REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Neruda en México


Gastón García Cantú

Neruda en México

De sobra sabemos que Pablo Neruda amaba entrañablemente a su América, la que llamamos latina. Por su natal Chile su amor era intenso. Asimismo sentía cariño y admiración por México. Vino en diversas ocasiones y tuvo grandes amigos como David Alfaro Siqueiros. En la tumba de Tina Modotti hay un hermoso poema suyo. Ahora que en su país mantienen abierto el misterio de su fallecimiento, hemos tenido la oportunidad de saber más sobre la intensa vida política y artística del poeta. Pablo Neruda dejó un memorable libro de memorias, Confieso que he vivido, pero en esas páginas aparece tan sólo la punta del iceberg. Hubo tanto y de todo en su largo andar por el orbe que necesitamos muchos más libros sobre sus días terrestres.
El ensayo que a continuación publicamos, obra de Gastón García Cantú, es una importante contribución para recordar a Neruda. Gastón fue un excelente cuentista, articulista, inspirador de muchos y muy altos proyectos culturales y educativos. Su amplia cultura y su prodigiosa memoria le permitieron escribir sobre temas muy diversos. Es obvio que no eludió su vocación de literato, pero hay que notar que tanto en la historia, como en los demás temas que trató, siempre lo hizo en prosa de excelencia. Por eso nos interesa en este número ver a Pablo Neruda a través de la pluma de García Cantú. Realmente es un ensayo prodigioso que nos muestra a un poeta y militante de izquierda en verdad notable y sólido en sus obras e ideas. Pablo Neruda conocía tanto a México que anticipó lo que más tarde diría Vargas Llosa: “Todo podía pasar, todo pasaba... era la democracia más dictatorial que pueda concebirse”.

El Búho

NERUDA EN MÉXICO
Gastón García Cantú*

Evocamos en este recinto que guardará la memoria de Pablo Neruda para las generaciones, al poeta cuyo ángel del comité central desaparece, con las estatuas decapitadas, en las que fueran regiones del socialismo. Ha llegado la hora de recobrar, con el fuego verbal que alentara su vida, la utopía donde el amor combatiente por los desamparados levante el reino más próximo al de sus suelos americanos.
De las páginas escritas sobre mi país, ningunas como las de Neruda. Él vio la selva, los ríos, los áridos valles y, por entre el rumor acompasado de los mercados, el paisaje que refleja el drama de nuestra historia: extremos luminosos y errores inexplicables; la cadena de la generosidad y de la violencia; de la sobriedad y la explosión insólita que encumbra y destruye al “último de los países mágicos” cuyo análogo reconoció él en su propia patria, al punto que a México sólo pudo recrearlo acodado en una ventana de su Isla Negra, donde fluyeron su comprensión y su asombro en la frase que encierra el secreto que llega hasta nosotros con signos cada vez más lejanos y cada vez más próximos: “Cuando decidí regresar a mi país comprendía menos la vida mexicana que cuando llegué a México”.
¿Por qué? ¿Cuál era; cuál es la realidad de mi patria para que su proximidad se resuelva en enigma? Estas notas son una tentativa de aproximación a las revelaciones de Pablo Neruda.
Ciertamente, como él escribiera, México aparece como piedra de toque de las Américas. Es el país más agredido, el más devastado y el más despojado de todo el hemisferio por los Estados Unidos; la primera República en la que se instituyó la dictadura, de Porfirio Díaz, molde de las que requerían el mismo curso de la dependencia y de las desdichas sin término en América Latina. La Revolución ha reinventado algunos de sus círculos infernales; por ello es precisa la percepción de Neruda sobre su contradictoria política.
Cuando él llega a mi patria, como cónsul de la suya, concluye el gobierno de Lázaro Cárdenas; se deslizan entonces las efímeras conquistas en la doble función enmascarada de cambiarlo todo y no alterar las palabras para que la cambiante realidad pareciera la misma. Tal fue la confusión de todos. La Segunda Guerra fue un puente inesperado entre la realidad y la ficción: podía combatirse con insólita energía el fascismo, encomiar la resistencia de la Unión Soviética y, tras el frente dirigido por Stalin, hacer fuego simulado sobre el imperialismo y sus aliados domésticos, dualidad política que llevó el fervor interno a estallar en la lucha imaginada del socialismo cuyos partes de guerra provocaban el júbilo ceremonial. Política de las izquierdas que se convirtió en la obra cotidiana de un espíritu escindido que disociaba la realidad del tiempo vivido en dos esferas inconciliables: la de los ojos entreabiertos a la realidad nacional y la de la mirada en vela por las libertades del mundo.
Años atrás, en el cotidiano desgarramiento de la adolescencia, en las palabras de Neruda descubrimos la llama mortal para que el advenimiento del amor no fuera ejercido al margen de la vida. No sé de otros poetas que poseyeran el signo de la pasión sostenida verso a verso, libro a libro, como Pablo Neruda.
Redescubrimos a Neruda, en las últimas páginas del número sexto de Taller, la revista del primer Octavio Paz, en su “Discurso de las liras”, breve antología de las escogidas por él en sus viajes hacia nuestra herencia literaria. “El mundo ha cambiado —escribió Neruda en su epígrafe a “Las furias y las penas”— y mi poesía ha cambiado. Una gota de sangre caída en esas líneas quedará viviendo sobre ellas indeleble como el amor”, lo que hizo de su discurso la señal del tránsito que terminó en su Primera residencia. Me permito leeros ese poema no recogido, al parecer, en sus obras ni en las estrictas guías de Escudero y de Hernán Loyola:

La lira sale de las hojas secas
y su vacilación de aromas de oro
atraviesa la sombra y el olvido
con aleteo de palomas rojas.

Claramente la forma se desliza
hacia el cristal, hacia las blancas manos
hacia la magnitud de los rosales
cuyas raíces esperan el mar.
La forma arde en su fuego de puñales
y dirige quemante quemaduras
como estrella de puntas invencibles
o llave enrojecida con secretos.

Es que el alma del hombre busca heridas,
a ciegas, en la sombra de las cosas,
tanto en la escasa inmensidad del pétalo
como en la sorda ciencia de las olas.

¡Herida! ¡herida! ¡Voz con agua y ojos
sumando olidos de aire taciturno,
lágrimas llenas de hojas como yedras
sustancias derrotadas del otoño!

Temblor que busca patria deslizándose
a borbotones de flechas quemadas
hacia el árbol de rotas iniciales
que la noche y la nieve devoraron.

El poeta escucha y crece con la noche,
y su sistema de suspiros crece
hacia una forma como un globo de agua
o una cebolla de metal remoto.

Porque la lira sale de las hojas
secas, pisadas por el viejo olvido,
como un caballo de patas de plata
y celestial hocico ceniciento.

Tres meses antes de que Pablo Neruda llegara a mi país, David Alfaro Siqueiros asaltó la casa de Trotsky en Coyoacán y cinco días después de vivir Neruda en México, Trotsky fue asesinado por Ramón Mercader, conforme al plan urdido por el mayor general de la hoy KGB, Leonid A. Eytingon. La trama tenía un final estricto: Eytingon y Caridad Mercader —la madre española templada en acero— esperaban la salida impasible de Ramón. Todo fue previsto, menos el grito de muerte de Trotsky, que fue el último aviso a sus guardias.
La verdad de lo sucedido la ha develado, cincuenta años después, Luis Mercader en una historia familiar que parece forjada en los sueños implacables de Stalin.
Al terminar 1940, se inició el gobierno del general Manuel Ávila Camacho, el último de los militares que ascenderían a la Presidencia de la República en el ocaso de la Revolución Mexicana. La presencia de Neruda se significa por su “Canto a Bolívar” en una hora teñida por los combatientes en el Jarama o a las orillas del Volga:

…hacia la esperanza nos conduce tu sombra,
el laurel y la luz de tu ejército rojo
a través de la noche de América...

Treinta días más tarde, ocurrió un crimen que aún confunde a todos, porque de un acto sencillo brotó la índole bárbara que todavía pesa sobre nuestros pueblos. En el vasto escenario de las atrocidades de América, nadie podrá decir cuál ha sido la más sucia o la más artera. Los obreros del Sindicato de Materiales de Guerra, adscritos a la Secretaría de la Defensa Nacional —los primeros en postular a Ávila Camacho— protestaban ante la indiferencia del entonces director de su centro de labores. Nadie escuchó sus quejas, ni políticos ni líderes sindicales. Al atardecer del martes 22 de septiembre —pasadas las fiestas de la Independencia— decidieron caminar hacia Los Pinos, la residencia de los presidentes mexicanos. Iban con sus mujeres y sus hijos, algunas con ramos de flores para la esposa de Ávila Camacho. Al llegar al umbral, pidieron al oficial de guardia el paso para hablar con el Presidente. La respuesta fue inmediata: no podían verlo. Después de discutir, decidieron regresar por la avenida del Castillo donde los aguardaban otros soldados al mando de un coronel. A los primeros disparos, la tropa avanzó a bayoneta calada. Aquella tarde lluviosa de septiembre quedó como una señal más de un odio que viene de siglos.
¿Cómo explicar lo ocurrido? ¿Como obra de la fatalidad? ¿Acaso era un episodio agregado entre la locura y el miedo, a la trágica escena que Valle-Inclán describiera en su Tirano, espejo de los poderes impunes?
El secretario de Gobernación, Miguel Alemán —quien sería Presidente después de Ávila Camacho— resumió los hechos de esta manera: “Un grupo de trabajadores... se presentó en la tarde de hoy en forma tumultuosa en el domicilio particular del ciudadano Presidente de la República y al percatarse de lo anterior, un destacamento de tropas federales los exhortó a pronunciarse con todo orden. Por el estado de ánimo de los manifestantes, se produjo un incidente de resultados sangrientos...”
Horas después, el Presidente confió a la opinión pública su desasosiego: “...lo que a mí más hondamente me preocupa es que este incidente tan desventurado pudiera dar la sensación de que las fuerzas del ejército y los obreros organizados hubieran chocado entre sí, no por fatales consecuencias, sino por sentimientos de animadversión, ya que una interpretación de tal índole desvirtuaría una de las realidades más fuertes de la vida mexicana: la de que el ejército es la genuina representación armada de nuestro pueblo...”
A juicio del diario en cuyas páginas se desplegaban las noticias de la heroica resistencia de los soviéticos a las tropas de Hitler, se difundió el argumento que puso la conciencia en la paz de los sepulcros: “La verdad de fondo es que hay fuerzas obstinadas en lanzar, a cualquier precio, a los trabajadores contra el presidente Ávila Camacho y que la propaganda de odio contra el movimiento obrero y la Revolución es el ambiente en que fructifican acontecimientos desgraciados como el del martes...”
Valleinclanesco hasta el final, el Senado acordó por unanimidad rendir homenaje al ejército, y en cordial respuesta la Secretaría de la Defensa Nacional invitó al pueblo a presenciar el “primer juego de guerra en el terreno”, es decir, a campo abierto.
Ese día tuvo lugar otro homenaje: el de los escritores y artistas a Pablo Neruda, “como muestra de adhesión y simpatía a su línea política y como admiración a su acendrada obra poética”. ¿Ocurrió o no aquella cita a las ocho y media de la noche en el Centro Asturiano de la Ciudad de México?
Éste, entre otros, es mi México, un país que ha vencido, en la figura de Tirano Banderas, el reinado de los tres poderes coloniales: el trono, el altar y el cuartel. Ese fue el que cautivara la imaginación de Neruda, pero no el México bárbaro, aunque existan no pocos de sus contrastes equívocos.
Los poemas que Pablo escribiera durante aquellos días —“Canto a Stalingrado”, “Nuevo canto de amor a Stalingrado”— son ecos dóciles de la voz de la actualidad política que se han desvanecido, porque sus metáforas pretendieron levantar el ánimo de los combatientes inmóviles desde nuestros países. Ciertamente el poeta dejó una granada oscura en la orilla imaginaria de la ciudad de Stalin.
Entre su militancia poética en aquel entonces y los episodios sombríos de México, Pablo Neruda reveló lo que, a veces, ocurre en nuestras patrias: “La acción civil —escribió— es entrecortada y difícil. El sometimiento adopta diversas corrientes que se estratifican alrededor del trono”. Hallazgo latinoamericano que de las victorias electorales descendió aquí a la invención demoniaca de Pisagua. Fue el tiempo, exactamente, del centenario de la guerra de conquista de los Estados Unidos contra mi patria y de la carta circular de Pablo, impresa en México, con prólogo de José Mancisidor.
“Me disponía a trenzar de nuevo el ritmo y el sonido de mi poesía —confesó— me preparaba a cantar de nuevo ensimismándome en la profundidad de mi tierra y en sus más secretas raíces, cuando el drama que os he revelado a grandes trazos comenzó a gravitar sobre todas las vidas chilenas”.
Neruda deja sobre su mesa lo que sería después el Canto general, y pasa a las admirables páginas de sus libelos, escritos con una ira que no ha vuelto a repetirse en nuestros países. Ira que, por demás, sólo es posible expresar cuando hay todavía vida democrática. El escrito de Pablo contiene también la fuerza opositora ante lo que podía perderse. Su Carta a México anticipó su Yo Acuso, páginas que sustentan la moral histórica del Canto general.
La persecución contra el poeta fue inevitable hasta las puertas de la embajada de México en esta ciudad de Santiago. Sucedió, entonces, el incidente que tuvo su extremo poético: el epitafio de Neruda a Jaime Torres Bodet, secretario de Relaciones Exteriores de México, y su expiación en “Victoria sin alas”. Recordemos lo del Canto general.

Y cuando México abrió sus puertas
para recibirme y guardarme,
Torres Bodet, pobre poeta,
ordenó que se me entregara
a los carceleros furiosos.

Tres años antes de la muerte de Pablo, Torres Bodet afirmó en sus memorias: “Pocas veces he atravesado horas más deplorables. Se trataba de un caso insólito. Pablo Neruda era —y es— un poeta que admiro. En muchas partes, la actitud de nuestra cancillería iba a dar la impresión de un desistimiento, y no fue así. Sólo la indecisión y la falta de experiencia de nuestro representante —Pedro de Alba— tan capaz en otro género de gestiones, nos habían obligado a aceptar una posición tanto más incómoda que resultaba, a primera vista, contradictoria con las tradiciones más nobles de nuestro pueblo... El asilo se otorga o no se otorga. En materia tan delicada, no proceden las medias tintas, ni caben los términos medios”.
Si hubo error de procedimiento, ante la persecución política sólo cabía proteger a Neruda, como lo hiciera don Pedro de Alba. Desahucio o error, el poeta llegó a mi patria después de un corto periplo por países socialistas, en compañía de Paul Éluard. En septiembre de 1949 —el mes de las patrias americanas— publicó González Videla, Laval de la América Latina. Breve biografía de un traidor, hojas más encendidas que las de su Yo Acuso. El rumor de la tercera guerra iba y venía por nuestras cancillerías, lo cual produjo un estado de guerra al reforzarse el anticomunismo con nuevas formas de persecución: en Chile, la Ley de Seguridad Interior del Estado; en México, el delito de Disolución Social.
El trasfondo del exilio de Neruda estuvo asociado al fantasma de la guerra atómica y al enmudecimiento de los disidentes. La respuesta tuvo una puerta insólita: levantar los Consejos por la Paz, donde Pablo Neruda sería nombrado miembro de la Internacional. “El tiempo de canallas”, del que hablara Lillian Heilman, fue también el de la lucha por la paz, lo cual explica la idea que domina en el Laval: “No queremos que la guerra salve a los verdugos y les confiera mayor autoridad homicida”. Tiempos de los Trujillo, de los Batista, de los Somoza, de los Miriñigo, de los Muñoz Mann, quien hiciera de Puerto Rico entidad asociada a los Estados Unidos; tiempo de Truman y de la Guerra Fría; tiempo del senador McCarthy y del Comité de Actividades Antinorteamericanas. Aquellos dictadores, entre otros, llevaron a nuestros pueblos a doblegarse a la política de los Estados Unidos. Lo vio Neruda mucho antes de que la trama fuera descubierta en ése y en nuestros países.
Como es común en la historia latinoamericana, las luchas internas se asocian, desde los gobiernos, a los fines externos y, a la vez, de los lugares de la persecución surgen los medios de una defensa que va al corazón mismo de nuestras débiles fronteras interiores.
Pero el verdadero retorno de Pablo a mi país fue la publicación de los doce primeros cantos de “Alturas de Machu Picchu”, en México en la cultura, suplemento a cargo de Miguel Prieto —“Pequeño árbol de ojos azules”, como lo llamara Neruda— Fernando Benítez y Leopoldo Zea, el 11 de septiembre, y en el magnífico despliegue de la edición, Pablo se plantó en el centro mismo de la poesía americana. No era un poema, sino el poema que asocia la tradición del asombro ante la naturaleza y la obra sepultada de sus indios con el dolor secular para vencerlo de una vez por todas. Es el poema que lleva a la luz de nuestros días el ardor de Fray Bartolomé de las Casas por la injusticia padecida durante siglos. Sólo con ese signo son comprensibles las palabras finales de esos cantos:

Acudid a mis venas y a mi boca,
hablad por mis palabras y mi sangre.

En ese tiempo, con el pulso firme, la esperanza, el hierro y los volcanes, Neruda tuvo la intuición política más certera: “Todo podía pasar —dijo de México— todo pasaba... era la democracia más dictatorial que pueda concebirse”.
Duele decirlo: era verdad. En los días en que él vio nuestra realidad, gobernaba Miguel Alemán, el presidente que lleva a sus términos la contrarreforma iniciada por Ávila Camacho. Neruda observó el principio y el término de la rectificación de la obra de Cárdenas, quien entre sus astucias fundó el presidencialismo: sistema de poder que aúna al constitucional el político, por medio del partido de la mayoría organizada de los campesinos, los trabajadores y sectores de las clases medias; no corporaciones, sino agrupaciones de masas en una política flexible que procura el equilibrio social y norma las demandas de las clases desde el centro rector del gobierno. No es propiamente dictadura, en la acepción latinoamericana, sino en los términos opuestos de Neruda: dictadura democrática; lo primero, por el vasto poder del ejecutivo; lo segundo, porque las decisiones personales las asimila la mayoría para reformar sin luchas y limitar el poder a un estricto sexenio, lo cual hace innecesarias las facultades extraordinarias, así como la reelección que otorgaría a una sola clase el dominio absoluto de la República.
Esa circunstancia difícil de conocer o de aceptar por la compleja trama del poder real y del poder mágico, ha consolidado un régimen en cuyos 62 años de paz interna, 56 lo han sido de presidencialismo firme y continuo.
¿Existe en verdad el Estado mágico, descendiente de los tlatoani del Anáhuac?’ Es probable, muy probable, que la fundación del poder por tlacaélel, el remoto consejero de la expansión azteca, se deslizara bajo el dominio colonial durante 300 años para alentar en los nuevos poderes, como lo advirtiera Miguel León-Portilla en la lectura del libro VIII del Códice Florentino, al describirse el procedimiento de elección del señor de México, y que ese poder resida aún en el subconsciente colectivo para que el poder real posea la fuerza secular de nuestra tierra. Es probable que ese Estado impida, en los idiomas actuales, nombrar un poder sólo aprehensible en el aparente absurdo de la definición de Pablo Neruda. La invención de Lázaro Cárdenas, conforme a los moldes políticos contemporáneos, vendría a ser reinvención.
Asombra contemplar, en la hora próxima al sexto año de gobierno, cómo se nombra, entre signos reales e imaginarios, al gobernante sucesor para que éste, a su vez, alcance con el mando conferido la unción que transmite un poder dotado de inequívoca voluntad mágica. No es, exactamente, un gobierno sólo atribuible a su revolución social, sino también al signo que pertenece a una visión cósmica de la vida.
Neruda no se extravió en nuestra circunstancia; la aceptó al reconocer la prevalencia mítica. No por otra asociación él vio en la pintura mural el genio de mi patria anticipado en los murales de Teotihuacan —la sólida Ciudad de los Dioses— como la expresión más depurada al retener la fugacidad del instante en el trazo ardiente, de Orozco o de Rivera, en los episodios decisivos de la vida mexicana “...todo lo mágico surge y resurge siempre en México —escribió no sin fervor Pablo Neruda— ...y no por azar se talló allí el calendario solar de la América antigua, el círculo central de la irradiación, de la sabiduría y del misterio”.
De todos los escritores, Pablo comprendió como ninguno la presencia del mito; por ello sus poemas sobre mi patria tienen el eco singular de los antiguos cantos de los poetas de Chalco o Tlatelolco. No son los ritmos ni los matices, sino la intuición de lo sagrado: la luz que la naturaleza de nuestro altiplano transmite a quienes abren sus sentidos, como Neruda al presentir el águila equivocada que circulara por sus venas hasta el día de su muerte.
No ha sido frecuente reconocer la prosa de Neruda, acaso porque sus páginas políticas han oscurecido sus hallazgos o la secreta correspondencia con su poesía; al menos, en el tema de mi patria, algunos de sus textos poseen la intensidad rara vez lograda en nuestras letras.
El dedicado a la memoria de su Alteza Serenísima, Antonio López de Santa Anna, evoca a quien cabalgó sobre mi país arrasando aldeas, fusilando opositores y persiguiendo la sombra de Juárez a modo de presagio inútil; a quien se postrara ante Sam Houston, al exiliado que habitara el mismo sitio donde Bolívar oyó el monótono golpe de trapiche, al de la espada enfundada en las indignantes batallas de 1847; al general, Presidente una y otra y otras veces, fuera con liberales o conservadores, al lector airado de quienes, como el Gallo Pitagórico, señalaran sus atrocidades, al jugador obstinado en los palenques abiertos de San Agustín de las Cuevas, al indiferente ante la miseria y escrupuloso comendador en las ceremonias de su corte ridícula que salía del Palacio Nacional para entrar en la Catedral Metropolitana al Te Deum consagratorio de sus fechorías; así lo vio Manuel Payno bajo palio, escoltado por sus caballeros de la Orden de Guadalupe; santo y seña de los más tristes episodios de la farsa política del partido conservador.
Su Alteza Serenísima perdió una pierna en el único combate que de veras libró ante los invasores españoles de Isidro Barradas en 1829 y de esa pierna desprendida, Pablo Neruda escribió, entre burlas y veras, lo que pudo ser un ballet con escenografía de Fernand Léger.
Saltando la pierna en la escena transfigurada, pudo ser obra luminosa por el humor de Pablo. A pesar de todo, su Alteza Serenísima permanecerá en nuestra memoria en la figura inédita de esa pierna danzante en una opereta despiadada y sangrienta.
El día que Pablo Neruda llegaba de su pueblo a esta ciudad de Santiago, en el año de 1921, moría en mi país Ramón López Velarde, el poeta que todo joven mexicano ha llevado consigo si vivió en una provincia bajo el fuego cruzado de la Revolución. Los años de Ramón López Velarde fueron los de la lucha armada entre surcos y montañas. De esa patria vio Neruda la suavidad que desaparecía al trasluz de la piel, sin trazos excesivos; pero ahí están, sentenció él: son protesta del patriota que sólo quiso cantar. Neruda observó de soslayo al poeta mexicano, adivinando lo que no conoció de esa patria que sólo puede recobrársela a la luz poética de López Velarde, nombre evocado cada vez que algo íntimo resuena en la conciencia con la voz soterrada de quien diera a la poesía americana un sabor pueblerino que según Pablo durará para siempre.
¿No reconocemos en la invocación de Cuauhtémoc, el joven abuelo, la figura de Neruda como la del joven hermano? De sus evocaciones mexicanas, ésta es la que lo identifica con la perennidad de las luchas de México.
Sí, Neruda en México es como decir México en Neruda, con el esplendor mojado de sus ruinas, el material telúrico de la razón de Fray Bartolomé, el sombrío camino de Juárez, la muerte amontonada y repartida de los soldados de Zapata, la de los fusiles de Cárdenas en la tormenta de Castilla, la del limpio estandarte de Chapultepec, la de los nidos de la espina, la que le enseñó a él la arcilla terrenal que cantando conquista el solitario, la del temblor espacial de las cigarras, la de la música pobre de sus calles en la respiración de Sinaloa, la del frío que cubrió la mortaja del conquistador, el del cuerpo de oro, en fin, la de su “Serenata”:
Oh, México, recibe con las alas que volaron, desde el extremo sur, donde termina en la blancura el cuerpo de la América oscura, recibe el movimiento de nuestra identidad que reconoce su sangre, su maíz, su desamparo, su estrella desmedida: somos la misma planta y no se tocan sino nuestras raíces.
Por sobre la lejanía, los desafíos y las leves dichas no olvidemos, amigos chilenos, la memoria del poeta, porque es también la memoria de nuestras patrias.

*Tomado de Gastón García Cantú. Temas Mexicanos. Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano. México, D. F. 2004, pp. 121-131.