REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 08 | 2019
   

Arca de Noé

De la reforma agraria a la reforma de las fortunas


Hugo Enrique Sáez A.

“La tierra para quien la trabaja” fue el lema que condujo la lucha de Emiliano Zapata y su ejército campesino. Los propietarios naturales de estas tierras que ahora se llaman americanas padecieron en el siglo XVI el sometimiento de invasores salidos del continente europeo en busca de metales preciosos. En la cosmovisión de los pueblos originarios se valoraba el hecho de que el hombre pertenecía a la tierra y la tierra pertenecía al hombre; aun más, el concepto de propiedad les era ajeno. Mejor se describe esa relación con el verbo ser: yo soy esta tierra y esta tierra soy yo. Sería absurdo decir “este brazo me pertenece”. Este brazo forma parte de mi cuerpo, yo soy este brazo y este brazo soy yo.
Cuatro siglos más tarde la situación que se vivía para los descendientes de los pueblos originarios y para los pobres que se les unieron por las corrientes migratorias era diametralmente opuesta. La tierra se había convertido en un objeto acumulable en manos de un sólo propietario que no se conformaba con una parcela que sirviera para satisfacer sus necesidades. Todo lo contrario. Veintinueve familias acumulaban miles de hectáreas en la que peones paupérrimos medio sobrevivían trabajando para un patrón que a menudo nunca habían visto en persona. La historia es muy conocida. Se había implantado en México un desarrollo agroexportador tipo junker, cuya principal característica era el latifundio monopolizado por un número reducido de propietarios que recibían pleno respaldo del Estado. La política vigente no se encaminaba a procurar el bienestar de todos sino a reprimir a los descontentos surgidos de las condiciones de miseria generalizada entre los campesinos y las masas indígenas. “¡Mátenlos en caliente, después virigüen!”
Zapata y Villa, líderes carismáticos que levantaron a los que sólo tenían derecho a mirar el piso, encabezaron la furiosa rebelión para terminar con el monopolio de la riqueza que brotaba de la explotación de la tierra. En el artículo 27 de la Constitución aprobada en 1917 se estipuló que la tierra era patrimonio común de la nación mexicana y que debía moderarse el número de hectáreas en manos de un único titular. Así se reconocía el derecho de todos a disfrutar el usufructo y la propiedad de ese bien natural. Se implantó la reforma agraria, que tuvo un pico significativo de reparto en el sexenio de Lázaro Cárdenas del Río (1934-1940).
La situación en nuestros días transita por derroteros muy distintos. La moderación ya no es una virtud republicana; al contrario, se insta a que la realización del ser humano debe orientarse a romper cualquier record y a figurar en el tope del ranking en que se inscribe su actividad. Un modelo apetecible es parecerse a los grandes millonarios, ya sea el delincuente Chapo Guzmán o el empresario Carlos Slim. La fortuna de este último en 2012 se calculaba en 69,000 millones de dólares. Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), en 2010 el 46% de la población mexicana vivía con menos de un dólar por día. Si una de esas personas quisiera obtener la fortuna de Slim, lo lograría en 189 millones de años. La disparidad en el ingreso per cápita es abismal. En el capitalismo actual no es sólo el acceso a la tierra lo que obstaculiza el llevar una vida digna, es el predominio del abstracto capital financiero. ¿No ha llegado la hora de pensar en una reforma de las fortunas que determinara acotar los límites en que es legítimo acumular bienes?
La lógica que rige este capitalismo es muy sencilla: la acumulación indiscriminada de bienes se efectúa privando a millones de individuos del goce de esos bienes. A los pobres se les pone un estándar de consumo llamado canasta básica, mientras que los afortunados se regodean en lujos lujuriosos. ¿No se podría inventar una “canasta de consumo satisfactoria”, incluso elevada en términos de valor, para quienes manifiesten la habilidad de hacer negocios y que el excedente se destinara a subsanar necesidades de los excluidos? La propuesta amenaza con taladrar los oídos de quienes se formaron en la ideología de Reagan y Thatcher, reacios a fijar impuestos a los ricos. No obstante, en un mundo que presume de su racionalidad es irracional que un jugador de futbol gane 20 millones de euros anuales mientras que un maestro rural tenga que conformarse con 3 mil euros al año.