REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 08 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Azul primógeno, matiz trifémino


Roberto López Moreno

Acababa de leer un material llegado a mis manos, con la firma de la maestra Iliana Vargas cuando a las mismas pecadoras arribaron tres publicaciones de Parentalia con los nombres de Don del Recuento, De Tela y de papel y Lejos, de muy cerca, firmados por tres escritoras amigas: Mariana Bernárdez, Elva Macías y Claudia Hernández de Valle-Arizpe. Confluencia de energías sobre un lector obligado así a poner en orden hombritud y logos de la manera más estricta.
La maestra Vargas, escribió un detenido estudio en el que reclama a las autoras mexicanas, deudas que no les han permitido elaborar una literatura representativa de su tiempo y de su entorno.
Iliana Vargas hace una serie de reflexiones minuciosas, de consideraciones detenidas y plantea argumentos que es necesario tomar en cuenta. No se puede estar menos que de acuerdo en muchas de las cosas que dice. Y así lo expresé. El problema es que cuando tratamos de asir ensayísticamente el hecho, éste ya cambió o está cambiando con una velocidad impresionante y la letra impresa no se mueve con la misma velocidad que los acontecimientos reales, queda plasmada en el papel mientras la realidad ya va un paso adelante.
Estoy de acuerdo con el planteamiento de la maestra Iliana Vargas, pero cuando más creo estar de acuerdo con ella, casi al mismo tiempo, Miguel Ángel de la Calleja me hace llegar los tres libros mencionados. Entonces uno se da cuenta de que el mundo camina, que no se detiene y de que lo que pudiera haber sido una verdad hace algunas horas ya nos presenta nuevas expresiones del paisaje desglosado. Desde ese veracidero empiezo a hablar de tres escritoras de mi tiempo. Y entonces veo en los libros de Mariana, Elva y Claudia una inmediata negación a mi Sí anterior. Me meto a los libros de las tres y de pronto me doy cuenta de que me he metido a la vida desde la tinta, a su torbellino nato, a su arrasante riada que nos obliga a ser otros a golpe de latido y letra.
Mariana Bernárdez desde el título mismo de su obra nos plantea una bifurcación como riqueza o tarea para el lector: Don del recuento, la dádiva suprema de la inteligencia y la sensualidad para hacer un repaso de lo vivido y de lo soñado o simplemente podríamos comprenderlo, si hacer ese juego de palabras quisiéramos, como el lugar, como, en donde se hacen los recuentos; espacio que se volvería mágico desde tal empeño. Así es como el quehacer literario desde el comienzo puede plantearnos dos rutas para vivir la vida que el inicio del libro nos ofrece.
Por cualquiera de las dos propuestas titulares abrimos el libro y penetramos. La autora habla a una pareja, “puerto dices tú”, “morada digo yo”. Alguien está por los destinos. Alguien está por la cálida certeza del punto fijo y desde ahí se inicia el diálogo en el que nada más uno habla para que hablen los dos, quien va a abonar las rutas, los espacios externos y quien está por que se asuman las vetas interiores. Entonces “¿dónde habremos de vivir, en un árbol, en una libreta, en la memoria?” La autora alimenta el diálogo con el verso magistral: “¿tal vez vuelvas a saberme cuando el Ciervo asome por tus ojos?
Necesariamente la poetisa tiene que alimentarse del tiempo que alimenta. Todo empieza con una leve confesión peticionaria: “perdona mi impuntualidad natural/ Yo nunca habré de llegar a tiempo/ yo nací y he vivido a destiempo…” Entonces Mariana arriba en el tiempo del destiempo que es su tiempo exacto, como el verbo que deja caer en ese instante, perfectamente a tiempo.
El libro consta de un solo poema, el diálogo del que hablaba al principio en una sola larga tirada de hilvanes y consideraciones. En mi tránsito me detengo forzosamente en estas líneas: “este antes del antes/ ¿cómo referirlo en la logicidad construida?/ ¿dónde su balance?/ ¿en cuál de las vidas pasadas, de haberlas?/ No tengo respuestas/ pero este saber no sabiendo/ es lo que me hace tomarte/ y echar a andar de nueva cuenta/ ¿sientes su pálpito?/ El olvido no tiene cabida/ al mirar más hondo/ dan fe las piedras que atraviesan la sierra”.
Después de leer este párrafo no puedo menos que pensar en la aplicación del concepto Ábrara, para tratar de explicármelo y de explicarlo de la manera más prudente… que tal vez sí lo pueda hacer. Veamos, estamos hablando de la energía que es antes de ser pero que ya está siendo hacia lo que va a ser, que ya es su materia desde su antes. Concepto tan poético de Mariana Bernárdez nos estremece y me dispone a los entusiasmos.
Intentémoslo con estas palabras: Antes del antes de Mariana. Lo que abre de su esencia misma, concepto del principio, juego de liliales aes, primer latido acuñado en el hondo de la entraña, golpe primo del albor a llama verde, lo que inicia el inicio, pugnaz salto, cantidad entre las sombras, el hechizo hacia afuera de la caverna griega, inio espasmo de la savia abriendo, iniciática luz en el segundo antes del segundo, el casi ya del alba, llave, cipactli al pie del movimiento, brote alfaguara a donde vendrá a lermar el día, iskra del big bang, sustancia de la sustancia, la que inaugura. El sol, la sol, el voz, la voz primera.
Cuando Mariana Bernárdez escribe de “ese antes del antes, ¿cómo referirlo -dice ella- en la logicidad construida?, ¿dónde su balance?” Cuando escribe de ese antes del antes, nos está señalando dónde su poesía o para seguir con el juego propuesto desde el título: Don, de su poesía. ¿Dónde? La fuente que le da inicio, en ella nos ha colocado.Todo lo que viene después, lo que leerá el lector de Don del recuento es la reafirmación de la excelencia de su escritura. Hace tiempo le escribí unos versos a Mariana en un café literario llamado El Péndulo, fue en el antes del antes que ya era. Ahora, en la arquitectura del verso, el antes del hoy que será el antes del mañana será el lector, que ya espera.
Yo, me recargo en una esquina de mi tiempo y el tiempo del libro que hojeo se me vuelve una esquina aérea De tela y de papel. No sé si preguntarte Elva si a la tierra de la que venimos ambos debiéramos llamarle magia y minutero o seguirle nombrando así como le hemos dicho siempre, simplemente, Chiapas. Nos adviertes a Nina Moreno y a todos que: “Los días se filtran, dejan su marca de agua en el insomnio donde figuramos los primeros desterrados. También se cuelan otros fantasmas de tela y de papel…”
Quedo con Elva en este instante, me acompaño con ella y juntos vamos recorriendo sus paisajes infantiles, adolescentes, estamos en el momento de la nostalgia, cuando se recuperan los soles que en desfile fueron para darnos el fósforo y su cura colgada de las ramas del Tepezcohuite. Hablo de la lumbre que heridas deja sobre la piel del pensamiento para poder recordarla como estancia de nostalgia de la allá tan provinciana provincia en vez de lejanías. Pero es Elva quien la habla, la lumbre, y la va convirtiendo en páginas ordenadas que se identifican finalmente con un título. Tela. Papel.
Unos segundos antes de esa lumbre estaríamos de nuevo refiriéndonos al Ábrara con Elva Macías en compañía. Vemos hacia adelante: “las flores se agazapan, -nos cuenta en su ayer-hoy-, la casa es una nave que libra su naufragio” y de nuevo las aflicciones de la poesía en una frase luminosa: “tu voz murmura a nadie el olvido”, digo con ella: “maraña de hilos con puntas extraviadas”. Ahora estamos en el Ábrara Sur.
Esto es mío cierto. Digresión. ¿Qué es Ábrara?, me preguntó hace tiempo en Coyoacán un joven poeta inquieto todo él. Es el principio del principio. Iba yo a abrir… lo que sin ser aún ya es en, y por lo que va a ser… iba yo a abrir… De pronto, el ángel obeso que nos escuchaba en la banca contigua se adelantó: “es el rayo de luz impulsado por su propio destino…” y se acomodó tranquilamente en el enorme hueco que le había hecho a la tarde.
En ese rayo de luz estamos ahora. “Puertas y ventanas -diría Elva- fragmentos de luz entre la noche”. De esa condición de tiempo y espacio nace el poema elviano:”A veces creo que mamá murió/ hace seis, hace diez/ o hace más de veinte años y que papá se cansó de vivir. Tenía novecientos años,/ la edad de los patriarcas/ cuando al cielo subió por un nopal inmenso: de penca en penca/ de penca en penca/ como el niño del cuento que él nos narraba”.
La niña Elva, mientras envuelve el alma de las cosas sobre el frío del cristal. Se busca en una fotografía tomada en Xochimilco; aparece toda la familia pero ella no; Ábrara; pero sabe que está porque al ver las imágenes escucha el agua y aquella canción de su niñez y la empieza a cantar conmigo y con Lara al mismo tiempo: “Hay en la taberna un piano viejo/ que refleja en un espejo/ su sonrisa de marfil. Y en su risa lleva una tonada, que me parece arrancada de París. Oye la tonada, /vuélvela a cantar./ Tonadita que se prende como un beso/ como un beso en una boca de coral”.
Y aquí terminamos, como seres convertidos en el episodio de Elva, convertidos en seres De tela y de Papel. Llegó Elva al destino del rayo y apunta: “El rojo amortiguado de los ladrillos viejos/ sostiene a la Providencia en ruinas,/ antigua fábrica de hilados y tejidos./ Sobre la hierba seca del estiaje/ se alzan rumores que no son nuestros pasos. Bajo un alero de cristal y hierro/ entran a la tienda de raya los que deben y temen./ En los telares los hilos aún no aprenden su color,/ en calderos de tinte se hunden las madejas y salen/ como animales del mar, vibrando,/ los brazos las cuelgan sobre el vaho sofocante./ Sudan las axilas y los vientres mulatos/ como si anticiparan el encuentro de sus cuerpos/ en las terrazas,/ cuando los patrones duermen./ Mantas de cielo, pabellones viejos,/ tramas y urdimbres prolongaban, como el canto,/ la vida que hoy se ovilla y no se puede rehilar”.
Hay un eco de los principios que llega rebotando desde el fondo de la calle provinciana. Camino con él. Una de las canciones chiapanecas más conocidas en el mundo; y por varias razones perfectamente comprobables me atrevería a decir la canción mexicana más conocida en el mundo, es aquella de Alberto Domínguez que dice: “Mujer, si puedes tú con Dios hablar, pregúntale…”. La escucho mientras bebo de un uvo cristalino, fondo púrpura, en el interior un restaurante para turistas que se llama Le Pré Salé, y nuevamente Ábrara de lo que nos mueve el antes Lejos, de muy cerca, ahora tan cerca que abona el lejos de muy lejos; percibo que me encuentro en el sitio al que partiré dentro de varios años para acompañar a mi amiga Claudia la escritora, a visitar en el sur de Bruselas, la Torre Negra de Santa Catarina.
Ella, con acentos de libro, en un verso magistral habla de ese Bruselas, creo, y apunta: “Su cuerpo es el mapa de una memoria que comienza a equivocarse”. Y ahora, explicaré el porqué del “creo”. Uno lector nunca sabe, pero la escritora nos puede estar hablando en tres planos con toda su potencialidad poética. Es creíble, pero sólo ella lo sabe. A nosotros nos corresponde inventar la aventura. Procedamos:
“Su cuerpo es el mapa de una memoria que comienza a equivocarse”. Puede ser que esté ya de regreso de Bruselas a la que pretende reavivar con los recuerdos, pero ya hay obstáculos en la memoria para recuperarla tan nítidamente como, en cambio, la estamos viviendo ahora en su poema recorriendo en jubileo la Plaza de Santa Catarina, mientras la pintora Leticia Ocharán nos señala los diferentes motivos plásticos que sólo sus pupilas ven. Su otra escritura; está hablando de alguien, de una pareja tal vez, compañera de viaje, de visiones conjuntas que han cambiado como el tiempo cambia y hay trueque de atmósferas. Hay una memoria que empieza a colocar las cosas en un nuevo orden.
¿Y qué tal si la ciudad de Bruselas sólo es pretexto para indicarnos que la vida cambia y que en estos momentos de lectura del poema sólo estamos siendo con él un presente que ya es pasado por los procedimientos de la evocación, pero que será forzosamente futuro, segundos antes de que el nuevo lector abra la portada del libro?, claro, un futuro que como un soplo dejará de serlo para convertirse inmediatamente en pasado del presente o más estrictos en los conceptos, en presente del pasado. Ah, los poderes de la poesía. Una poetisa que voltea a ver la ciudad de la memoria desde su punto de observación a más de dos mil metros de altura sobre el nivel del mal.
Desde estos puntos de partida, cualquiera que sea el válido, puede venir el posterior torrente de imágenes y recuerdos, lo que sea, lo que la escritora nos proponga textualmente, vendrá a enriquecer el poema; el poema fue trabajado para eso, para lograr cualquier acumulación de maravillas.
Así vemos desfilar por las páginas de Lejos, de muy cerca, a James Ensor, preclaro pintor del vanguardismo, a Edith Cavell, la enfermera de la Cruz Roja fusilada por los alemanes durante la Primera Guerra Mundial por haber salvado a 200 sentenciados a muerte, a Gottfred Been, el poeta inalcanzable en su mundo de muertos, podridos, chuecos, desfigurados, devastados por la enfermedad de la que el médico de lo terrible dará a luz su expresionismo poético y vemos cómo Claudia Hernández de Valle Arizpe desciende de un vagón del metro (de aquellos angostos vagones de color amarillo, recuerdo yo), en la estación Brugmann, entre las estaciones Stugvembergh y Heisel, después de haber seguido de largo sin haberle cortado la cabeza a Leopoldo II apenas cuatro estaciones antes. Con el pretexto de las nostalgias este libro está lleno de bellísima metáforas. A ver Eduardo Casar qué piensas de esta metáfora: “cuando se pone a leer la piel, se pone a leer el mundo” o de esta otra: “azul región sin fondo/catedral de oficios laicos” o de esta otra: “la estatua de Dios medía dos metros de largo” o de esta última: “Pongo los pies sobre el pasto/ y la mano sobre un avión que se aleja”.
Claudia, poetisa, la excelente escritora que eres en mi tiempo ante tu maestro manejo del Ábrara, para poder mirar oximorónicamente lo lejos de muy cerca, me veo obligado a revelarte la definición técnica de Ábrara, estás en condiciones de aplicarla como en realidad ya lo has hecho maestra en tu libro: Ábrara es la “raíz cuadrada de la luz multiplicada por el segundo anterior al primer segundo” o simplemente como nos lo dijo aquella tarde en Coyoacán Lezama Lima: “es solamente el rayo de luz impulsado por su propio destino”. La poseía se pone en pie y avanza.
Estas tres fuerzas de ahora mismo se me han desplegado en el mañana-ayer gracias a la entrega de Parentalia. Las he pretendido desplegar esta tarde frente a ustedes, buscando la promoción de la aptitud de todos para que cada una de estas mujeres, Metáfora 1, Metáfora 2 y Metáfora 3, hagan que -unos desde la tinta activa, otros desde la fuerza de la imaginación actuante- seamos en el Ábrara de la poesía contemporánea eco y polea, junto a, por y desde, estas tres inteligencias de la belleza. Muchas gracias a las tres y al cosmos.
*Presentación hecha el pasado mes de febrero en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.