REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 10 | 2019
   

Arca de Noé

La Musa de la Rue De L’ancienne Comedie


José Juárez

Aquel día que amanecí en París, había una fresca y agradable mañana de primavera, un poco nublada, a pesar de ser las primeras horas, daba la impresión de un amanecer, gris Oxford, de los años sesenta, cargada de neblina; vestía un traje sport gris, muy ad hoc con ese típico color inglés. Después de arrastrar el equipaje que constaba de dos maletas muy pesadas, en busca del hotel de Madame Chatte, nombre que si mal no recuerdo era de Normandía, el que me había recomendado mi amiga Edith Poli. Ella me contó que Madame Chatte, se hacía llamar así, porque cada vez que se deshacía de su pareja sentimental en turno, mandaba disecar un gato en su honor, el que ponía en la cabecera de su cama, como decoración, con un epitafio que decía: “repose en paix mon chéri” (descansa en paz mi amado). Tú le vas a gustar por el color de tu piel ―dijo.
Años más tarde tuve la oportunidad de conocerla y tratarla; así constaté que a pesar de su edad cuarentona, su presencia denotaba haber sido una mujer muy guapa y elegante; pude comprobar lo de los famosos misifús disecados, que me comentó Edith Poli. ¡Había tantos gatos “empailler” en su recámara, como los días del mes!
El hotel de Madame Chatte se encontraba sobre la rue de l´Ancienne Comedie, a unos cuantos pasos del más viejo café de Paris, Le Procôpe, este restaurant-café, en el que solía cenar tres veces por mes, fue fundado en 1686 por Francesco Procopio dei Coltelli, en él se reunían figuras emblemáticas tales como: Voltaire, Danton, Robespièrre, Marat o Benjamín Franklin, personajes que en su época, frecuentaban este lugar tan prestigioso. Desgraciadamente no encontré habitación en aquel recomendado hotel, como supuestamente lo había previsto Edith.
Durante el viaje de New York a París, por Air France, me tocó viajar, en el asiento contiguo al mío, con un hombre joven que era un diplomático de origen sudanés, quien al llegar al Aeropuerto de Orly, me ofreció llevarme hasta la estación del metro Odeón, en el corazón del Barrio Latino. Con dificultad arrastré una cuadra, las dos pesadas maletas, más dos de mano, desde el boulevard St. Germain, donde me había dejado mi compañero de viaje, hasta el Carrefour de las calles de l’Ancienne Comedie, Buci, Mazarine, Dauphine y San André des Arts. Por suerte la calle de l’Ancienne Comedie, no es una artería muy larga, ni muy ancha, ahí al final de la misma, conseguí una habitación en el hotel Petit Trianon. Éste es un hotel modesto por el que pagaba 50 dólares diarios en 1966.
Después de recuperar el aliento y respirar con normalidad y, poner las cosas en orden en mi habitación, me dirigí hasta el balcón que daba hacia el nororiente, con dirección al Sena; al abrir la puerta respiré profundamente el fresco ambiente, varias veces, hasta identificar aquella fragancia matinal, en la que el aire mezclaba al mismo tiempo, el perfume fresco y resinoso de los “tilleuls” y los “platanes”( ). Por algunos segundos, dejé volar como ave sin rumbo, mis melancólicos pensamientos. Debo decir que no recuerdo exactamente cuánto tiempo había pasado en ese estado de inconsciencia, finalmente me percaté que tenía la mirada perdida y perpleja con las pupilas dilatadas al máximo, con los ojos abiertos; veía sin ver hacia el infinito; fue ese mismo estado de ánimo que me mantenía vivo. Ese letargo experimentado, fue como si de pronto hubiese dejado de existir, como si hubiese entrado en una especie de catalepsia. De pronto me percaté que me embargó la nostalgia. ¡Ahí, en ese preciso momento, me pareció oír el viento de las desesperanzas soplar a través de esos techos y de todas las otras cosas que veían mis ojos, aunque no emanaban de ellas, sino de la embriaguez de mis fantasías! Frente a ese paisaje de techos y de chimeneas con boquillas rojas como el ladrillo; la fuerza del ímpetu me obligó a aferrarme, con todas las fuerzas, del barandal del balcón, como si hubiese presentido el vértigo de la altura.
Después de tanta tensión, emociones y sensaciones por fin, rodaron un sinfín de lágrimas espesas que descendieron densas y salobres, por las mejillas, las que por mucho tiempo no lograba contener en mi alma, como consecuencia de imperiosas sensaciones de nostalgia y soledad. Aquella nostalgia, único recurso al dolor que me producían todos aquellos recuerdos encontrados; por un lado, me embargaba la vieja tragedia de la muerte de mi padre, con la fuerte turbulencia que alcanzó a toda la familia y por otra parte, el privilegio y la magnifica fortuna de encontrarme en París y despertar del sueño que todo artista anhela: llegar a la Meca del Arte. Todas esas sensaciones me tenían confundido pero al mismo tiempo me sentía orgulloso y satisfecho de tener un padre comprensivo que me brindó todo su apoyo, su amor y su confianza cuando más lo necesitaba; sus afectos que por momentos, sentía perder con la distancia. Mi único deseo, quizás por la impotencia, fue invocar a todas las deidades de mi imaginación, haciendo un gran esfuerzo y abusando de la cognición; de ese proceso mental superior al normal de cualquier ser humano, es decir un proceso a partir de la percepción, del conocimiento adquirido; como aquellas sensaciones subjetivas que permiten valorar y considerar ciertos aspectos en detrimento de otros; sensaciones transportadas por todas las fuerzas invisibles que en ese momento se manifestaban. Impulso que me produjo un ligero mareo y un intenso letargo, que supuestamente se prolongó por varios minutos, con la ebriedad de locura, como ese éxtasis que nos producen la ruptura de todas las barreras que existen entre los dioses y los hombres; con esa embriaguez y locura dionisiaca que favorecen la disolución de las proporciones de lo imponderable. Todo aquello que me convertía en una fiera, en un monstruo salvaje, y me conducía hacia la sublime violencia, la ebriedad y la orgía desenfrenada. En ese instante incalculable, al invocar a mis dioses predilectos, pedí que me ayudaran a encontrar a la otra mitad que me hacía falta, mi media naranja, esa musa ―musae― protectora que pudiera guiarme, sin condición alguna, por aquel laberinto perdido, el que por primera vez se presentaba ante mis ojos como una realidad antiorfica.
En aquel momento tenía ya seis meses de haber terminado mi estancia invernal en New York, pero aquí en el centro neurálgico, la mañana parisina era tan brumosa que cubría como un velo satinado las márgenes del río Sena, igual que la del día en que aterricé en el Aeropuerto de Orly.
Desde el balcón de la recámara del Petit Trianon, podía ver hacia abajo, la conjunción de varias calles que desembocaban en un pequeño y estrecho crucero, donde se daban cita pequeñas callecitas; todas ellas, llenas de comercios, boutiques y cafés. Desde mi balcón también, podía ver, por encima de aquel paisaje atiborrado de múltiples formas y perspectivas fugases formada por los techos, recubiertos con pizarras negras y con muros de canteras grises y doradas patinadas por el tiempo, eran ejemplo de arquitectura homogénea y armoniosa que lucía espléndida.
A pesar de la bruma matutina se podían percibir los brillos góticos dibujados sobre la aguja y las torres gemelas de la catedral de Nôtre-Dame; guarida de Cuasimodo el jorobado de nuestra Señora de Paris, una de las legendarias y más hermosas catedrales medievales y una de las más famosas del mundo. No era el simple hecho de ver las maravillas físicamente, sino de recorrer mentalmente y revivir el tiempo, los hechos y su historia.
En marzo de 1966, había pasado el invierno en New York, como dije antes, en la casa de mi amiga Edthit Poli ―pintora y fotógrafa―. A Ella la había conocido en Acapulco meses antes de iniciar mi viaje, después de un tórrido romance efímero, me insistió que me quedara con ella en New York, en su departamento de la calle 10, entre la Sexta y la Quinta avenida, en pleno Greenwich Village. Pese a mi indecisión, acepté quedarme una semana, la que se prolongó algunos meses.
Para entonces en París ya estaba encima la primavera, con aquella luz rojiza que produce el sol vespertino tan maravilloso, nítido y transparente daba a cada cual el color que merecía. Ahora yo me encontraba ahí, para descubrirlo y conocer su historia.
Para entonces tenía la memoria atiborrada con los acontecimientos y fechas un que me bailaban como confeti en la retina de mis recuerdos; un ejemplo era la historia de la fundación de Paris. Recuerdo que en el siglo 52 a C: Roma había conquistado Lutecia, ahí donde vivían los parisii. Y que en el s. VI: se convirtió en residencia de los reyes francos. Los condes de París dieron origen a las dinastías de los Capetos (987) y convirtieron a la ciudad y capital de Francia en 1215, en un centro comercial relevante.
También tenía presente, por supuesto, la fecha de la creación de una de las universidades más antigua del mundo: la Sorbona entre 1356-1358.
En el inicio de este periodo la ciudad es centro de importantes transformaciones socio-culturales. Enrique IV y Catalina de Médicis, son personajes centrales de esta etapa. La ciudad sería un importante centro gótico y renacentista y su población en 1500 era de 185,000 habitantes, la segunda de Europa tras Constantinopla.
El 24 de agosto de 1572 se desata en esta ciudad la matanza de la noche de San Bartolomé, un episodio capital en las llamadas Guerras de Religión.
En su calidad de ciudad más importante de Francia y centro del poder, París acogió a varias de las más importantes personalidades de la historia en este periodo, pensadores como Voltaire, gobernantes como Luis XIV y hombres de estado como Richelieu, Colbert y Mazarino. Además la ciudad y, especialmente la cercana población de Versalles, se constituyeron en ejemplo de lo que debía ser la arquitectura de una capital. Para 1786 se inicia el traslado de los huesos humanos del cementerio de Les Halles, a las canteras excavadas en la época galorromana a 20 metros de profundidad en la base de Montparnasse, Montrouge y Montsouris, formando de esta manera las famosas catacumbas de París.
En la fortaleza de la Bastilla que se encontraba en el oriente de la ciudad, se inició oficialmente el movimiento que se conoce como Revolución francesa. París contaba en ese momento con más de 500,000 habitantes.
Posteriormente se llevó a cabo la masacre de los protestantes durante la noche de San Bartolomé en 1588 y Enrique IV entró en la ciudad en 1648: jornada de las barricadas e inicio de la Fronda de París, en el Siglo XVIII: se convirtió en el centro cultural de Europa. Posteriormente en 1789 fue la famosa toma de la Bastilla.
Más tarde los alemanes asediaron París (1940-1944) y sufre la ocupación alemana con la complicidad de Henri Philippe Benoni Omer Joseph Pétain, primer ministro en 1940 y después, Jefe de Estado en la Francia ocupada por el Nazismo (régimen de Vichy). Él mantuvo una política colaboracionista con Alemania; todos estos acontecimientos me bailaban en los ojos como confeti.
Eran tantas y tan grandes mis emociones que hasta ese momento no asimilaba el hecho de haber ganado la única beca ofrecida para estudiar pintura en el país de mis sueños infantiles.
Esa mañana lloré como un niño cargado de sentimientos dolorosos, fue un llanto intenso arrancado por esa vivencia estética tan afortunada, que me sentía como un náufrago en ese océano atiborrado de culturas milenarias, que se me presentaba por vez primera. ¡Éste ya no era un sueño! ¡Ahora estaba ahí despierto y en persona!
Por momentos sentía miedo de encontrarme solo y tan lejos de mi país, de mi familia, de mi cultura y de mis costumbres; pero sin duda eran más fuertes mis deseos de superación y la necesidad de nutrir mis ojos con toda esa cultura que encierra París. Todo ello me hacía reaccionar e imponerme a la adversidad que el destino me estaba ofreciendo; era una fuerza nacida de lo telúrico de mi existencia con un poder que me empujaba a resistir y me invitaba a introducirme en ese selva, aún ajena y desconocida para mí.
No es lo mismo aprender por medio de la lectura que tener la vivencia, de palpar, de tocar y trastocar el universo que te rodea. A pesar de haber estudiado la cultura francesa y haberla conocido a través de las narraciones de mi padre y de amigos franceses y mexicanos que habían estado becados, nada era comparable a la realidad, todo a mi alrededor tenía dimensiones diferentes.
¡Grandiosa… Inmensa… Legendaria…, y exuberante, llena de historia! ¡La ciudad luz de mis sueños! ¡El París que bien vale una misa!
Quizás para otras personas llegar a París por primera vez no significaba lo mismo que para mí, porque sin duda, ellos nunca desearon llegar hasta aquí con la misma fuerza que yo lo había anhelado. Recuerdo que desde que comencé a estudiar a los impresionistas y leer las biografías de los artistas de ese movimiento: Vincent Van Gogh, Paul Cézanne, Édouard Manet, Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec, Claude Oscar Monet, Eugène Henri Paul Gauguin, etc. Me fui nutriendo de ellos. Por otra parte, también comencé a escuchar la música y las canciones de los interpretes románticos más representativos de los años sesentas y setentas, tales como: Ives Montand, Georges Brassens, Jacques Brel, Aristide Bruant, Léo Ferré, Serge Gainsbourg, Georges Moustaki, Alain Souchon, Charles Trenet, Boris Vian, Juliette Greco, Charles Aznavour, Gilbert Bécaud, Serge Reggiani, Mireille Mathieu, Jacques Prévert, Leo Ferrer y Edith Piaf, entre muchos otros. Disfruté de la historia, de sus vidas y de sus obras, ellas se metían por los ojos, por los poros, por el corazón: por todo el cuerpo, por el alma, por todas partes, sin limitaciones. Todo llenaba mi ser y por estas razones, y por todas estas riquezas culturales no podía renunciar, ni iba a abandonar París, sobre todo ahora que tenía en mis manos esa indescriptible oportunidad.
Aprendí a conocer la historia, la vida de sus artistas, sus obras artísticas y literarias, su literatura; todos esos aprendizajes que se metían por los ojos, por los poros, por el corazón, por el alma, por todo el cuerpo, por todas partes, sin limitaciones. Todo llenaba mi ser y por estas razones, y por todo ese bagaje cultural no podía renunciar, ni iba a abandonar París; sobre todo ahora que tenía en mis manos esa indescriptible oportunidad que acaricié con toda la fuerza. Logré perder el miedo, ese miedo que en algunas personas suele ser la debilidad de otras. Con todas esas vivencias adquirí “le plaisir du texte” que sólo existe en la lectura como decía Maurice Blanchot: en donde “la literatura trata de vencer a la muerte y la palabra nace para sustituir al ser”, es así como descubrí París y también mi ser, en el abismo vertiginoso de las letras, donde están alojados mis dioses, donde encontré la sabiduría que tanto había buscado: mi musa; otra manera de comunicación.

México, D.F., febrero 10, 2013