normal, de hecho, el último líquido que ingirió antes de morir fueron unos traguitos de ese gustado refresco de cola.
En los últimos años, su cuerpo se fue agotando, agotando y cansando terriblemente, pero su mente siempre estuvo lúcida, muy lúcida y muy brillante. Todavía 15 días antes de morir, trabajó y estuvo traduciendo un texto que quedó inconcluso en colaboración con Bulmaro Reyes Coria, una traducción de Marcial, llamada “Epigramas”.
La última diversión, o mejor dicho entretenimiento, de esos 5 meses que pasó en cama, era que le leyeran El Quijote o La Divina Comedia. Libros de aventuras de Ridder Haggard o de Julio Verne, y ni se diga libros de Alejandro Dumas. Podía decir páginas enteras de memoria.
Una cosa triste que puedo compartir con ustedes es que a Rubén Bonifaz Nuño le gustaba mucho Cri Cri, de hecho escribió hace un par de años un texto precioso en la Revista de la UNAM. Pues seis días aproximadamente antes de morir, él sólo cantó completita la canción de El Rey de Chocolate, 2 o 3 días antes de irse ya semi-inconsciente se la pusimos al oído. Pienso que sí logró escucharla.
Para Rubén Bonifaz Nuño, la amistad fue algo sumamente importante, la prueba está que conservó a su mejor amigo desde la secundaria, me refiero a Fausto Vega, actualmente Secretario y Administrador de El Colegio Nacional.
Quería mucho a sus discípulos jóvenes con los cuales formó la Cofradía de los Calaca, y sus reuniones eran todos los jueves en una taquería muy famosa de la calle de Miguel Ángel de Quevedo en la ciudad de México.
Aquí me van a permitir todos, que haga una mención especial a un amigo joven de edad y con un tiempo relativamente corto de amistad con él, al periodista Carlos Ramos Padilla, pues recordé ahora, que en un homenaje que le hizo la Biblioteca Central llamado “Diálogo en casa con Rubén Bonifaz Nuño”, expresó varios conceptos con los cuales voy a terminar mis palabras:

Cito a Carlos Ramos Padilla:

“Yo quiero decirles jóvenes de esta nuestra gran casa de estudios, que estamos frente a un sabio, yo creo que el único sabio con vida y está frente a nosotros, el maestro Rubén Bonifaz Nuño representa todo lo que podemos aspirar de la Universidad.
“Estamos frente a un personaje universal, estamos frente a un mexicano de excepción, estamos frente a un universitario de ejemplo y ejemplar, respetado y respetable.
“Y quizá maestro, decir esto es muy fácil, y decirlo en treinta segundos, pero usted se ha ganado un lugar propio en la historia y no la historia pensando en el pasado, sino en el futuro, y siempre lleno de buen humor, con un gran estilo, con una gran clase.
“Para mí, uno de los privilegios enormes de mi vida, es que usted me haya aceptado como su amigo, y de veras valoro el hecho de que la vida me haya condecorado con habérmelo encontrado. Lo quiero mucho maestro”.
Fin de la cita de Ramos Padilla.

A lo que Bonifaz Nuño respondió:

“Acaban ustedes de oír un testimonio muy importante, de un tema que no había tratado yo y que se define con su solo nombre: la amistad. La amistad es el tesoro de la vida, absolutamente, la amistad de los seres humanos entre sí, es lo que hace habitable este mundo”.
Fin de la cita de Bonifaz Nuño.
Yo, Paloma, les agradezco la oportunidad de permitirme hacerles conocer a un Rubén de carne y hueso, y les pido que al decir el nombre de nuestro querido maestro, pongamos en alto el valor de una amistad sincera, como cuando Rubén Bonifaz Nuño, siempre brindó su mano franca a todos.
Muchas gracias.