REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 09 | 2019
   

Clave de sol

Prefiero a Bob Dylan con guitarra eléctrica


Iris Santacruz

Mientras cursaba, tardíamente, el Doctorado en Ciencias Sociales, durante un seminario el profesor dejó a un lado su exposición y volteando hacia mí, me preguntó ¿Iris, cómo empieza la Internacional? Sin pensarlo mucho le contesté:
Arriba los pobres del mundo
de pie los esclavos sin pan
y gritemos todos unidos
viva la Internacional
De inicio, la pregunta me desconcertó, luego me di cuenta de nuestro origen común. ¿A quién, si no, iba a preguntar semejante ocurrencia? ¿Quién más, en ese salón lleno de jóvenes estudiantes, educados en la post-modernidad, podría saber qué era eso de “la Internacional”? Sin duda, a ambos nos enseñaron que la revolución rusa era el modelo histórico de una revolución consciente y la Internacional, el himno obligado en todo evento político. No me queda duda de que ambos leíamos Las Tesis de Abril y La Revolución Permanente, porque así nos formamos quienes militamos en la izquierda de aquellos años.
Como muchos de mi generación fui parte del movimiento estudiantil del 68. Recuerdo la noche del 15 de septiembre de ese año excepcional. El grito en la explanada de rectoría frente a las islas de CU y a Óscar Chávez cantando corridos de la Revolución Mexicana, a Villa y a Zapata.
Eran los tiempos en que la izquierda mexicana se debatía entre el Nacionalismo Revolucionario y el Internacionalismo Proletario, se discutía respecto a las formas que asume la lucha de las masas y el papel de la vanguardia. Una influyente corriente de la izquierda sostenía (creo que aún lo hace) que la revolución nacionalista democrática conducía a la revolución socialista. Así que en efecto, la música de la revolución mexicana, incluida la del cardenismo, acompañó al movimiento estudiantil.
Otras influencias musicales marcaron a la izquierda de entonces. La Revolución Cubana, fue sin duda la más importante. Las canciones: Y en eso llegó Fidel o las que se cantaban para recordar al Che Guevara: Hasta siempre comandante, junto con las consignas gritadas en las marchas, ¡Che, Che, Che Guevara!, eran simbólicas para el movimiento. Vino después la Revolución Sandinista en Nicaragua y las composiciones de los hermanos García Godoy.
Conservábamos orgullosos la memoria de nuestros padres sobre el asilo que el gobierno del General Cárdenas había dado a unos 20 mil republicanos españoles que llegaron con sus pocas pertenencias a cuestas, sus oficios, sus organizaciones políticas, sus ideologías y también con sus cantos. Los cuatro generales, Si me quieren escribir o ¡Ay Carmela!, se cantaban en las reuniones sociales en las que inevitablemente alguien llegaba con una guitarra y después de unos tragos les recetaba a los invitados su repertorio revolucionario.
La década del 70 se caracterizó por el ascenso de la izquierda en América Latina y se afirmaba que había un auge revolucionario, al menos latinoamericano. La música era parte integrante de todas estas convulsiones sociales y tal vez la que tenía mayor influencia. Más que en las tesis dependentistas o el pensamiento de la CEPAL, los jóvenes izquierdistas, éramos expertos en lo que se llamó la Nueva Canción Latinoamericana, surgida como respuesta a la opresión y la dictadura en el continente.
Después del violento desenlace que todos conocemos y que ahogó la revuelta de los estudiantes en México y subordinó las protestas sociales en toda la América Latina, vino el tiempo de refugiarnos en el desencanto y la mota, en otras formas de protesta y organización política y también en las peñas folklóricas donde se escuchaba música Latinoamérica de protesta: Los Parra, Mercedes Sosa, Inti-illimani, Quilapayún. Si no sabías que la estrofa:
Dale tu mano al indio
Dale que te hará bien
Y encontrarás el camino
Como ayer yo lo encontré
Fue escrita por Daniel Viglietti, entonces no podías formar parte del grupo selecto de revolucionarios puros y a toda prueba que refrendábamos nuestra militancia cada fin de semana, al calor de unos buenos rones. Conforme el nivel etílico subía, se cantaba con más pasión los high lights de la protesta, el hit parade de la lucha de clases. ¡El Pueblo, unido, jamás será vencido!
A pesar de eso, para tener el disco de Judith Reyes, con las canciones representativas del movimiento del 68 -Los granaderos, el corrido de Arturo Gámiz, o el Corrido de los combates del Politécnico-, había que ir a París a comprarlo, editado en esa magnífica colección del sello discográfico francés Le Chant du Mond.
Las Peñas y la música de protesta, estaba restringida a los sectores de mayores ingresos, eran para quienes podían pagar los tragos y escuchar el top ten subversivo o el boleto de avión para comprar en la Salle Pleyel los hits revolucionarios. Además, en la rue Saint Michelle o en Saint Germain-des-Prés podía adquirirse un outfit althusseriano y, de regreso a casa, deambular por las facultades de Ciencias Políticas, Economía, o de perdida Filosofía y Letras, y pasearse lentamente con un ejemplar de Lire le Capital bajo el brazo.
A pesar de los desfiguros, lo cierto es que cuando los distintos grupos sociales, organizaciones políticas o gremiales se expresan en la vía pública para exponer sus demandas, para protestar contra medidas impopulares que adoptan los gobiernos, para conmemorar sus luchas, suelen tener himnos emblemáticos, en México además, es un hecho frecuente que se entone el Himno Nacional al finalizar un mitin. Hoy algunos se conservan, otros se han adaptado en serio o como parodia a partir de canciones populares a las que se les cambia la letra.
En una conmemoración del 1 de mayo, convocada por el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) en el año de 2009, se animaba a los manifestantes con una adaptación de Bule Bule, que es un rock de los años 60 y en México la popularizaron los Johnny Jets. Cambiando la letra original por una letra chusca que satirizaba y ofendía al presidente de la república Felipe Calderón.
…les platicaré
De un pinche bandido
Que vive en Los Pinos
Y todos le gritan
Felipito, Felipito,
Felipito, Felipito,
El putito
Estas parodias, como afirma Ayats son “consignas resignificadas”. Se trata, dice, de una alteración que incorpora experiencia y valores implícitos, aunque ni se compartan del todo, ni se interpreten de manera homogénea por los participantes. Las parodias nos sumergen completamente en el complejo juego de la intertextualidad.1
La música de la protesta en todas sus vertientes forma parte de la memoria colectiva de la izquierda mexicana. Esta memoria puede entenderse como dice Paolo Montesperelli 2, como “la selección, interpretación y transmisión de ciertas representaciones del pasado a partir del punto de vista de un grupo social determinado. La memoria colectiva es siempre intrínsecamente plural: es el resultado, nunca adquirido definitivamente, de conflictos y compromisos entre voluntades de distintas memorias. El lugar donde estas voluntades se enfrentan es la esfera pública, la arena donde grupos diversos compiten por la hegemonía sobre los discursos plausibles y relevantes dentro de la sociedad en su conjunto.”
Si es cierto que la memoria colectiva contribuye a la cohesión y la identidad social, entonces la música revolucionaria ha jugado un papel fundamental en la construcción de ese grupo social que podemos llamar la izquierda mexicana, la música ha sido (es) una de las expresiones más importantes de la protesta y en México ha tenido valiosos creadores e intérpretes.
A partir de una peculiar representación del pasado, la izquierda se ha apropiado de la música de la Revolución Mexicana, de la del Cardenismo, porque, se decía, aunque entregó el poder a la reacción, fue un visionario y un reformador social, la de la República Española, la de la Revolución Cubana, un amplio repertorio de cánticos latinoamericanos, sin olvidar la Folk Music y sus grandes exponentes, Pete Seeger (We shall overcome, se convirtió en el himno del movimiento por los derechos civiles), Joan Baez y Bob Dylan, hasta que este último cometió el sacrilegio de cambiar la guitarra acústica por la eléctrica en el Newport Folk Festival de 1965 y dar un giro radical al sonido que hasta entonces había caracterizado su trayectoria. El público asistente, y su guía espiritual Seeger, no recibieron de buen agrado la conversión de Dylan, y tres canciones después tuvo que abandonar el escenario en medio de una enorme rechifla. Unos dirán que se rindió ante la “civilización del espectáculo” 3 como ha llamado Vargas Llosa, a la cultura del gran público, la de masas, la música intrascendente no comprometida con la realidad política. Sin entrar en mayor detalle, simplemente diré que su interpretación de Like a Rolling Stone cambió la ortodoxia, por el rock distorsionado y estridente pero magnífico que se basta a sí mismo sin necesidad de servir a una causa externa por loable que ésta sea.
De tal modo que la izquierda mexicana ha seleccionado y transmitido esta música a partir de un peculiar punto de vista y ha forjado de esa manera una identidad que es plural porque comprende a muchos grupos, que aunque de izquierda, tienen intereses y valores que pueden diferir entre sí, pero que encuentran un punto de unión en la música.
Por último quiero referirme brevemente a un programa radiofónico que fue pionero en la transmisión de este tipo de canto y que llevó a la esfera pública lo que antes era privativo de las reuniones de izquierdosos. Los jueves a las 8:30 por Radio Educación transmitían La Canción de la Esperanza, una serie musical, coproducida con la Coordinación de Radio, Cine y Televisión del Estado de Tlaxcala, a cargo de Raúl Jardón, quien venía de una vieja militancia en el PCM. En ese programa escuchábamos la Internacional en todas sus versiones y también composiciones sindicalistas y de activismo político, algunas de rimas francamente simplonas, como la de Antar López y Margarita Cruz, que se escribió como parte de la campaña de Valentín Campa a la Presidencia de la República en 1976: Con Valentín hasta el fin, hasta el fin, decía la copla que difícilmente convencía de votar por él.
Sin embargo, en Radio Educación, se resignificaban, todos los jueves, las luchas sociales, los movimientos populares y las muchas resistencias políticas. La memoria de los derrotados no fue borrada del todo gracias, entre otras cosas, a programas como ése.
Con la edición de estos discos compactos, Música de los Movimientos Sociales, coeditado por CONACULTA y la UAM, uamradio recupera esta tradición de contar la historia de la música ligada a los movimientos populares y de izquierda, de recuperar y difundir las expresiones populares de la protesta, de la rabia, de las derrotas y también de las victorias. En pocas palabras, el sentir musical de la justicia social y de la izquierda.
Y, pues sí, aunque prefiero al Dylan de la guitarra eléctrica, a la gran estrella del rock por sobre el profeta de la revolución juvenil de los 60, también me gusta la música de protesta, porque habla de mí, de mis amigos, de mis compañeros de ruta, de mis encuentros y desencuentros, me hace recordar, volver a evocar, reactualizar en mi memoria, la memoria de la izquierda.

Noviembre 2012
Ayats Jaume, “Dos situaciones de expresión sonora colectiva: las manifestaciones en la calle y en los estadios deportivos”, Revista transcultural de música, Trans Iberia 1,1997, ISSN: 1997-0101.

2 Montesperelli Paolo, Sociología de la memoria, Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires, 2003, p.15.
3Vargas Losa, Mario, La civilización del espectáculo, Alfaguara, México, 2012.