REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 12 | 2019
   

De nuestra portada

María Luisa Mendoza: Escritura de amorosa raíz


Alberto Aguilar

Ojos de papel volando es lo que se ve y escucha al estar con María Luisa Mendoza. Hay que detenerse a escuchar su palabra para aquilatar el significado que ella le da a cada paladeo verbal en su intelección naciente, en el brote mismo de la enunciación.
Ochenta años de vívida vida vivida es cosa seria si alcanzamos a ver, en su personalidad histriónica y macheteo de esperanzas, a una redentora de sí misma, de su escritura, erguida frente al mundo, es decir, ante quien sea.
En la intranquila personalidad de la China Mendoza —como se le conoce en el ámbito literario—, habita una niña de suave coqueteo hacia los hombres; su boca es un pulpo que suelta y retiene provocaciones mentales, nacidas de amaneceres de hace muchos años, de hoy mismo por el deslumbramiento de lo ya sabido pero no dicho, del hallazgo que le sale de repente.
Oradora como pocas en su quehacer ferviente, María Luisa Mendoza acaricia en el recuerdo sus viajes y amistades, levanta cada día sus ochenta años y se deja de enfermedades, penurias económicas, reconocimientos no recibidos y amores ingratos para sonreír alegremente con esa dentadura que la engalana y esa voz, prístina voz que ni por descuido deja de impostar para sus oyentes.
Ocho décadas de leer y escribir, de irrepetible vejez y mejoradas juventudes, es buena parte del mar de la vida, con hondas profundidades, lo que deja ver y sentir María Luisa Mendoza: heroína de un país que se le cae de las manos, ciudadana de un país enriquecido por su escritura periodística, literaria, con puntual amor y respeto por la palabra.

Me veo en el espejo en las mañanas y me digo: no pues yo creo que ya mero
¡Qué horror, qué cosa! Nunca me imaginé vivir 35 años después para estar hablando de mi preciosa novela De Ausencia, la cual yo amé profundamente porque la hice con una plenitud de amor absoluto. Para mí fue la gran experiencia amorosa. Yo no me imaginé que fuera a pasar el tiempo —vuelvo a insistir—, como para arribar a ella en esta madurez casi al borde de la muerte, porque yo siento que ya me estoy muriendo, por lo cual me regañan mis hermanos, mis amigos, todo mundo, pero es como una intuición de toda la gente que se muere a mi alrededor y de todos mis amigos que además ochentean ya. Como todo mi grupo, mi pandilla, de muchachas jóvenes, como si fuéramos un montón de niñas, de muchachas en flor de Proust, que parece que vamos haciendo barbaridades y travesuras en la playa.
Parece, parecería, porque recuerdo que estamos en esa misma tarea de la felicidad de los dieciocho, veinte años, dieciséis, diecisiete años, trece… pues todo eso es absolutamente remoto. Cuando tú ves a los amigos que te rodean, que parecen unos toros viejos, otros bisontes, otras jirafas antiguas; en fin, se van muriendo por lo menos físicamente en sus rostros y en sus cuerpos, pues ante esto dices yo creo que ya, en breve, yo creo que estoy en la misma sala de espera de todos esos participantes de la vida.
Claro que ellos no lo dirán pero yo sí lo digo, todos queremos que se mueran los demás pero no uno, que envejezcan los demás pero uno no. Es una falsedad. Es una trampa que te da la vida. Es como un complot de los jóvenes de ayer, ahora vejeteando (llamémosle así).
Mira estoy viendo ese pajarito que va y viene entre mis plantas. Ahorita no lo ves pero es una belleza. Pues así somos nosotros: un montón de pajaritos tembeleques y avejentados, que subimos y bajamos en las plantas, todavía creemos que somos las palomas antiguas del arribo a la vida, y pues no, no es cierto; por eso mi vieja y perenne obsesión de que ya me voy a morir. No porque yo me sienta muy dada a la trampa. Yo amo la vida, amo el sol, la luz, el tiempo, los árboles… Todo me parece maravilloso: los pájaros, las abejas, es una obsesión de ver lo que me rodea al absoluto. Pero bueno, entiendo bien que todo eso algún día se va a acabar no sé cómo.
Me veo en el espejo en las mañanas y me digo: no pues yo creo que ya mero, pero al mismo tiempo veo a los demás, a mis contemporáneos como bisontes, —te vuelvo a insistir—, como saxofones viejos, que digo no pues estoy bien realmente, me falta mucho todavía ante estos astrosos, atroces, infelices vejetes. Pero bueno, eso ya pasó, yo sigo viva, lo único que siento muchísimo, que lamento, es no seguir escribiendo: eso sí me duele, me arrepiento y me da mucha vergüenza conmigo misma, porque creo que estoy traicionando un don que Dios me dio, pero también Dios deberá entender —porque es mucho más inteligente que yo y muchísimo más humano que yo—, que es muy difícil soportar la ninguneada mexicana, el silencio alrededor de lo que uno hace. Después de que para escribir una novela te pasas cuatro años muriéndote y jalándote los pelos y no haciendo nada más (y te duele la espalda ante la máquina, ahora la computadora), para que nadie la consulte, nadie la comente, nadie la alabe, nadie nada. Entonces te preguntas qué faltó, talento no, estilo no, devoción no; qué me faltó. Pues quizá el dinero, los idiomas, el marido rico, las cenas que yo ofreciera en mi casa… No sé, el título en la Sorbona de París. No lo sé. Algo me faltó a mí.
Claro, desde luego, no soy exactamente la descendiente directa de los ricos y los aristócratas que hay en México. Simplemente soy una provinciana que viene a vivir al Distrito Federal para educarse, porque era lo que mi papá quería: educarnos, que fuéramos gente de bien. Lo hicimos así, pero no valió de nada. Yo puedo tener el talento que tú quieras, eso no importa si nadie lo dice, si nadie me lee, si no estoy en todas las librerías, si no me invitan a todos los festivales de los libros en el mundo.
En fin. Es una larga lista de ninguneos, de negaciones, de hacerte a un lado que realmente se necesita ser una santa para soportarlo. Y como no soy una santa sino una señora que escribe de erotismo, con la misma facilidad que lo haces tú, Alberto, pues no estoy para estar soportando tales humillaciones. Por eso mejor me retiro, a esperar realmente morirme, cosa que por otro lado no quiero.

Me gustan mucho los hombres: su figura, su forma de actuar, su derecho de elección, su don de mando.
Mi vida ha sido una vida de hombres, de varones. Siempre he admirado muchísimo la varonilidad. Si un señor va manejando un automóvil junto de mí, es tal mi locura que yo no creo que sea un chofer común y corriente, creo que es un aeronauta que está llevando una máquina rumbo a la Luna, a la más alta y lejana lejanía del espacio; lo admiro tanto que creo que nadie podría hacer lo mismo que está haciendo él: manejar un automóvil (cuando si hay alguien que maneje bien soy yo, desde luego). Tal es mi admiración por el hombre, que considero que es más allá de cualquier posibilidad de perfección.
Yo tenía una nana que decía: A toda ley hombre. En cuanto nacía un niño, le decía qué pasó nana, es niño o niña. A toda ley hombre. Cuando algo se descomponía y uno no podía componerlo, veía a un señor y trataba de sacar la falla, ella decía: A toda ley hombre. Siempre eso se me quedó y es: A toda ley hombre.
Me gustan mucho los hombres: su figura, su forma de actuar, su derecho de elección, su don de mando. Y las mujeres me cuestan trabajo porque en general no les caigo muy bien que digamos. Pues ni ellas a mí tampoco. No me gusta la quejumbre; no me gusta que sean víctimas; no me gusta la envidia; no me gusta la discolería, no me gusta la competencia que siempre fincan conmigo, y como yo les gano pues entonces me aborrecen.
Mis amigos han ido muriéndose, o se han ido envejeciendo, o tienen casi que atender a sus nietos. Me da una enorme flojera. A mí la vida, desde ese punto de vista de maternidad, paternidad, proliferación de las especies, me da mucha flojera; por eso tal vez me gustan tanto los animales, por silenciosos y dependientes. Dependientes de mí, claro, de mi amor.

Fui testigo de toda esa amorosidad joven de Luis Donaldo. Me encantó como varón, como enamorado, como muchacho nuevo, como político innovador
Luis Donaldo Colosio fue casi mi hermano. Se casó con una ahijada mía, alguien que fungía como tal porque es hija de una mujer que fue íntima, queridísima amiga mía: Chaneca Maldonado. Entonces se casó con ella. Yo estuve presente en su boda. Y fui testigo de toda esa amorosidad joven de Luis Donaldo. Me encantó como varón, como enamorado, como muchacho nuevo, como político innovador.
Con el tiempo se casó con mi sobrina y nos fuimos haciendo cada vez más amigos; luego en la Cámara de Diputados estábamos juntos en el mismo tiempo que nos correspondía en la LVIII Legislatura. Luego lo mataron. Parecía que iba a ser un gran Presidente de México, un gran amigo que nos iba a ayudar a todos, que al fin nos iban a hacer justicia, que la cultura iba a tener un papel preponderante. No, no pasó nada. A lo mejor no pasaba nada, a lo mejor se hubiera repetido esa misma ausencia de amor y de interés de todos los demás Presidentes de México hacia la cultura, hacia los escritores, hacia los creadores como somos tú y yo, pero realmente hubiera sucedido lo mismo.
No le dio Dios la oportunidad a Luis Donaldo de probarnos que iba a ser otro señor, pero también no le dio la oportunidad de probarnos que iba a ser el mismo señor de antes y del futuro, que nos iba a ayudar. Yo nunca he visto un tiempo más depresivo y más negativo para la cultura como el que estamos viviendo, nunca he vivido una etapa tan verdaderamente vergonzosa en cuanto a la creación como la que estamos viviendo. Los escritores, los escultores, estamos dejados de la mano de Dios; ya no te digo el teatro, el cine, los bailarines…: esa rama del arte ya no existe. Hay un desprecio, un desdén… pues no formamos parte de esa cosa politicastra que ellos llevan y traen como bandera.
Yo creí que Luis Donaldo nos iba a sacar de todo eso, pero te repito: no sé si hubiera pasado todo eso. Esa cosa horrible que le sucedió sirvió para que nosotros, los mexicanos de aquel entonces, jóvenes, que teníamos tantas esperanzas, siguiéramos creyendo que todo iba a cambiar. A lo mejor nos hubiera ido muy bien. Eso no lo sabemos.

Yo a Beatriz Paredes siempre la he apreciado mucho, como se aprecia a una gente tan inteligente dentro de la política
Yo a Beatriz Paredes siempre la he apreciado mucho, como se aprecia a una gente tan inteligente dentro de la política, partidista, como lo es Beatriz, además una muchacha tan guapa, todavía sigue siendo guapa pero cuando la conocí era una creatura muy deslumbrante, diputada, y era una chamaquita diputada: linda, alegre, con un pelo hirsuto, así: una greña preciosa; yo le decía que tenía un pelo de piedra, grandota como de un busto (no ecuestre, sino un busto, nada más).
Era muy linda. Hizo una gran carrera. La sigue haciendo. Sigue siendo la gran esperanza de las mujeres para ser la primera Presidenta de México. Pero yo te lo digo, desde mi punto de vista realista, no creo que dejaran a Beatriz ser la futura Presidenta de México. Tiene la misma bondad que tenía Luis Donaldo, ese mismo interés por la cultura que tenía Luis Donaldo: la poesía, la canción, lo nuestro —llamémosle telúrico, como diría Ernesto de la Peña— que es la canción vernácula; en fin, todo lo que es normal de la gente sin ninguna aspiración de gran cultura.
Beatriz Paredes tiene las mismas características de Luis Donaldo. Viene de una familia mexicana, común y corriente, muy politizada también, como somos todos los de provincia. Beatriz viene de una cultura primaria, llamémosle así, que abarca todos los ángulos que nos gustan a los mexicanos, amén de una gran inclinación por la cultura alta, por la poesía [como Luis Donaldo la tuvo, por ejemplo, por la ópera. Luis Donaldo amó la ópera intensamente: fue por lo que duró tanto tiempo en Viena: le encantaba ir a la ópera a la menor provocación, allá trepado en el segundo piso, oyendo siempre a Verdi que le gustaba tanto].
También Beatriz tiene ese mismo interés por la cultura. No creo que nadie la vaya a dejar llegar. No sabemos quién es el que no dejó llegar a Luis Donaldo. Espero algún día no tener que decir, frente a la misma cámara, que no sabríamos quién no dejó llegar a Beatriz, pero bien que lo merece. No creo que sea el tiempo, ya lo digo. No creo que vaya a llegar, también te lo repito, pero sí creo que tendría todo para ser una gran Presidenta de la República. Y mira que yo siempre quiero a un hombre en el poder.
Pero a mí me gusta tanto Beatriz: su rostro, su piel, su pelo restirado, sus vestidos tan bonitos que usa, con los que se ve tan bien, lo nuestro telúrico, su palabra. Pues es tu coterránea.

Yo no me creo superior a nadie, al contrario: me ando arrastrando como loca por ahí de los problemas que tengo de la infancia
Yo amo, pero hondamente, con pasión, a los animales, y con compasión también. Son niños sin voz; pobrecitos, están llenos de amor sus ojitos, te están diciendo todo.
Yo no me creo superior a nadie, al contrario: me ando arrastrando como loca por ahí de los problemas que tengo de la infancia. A mí me educaron en una casa católica por antonomasia y siempre te decían que pusieras la otra mejilla. Ésa es una tontería horrible de una educación guanajuatense católica. Por eso hemos sufrido tanto mis hermanos y yo. Éramos cuatro y nada más quedamos tres. Y seguimos sufre y sufre lo mismo de esa educación equivocada que nos dieron en la infancia. Yo soy la mayor; solamente cuando fui diputada fui la menor.

José Carlos Becerra es quizá uno de los poetas más serios, más trascendentes y más significativos de nuestro tiempo mexicano
Yo sí leo mucha poesía. Confieso que no todos los días, porque yo creo que la poesía debe de leerse en estado de gracia, porque el poeta es un enviado de Dios que escribe para un receptor de Dios. Para una señora que va pasando aquí por el mandado, pensando nada más en cómo va a hacer la sopa, no es posible; aunque sí es posible que reciba el gran mensaje del poeta. Si no se lo propone y no se detiene un momento y lo piensa y lo lee, y lo cocina dentro de su alma, y dentro de su cabeza, y dentro de su corazón, no es posible.
Yo leo todo el tiempo, sobre todo novela, me gusta muchísimo, porque es el único camino que encuentro para salirme de este horror que es la vida, de esta tragedia de no tener con qué pagar la luz, el teléfono, el cable, el coche, el seguro. ¡Dios mío no es posible!
En fin, la novela te saca y te mete dentro de unas vidas maravillosas. Sé que ahí están los libros de poesía, que me están esperando, entonces abro un libro de poemas, y lo empiezo a leer; es como salirse del mundo, como ser pasajero en un cohete espacial y atravesar todos los mundos creados por Dios hasta llegar a algún lugar equis, desconocido por el mundo común y corriente.
La poesía es el gran viaje al más allá y el regreso, de pronto, sin más, a una tierra en donde tenemos que hacer la merienda, tenemos que lavar la ropa, y tenemos que acostar al niño y tenemos que ver si el perrito ya va mejor de sus reumas; en fin, todo lo que la vida nos da para la subsistencia diaria. Pero en ese estado de gracia en el que yo de vez en cuando entro, soy muy feliz leyendo a Jaime Sabines. Me parece que Los amorosos es la perfección absoluta.
También me gusta Sor Juana, Ramón López Velarde, y no te digo José Carlos Becerra: tan difícil, qué extraño, siendo tan joven, y siendo tan pesaroso, de pesado y de pesar José Carlos, habiendo muerto hace tanto tiempo. Su poesía es tan llena de peso, pesa tanto, y es tan pesarosa, insisto, que uno no puede creer que la haya escrito un muchacho tan joven como él, en Europa, viviendo su primera beca, tratando de manejar su automovilito para llegar a Grecia y ver todo de lo que había leído de tan jovencito. Entonces sale de la carretera y cae en los campos de Bríndisi. Había quedado de ver a mi esposo y a mí en Atenas.
Cuando nosotros llegamos acababa de morir. Fue para nosotros terrible esa experiencia porque lo encontrábamos en todos lados: en el hotel, en las piedras del Partenón, en los gusanitos que pasaban cerca de nosotros… en fin. En las mariposas y en los gusanos de mariposas que iban a ser y que yo los guardaba en un Kleenex. En Roma abrí el Kleenex y ahí estaba el gusanito, vivo vivo vivo, entonces lo puse en un espejo; mientras, fuimos a cenar. Y cuando regresé me había escrito un montón de palabras griegas —por supuesto que yo inventé y que no entendí—: el gusanito había atravesado el espejo, dejándome grandes mensajes en griego. Entonces yo bajé corriendo y lo deposité en un árbol de la avenida donde estaba el hotel en Roma (ahí estábamos pasando esas noches romanas), pero para eso llorábamos mucho la no presencia de José Carlos, y ese muchachito que se muere en la carretera. Es quizá uno de los poetas más serios, más trascendentes y más significativos de nuestro tiempo mexicano. Está a la altura de Octavio Paz y demás.
Muy significativo y muy significante, pero realmente no todos podemos entrar en lo que nos estaba diciendo José Carlos, pero es extraordinario al mismo tiempo lo que nos estaba diciendo. Qué poeta, a dónde hubiera llegado, por eso creía tanto en él Carlos Pellicer: poeta muy hondo, mucho más claro que José Carlos, sí, más comprensible que José Carlos. Quizá dentro de un gran analista eso sea a favor de José Carlos y su impenetrabilidad sea signo de gran inteligencia junto a la ardorosa, asoleada poesía de Carlos Pellicer, que es tan entendible de la pe a la pa.
Me quedo también con Gorostiza y Muerte sin fin. Leo mucho a Gorostiza. Leo también a Efraín Huerta, ¡ilustre guanajuatense de Silao! Gran compañero.

Yo sí sé, ahora que ya me voy a morir, que la base de mi vida ha sido el amor
Sé que la vida es el amor. Yo creo que la única gran pasión —déjate de la literatura, la creación, el acto heroico, la patria, no no no—, la gran verdad de la vida del ser humano es el amor. Porque el amor es en todo. En el amor a los animales, en el amor a un hombre, en el amor a un ser humano hermoso que maneja un cohete, en el amor a un árbol, en el amor a unas enchiladas guanajuatenses ¡hay qué ricas!, en el amor a los libros, en el amor al silencio de esta casa. Todo eso que te estoy diciendo son sinónimos del amor, al amor del amor. Todo lo demás son mentiras.
Yo sí sé, ahora que ya me voy a morir, que la base de mi vida ha sido el amor. Y también sé, por desgracia, que lo he encontrado muy poco: apenas unas imitaciones, algunos retazos o pedacitos pegados por accidente en mis manos, pero el amor grande, enorme, apasionado amor, no: nunca llegó a mi vida. De mi parte sí, por los hombres que he amado, pero ellos de su parte para mí no, para nada. Me han querido más o menos, de a poquito. Bueno, hasta aquí. Te agradezco que hayas venido ¡oh tlaxcalteca!