REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

De nuestra portada

Las varias voces de Níger Madrigal


Dionicio Morales

Sabemos que, cuando menos en México, algunos escritores, ya sean poetas o narradores, en un momento de su carrera profesional han dejado de lado por un rato los lápices o las máquinas con los que han garrapateado una a una sus páginas memorables de vida durante muchos años, y se han decidido a invadir otros terrenos que, en apariencia, pocas son las cosas que tienen que ver con su conocido perfil de literato. Cito, de manera directa, los casos de Fernando del Paso, Marco Antonio Montes de Oca y Francisco Magaña. Los dos primeros ya han expuesto sus trabajos en el Palacio de Bellas Artes, y el tercero, tabasqueño de cepa, puede darnos dentro de poco tiempo, por qué no, una sorpresa al respecto con su pintura.
Níger Madrigal es un poeta que desde sus inicios ha venido alternando este oficio con el de la pintura y en estas dos disciplinas -que él a veces las convierte en una sola cuando supedita alguna de las dos a los alientos de la otra-, ha logrado conquistar un lugar en el espacio literario y pictórico de Tabasco -y más allá de sus fronteras, como lo atestiguan premios y reconocimientos en cuyas obras, escritas o pintadas, figura dentro de un panorama exigente.
En esta ocasión nos presenta una muestra de su gráfica en tres momentos que abarcan un periodo de más de diez años de trabajo apasionado y puntual, sin olvidar el ejercicio pirotécnico -por aquello de las luces imantadas- de la poesía : Bajo el signo de la voz (2001-2005), El árbol y los frutos (2007-2012) y Caras y máscaras (2009-2012). Hablando en términos generales, esta obra pictórica de Niger Madrigal nos remonta a signos o símbolos gráficos y literarios, en los que la poesía, no sólo de viva voz sino también de mirada encendida, se apropia de los espacios rumorosamente para llegar, con fortuna, a la idea o al concepto, origen de su existencia.
En Bajo el signo de la voz, nuestro artista en primer lugar -aunque quizá sea un poco arbitrario reunir las obras de esta manera- inicia la serie con el resplandor -desemejanza- de la noche, a través de los amarillos, de los signos que como estrellas sustentan al cielo; y vemos en un primer plano parte del rostro de una figura humana cuya boca semeja el profundo hoyo negro de la palabra que nace y se libera ¿de qué? En un contraste heterogéneo de tonalidades se encuentra la Madre luna, madre tierra, con la que se completa, creo yo, el ciclo para de ahí nacer el mundo… de la voz. Ya más específicamente, de acuerdo a los títulos de las obras: La discusión, Palabra de poeta, El pregón, La recuperación y la travesía de los signos, en ellas podemos admirar la audacia de sus expresiones tonales, las voces disímbolas, la música Interna, y sus rastros decantadamente poéticos con un colorido y una sensualidad, ahora sí a flor de piel.
La serie El árbol y los frutos es, a mi modo de ver, la más explosiva -pictóricamente hablando- de las tres y la más jugosa, aunque me deje llevar por la nunca aconsejable crítica de la tabasqueñidad, que en ningún momento socava o diluye o desdibuja sus valores y expresiones como obras de arte. Pero no se crea que Níger Madrigal recurre a la conocida suntuosidad del trópico en Tabasco en la que caen muchos artistas oriundos de estas tierras, sin elementos personales o conceptos novedosos, sino que la viaja hacia otros derroteros en los que sin desmemoriarse del origen, sin alejarse de la realidad -que puede devorar de una tarascada a poetas y pintores- la transforma, la imagina, la materializa, y que puede ser la llave maestra para entrar “al otro” paraíso, al del artista después de su sapiencia, y que hemos convertido también en nuestro, respetando individualidades y conjuntos cuyas obras no cantan sino gritan su otra transparencia, enriquecida por las formas y los colores en imágenes decididamente modernas y poéticas.
La última de las series, Caras y máscaras, es la más numerosa y viene a reafirmar una preocupación fundamental del poeta y pintor, pintor y poeta, Níger Madrigal que, a propósito, no había mencionado y que a mi arbitrio lo dejé para lo último: su devoción prehispánica, no sólo en lo que a signos y símbolos se refiere, sino en su pasión por la flora y la fauna, que lo hacen, en estos tiempos difíciles para conservar el medio, además de artista, en un estudioso y necesario ambientalista mexicano.
Esta serie de Níger Madrigal es una feria de colores y formas. Las “formas” originales las deslíe con otras formas en movimiento y sus perfiles -aquí no me refiero a un rostro en particular- genéticos y figurativos componen otra máscara -u otra cara. Las máscaras son a veces, muy pocas veces, hay que decirlo, ingenuas o algunas alcanzan el calificativo de “naif”, que de ninguna manera viene siendo peyorativo. En las otras máscaras existen dejos humorísticos, composiciones ambiciosas, juegos geométricos, sentido caricaturesco -como las dos gráficas, las únicas, en blanco y negro-, pero en la mayoría de ellas, Níger Madrigal nos muestra su conocimiento personal de la gráfica, su paleta convertida en un ditirambo de ritmos y conciertos, sus gradaciones leves o fuertes, pero sobre todo lo convierten en un pintor que a solas, invadido de los gérmenes de la poesía y de la pintura, ha sabido llevar su carrera con pasos siempre firmes en un medio difícil, es cierto, y numeroso, pero en el que empieza a brillar con fuerza y con luz propia.