REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 02 | 2020
   

Letras, libros y revistas

Rubén Bonifaz Nuño


Roberto Bravo

René Avilés Fabila, Augusto Monterroso, Bábara Jacobs, Bernardo Ruiz, Marco Antonio Campos, Eduardo Pérez Correa y Rubén Bonifaz Nuño, estábamos al pie de la alberca de un hotel lujoso de Colima. Hacíamos la sobremesa después de la cena cada quien con su copa. Las anécdotas se seguían unas a otras, los chistes a las costillas de los que estábamos se sucedían con rapidez. Alguno, como Tito, se lamentaba sonriendo de la vez que había cenado con Italo Calvino, y cómo los dos escritores eran demasiados tímidos, sólo pudieron articular palabras antes de despedirse sobre lo excelente del vino que habían tomado. Bonifaz recordó de cuando Tito trabajaba en una de las direcciones que tuvo a su cargo en la UNAM, y de cómo ante la pregunta que un inspector le hizo a Monterroso acerca del trabajo que hacía en aquella oficina. Monterroso le respondió serio que su jefe (Rubén Bonifaz) tenía la costumbre de beberse un sidral Mundet mientras despachaba los asuntos, y que él iba a comprárselo. El fiscalizador le dijo que eso no justificaba todo el tiempo que debía permanecer en la oficina. Monterroso lo contradijo:
--El trabajo es no solamente ir a comprarle el refresco sino andar tras él toda la mañana porque no me dice cuándo se lo va a beber.
Acompañábamos a Rubén, porque la Universidad de Colima iba a otorgarle el doctorado Honoris Causa, y el poeta Víctor Manuel Cárdenas (uno de los organizadores) diseñó mesas donde los invitados (nosotros) hablaríamos de la obra y trayectoria de Rubén, antes de que se le hiciera el nombramiento.
Entre las sesiones de la mañana y de la tarde vagábamos por la ciudad y estando en el parque del centro, al lado de lo que llaman la piedra liza (una roca que quién se desliza por ella vuelve a Colima), Rubén tuvo antojo de tejuino, y comía uno que había comprado a un vendedor callejero cuando llegaron tres guaruras de la gobernadora (la poeta Griselda Álvarez) a hablar con él. Lo alejaron del grupo, y después dubitativo regresó Bonifaz para informarnos que la gobernadora lo invitaba a comer solamente a él. Se veía contrariado y serio, pensaba en una solución que no agraviara a la poeta, ni se sintiera avergonzado por nosotros. René le dijo que fuera, que comeríamos en el hotel y nos veríamos más tarde. Pero Rubén negó con la cabeza, y nos dijo.
--No, voy a mandar decirle, que como mexicano machín que soy, no acepto que una mujer me invite, que ella será mi invitada en el mismo lugar y a la misma hora. Y como el que invita soy yo, voy a llegar con mis amigos. ¿Qué les parece?
Pequeños detalles dibujan a una persona. Cabe decir que fuimos todos, y que la poeta no permitió que Rubén pagara.
Un grupo de escritores jóvenes en esos tiempos nos reuníamos con él en La lechuza. A Rubén le gustaban los tacos de allí: cada jueves a las siete y media de la noche Vicente Quitarte, Guillermo Samperio, Raúl Renán (no tan joven), Josefina Estrada, Francisco Hernández, Bernardo Ruiz, Sandro Cohen, Marco Antonio Campos, Salvador Mendiola, comentaban chismes, hacían chistes de los ausentes, o trataban algún asunto con Bonifaz quien siempre estuvo dispuesto a ayudar a quien fuera. El club de las calacas lo denominaba él, anticipándose al que será nuestro último destino.
En esos años Rubén era un hombre atractivo, elegante, aunque este detalle de su presencia fuera demodé: gustaba de trajes cortados a la medida con chalecos fantasiosos pero en armonía con el saco y la corbata que fijaba a la camisa siempre blanca con un fistol, no recuerdo bien si tenía éste una perla. En la solapa portaba una distinción que le había dado la UNAM. De bigote y pelo rizado, blanco de la piel, más bien colorado, de barba partida, ojos expresivos; su mirada reflejaba siempre su estado de ánimo. De mente muy despierta y atenta. Sabía escuchar, y no hablaba antes de tener algo sustancial que decir o una broma. Reía frecuentemente y mostraba su dentadura al hacerlo. Veía poco para entonces, y la visión le disminuía según las horas del día pasaban. A trasmano supe de sus amoríos de tiempos atrás que no fueron pocos, y al conocerlo me di cuenta de por qué su éxito con las mujeres.
Hice un último viaje con Rubén cuando el ayuntamiento de Córdoba (su tierra natal), y el Gobierno del Estado de Veracruz le hicieron un homenaje en esa ciudad. Esta vez lo acompañaron los amigos que cupieron en dos autobuses: Poetas, narradores, académicos, periodistas, críticos, dramaturgos, y políticos. Recuerdo en aquella comitiva a Ricardo Garibay, Fausto Vega, Margarita Michelena, René Avilés Fabila, Rubén Salazar Mallén, Carlos Illescas, el rector Carpizo, etc. Fueron días muy ocupados para él, inauguró una biblioteca con su nombre, y todas las personas querían estar a su lado. En Orizaba, la cervecería Moctezuma le ofreció una comida. Los invitados que teníamos hambre empezamos a comer antes que terminaran los discursos y que la lluvia empezara a caer. Cuando inició el aguacero, el poeta Illescas dijo: AL MAL TIEMPO BONIFAZ.
Hace algunos meses Rosario Casco me dijo que Rubén estaba deprimido porque prácticamente no veía, que lo invitáramos a comer. Ella intentó hacerlo por diversos medios, pero ya no fue posible. Bonifaz ya no quería asistir a restaurantes porque no podía ver la comida, y cuando lo hacía pedía tacos para agarrarlos con la mano y llevarlos a su boca. No me reuní con él otra vez. Ahora la distinción, la risa y la bonhomía de Rubén no existen más. El desasosiego por su falta me asalta cuando encuentro sus ensayos, poemas, entrevistas, su voz, a sus amigos, la universidad, los restaurantes, cuando viajo, cuando pienso en el destino definitivo que espera por mí.