REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 07 | 2019
   

Apantallados

Moviola en su laberinto


Alonso Ruiz Belmont

En la historia contemporánea de Italia, Giulio Andreotti es, sin duda, uno de los referentes políticos más importantes de los que puede hablarse durante el periodo de la Guerra fría. Siete veces primer ministro, ocho veces ministro de Relaciones Exteriores, dos veces ministro del Interior así como de Defensa y senador vitalicio desde 1991; la espectacular carrera política de este personaje está marcada por la sospecha y el escándalo. Nacido en 1919 en la ciudad de Roma, Andreotti, hijo de un profesor de escuela, fue uno de los hombres más poderosos, fríos, implacables y enigmáticos de la segunda mitad del siglo veinte en aquella nación. “El Papa Negro”, “Belcebú”, “Il Divo Giulio”, “La Eternidad” y “El Jorobado”, son sólo algunos de los apodos por los cuales la opinión pública le conocía. El inicio formal de su carrera parlamentaria en la Democracia Cristiana (DC), comenzó en 1948 cuando fue elegido diputado por la circunscripción de Roma-Latina-Viterbo-Frosinone. En 1954 es nombrado por vez primera ministro del Interior.
En medio de las violentas convulsiones que Italia experimentó durante la posguerra como resultado del choque entre los herederos históricos del fascismo y los representantes de las corrientes progresistas seculares, un virulento anticomunismo comenzó a permear las estructuras de poder que se hallaron monopolizadas por la hegemonía indiscutible de la DC hasta los inicios de la década de los ochenta. La influencia desestabilizadora que comenzó a ejercer la ultraderecha en la sociedad italiana y en sus instituciones desde principios de los años sesenta se vio reflejada en cuatro frentes: intentonas golpistas, violencia terrorista, la expansión del crimen organizado y la aparición de complejas redes de corrupción que envolvieron el mundo de la política y las finanzas. Los principales protagonistas de estos fenómenos que se entrelazaban mutuamente fueron el clero, la Mafia, la logia masónica Propaganda Due (P2) y los núcleos más intransigentes de la DC.
Las circunstancias que rodearon el fin del séptimo y último gobierno de Andreotti como primer ministro, así como la sombra de sospechas que caracterizó su larga carrera como político son abordadas en la película Il Divo (2008) de Paolo Sorrentino. La narración está ubicada en las relaciones y oscuros pactos que ejercieron a principios de los años noventa los más prominentes miembros de su primer círculo, agrupados en la llamada corriente andreotista de la Democracia Cristiana. Este selecto grupo de personas estaba formado por el ministro de Finanzas Paolo Cirino Pomicino, el senador Franco Evangelisti, el empresario Giuseppe Ciaparrico, el diputado Vittorio Sbardella y el Cardenal Fiorenzo Angelini. Muchos de ellos fueron procesados poco después de terminar el séptimo gobierno a causa de los escándalos de corrupción descubiertos en la trama Tangentopolis (ciudad de los sobornos), que fueron investigados a través de la llamada operación Manos Limpias, encabezada por el juez Antonio di Pietro. Manos Limpias marcó el fin de la Primera República Italiana y llevó a la desaparición de los principales partidos de aquel periodo, entre ellos, la Democracia Cristiana y el Partido Socialista Italiano (PSI). La cinta de Sorrentino está enmarcada por los principales asesinatos políticos que convulsionaron a ese país a partir de los años setenta, perpetrados siempre bajo la sombra del poder de Andreotti. Quizá el más importante de estos por su trascendencia histórica fue el del ex primer ministro democristiano Aldo Moro en 1978, del cual ya hemos hablado en esta columna. Sin embargo, a la lista también se suman los nombres del periodista Mino Pecorelli (1979), el banquero Roberto Calvi (1982), el general Carlo Alberto Dalla Chiesa (1982), el también banquero Michele Sindona (1986) y el juez Giovanni Falcone (1992).
En 1966 un hombre llamado Licio Gelli tomó el control de una logia masónica llamada Propaganda Due (P2). Gelli, partidario del régimen de Mussolini durante la Segunda Guerra Mundial, empezó a colaborar con los servicios de inteligencia estadunidenses y británicos al inicio de la Guerra Fría. Marcada por un virulento anticomunismo, la P2 comenzó a entablar estrechos vínculos con las élites del poder. En 1976, tras descubrirse su red de complicidades con el neofascismo, la masonería italiana ordenó el fin de las actividades de Propaganda Due. Sin embargo, la P2 siguió operando como una organización secreta entre 1976 y 1981. A raíz de las investigaciones iniciadas con motivo de la quiebra del Banco Ambrosiano, las actividades de Roberto Calvi, Michele Sindona y sus vínculos con la Mafia, en 1981 la policía italiana organizó una redada en la casa de Gelli en Arezzo. En la residencia fue hallada una lista con los nombres de 962 personas, varias de los cuales eran presuntos miembros de la P2. Fue entonces cuando se descubrió que las redes de Gelli y su organización habían penetrado las estructuras más importantes del Estado en aquel país: la clase política y empresarial, la banca, el poder judicial, el ejército y los servicios de inteligencia. En abril de 1994, luego de un largo proceso judicial, Gelli recibió una condena de 17 años de cárcel por divulgación de secretos de Estado y obstruir las investigaciones sobre el atentado con bomba a la estación de trenes de Boloña el 2 de agosto de 1980, el más sangriento episodio terrorista en la historia de Italia que dejó un saldo de 85 muertos. Sin embargo, existen rumores bien fundados en la prensa italiana en el sentido de que el verdadero líder de la P2 fue siempre el propio Andreotti, una versión corroborada por la esposa del propio Gelli.
Para entender las vinculaciones financieras de la P2, la Mafia y el poder de “Il Divo Giulio” es necesario explorar las actividades del llamado Banco Ambrosiano, cuyo accionista mayoritario era el Banco Vaticano, vinculado al clero. A mediados de los años setenta, Calvi, miembro de la P2 y presidente del Ambrosiano, comenzó a usar al banco para desarrollar una compleja trama de actividades ilegales. Violando las leyes italianas, comenzó a mover dinero fuera del país y asegurar préstamos sin garantía en el extranjero. En 1982, las autoridades hallaron en las arcas de la institución unos 1,287 millones de dólares cuya procedencia no pudo explicarse. Un año antes, Calvi había sido juzgado y condenado a cuatro años de cárcel por haber desviado entre 700 y 1,500 millones de dólares en fondos propiedad del banco. A pesar de la condena, Calvi mantuvo su libertad y conservó su posición como presidente. El 18 de junio de 1982, el banquero fue hallado muerto en la ciudad de Londres colgado en el puente Blackfriars. El caso fue clasificado oficialmente como un suicidio, pero en 1983 un nuevo juicio celebrado en el Reino Unido llevó a un veredicto abierto ya que el tribunal no pudo determinar la causa real de la muerte. En octubre de 2002, exámenes forenses ordenados por jueces italianos concluyeron que Calvi había sido asesinado. Tres años después, cinco personas fueron acusadas formalmente y juzgadas por el homicidio: el empresario Flavio Carboni, su novia Manuela Kleinszing, el también empresario Ernesto Diotallevi, el ex guardaespaldas de Calvi, Silvano Vittor y el mafioso Pipo Caló. El 6 de junio de 2007 todos fueron absueltos en un tribunal de Roma por falta de pruebas.
En 1982 Gelli había sido acusado de ordenar el asesinato de Calvi como represalia por haber malversado dinero suyo y de la Mafia. Por otra parte, la Mafia también deseaba evitar que Calvi revelase las actividades del Banco Ambrosiano para lavar dinero de la Cosa Nostra procedente del tráfico de drogas.
Otro prominente banquero miembro de la P2 vinculado a la Mafia fue Michele Sindona. A finales de los años cincuenta, éste formó un grupo empresarial llamado Fasco. Con el dinero que obtuvo del lavado de dinero procedente del tráfico de drogas para el crimen organizado en Sicilia, Sindona rápidamente comenzó a comprar numerosos bancos italianos. Poco después, trasladó las utilidades bancarias a Suiza y comenzó a realizar actividades especulativas. En 1974, un colapso bursátil golpeo sus finanzas y comenzó a sufrir cuantiosas pérdidas económicas que lo llevaron a perder varios de sus bancos. El abogado Giorgio Ambrosoli comenzó a liquidar las instituciones financieras de Sindona y fue asesinado por órdenes de éste el 11 de julio de 1979. Ese mismo año el empresario financiero viajó en secreto a Sicilia para chantajear a sus antiguos aliados políticos, entre ellos Andreotti, con la intención de rescatar sus bancos y recuperar el dinero que le debía a la Mafia. En 1980 Sindona fue condenado en los EEUU por varios cargos de fraude y posteriormente extraditado a Italia para ser juzgado por el homicidio de Ambrosoli, delito por el que también fue declarado culpable. El banquero murió envenenado con cianuro en su celda de la prisión de Voghera el 18 de marzo de 1986.
La trama política que se desarrolló tras el asesinato de Aldo Moro involucra otros dos militantes de la P2 en cuyas muertes aparece también la sombra de Andreotti: el periodista Mino Pecorelli y el general Carlo Alberto Dalla Chiesa. En 1979, Pecorelli reveló que poseía documentos escritos por el propio Moro durante su secuestro que incriminaban a Andreotti en lo sucedido y que pensaba publicarlos en su revista Osservatorio Politico. El periodista entregó los documentos al general Dalla Chiesa y fue asesinado el 20 de marzo de ese mismo año en Roma. En 1982, Andreotti nombra a Dalla Chiesa Prefecto de Palermo y el general es acribillado junto con su esposa en septiembre de 1982 en esa ciudad. Poco antes de morir en 1993, el senador Franco Evangelisti, reveló a un periodista que durante un encuentro privado antes de morir en Palermo, Dalla Chiesa mostró personalmente a Andreotti la totalidad de los documentos que habían sido escritos por Moro durante su cautiverio en los cuales se detallaban oscuras revelaciones políticas sobre el siete veces primer ministro. El archivo que contenía todos los documentos de Moro fue misteriosamente sustraído de la caja fuerte de Dalla Chiesa poco después de su asesinato.
Hacia 1992, las primeras revelaciones sobre el caso Gladio (vinculado al asesinato de Moro en 1978 y a la violencia terrorista) así como el inicio de las investigaciones sobre Tangentópolis, comenzaron a debilitar al séptimo gobierno de Andreotti. Este decidió renunciar al final de la legislatura y deseaba coronar su carrera política sucediendo a Francesco Cossiga como presidente de la Republica. El asesinato del diputado democristiano Salvatore Lima el 12 de marzo de aquel año, fue interpretado como una amenaza directa contra el andreotismo por parte del crimen organizado en represalia por las condenas del maxiproceso celebrado en Palermo contra los miembros de la Cosa Nostra. Lima había sido durante varios años el enlace de Andreotti ante la Mafia en Sicilia. El 23 de mayo, el juez Giovanni Falcone, uno de los artífices del maxiproceso, corre la misma suerte de Lima e Italia se encuentra ante un estado de emergencia nacional. Dichos sucesos frustran las aspiraciones del ex primer ministro y Oscar Luigi Scalfaro es elegido como sucesor de Cossiga. El desarrollo de los hechos que desembocaron en el maxiproceso de 1992 en Palermo, así como las revelaciones sobre la complicidad del Estado italiano aquel entonces en los asesinatos de los jueces Falcone y Paolo Borsellino ya han sido discutidas con anterioridad en otra colaboración. Sin embargo, es importante recalcar la importancia del papel que jugaron los jueces de Palermo al documentar las estrechas relaciones que mantenían la Mafia y la vieja clase política, vínculos que terminarían involucrando al propio “Divo Giulio”
En abril de 1993, Andreotti pierde su inmunidad parlamentaria y el poder judicial acelera las investigaciones que había iniciado poco antes sobre sus presuntos vínculos con la Mafia. Las investigaciones de los magistrados en la ciudad de Palermo, encabezados por el juez Giancarlo Caselli reúnen evidencia incriminatoria a través de las revelaciones de los ex mafiosos Totuccio Contorno y Baldasare di Maggio. La información que reúne la fiscalía sugería que el ex primer ministro utilizaba sus vínculos en las altas esferas del poder judicial para que la Suprema Corte evitase la continuación de los procesos judiciales contra los miembros de la Cosa Nostra y de este modo garantizar el apoyo electoral que le daba la Mafia para consolidar su poder político. Las relaciones con el crimen organizado habrían sido continuas y Andreotti incluso asesoró a los delincuentes a través del cobrador de impuestos Ignazio Salvo para que obtuviesen mayores beneficios económicos en al menos tres reuniones que sostuvo con jefes mafiosos entre los años 1979 y 1987. En la última de éstas, Andreotti habría sellado su lealtad hacia la organización con un beso a Totó Riina, líder de la Cosa Nostra.
En otro proceso judicial, Andreotti también fue acusado de ordenar el asesinato de Mino Pecorelli en 1979. El 30 de abril de 1999 los fiscales encargados del caso solicitan cadena perpetua para Andreotti como instigador del crimen, y para los mafiosos Claudio Vitalone, Giulio Badalamenti y Giuseppe Caló como autores intelectuales. Michelangelo La Barba y Massimo Carminati son acusados de ser los autores materiales. El 24 de septiembre de ese año la Corte de Assize en Perugia absuelve a todos los acusados. En noviembre de 2002 la Corte de Apelaciones sentencia a Andreotti y Badalamenti a 24 años en prisión, pero el 30 de octubre del año siguiente la Corte de Casación anula la sentencia y absuelve a ambos.
Con respecto al Proceso de Palermo, el 23 de octubre de 1999 el Tribunal absuelve a Andreotti del delito de asociación con la Mafia por carecer de elementos incriminatorios. La sentencia es confirmada el 2 de mayo por la Corte de Apelaciones y el 15 de octubre de 2004 por la Corte de Casación.
A sus noventa y cuatro años, Giulio Andreotti conserva todavía su escaño como senador vitalicio. Su compleja biografía revela a un hombre preparado para sobrevivir y luchar políticamente a cualquier costo, sin ninguna duda de que sus motivaciones y la historia terminarán absolviéndolo. La audacia y frialdad con la que ejerció el poder durante casi medio siglo muestran que la consolidación de las instituciones democráticas no es posible en ningún país sin referentes éticos y un poder judicial fuerte y autónomo que sea capaz de llamar a cuentas a la clase política y castigar toda forma de abuso contra la sociedad.
México debe tomar en cuenta la importancia que tienen las instituciones y el estado de derecho en el tránsito hacia la modernidad política. Un poder que no se ejerza sin mecanismos eficientes de rendición de cuentas para las élites dirigentes, difícilmente actuará en beneficio de los ciudadanos y el interés nacional.

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Il Divo; Italia, Francia; 2008. Dirección: Paolo Sorrentino. Producción: Indigo Film, Lucky Red, Parco Film. Guión: Paolo Sorrentino. Elenco: Tony Servillo, Ana Bonaiuto, Giulio Bosetti.