REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
10 | 12 | 2019
   

Arca de Noé

Puerto Natales, Chile


Roberto Bravo

Los turistas visitan Puerto Natales para conocer el parque nacional Torres del Paine. El turismo y un frigorífico son las principales fuentes de empleo.
La región produce carne, para la que es necesario el ganado bovino y vacuno, estos a su vez requieren de pastos para alimentarse. Esta cadena es la causa de que pequeños bosque hayan sido convertidos en potreros, y quemaran sus árboles para que el pasto creciera libre y sin obstáculos.
Por la carretera encontramos estos nuevos pastizales.
Me cuesta trabajo imaginar los gritos de los árboles agitándose mientras se achicharraban; algunos biólogos aseguran que las plantas sienten, pero esto, ni los cambios que la acción del fuego traen consigo preocupó a quienes lo hicieron.
El etólogo Konrad Lorenz, en un ensayo sobre el asolamiento del espacio vital por los humanos, afirma que los animales devoradores son los principales interesados en la supervivencia de la especie cuyos individuos representan su sustento, sean animales o plantas. El animal carnicero jamás extermina a sus presas; si el hambre asolara una comarca, la última pareja de carnívoros moriría antes que la última pareja de la especie proveedora de alimento. Cuando la población de las presas disminuye en densidad hasta ser inferior a cierto límite, sus perseguidores sucumben, como ha ocurrido, por fortuna, con casi todas las empresas balleneras. Pone de ejemplo también al dingo, un perro doméstico que al llegar a Australia se volvió salvaje, el dingo no exterminó a ninguna de las presas que lo alimentaban, pero si provocó la aniquilación del lobo marsupial o tilacino y al diablo de Tasmania. Estos animales habrían sido cuatro veces superiores al dingo en un enfrentamiento directo, pero con sus cerebros bastantes primitivos necesitaban una población de presas mucho más densa que el astuto perro salvaje. Este no los mató a dentelladas, sino con una competencia mortífera que les hizo perecer de inanición.
En Banff, Canadá, en 1986, trabajé en un proyecto narrativo en una cabaña-estudio en medio del bosque. Tenía un ventanal frente a los árboles erguidos y caídos. Miraba a los animales silvestres moverse entre la floresta, y eso representó para mí un encuentro muy importante conmigo mismo. En un bosque no encontramos respuestas a nuestras preguntas, su soledad nos devuelve las interrogantes a manera de eco. Ese espejo que nos devuelve a nuestra propia imagen imposible de evitar, es lo que intentamos eludir cuando atentamos contra la realidad.
El saqueo del planeta significa quitar injustamente lo que pertenece al género humano para entregarlo a unas cuantas personas.
Parados frente al cementerio de árboles cuyas lápidas eran los propios tallos chamuscados de sus difuntos, buscamos un resquicio para pasar. Era domingo, y no había nadie a la vista. Ni casa, ni personas a quien pedir permiso de hacer tomas. Nos adentramos un kilómetro o más. Por la colina de un cerro los árboles fallecidos se seguían en una procesión de leños gruesos apenas erguidos del piso.
Un cielo tormentoso era el marco para que los muertos hablaran de sí mismos. Theresita sacaría esa expresión de su alma, estaba seguro, y así lo hizo.
Volvimos al carro con una sensación de apremio, con prisa por alejarnos del lugar.
Nos detuvimos varias veces a tomar árboles desgreñados que luchaban contra el viento. Al verlos en esa actitud, inclinados por el elemento que no cesaba de golpearlos, pero sostenidos por un tronco vigoroso, sentí admiración por ellos.
Yo estaba allí, frente a sus hojas, porque así lo quería, y podía marcharme cuando lo deseara, pero ellos no. No tenían opción, debían permanecer clavados en ese lugar y resistir uno y otro día los embates del clima arreglándoselas como pudieran y de la mejor manera para sobrevivir. Me parecieron héroes que aunque de antemano tienen la batalla perdida combaten hasta el final.
La inclinación de sus ramas marcaba el azote que recibían y que seguirían recibiendo en su espíritu hasta doblegarlo.
Theresita no cesó de tomar sus imágenes hasta que la luz lo permitió.