REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Arca de Noé

De la competencia con amour


Hugo Enrique Sáez A.

Hacer el amor es algo bueno en sí mismo, y
tanto mejor cuantas más veces ocurra, de cualquier
manera posible o concebible, entre el mayor número
posible de personas y durante el mayor tiempo posible. *


Sería incorrecto interpretar este párrafo como un mandamiento del demonio en contra de aquel precepto religioso que ordenaba no fornicar. En realidad, su formulación por David Cooper obedece a que se está constatando la penetración de la libre competencia y el consumo indiscriminado aun en el terreno de la intimidad. Como advierte Giddens, en nuestros días la pregunta “¿cómo está la familia?” es sustituida por “¿en qué relación estás?”, como si nos interesara saber en qué negocio te mueves en estos días. Las relaciones sexuales desbordan los límites que antes las emparedaban al nicho nupcial y se abren caminos en las más diversas direcciones con múltiples variaciones. Primero fue la píldora anticonceptiva en la década de 1960 la que vino a generar una revolución sexual gracias a que liberó a las parejas de amarse para la reproducción; más reciente, a fines del siglo veinte, la píldora azul posibilitó extender la vida útil del pene de los ancianos. Las antiguas “perversiones” adquieren carta de ciudadanía y ya hay legislaciones que contemplan los matrimonios entre parejas del mismo sexo. Los “swingers”, que nacieron en la clandestinidad, ahora abren locales en que se inscriben parejas ansiosas por experimentar sensaciones fuertes con otras y otros socios de la libido. Las palabras “sexo oral” y “sexo anal” se pronuncian hasta en comedias de baja estofa. La radio y la televisión mexicanas, en cambio, son supervisadas para que no se emitan “malas palabras”. Como se pregunta Fontanarrosa: “¿Por qué son malas estas palabras? ¿Les pegan a otras o son de mala calidad y se desgastan rápido?” Mejor ni hablar de los obispos atrabiliarios que callan frente al abuso pederasta pero condenan al homosexual.
Según las estadísticas, en muchos países ha descendido la edad de la primera experiencia sexual hasta límites difusos, puesto que se reportan efectivos coitos en menores de diez años. Abrumador número de sacerdotes, pese al jurado celibato, no pueden contener bien resguardados sus impulsos dentro de la sotana y se inmiscuyen en relaciones homosexuales clandestinas, o aun peor, se dedican a la práctica de la pederastia. El presidente Clinton dejaba con versallesca alegría que Mónica Lewinsky le practicara reiteradas felaciones en el salón oval de la Casa Blanca, y a pesar de ello no fue expulsado de su cargo en un país conocido como puritano. En fin, hoy sería muy complicado trazar un mapa de las diversas especies de sexualidad así como de los territorios que abarcan. Aun así, cabe recordar que los mochos de entendimiento no se han extinguido. Un secretario de gobernación de cuyo nombre no quiero acordarme protestó ante la escuela de su hija adolescente porque les habían dado como tarea leer Aura de Carlos Fuentes y -¡horror!- había una escena “indecorosa” en que dos amantes se revolcaban en una habitación en la que colgaba un crucifijo. ¿Cuántos mexicanos no han sido engendrados ante la mirada piadosa de Cristo?
¿De qué depende esta expansión del cuerpo y de la sexualidad en nuestros días? ¿Vivimos una etapa de mayor libertad sexual y de acceso al erotismo? En toda sociedad, antigua o moderna, a los límites a menudo intangibles que marcan las relaciones sociales sólo se accede interpretando la conducta de acuerdo con la simbolización del espacio-tiempo y de los cuerpos. Como sentencia Clifford Geertz “el hombre es un animal inserto en tramas de significación”. Agréguese a esta fórmula la aseveración de Ludwig Wittgenstein “nos movemos en juegos de lenguajes” y empezaremos a comprender que la formación de un adulto transita por varias instituciones que se encargan de establecer la sacralización de la conducta, fijando lo que es legítimo tocar y de qué objetos conviene alejarse, junto con las correspondientes penas por la transgresión.
El entramado de significaciones en que se navega obedece a un centro emisor ubicado en cada unidad básica de la sociedad: el padre de familia (cuando ésta es patriarcal), el maestro de escuela, el líder en cualquier otra instancia de gobierno o empresarial. Mediante este lenguaje desplegado hasta en los mínimos intersticios culturales se regula la violencia simbólica en la sociedad. El acceso a la intimidad de cada sujeto está mediado por las distancias que el poder establece en el espacio social y en el lenguaje. Luego, obsérvese el trato de tú o de usted, dependiendo del nivel de cercanía que se tenga con el otro; la utilización de un léxico considerado vulgar o elegante, así como proferir insultos o alabanzas; el cuerpo destazado por prejuicios en partes cuyo nombre no se pronuncia en público, salvo mediante eufemismos o tecnicismos. Son estrategias de poder que se pronuncian mediante la violencia simbólica como procedimiento de incorporación a los grupos sociales. Estas líneas de demarcación, que son intangibles, tampoco deben considerarse eternas. Están sujetas a cambios en el transcurso del tiempo. Si hoy leemos el manual de Carreño sólo emitiremos una estruendosa carcajada cuando en aquél se recomienda dormir vestido para que no vaya a ocurrir un movimiento involuntario durante el sueño y quede al descubierto el ominoso espectáculo de un cuerpo desnudo.
Entiéndase por violencia simbólica el intercambio de protección por obediencia. De manera regular se reduce a la fórmula “si… entonces”. Si te portas bien, entonces podrás comer pastel. Si estudias, entonces algún día serás licenciado (aunque no consigas empleo). Si regresas temprano, te daré permiso para ir a fiestas. La regulación de las relaciones sociales se efectúa en todos los campos apelando a fórmulas similares. Veamos una dimensión más de este sujetamiento. El espacio y el tiempo se hallan cualificados. No podemos en mitad de la noche (aquellos que fuimos niños en otra era) ingresar a hurtadillas en la recámara de nuestros padres para contemplarlos en pleno frenesí sexual. Freud decía que esa escena originaria tenía más un contenido imaginario que real. Marx daba el ejemplo de un mueble afelpado con cuatro patas que sirve para sentarse. Es un sillón. Sin embargo, cuando lo usa un rey se convierte en un trono.
Pero también existen las transgresiones de esos límites. Son las que rompen el principio de la identidad, y entonces las cosas y las personas dejan de ser lo que eran. ¿Qué tal si hacemos el amor en un baño del avión? Tentación que han cumplido con éxito muchas parejas, sin preguntarse qué significa el eufemismo “hacer el amor”. ¿Es el amor un objeto industrial que se fabrica? Gran escándalo ha suscitado en Salta, Argentina, el hecho de que descubrieran en una salita vacía del hospital a un médico en pleno “acto carnal” con una enfermera También la transgresión nos permite disfrutar con placer. Un grupo musical jugaba con la canción que dice “hacer el amor con otro” y suplantaban esa frase por “hacer el amor con ocho”. En España se emplea el verbo follar y es un término mucho más rico y rotundo para referirse a esta relación íntima. En América Latina en general hemos proscrito el verbo coger de nuestro léxico habitual para referirnos a tomar algo con la mano, o agarrar, porque de inmediato se nos viene a la mente el significado del gozoso encuentro de los cuerpos. Mejor no evoco el universo del albur en México, tema que bien merecería escribir varios tomos para medio empezar a disfrutarlo.
Yo les aseguro que asistiremos al momento en que se derogue el matrimonio y sólo se celebren tratados de libre comercio carnal por tiempo parcial.

*David Cooper (1974), La muerte de la familia, Buenos Aires, Paidós, pág. 54.