REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Sinfonía de la sangre


Roberto López Moreno

La poesía es la única expresión del hombre que puede salvar al hombre, porque antes de ser verbo, poesía ya era y al hombre lo fue formando a su imagen y semejanza, aunque a veces no tanto, pero en suma del amargo número algo o mucho de la llama de Prometeo le ha clavado entre cerebro y pecho. Entonces es una trasvasación de formas y energías, sustancias de lo eterno, alimentándose y transformándose mutuamente. Hablé aquí de lo eterno pensando en lo fugaz y nada, que por otra parte, es el poder del político que por medio de la argucia nos pretende representar a todos, ilusos, hasta a los que traen la poesía ardiendo en sus manos. Las fuerzas de las que he hablado: poesía y destino del hombre son los ábraras de sí mismas; oh, inteligencia -apoyándonos legítimamente en José Gorostiza- soledad en llamas. Wagner y Revueltas, el músico Shostakovich salvando a Petrogrado de la otra llama, la que mata, Beethoven, la eterna alegría de Vivaldi.
Vine aquí para hablar del libro más reciente de Alejandro Zenteno, Sinfonía de la sangre, definitorio trabajo que nos ve, nos dice nos canta se convierte en la vena ya no del hombre, del planeta y nos da en nuestros días, quizá el poema épico más importante que se ha escrito en nuestro idioma en la últimos años.
Vine a hablar de la Sinfonía de la sangre, y empiezo. Por el momento, no quiero hablar de Zenteno el poeta. Quiero hablar de Shostakovich. Busco y rebusco y nunca he encontrado mayor grandeza en los que se consumen en la tea del arte, que la de este hombre. De sinfonías hablamos. La obra de Zenteno consta de cuatro movimientos. Quiero que sienta que es mi mejor homenaje evocar a Shostakovich para hablar de él, hablemos del hombre de las sinfonías, quince en su recuento; él no salió de su tierra la Unión Soviética para que los enemigos de su país, los Estados Unidos, lo impusieran como el genio musical del siglo. Eso pasó con otros.
“Pobrecito -dijeron los de mala fe- hubiera sido un gran compositor si no hubiera tenido que sufrir el ninguneo de Stalin”. Farsantes y turbios los que esto dicen. “Como Shostakovich no huyó de su país, sino al contrario se quedó a defenderlo no dio lo máximo de su genio”, argumentan los perversos, “no lo dio todo porque se tuvo que enfrentar a un gobierno que lo oprimía”.
Se les olvida esto: todos los artistas independientes tienen que enfrentarse a los gobiernos de sus países, nunca ha sido de otra manera, y nadie es “pobrecito”, ni lo fue Revueltas ni lo fue Ezra Pound. Cuando los artistas no son independientes reciben premios, becas, se les fabrican estanquillos y embajadas. Si el artista es independiente se le regalan marginaciones, cárcel y hasta muerte. Sólo que si tienen algo que decir estos artistas lo dicen en las mayores dimensiones de su talento y en las frecuencias más altas de su sensibilidad y habilidad técnica. ¿Por qué? Porque son libres.
Por ello es que de esta forma estoy hablando de Alejandro Zenteno, es el río sonoro de Shostakovich, el que defendió de las hordas nazis a su ciudad de Petrogrado, que en esos momentos se llamaba Leningrado. Y lo hizo de la manera más viril como el momento lo requería, pero no matando, era artista, lo hizo desde su puesto de bombero, salvando vidas, apagando el mal fuego que los nazis encendían. Un hombre de esos, cuando escribe su obra, arrastra consigo la historia de la humanidad entera.
Por eso empecé hablando de Shostakovich, porque estoy hablando del poeta Zenteno. Los grandes episodios que reconocemos -porque los que no sabemos deben ser muchos y en extremo heroicos-, nos dejan pasmados al mostrarnos el poder de la decisión del hombre; así quedamos absortos cuando sabemos de la gran marcha de Mao, hazaña increíble; de la gran marcha de Aníbal venciendo Los Alpes; de la gran marcha de quienes atravesaron el Estrecho de Bering para poner en tracción un nuevo continente; la gran marcha de la llama que Siqueiros sintetizó en su muro de la ciudad de México. Una gran marcha que en todos los casos termina en un canto total, semilla que crece en la Sinfonía de la sangre.
La gran Marcha de Zenteno nos da un libro alimentado de todos los tiempos, un libro hecho no sólo con la amplia sabiduría histórica que despliega, sino en la sabiduría sonora que despliega su perfecto manejo del verso, endecasílabos que cantan el uno al otro hasta reventar en la sinfonía. Shostakovich, Shostakovich, gracias por el sonido, épico, heroico, patriótico, Himno de la humanidad.
Entonces Zenteno inicia su gran marcha con su extensa carga de personajes. Por la ventana de cada endecasílabo vemos traiciones y buenaventuras de personajes que salieron a dar luz al ideal y se encontraron con el acero que detiene el impulso. En sus versos vemos a los victoriosos y sus muchos asesinatos en el camino. Es el mismo personaje que los escribe, que los ve, que los vitorea y los llora. El que blandeó el hierro para derrumbar troya, pero que hizo el acto de ingeniería que levantó Teohtihuacan; construyó esa maravilla que es la Muralla China y empuñó también la pólvora que una noche llagó las sombras de Tlatelolco ¿Quiénes estas sombras que dan y quitan? ¿El general Thiers que ya antes de convertirse en la conocida avenida de la colonia Anzures en la ciudad de México se había erigido en el brutal asesino de la Comuna de París? ¿Quién? ¿El criminal múltiple que dispuso de las vidas de los mártires de Chicago? ¿El que creó la Torre de Paris?
Todo es un río y el relato de Zenteno nos hace parte de ese río; somos el asesino y el asesinado; somos la historia que hemos vivido hasta nuestros días. Nombres. Hechos. Hechos. Nombres. Y en medio el fuego, el que construye y el que mata y en el centro un poeta que lo doblega a golpe de verso para convertirlo en el relato de los siglos. Pero que va más allá, hasta convertirlo en nuestra piel misma, al fin poeta.
Todo lo que toca el poema alcanza las dimensiones inabarcables. Inconmensurable es la significación cuando habla de los poetas que forjan versos con el mismo metal de las espadas. Aquí de nuevo la gran marcha, pero la de los poetas libres, la de los poetas guerreros, los inquebrantables y empiezan a vencer horizontes (océanos y planicies, montañas, cielos inalcanzables) los poetas de la única y magna lucha, José Revueltas, González Rojo, González Cosío, Roque Dalton, Fernando Celada, Pedro Mir, Miguel Hernández, Sansón Flores, Germán List Arzubide, Aurora Reyes, Villaseca, Horacio Espinosa Altamirano, Raymundo Ramos, Gutiérrez Cruz, Chucho Arellano, Miguel Guardia, Neruda avanzando desde el sur, Vallejo con su dolor indio, sus versos están hechos con el mismo metal de las espadas, todo va en grande. Avanzan, Margarita Paz Paredes, Carmen de la Fuente, Martínez Ocaranza… son un ejército. El verbo viene desde el principio pero nada hay muerto, quizá por esto, todo está vivo ejerciendo su mecánica en adelante.
Zenteno suma el zumo y establece el gran poema épico mexicano a 13 años del principio de este siglo. Allegados al XXI estamos siendo. Algunos dirían que es la suma de la muerte. Que tan exacta suma entonces para tocarnos vivos hasta la célula más vibrante. Y la caminata marcha. Y en ella se encuentra con su compañero y le habla:
¡Mírame, compañero! ¡Mira el polvo
que la gloria destina a mi sepulcro!
¡Mira mi sangre empantanada! ¡Mira
mi rostro demolido entre las piedras!
Soy una llaga que te nombra, sangre
y lodo en el pantano de la guerra.
¡Abrázame por última vez , dame
tu mano que la pólvora destruye
y arráncame la sonda de la arteria
para que avance el río de la muerte.

Y el compañero le responde:

¡Espera, no te vayas! ¡No te vayas
tan pronto! ¡Devuélvenos tu risa
de parvadas, la llama de tu rostro!
Devuélvenos, la vida que te llevas,
la canción de tus ojos invencibles.

Todo esto junto a la heroica aparición del Caballero Andante.
En lo que se refiere a las particularidades de la patria, sin dejar de saber y de sentir que ésta es el mundo, pero restringiéndose esta vez al estricto político geográfico, en un don de habilidades sorprendentes con las mismas palabras con las que se arman las arengas del himno nacional mexicano, con esas mismas, Zenteno teje su crítica feroz a una realidad voraz y decadente, con esas mismas palabras trabaja y estructura su propia arenga por el hombre. Zenteno como suma de aedos y rapsodas en la cocción de la epopeya germinal.
¿Qué ha visto con las zumas pupilas de su tinta?:

Ciudades demolidas por ejércitos
y terremotos, esqueletos grises
de civilizaciones aplastadas
por dioses y volcanes, o tragadas
con la bocaza enorme del océano.
 

“Y desde estas contundentes visiones se nutren feroces expresiones del poeta”. Y dan un paso. Y da un grito. Y da un trazo con su pluma y todos quedamos establecidos en la Sinfonía de la Sangre.
En estos recorridos de la poesía épica, el de Zenteno es uno de los grandes resúmenes de nuestro tiempo, tomando como el inicio de nuestro tiempo, el día en que se descubrió el fuego y que rodó la primera rueda, en este ahora su recorrido, Alejandro Zenteno reconoce a los guerreros que palpitan en su sangre, a los que gritan de la sombra, a los que reconoce como la yugular del universo.
Él dice que al borde de una hoguera se forjaron los primeros cantores y yo pienso que de ahí vienen las raíces profundas de las venas del poeta, y las venas que vienen atrás de nosotros exigiendo su sonido y espacio, ábrara irrenunciable que nos ahija nos impulsa y nos aniquila de ese modo. Para volver a ser.
“De la rosa de fuego -nos dice nuestro poeta guerrero- se elevaron los sonoros bajeles de la flota imaginaria”, y entonces nos quedamos pensando de la Rosa de Huidobro (“poeta no le cantéis a la rosa, hacedla florecer en el poema”), de esa rosa florecida en el verso de Huidobro, de la Construcción de la rosa en la que se empeñó Leticia Ocharán desde meses antes de fallecer. De la deslumbrante rosa roja que el “creacionista” Huidobro se puso en la solapa primero que el francés, y no como pretenden los reaccionarios mexicanos. Esa rosa de la vida es a la que canta Alejandro Zenteno y le pregunta a Shostakóvich cómo y Shostakóvich con cariño le habla al oído y le dice que la rosa de la que hablan aquí, es la que se levanta -aquí Zenteno-: de las ciudades demolidas por ejércitos y terremotos, de esqueletos grises de civilizaciones aplastadas por dioses y volcanes o tragadas con la bocaza enorme del océano. Y se escriben así los cuatro movimientos de esta obra.
Y la rosa sigue viviendo y se vuelve sinfonía de la sangre misma que se va a rehacer el mundo, es poesía. Cada llaga se le convierte en una luz de alegría, ahí está el libro de Zenteno para testificarlo: Canta Zenteno. Canta Shostakóvich, canta la arquitectura, mientras se levanta Vivaldi y se posesiona de la Sinfonía de Zenteno, de su gran, inigualable libro y juntos son. Y juntos somos. Y juntos seguiremos siendo. Viva la vida Vivaldi, filo de alfil de la alegría, gota despierta, seno que cae, anoche la luna fue mía, risa perenne de los pentagramas ¡Algarabía! Viva la vida Vivaldi. Shostakovich. Revueltas. Viva la vida. Viva la vida Alejandro. Y mil veces más y más y más: Viva. Viva en la Sinfonía de la Sangre. Viva en nuestro tiempo y en los tiempos. Zenteno. Shostakovich. Vivaldi. Revueltas. Viva la vida. La vida viva. ¡Que Viva!

POEMA LACONISTA PARA EL LIBRO SINFONÍA DE LA SANGRE

POESÍA
Sinfonía de la sangre;
el sol en verbos se levanta, y arde.