REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Confabulario

El Huesuvio


José Juárez Sánchez

El Huesuvio era un joven de baja estatura, delgado pero correoso, nadie conocía su verdadero nombre, él era el encargado de cuidar la herramienta de un taller mecánico, ubicado en el barrio de Petaquillas; uno de los más antiguos de Acapulco, en él trabajaban más de quince empleados, entre los que se contaban: hojalateros, mecánicos, pintores, soldadores y sus respectivos ayudantes, así como algunos jóvenes, entre los que me encontraba yo, de escasos catorce y dieciséis años, quienes eran los chalanes de los maestros o aprendices de mecánica. En el Taller Valdés que así se llamaba, a todos les ponían apodos, pero el que más nos intrigaba era el apodo del Huesuvio, nadie se atrevía a preguntarle por qué le decían así. El Chile, uno de los maestros que era el decano del taller, contó en alguna ocasión, que al muchacho le llamaban así, por su malformación ya que tenía el esternón salido y puntiagudo como el guacal de un pollo; tan salido estaba, que lo comparaban con el volcán que sepultó a Pompeya y Herculano.
El Huesuvio no tenía familia en el puerto y a pesar de que era de tez blanca, ¡cosa rara para ser costeño!, siempre estaba negro, por la grasa y el aceite, que con los años, se le había impregnado en el cuerpo. Nunca salía a pasear y el patrón le permitía quedarse a dormir ahí, como fiel guardián del negocio. Él llegó a contar alguna vez, que era de un pueblito cerca de Cuajinicuilapa, llamado Montecillo, enclavado en las faldas de la Sierra Madre del Sur; comunidad de negros e indígenas mixtecos, donde las mujeres sólo usaban un enredo en la cintura y siempre andaban con los senos al aire. En otra ocasión el Jambo dijo con cariño, que el Huesuvio..., era hijo de un rico ganadero de Ometepec, que solía acostarse con todas sus molenderas y que la mamá de él, también, había sido víctima del abusivo patrón. Pero a diferencia de las demás, ella prefirió “juir” de las garras malolientes del patrón, que seguir siendo su objeto sexual.
Su mamá sufrió mucho, porque en su casa, sus padres no la querían de regreso, le decían, que era su deber cumplirle al patrón, pero ella juyó panzona de aquel lugar a Montecillo, donde fue acogida por una familia muy humilde; contaba que ellos la ayudaron a parir sentada en el agua, a las orillas del río. Allí nació y se crió el Huesuvio, con aquella familia de viejos, que vivían en la miseria extrema, cultivando maíz y frijol de temporal y unas cuantas gallinitas de crianza; que era su único ingreso y alimento. Él los reconoció como sus abuelos.
Un buen día pasó por ese pueblo sin Dios, el señor Valdés, quien era dueño del taller mecánico antes mencionado. Él se trajo al muchacho, con la promesa de darle trabajo para que pudiera ayudar a su madre y a los abuelos.
En el taller, todos lo querían porque era muy servicial, trabajador e inteligente; él aprendió el nombre de cada herramienta y recordaba a quien se las había prestado: una llave española, una 16, una 3/8, una prensa, una llave estilson, un dado o un gato, un calibrador de bujías, etc. Sabía de todo, porque les ayudaba a todos los maestros y aprendía rápido, lo mismo empapelaba un carro para ser pintado, que soldaba con autógena la salpicadera rota de un coche, así como resanar con soldadura eléctrica el monoblock rajado de un camión o soldar el tanque de una pipa, la que bajo el sol parecía un horno recién usado. En todo caso, él hacía los trabajos más difíciles, por eso lo quería y protegía el patrón.
La vida en el taller era como muchas otras, ahí nunca cesaban el trabajo ni el ruido dilacerante al oído: los golpes de martillos, el acelerón de un motor recién carburado, el rechinido de un metal cortado o los gritos agudos de algún maestro: no seas “pendejo” métele el gato y cálzalo, que te va a caer el carro encima, gírale a la derecha, aviéntame el soplete, no seas “guey” la boquilla más grande, dame un taladro o aunque sea a tu hermana cuñado, etc., etc. Todos esos ruidos y gritos con el tiempo, pasaban desapercibidos y sólo eran interrumpidos por el sonido del tambor de un Pakard oxidado, que Chava, el hermano menor del patrón, usaba como campana, para anunciar la hora de la comida. En ese momento, media hora para ser exacto, todo se paraba, todos compartían, el pan y la sal, sobre la mesa negra y grasienta.
El sábado era el día más esperado y agitado para todos; desde las cuatro de la tarde se daban los últimos retoques, se lavaban y secaban los vehículos para ser entregados. Como siempre, el Huesuvio, el Yoyo, la Guajolota, el Tripas y yo, salíamos como pedo de indio, trepados en las bicicletas para ir a cobrar a quienes contrataban los servicios del taller. Recorríamos las polvorientas calles, algunas aún sin pavimento. Una hora más tarde regresábamos sudorosos y rancios; fatigados de tanto pedalear. Mientras el patrón hacía sus cuentas y repartía, en sobres, los sueldos de cada empleado, los muchachos, todos se metían al baño colectivo, al mismo tiempo, el cual contaba con cuatro regaderas: una al lado de la otra. Ese día, después de nuestro recorrido, mientras los otros se enjabonaban, tarareando algunas canciones, el Huesuvio al meterse al agua se desplomó sobre el piso, revolcándose como animal herido, de inmediato uno de ellos salió encuerado a avisarle al patrón, mientras los otros le daban auxilio y sostenían la cabeza en alto para que no se golpeara en el piso verdoso y lleno de mugre jabonosa.
Cuando llegó el patrón, el Huesuvio dio sus últimos suspiros, tenía los ojos en blanco y la boca llena de espuma, y ante la mirada atónita de todos, su cuerpo cedió. De inmediato llegó la Cruz Roja pero ya no quiso llevárselo, arguyendo que ya estaba muerto. Todos esperaron a que llegara el médico legista para recoger el cadáver, éste en su parte médico, declaró que había muerto de un paro cardíaco y ordenó se le llevara, al hospital civil para hacerle la autopsia. El patrón mandó al Candado para que avisara a la familia sobre el fallecimiento. El enviado debía tardar cinco días en llegar a Montecillo, ya que los ríos habían crecido con las lluvias y provocaron deslaves importantes, por el reciente huracán Gustav, que azotó las costas de Oaxaca y Guerrero, este fenómeno, había derribado varios puentes y causando derrumbes carreteros, lo que hacía más lento y complicado el viaje.
Nadie se explicaba la causa de la muerte y mientras pasaban las horas y los días sus compañeros se turnaban para hacerle compañía en la morgue. Pero lo más inexplicable fue la llegada de la madre del Huesuvio, quien se presentó en el taller, tres días después, acompañada de tres amigos, montados en bestias flacas y desgarbadas. Aquella visita contravenía las expectativas del tiempo real.
Al verlos, sorprendido preguntó el patrón: ¿Recibió mi recado señora? ¿Encontraron al Candado? Lo mandé hace cinco días manejando mi propia camioneta.
—¡No! contestaron al unísono los recién llegados.
¡No...! -Por su lado replicó la madre, conteniendo su alma entre los hombros encogidos y con la cabeza gacha. Con palabras entrecortadas ella explicó: “lo que pasó patroncito es que hace siete días, hace..., hace siete días, unos gringos que buscaban pieles de cocodrilo, ma... mataron... a balazos al Nahualli de mi hijo....” Sus lágrimas incontenibles rodaron lentamente por aquellas mejillas ultrajadas por el sol y el tiempo, hasta caer entre las manos callosas, apoyadas sobre el vientre y con los dedos engarzados, intentaba enjugar en ellas su dolor.
—Más sorprendido aún, el patrón inquirió: ¿Quién es ese nahualli, de que me habla?
—La madre contesto aún sollozando, aún sin consuelo: “el Nahualli protector de mi hijo era un cocodrilo, que al oír los gritos de los cazadores corrió hacía el río, para zambullirse y tratar de escapar en las turbias aguas..., fue allí..., donde hace seis días, fue acribillado por esos señores, en la orilla del río. Pos… pos por eso patroncito, decidimos salir hacía acá, porque sabíamos que mi hijo, al igual que su protector, tarde o temprano, moriría al entrar al agua”.

Con aquel misterio todos nos quedamos. Todos consternados, todos apilados tocamos su féretro; estaba dormido, estaba adornado con cacáloxochitl 1 su pálido rostro; la carroza abierta se tragó al Huesuvio, como un vil objeto se quedó guardado, y unos sollozando y otros en silencio, le dimos el último adiós al sanquita 2 muerto.

México, octubre 12, 2005

1. Cacáloxochitl, flor del cuervo.
2. En la costa significa amigo o cuate.