REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Antonio López de Santa Anna


Agustín Yañez

En la interminable lista de caudillos y tiranos, uno destaca: Don Antonio López de Santa Anna, a quien el narrador Rafael F. Muñoz llamó el dictador resplandeciente y el que ha sido fuente de investigación para historiadores y novelistas. La lista es larga y luminosa. El hombre que hundió al país una y otra vez, el que perdió la guerra con Estados Unidos y de tal forma la mitad del territorio, el que fue aclamado como un salvador y rechazado como un canalla, no deja de asomarse a México.
Para el joven Agustín Yáñez fue una figura enigmática y provocativa, muy pronto empezó a leer y escribir sobre la figura del tirano, tan afecto a las peleas de gallos y los toros como a la diversión de la guerra, porque eso fue para él cada combate. Militar de talento y enorme frivolidad, no ha permitido que los mexicanos lo perdamos de vista. Yáñez, el que consiguió hacer una de las novelas mayores del país, Al filo del agua, educador por naturaleza, hombre culto y funcionario probo, murió sin concluir el libro sobre Santa Anna. Su hija María de los Ángeles Yáñez de Morfín, recibió instrucciones del escritor. Sabiendo que su muerte se acercaba, Yáñez pidió que reunieran sus materiales sobre el tirano por excelencia y los dieran a conocer. Ella se dio a la tarea y por un buen tiempo hurgó en los papeles de su padre. Al fin tuvo parte significativa del libro: Santa Anna, espectro de una sociedad, una obra magistral.
Para realizar el prólogo fue requerido el historiador Ernesto de la Torre Villar, una de las cumbres de la historiografía nacional, hombre que se formó entre bibliotecas y archivos. El prólogo prueba las excelencias de Agustín Yáñez como historiador de muy elegante prosa. Para el doctor Ernesto de la Torre, la historia no solamente es ciencia, también es arte, según lo escribió en 1982. En tal sentido es que trabaja Agustín Yáñez. El resultado de los esfuerzos de María de los Ángeles de Morfín, fue extraordinario. Desde el prólogo podemos contemplar una figura polémica, vista desde una doble perspectiva: la del historiador y la del novelista.
Nuestra revista pone ante los ojos el prólogo del doctor Ernesto de la Torre Villar, confiando que aparte de enriquecer, despierte la curiosidad de los lectores por buscar el libro de Agustín Yáñez. Una obra excepcional.

El Búho


SANTA ANNA ESPECTRO DE UNA SOCIEDAD *
AGUSTÍN YÁÑEZ


La Historia es una de las bellas artes y la que exige por su amplitud e imperio, el más exquisito cuidado. Obliga a mayor reflexión y hondos conocimientos sin cortar las alas de la imaginación y a la fuerza creativa, ciñéndose tan sólo a la verdad, a la cual persigue, interroga e impulsa. Sus límites que son los de la humana actividad en todos sus aspectos, pues los engloba en su totalidad, sin desestimar a ninguno, tampoco tienen fronteras en el tiempo y en el espacio. Señora de las letras impera, tanto por la perfección estética, la capacidad expresiva, nítida, clara, transparente, precisa, que produce un goce, cuanto por la creación imaginativa que permite rehacer espíritu y materia, al aprovechar los testimonios humanos que yacen a lo largo del tiempo y el anchuroso campo.
Siempre van las musas de la mano, mas en el campo de Clío, la belleza cede la primacía a la verdad, a la explicación y reflexión en torno del hacer y quehacer de los hombres, representa la esencia y finalidad última de la Historia. La literatura universal tiene sus más altos testimonios en las obras históricas, en aquellas producciones en las que la mente en plena capacidad de creación y reflexión, interroga la acción de un hombre o de una comunidad y la relata impregnada de aliento superior, de un soplo del espíritu que ilumina el pretérito y alumbra el destino de ese, o de esos hombres.
¿Qué otra cosa son la Biblia, la Iliada, o El cantar del mío Cid? Alfa y omega de una cultura, revelación del genio espiritual que da origen a una explicación del hombre, al nacimiento de un pueblo y al balbucir de una civilización de insondables alcances.
Y en la Historia Nacional, ¿acaso la Historia verdadera de Bernal Díaz, las Revoluciones de México del Dr. Mora, o la Historia de México de Lucas Alamán; Juárez, su obra y su tiempo, o la Evolución histórica del pueblo mexicano, y más cerca de nosotros el Ulises criollo y otros capítulos de la biografía vasconceliana, no representan algunos de los jalones más grandes de las letras y del desarrollo historiográfico mexicano?
En un país de crecimiento, que surge convulso y atónito de la confusión que le producen sus continuas crisis espirituales y materiales, la actividad histórica es obligada y toca a los mejores espíntus iluminar el futuro, esclareciendo el hondo significado del presente, mediante una labor ardua de escudriñamiento del pasado, de comprensión del pretérito cuyo resultado más patente somos nosotros y el mundo que nos rodea. Por eso no es raro que nuestros hombres de letras aborden la Historia, incursionen en sus amplios campos y nos propongan una interpretación de nuestra realidad. Como los pintores geniales validos de sus propios medios nos ofrecen en pasmosos frescos, cada uno a su modo, de acuerdo con su muy diversa personalidad y mentalidad, lo que ellos creen que es nuestra historia, nuestro ayer que es nuestro hoy que será con nuestra acción, el mañana.
En México, al igual que en otros países ocurre, sobresalientes hombres de letras han sido a la vez grandes historiadores y creadores de notables obras en las que la reflexión filosófica histórica y la penetrante visión sociológica van pareadas. Más aún, muchos de los historiadores han participado directa y efectivamente, en la dirección de la vida pública, en la organización no sólo cultural, sino jurídica y política de sus propios Estados.
Los casos de Guizot, Thiers, Chauteaubriand, Lamartine, Michelet, Mitre, Bello, Sarmiento, Gallegos, Picón Salas y entre nosotros tenemos, a más de los ya citados, a José Fernando Ramírez, Mariano Otero, Vicente Rivapalacio, Miguel Lerdo de Tejada, José María Lafragua, y muchos más, para los cuales la pluma les sirvió tanto para defender sus ideales libertarios y la Patria en peligro, como para redactar hondas meditaciones en torno de la sociedad desigual en que vivían y también para volcar su fina sensibilidad al escribir los hechos pasados, o crear un mundo lleno de belleza, de fantasía y formas imaginarias, de deslumbrantes luces y tensa emoción.
Agustín Yáñez no fue ajeno a esta inquietud, a la desazón que le provocaba el análisis de nuestra personalidad, la de México en general y la de algunos mexicanos que han sido hito en nuestro desarrollo. Se interesó con pasión creadora en ellos y ejercitando su alto, juicioso, penetrante y equilibrado raciocinio, interpretó su acción, midió vicios y virtudes, valoró el ímpetu de su voluntad y los obstáculos de todo género que se les enfrentaron; indagó a través de meticulosa y difícil búsqueda los internos resortes del espíritu, de la carne, del intelecto, que los movieron, y reconstruyó con su alta capacidad de creación a esos personajes; los hizo vivir, actuar como humanos. Nunca presentó modelos diseccionados, hueso a hueso, sino siempre seres vivientes, cálidos, plenos de vida y de luz.
Se ha analizado la obra novelística de Agustín Yáñez y se han subrayado dos aspectos esenciales de ella: la penetración psicológica de sus personajes, la hondura de alma que cada uno de ellos revela, sus apetencias esenciales, de sangre y espíritu, y también se ha alabado la construcción de sus escenarios, el transcurso espacial de sus acciones. Un manejo magistral del tiempo y del espacio tiene la novelística de Yáñez y esa cualidad es la que constituye la esencia del buen historiador.
Al escribir sus novelas, Yáñez nos deja una historia tan válida y perfecta, como la que encontramos en la obra de Balzac. Ambos son historiadores de su tiempo y sus personajes podrían ser los de algunos de nuestras épocas históricas. Esa condición de gran escritor, de certero descriptor de tiempos y espacios y de los personajes que ahí transcurren, es la que proporcionó a Agustín Yáñez la posibilidad de incursionar en la Historia Mexicana con la maestría con que lo hizo.
Si atendemos a la formación profesional de Agustín Yáñez, veremos que ella tuvo una directriz bien definida; llegar al descubrimiento del fin último de las cosas, y hallar a través de la belleza, del uso magistral de la palabra que envuelve al pensamiento, la posibilidad de expresar sus conceptos en torno de lo que consideró su verdad artística y su verdad histórica. Si su formación de abogado pudo estimarse como medio -muy justificado- de ganarse la vida, ese disciplinado aprendizaje le llevó a comprender con claridad la estructura político-jurídica del país cuyo desarrollo iba a mostrar. Sin el rigor de esa profesión, el empleo de la lógica jurídica que ahí obtuvo, su estudio en torno de Santa Anna y de la de Justo Sierra, no hubiera sido posible, ni tampoco su propia actividad administrativa y política. Yáñez entendió el Derecho como principio normativo de toda sociedad, como elemento sin el cual la vida social se torna confusión y anarquía. Por ello son tan profundas y precisas sus interpretaciones acerca de la lucha por el derecho y la justicia del Padre Las Casas y el análisis de la labor gubernativa de Santa Anna y la jurídica y política de Don Justo Sierra.
Agustín Yáñez no se limitó al estudio de las leyes, sino que abordó metódicamente el de las letras y el de la filosofía. Los trabajos que en este campo realizó revelan al pensador disciplinado, al ser que enlaza inteligentemente reflexión y creación, a quien puede otorgar a su labor entera una estructura material y espiritual que, a más de explicarla, aumenta su validez. El estudio de la filosofía y de la psicología, posibilitó a Yáñez dar una estructura lineal, arquitectónica a sus obras, y a crear y recrear a sus personajes como si fueran seres reales.
El cargo que Luis Castillo Ledón le confió en Tepic, lo enfrentó por vez primera a la terrible realidad que es el sistema educativo mexicano y a tratar de darle una solución. Este inicio de los años 1930 a 1931, en Tepic, ¡cuántas luces y perspectivas dio a Yáñez cuando hacia 1948, comenzó a ocuparse de la labor educativa del Maestro Justo Sierra, y cuando en la década angustiosa de los sesenta tuvo a su cargo la Educación Nacional! De esos momentos deriva su honda preocupación por la educación que inunda toda su obra, tanto la de pura creación, como la histórica.
Mas no sólo su preparación profesional ni sus inquietudes intelectuales le impulsaron al cultivo de la historia, sino que su experiencia vital, la tenida en sus años de adolescencia en que pudo observar muy de cerca la guerra cristera y más tarde, ya en México en donde vivió un duro momento en el que se radicalizó la política que afectó a numerosos intelectuales, le motivaron a tratar de entender el por qué de esas hondas conmociones, las escondidas fuerzas que empujaban a los hombres a luchar entre ellos, a enfrentar a unos grupos contra otros y hacer vacilar en sus íntimas convicciones por incontenibles presiones, a seres formados con ideales que parecían indestructibles.
Todo ello influyó en Agustín Yáñez para hurgar el pasado, no sólo el inmediato, sino aquel que aún muy remoto, podía explicar nuestra esencia. En esta labor va a perseverar hasta el final de sus días, escogiendo puntos de extrema relevancia, seleccionando personajes que pudieran iluminar por su origen e influencia ejercida, amplios períodos históricos.
Al venir Agustín Yáñez a México, a la capital, la novela histórica, la biografía literaria cultivada por Hilaire Belloc, André Maurois, Stefan Sweig, Emil Ludwig, Giovanni Papini, etc., influía en amplios públicos y aumentaba su interés por la Historia. Los angustiosos años de la preguerra, colmados de nubes de tormenta, obligaban a la reflexión en torno de hombres señeros, hacedores de imperios, de estados o de ideologías de todo tipo. Disraeli, Napoleón, Magallanes, Savonarola, eran ejemplos puestos a los ojos de una humanidad cuyos valores veía destrozados. La corriente psicologista que intentaba penetrar en el oscuro mundo de la conciencia, dejaba sugestivos estudios en torno de Trajano, de Felipe II, de Antonio Pérez; Gregorio Marañón convertía estudios clínicos en atractivos retratos históricos y aparecían nuevos ensayos acerca de Bolívar, Cortés y otros hombres singulares.
Esta literatura influye en Agustín Yáñez y es la que motiva en buena medida la aparición, hacia 1943, de su estudio en torno de la desconcertante personalidad de Antonio López de Santa Anna.
Por otra parte, en los años de su llegada a la Metrópoli, Yáñez traba amistad con el grupo de humanistas mexicanos más distinguidos en los últimos tiempos: Alfonso y Gabriel Méndez Plancarte, Ángel María Garibay, Octaviano Valdez, en donde encuentra comprensión y apoyo en su labor, la cual va a ser altamente estimada. Al mismo tiempo Yáñez encuentra en la capital importante conjunto de intelectuales ocupados en descubrir, estudiar y difundir el valor de las culturas precortesianas, en revelar la vertiente indígena del país, mostrar el lejano pasado de nuestro espíritu mestizo, sus logros y alcances, lo cual se hacía no con espíritu provinciano, sino con sentido ecuménico, cotejando, como lo intentara dos siglos antes el jesuita Márquez, el valor de ese aporte con el de las grandes culturas de la humanidad. Mexicanidad sí, pero insertada en la universalidad; no extraña cultura de pueblos rudos y primitivos, sino realidad cultural de valor igual a la de Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma.
Un grupo insuperable de mexicanos exploraba el pasado de México, analizaba sus aportes y mostraba orgullosamente cuanto representaba ese pasado. Los trabajos de Alfonso Caso y sus interpretaciones del pensamiento, la religión y la arqueología mexicana, que todo eso es Historia, conmovía al pueblo, y aun los reacios y vacilantes aceptaban los frutos mostrados. Salvador Toscano y Eulalia Guzmán, proponían análisis en torno del arte indígena, de su filosofía y modalidades estéticas. Ángel María Garibay en humilde curato, como Fray Bernardino de Sahagún, añadía pacientemente a su conocimiento de las lenguas clásicas, el de las indígenas, y elaboraba una Clave para el buen entendimiento y manejo del Náhuatl. Apoyábanse estos esfuerzos en el sonoro verbo de Antonio Caso, quien con sus Discursos a la Nación Mexicana, había despertado nuevamente el interés en torno del ser mexicano. A esos llamados a comprender y aprovechar constructivamente todo el pasado de México, uníanse los valiosísimos esfuerzos que hombres como Federico Mariscal y con mayor fruto Manuel Toussaint, realizaban para aquilatar el valor de la cultura colonial, el aporte europeo interpretado con sensibilidad mexicana.
Dentro de este ambiente Agustín Yáñez vivió largos años y de él aprovechó los notables hallazgos que día tras día se hacían. Al igual que eminente jurista que incursiona en la Historia, de Felipe Tena Ramírez quien por esos años inicia una hasta ahora incompleta biografía de Manuel Abad y Queipo, Agustín Yáñez intenta otra gran obra: la biografía de Santa Anna. Ambos personajes requerían para su cabal y perfecto tratamiento la dedicación de toda una vida, y la de Agustín Yáñez estuvo dividida entre su obra de creación literaria y sus obligaciones administrativas. Pero si dejó al señor de Manga de Clavo sin dar los toques finales a su biografía, tomaría y esta vez en provecho de la Historia, otros temas y otros personajes que explican aspectos positivos de nuestro ser, y no los contradictorios e incomprensibles de un caso clínico como lo fue Santa Anna.
No en el orden en que aparecieron, sino en el que conviene para comprender la visión histórica de Yáñez, ocupémonos de sus intereses. Las Raíces Indígenas, como las denominó son las primeras. Con el apoyo de las ideas y aportes de Alfonso Caso, Toscano, Garibay, Dávila Garibi y Vasconcelos, valora esas raíces, sus aportes materiales y espirituales: religión, literatura, poesía, arquitectura, artes plásticas, astronomía, sabio aprovechamiento de los recursos naturales y todo aquello que significó el alma indígena y vestigios de todo género que dejó. ¡Qué sobriedad en la expresión y qué riguroso análisis de la trascendencia vital de esas raíces!, y no sólo de la pasada, sino de la que deriva al presente y al futuro. El párrafo que no resisto a transcribir en seguida, revela lo hondo de su meditación y lo acabado de su análisis en torno a ellas. Dice así:
“Bajo las influencias de cuatro siglos, que han sido aluvión de sangres distintas, devastaciones, edificaciones, creencias, ideas, dudas, necesidades nuevas, problemas, inquietudes, formas contradictorias, el mexicano de hoy aún siente no sé qué misterioso aire —subterráneo y familiar— que se desprende de las vasijas y otras clases de cerámica, de los juguetes y otras clases de industria popular; de las melodías, los ritmos, los colores, las danzas, las formas lingüísticas, los atavíos, la política y moblaje hogareños, el acumulamiento de imágenes dentro de las casas, el hibridismo religioso, las loterías con signos astronómicos y zoológicos, las supersticiones, los agobios, las esperanzas, las malicias, la indiferencia, las actividades habituales, los gestos y las actitudes corrientes del pueblo, señales todas éstas más acendradas, mientras más hondo es el estrato social de donde provienen; realidades vivientes que constituyen la atmósfera de la vida nacional y contra cuyo poder más o menos oculto se han mellado los esfuerzos de aniquilamiento. Allí perdura el alma indígena con sus herencias, e infructuoso error ha sido el querer desconocerla y el obrar negándole beligerancia. Sus vicios han resultado así más peligrosos, y sus virtudes quedan como fuerzas perdidas, estancadas en la historia del país. Ha llegado a padecerse un cierto género de absurda vergüenza por lo indígena, signo de una de nuestras mayores miserias y de ignorancia en cuanto lo indígena fue y es: en cuanto subsiste dentro del alma nacional”.
Y después de haber aquilatado sobria y justamente esas Raíces, Yáñez se internó en el difícil meandro que significa el mestizaje, la formación de una raza y de un espíritu, de lo que denomina “la mexicanidad”. La identificación de lo español y lo indígena, a más de explicarlo como confluencia de razas, lo interpreta como fusión de espíritus. De ahí deriva su riguroso análisis de los primeros frutos espirituales de esa unión, las crónicas de la conquista, tanto las indígenas como la de Chac-Xulub-Chen, en la que halla el “rito mágico del existir y la amargura espesa de su melancolía”, como en las españolas, en las que descubre la “sagacidad de introspección del alma autóctona”.
De la de Bernal Díaz, proporciona el juicio siguiente, tanto más valioso cuanto él encierra una estimación literaria e historiográfica. “El relato de Bernal Díaz, asume las proporciones exactas de ese género, y en verdad es la gesta fundamental de la literatura mexicana; y al mismo tiempo, la más importante de cuantas se escribieron en lengua española durante el Renacimiento, y la que mejor aprovecha los trances y peripecias inverosímiles del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo.” Y al analizar las Cartas de Relación del Conquistador, afirma que: “La excelencia de la lengua corresponde a la grandeza del momento y es una de sus glorias”.
¡Cuánta luz derivó del análisis historiográfico que Yáñez realizó de las crónicas de la Conquista! ¡Cuántas perspectivas se abrieron a nuestros ojos ante las claras, bellas y vivas reflexiones que los cronistas, soldados y religiosos produjeron en un espíritu sensible como el de Don Agustín! Si cautiva su examen de los escritos de Cortes, Bernal, Grijalva y otros, cuando analiza la Descripción geográfica de Don Alonso de la Mota y Escobar, nos deja un trozo de la más deleitosa prosa, en la cual surgen alma y espíritu preciosamente delineados, del primer obispo criollo.
Al estudiar las hazañas de la Conquista, Yáñez tuvo que abordar a uno de los hombres cuya obra histórica y vital significó la más recia condenación no sólo del vocablo, sino de la acción destructiva que la dominación española trajo.
Padre y doctor de la americanidad llamó a Fray Bartolomé de las Casas, de quien dice: “concibió en suma nobleza el ‘ethos’ del Mundo Nuevo, e infundióle —con energía— el espíritu de la Justicia. Venido al principio del doloroso alumbramiento dispuso los caminos de la libertad”. Para comprenderlo, leyó todo lo que sobre el dominico se había dicho, cuidadosa, reflexivamente y con riguroso estudio meditó en el caudaloso ideario que Las Casas dejó en todas y cada una de sus combativas y complicadas obras.
Cuando se compenetró fiel y totalmente del pensamiento lascasiano, redactó de mano maestra su libro Doctrina, en el cual su saber filosófico, el conocimiento de la historia, el vocablo preciso y precioso, su inmensa capacidad de reconstrucción de la circunstancia espiritual y material del siglo dieciséis, otorgan a este estudio de Agustín Yáñez una categoría que muy contados trabajos históricos tienen, y le hacen de consulta obligada a quien se interese por la historia, vida y obra de Las Casas. Poco después, Yáñez, en El conquistador conquistado, tal como lo ofreciera, esbozó precioso y vivo retrato de Fray Bartolomé en el cual, sin embargo, más nos hace vibrar el retrato espiritual contenido en buena parte en la Doctrina.
Cuando estos escritos históricos de Yáñez aparecieron, conmovieron profundamente a quienes nos dedicábamos a la Historia. Leíamos por entonces los magníficos estudios de Jiménez Fernández y de Lewis Hanke, plenos de erudición y riqueza informativa sobresaliente; mas en ellos no encontramos el resumen doctrinal que Yáñez ofrecía; el estudio ideológico profundo y bello que lo distingue, ni precisadas con tanta lucidez y energía las consecuencias o influencia del pensamiento lascasiano en el destino de América.
“Como éste —escribe Yáñez— América es intransigencia, tenacidad, coraje; su clima es clima de lucha, su aspiración a la libertad, irreductible; América es dialéctica inacabable de abuso y derecho, de tropelía y verbo insumiso, de tiranía y democracia. Bien puede triunfar la violencia y vencer las argucias de los detentadores; América no se conformará, no se rendirá, como en jamás, ni en la hora de la muerte, pese a la adversa realidad y a lo aparentemente inútil del esfuerzo vital, se doblegaron el ánimo y las convicciones del fraile.”
Más tarde, cuando Yáñez realiza el análisis crítico de las letras mexicanas, fruto el más sazonado y sorprendente de la cultura nacional, encuentra a Joaquín Fernández de Lizardi, al Pensador mexicano. Las páginas que le dedica, brillantes, macizas, contundentes, sitúan a Lizardi en el justo puesto que merecía en el campo de las letras y del pensamiento nacional. Desbarata las infundadas y ligeras aseveraciones que varios de los historiadores de las letras patrias habían vertido, desestimando a Lizardi, como escritor e ideólogo del México moderno. El enfoque que da a su obra es totalizador, ya que al explicar la obra literaria de Lizardi, lo hace al tiempo que explica su lección histórica y el valor de su obra vital.
Si recia, definitiva y bien fundada es la interpretación de la obra literaria de Fernández de Lizardi, sus alcances, su inserción dentro del espíritu y modo de ser del mexicano, por el penetrante análisis que realiza y el aliento que ella tiene, representa uno de sus mayores logros. Yáñez, interesado por entonces en la corriente que venía de Samuel Ramos y que utilizaron en forma diferente Octavio Paz, Leopoldo Zea y algunos discípulos de José Gaos, ensaya la caracterización del pelado, del pícaro y del lépero, caracterización muy válida en lo histórico de la sociedad mexicana.
Este trabajo en torno de Lizardi, es un estudio de comprensión total de un largo período de la historia mexicana. Incide Yáñez lúcidamente en el proceso de cambio que se da en determinados momentos, y realiza un penetrante examen de las mentalidades, tanto en sus aspectos psicológicos y éticos, como lingüísticos, producidos al mismo tiempo que los movimientos sociales, económicos y políticos. En las densas páginas llenas de ideas y atisbos geniales, sembradas de cegadora belleza, nos ofrece de continuo la reflexión ya persistente en Don Agustín, en torno de la educación.
Esta reflexión sobre el aliento espiritual, la íntegra formación del intelecto y la conducta; el reforzamiento de las cualidades y virtudes innatas en el individuo y la corrección de sus malas inclinaciones, todo lo cual constituye la educación, la encontramos amplificada y magnificada en la gran biografía que hizo de Justo Sierra Méndez. Don Justo Sierra, su vida, sus ideas y su obra, es, como Al filo del Agua en la novelística, la obra más perfecta de Agustín Yáñez en el campo de la Historia. Tal vez algunas páginas de las obras anteriormente mencionadas nos seduzcan por sus luminosos aciertos, o por la prosa cálida, cintilante de infinitos destellos que en ellas encontramos, pero en Don Justo Sierra, tendremos que admirar la concepción integral de tan difícil obra que no trató de ser un ditirambo, ni pieza de conmemoraciones cívicas, sino que es el más digno y permanente monumento en torno del “Maestro Justo Sierra”.
La arquitectura de esta obra obedece a un pensamiento genial que planeó a base de un orden armónico y sólido, apoyado en una idea coherente y comprensiva, como diría Vasconcelos. Si ordenó el acaecer vital de Don Justo cronológicamente, ello no le quita ligereza, movilidad, sino que permite en todo momento contemplar los vastos panoramas retrospectivos y futuros a quien la lee con cuidado. Dentro del tiempo, analiza la variada actividad de Sierra y las diversas facetas de su personalidad. Yáñez maneja en ella de manera perfecta el tiempo, sin distorsiones, centradamente, uniendo casi insensiblemente los cabos que entre cada episodio sirven de lazo y medio de comprensión. Recrea el pasado sin desfigurarlo, recoge de él los mensajes espirituales y los logros materiales más salientes y en él mueve sus personajes, esta vez reales, no ideales, por lo cual los tiene que seguir cautelosamente, asediar a través de los lejanos o inmediatos testimonios que de ellos tenía y mover también acertadamente, en el escenario, real en el que actuaron.
Difícil y complicada la época que analiza como si se complaciera y en realidad se complacía, en escoger épocas y hombres de crisis, Yáñez pertrechado de infinitos testimonios, todos los que tuvo que copiar para hacer posible la publicación de las Obras completas de Sierra, deslindó con finura y certeza cuanto podía ser útil a su intento, aprovechando inteligentemente los elementos de variado valor que su acervo documental ofrecía. No se engolosinó ante ellos, sino que prudente y sabiamente seleccionó los importantes, a los cuales destiló tras penetrantes estudios, sus finas esencias. Comprendió todos los testimonios y formó en su mente una imagen viva, ágil, lúcida, de cuanto contenían; por ello, pese a que reseña cerca de un siglo de la historia de México, y en ella figuran miles de personas, motivadas por muy dispares intereses, su lectura es no sólo fácil, sino atractiva al no encontrar citas farragosas ni menciones inútiles de personas y lugares. Los esenciales, recreados con el talento descriptivo que Yáñez poseía, forman el marco digno dentro del cual se mueve majestuosa la colosal figura de Don Justo.
Y apoyado en su filosofía, en la idea que estructura vida y obra de Sierra, Yáñez traza el retrato magnífico de aquél, en el que con palabras que tienen los colores intensos y vibrantes de Tiziano, explende el pensamiento del maestro, su ejemplar vida familiar y política, la dirección espiritual que dio a la Patria.
Todos y cada uno de los múltiples intereses espirituales e intelectuales de Don Justo: literarios, periodísticos, políticos, educativos, filosóficos, artísticos, analizados sobria y certeramente por Yáñez, dan la medida de su inagotable actividad, de la altura de sus miras, de la lealtad a sus convicciones. Y todo ello aparece tejido en armoniosa y fina trama, al lado de apreciaciones exactas y fieles de los acontecimientos que encuadraron vida y acción de su biografiado.
¡Con qué sapiencia discurre Yáñez en torno del valor literario y filosófico de la obra de Sierra! ¡Con qué respetuosa verdad revela el carácter, el ser íntimo del hombre, sus altas virtudes nunca opacadas! ¡Cómo penetra en la sensibilidad del Sierra crítico de arte, descriptor del mundo exterior, de sus diferentes formas de vida y también cómo aclara sin distorsionar la verdad, la actitud de Sierra ante el régimen al que servía!
Si Sierra fue el autor de la más grande biografía cívica de un mexicano, la de Juárez, Sierra, cincuenta años más tarde, tendría en Agustín Yáñez su más acabado biógrafo.
Y qué decir de otros hallazgos por novedosos y bellos que encontramos en la biografía de Don Justo. Podrían analizarse y darían motivo para muchas páginas los que ahí se hallan, relativos a la acción educadora de Sierra, o a la Visión histórica que aquel otro gran hombre de letras, político y educador tuvo.
A más de estas obras analizadas sucintamente, Don Agustín, en discursos memorables abordó a dos grandes personalidades. La primera ligada a nuestra historia, fue José María Morelos. Del gran caudillo que fue el cura de Carácuaro, nos dejó un retrato singular que destaca por la luminosidad que despide, producto de la penetración de Yáñez en ese personaje, detenido examen de sus virtudes cívicas y humanas y comprensión de su genio constructor. No sólo laudanza del Héroe, sino entendimiento de su obra, de su época y del torbellino que fue la guerra insurgente.
Y en el campo de la Historia Universal, la pieza oratoria que dedicó a Dante Alighieri en inolvidable conmemoración, patentiza su sólido conocimiento de la Historia Europea, de la cultura occidental y de la vida y obra del autor de La divina comedia.
Otros aspectos de la Historia Mexicana interesaron a Yáñez, como el de la influencia de la ilustración en Nueva España y el acrecentamiento del espíritu nacional. Desde que inició sus estudios en torno de Lizardi, ese tema le inquietó y comenzó a explorarlo. La investigación realizada en relación con Morelos reanimó el interés inicial y todavía le oímos en alguna conferencia explicar las muestras del espíritu ilustrado en Nueva España. Sin embargo, esta investigación quedó trunca.
Apego a la verdad y explicación totalizadora de la acción del hombre tuvo Yáñez. Dio a nuestra historia luces y acentos nuevos y dejó en sus escritos, impregnados de savia renovadora, el aliento vital que toda obra histórica tiene.
Esbozada así, en forma panorámica, la obra de Agustín Yáñez, su hacer y quehacer en la historia de México, conviene hablemos un poco de la biografía que consagró a Don Antonio López de Santa Anna.
El embrión de esta obra se originó como consecuencia de un curso de historia mexicana que explicaba en la Universidad de México, hacia 1932-33, el poeta e historiador veracruzano José de Jesús Núñez y Domínguez, quien con entusiasmo y calor comentaba y analizaba el desarrollo de México como nación y la participación que en él tuvieron notables hombres, entre otros, su paisano Santa Anna. Inscrito en esa cátedra Agustín Yáñez, interesose vivamente por el personaje y a través de nutridas lecturas que ampliaron su panorama histórico, esbozó primero una monografía, base de un estudio posterior más ambicioso planeado como obra de mayor aliento.
Largas vigilias en pausados años utilizó Don Agustín en leer y meditar en cuanto se había escrito en torno del General Presidente, en recabar información de libros, documentos y periódicos como se advierte en su nutrida y selecta bibliografía, en aclarar y cotejar opiniones disímbolas, contradictorias, interesadas, de buena o mala fe en su personaje; en conocer y comprender el difícil y diferente desarrollo de la sociedad mexicana, los esfuerzos por dar al país una organización jurídica y política acorde con los tiempos, de encauzar una economía en bancarrota y de resolver los problemas políticos internos e internaciones, a los que el país se enfrentó. En suma, entender el desarrollo general de México en la primera mitad del siglo XIX.
Todo ello en medio de febril actividad literaria que producía cada vez mejores frutos como fueron, Flor de juegos antiguos (1942); Archipiélago de mujeres (1943); y Al filo del agua (1947) entre otras, y la obligatoria necesidad de profesar diversas cátedras en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Facultad de Filosofía y Letras, en donde se graduó de Maestro y Doctor.
Los años cercanos a 1950, los consagró por entero a rematar su colosal obra: Don Justo Sierra, su vida, sus ideas y sus obras. Si además consideramos los deberes administrativos que en esos años tuvo, podemos entender por qué su estudio en torno del Señor de Manga de Clavo no pudo cristalizar por aquel entonces y en forma tan perfecta, como el que dedicó a Sierra.
Es probable que entre 1950 y 1955 haya terminado la biografía de Santa Anna, o por lo menos estuviera esbozada en su integridad, pues en el número correspondiente a julio-septiembre de 1951, de la revista del Colegio de México, Historia Mexicana, dirigida entonces por Daniel Cosío Villegas, apareció como un avance de esta obra su primer capítulo al que tituló, “Ha nacido Santa Anna”. En ese año dio a su biografía notable impulso, ahondó en la investigación y probó el interés que despertaba entre el público culto de su trabajo, al exponer diversos apartados del mismo en el Colegio Nacional.
Si bien el tema surgió del interés que le produjo la historia mexicana y sus personajes señeros, el enfoque que le otorgó deriva de la novela psicológica en boga en esos años. Es indudable que las ideas psicológicas de Freud, Adler y Jung, así como las de Gregorio Marañón, influyeron de manera notable en los escritores de los años 1930 a 1950. Ya mencionamos cómo las biografías de Sweig, Ludwig, Belloc, Marañón, están impregnadas de esa tendencia, la cual en México contó con cultores como Mateo Solana y otros. Agustín Yáñez, que profesaba en la Escuela Nacional Preparatoria un curso de psicología, estaba bien enterado de esas tendencias que le interesaron por la posibilidad de comprensión que abrían a caracteres conflictivos, a angustiadas mentes y espíritus, y por ello se decidió a someter a su personaje a una introspección analítica que pusiera a flote sus fallas psicológicas, que las explicara y permitiera comprender su patológica personalidad
Al aplicarle ese método resultaría más fácil comprender la totalidad de su conducta, sus contradictorias posiciones, su exaltación y postración.
Si la adopción de un método que había probado no sólo dar buenos resultados, sino más aún abrir amplios panoramas a la biografía y a la historia, produjo en este caso óptimos resultados, como lo demuestran los libros de Trajano, Antonio Pérez y María Estuardo, resultaba también indispensable encontrar otro método, otra perspectiva desde la cual se pudiera analizar a la sociedad en que Santa Anna vivió, al pueblo que intentaba constituirse en Nación, a un abigarrado conjunto de elementos heterogéneos procedentes de diversas etnias y en estadios culturales, económicos y sociales muy desiguales.
Agustín Yáñez con gran clarividencia y adelantándose a su época, halló el camino, optó por aplicar a la sociedad mexicana y a sus principales personeros la introspección espiritual que Balzac puso en La comedia humana y además, el análisis ideológico, esto es, definir, delimitar y analizar las ideas motrices de la sociedad mexicana; señalar bajo qué corrientes de pensamiento y sensibilidad se movían los diversos grupos sociales, y sus dirigentes; de dónde surgían los impulsos que provocaban el entusiasmo, la de presión, el heroísmo, la indiferencia del pueblo mexicano ante la bancarrota, los golpes de Estado, las invasiones extranjeras y tantos hechos, unos trágicos, gloriosos otros, que aparecen a lo largo de los inicios de nuestra vida nacional. En el Romanticismo, al que define como un estado del espíritu y cuyas influencias asocia con inteligente y fino tacto, encuentra la base de la ideología predominante. Es indudable que esa tendencia actuó no sólo en México, sino en toda América en el siglo XIX y que ella marcó indeleblemente la cultura, la sensibilidad, la política, las costumbres, el alma y espíritu del pueblo. Aplicando con finura este método, pudo interpretar la acción del pueblo mexicano, su conducta, su comportamiento; aclarar el por qué a veces recibía con aplausos frenéticos al héroe de Tampico y de Veracruz y por qué en otros momentos insultaba y vejaba al vencido de la Angostura y arrastraba imágenes y restos corporales del Dictador. También así logra explicar la actitud, muchas veces contradictoria de los líderes conservadores y liberales, respecto a Santa Anna.
Al analizar la influencia del Romanticismo la precisa tanto en las personalidades más salientes, como en la sociedad en general, en la cual afirma con toda exactitud que en México, el Romanticismo alcanzó su plenitud social.
Esto no quiere decir que descuide otros importantes factores de la historia, como la economía, las diferencias sociales, las presiones de la política internacional y la interna. Bien supo equilibrar en su estudio estos elementos, tomarlos en cuenta como los que integraron la circunstancia en la que se dio vida y obra de Antonio López de Santa Anna.
En una prosa clara, sobria, precisa, lejana de la rica y exuberante de sus novelas, mas prosa digna del discurso histórico, Agustín Yáñez en diez apretados capítulos realiza la biografía de Antonio López de Santa Anna. El joven exaltado, el soldado realista, el oportunista insurgente y adicto al Imperio; el envidioso de Iturbide y revolucionario; el triunfador de Barradas; el malafortunado de Texas; el defensor de Veracruz; el varias veces Presidente de la República; el autor de golpes de Estado; el organizador de milicias y pésimo conductor de ellas; el emigrado; el dictador, su Alteza Serenísima; el vencido de Ayutla; nuevamente Cincinato; el mal jugador de la política y el vencido por el tiempo y la vida. Todas estas diversas facetas de Santa Anna, ese hombre poliédrico que reflejaba, amplificándolos, vicios y virtudes de la sociedad de su época, que parecía providencial en ocasiones y que en momentos resultaba el ser más funesto y despreciado, son presentadas en este libro en secuencia perfecta, producto de la estructura arquitectónica que Yáñez le confirió, en la cual todas y cada una de las partes ensamblan a perfección, sin que nada falte, sin que se rompa la ilación, ni el interés.
La narración no sólo atractiva sino apasionada, prende al lector, lo mueve a proseguir su lectura sin cansancio ni agobio, manteniéndolo en suspenso.
Esta biografía del Señor del Lencero, no es una novela histórica, sino auténtico retrato de un hombre y de un pueblo. Elaborada a base de serias y reflexivas lecturas, de fuentes de primer orden que se analizan críticamente, precisando su valor, contrastando su información, sin omitir ningún testimonio producido por sus contemporáneos en torno de él en muy diversos momentos, y también utilizando juiciosamente los propios escritos de Santa Anna, representa un sólido edificio histórico.
En él admiramos a la vez la forma con que dibuja y analiza al personaje, describe su proceso vital, pensamiento y conducta, como también la reseña fiel del acontecer mexicano a partir de 1821, con los esfuerzos de reducidos grupos por organizar a la sociedad y al Estado; crear en el pueblo la conciencia de pertenecer a una nación y por tanto, aceptar responsabilidades y deberes; conferir al naciente Estado una dirección política que osciló entre el mantenimiento de la tradición, o la adaptación de un sistema moderno, alejado totalmente de la experiencia política que la sociedad mexicana tenía. El pueblo mexicano, acepta Yáñez, no estaba educado para usar la libertad plena que obtuvo con la Independencia, ni para entender ni respetar las instituciones que se fueron creando. Las tendencias federales y centrales, poco comprendidas y que enfrentaban a un pueblo ignaro en esas cuestiones, son explicadas con claridad por Yáñez, quien somete a sus adalidades a sereno examen. Del cuadro social de la época ofrece importantes semblanzas y juicios breves y penetrantes. Las figuras de Gómez Pedraza, Mier y Terán, Tornel, Carlos y Anastasio Bustamante, Herrera, Alemán, Mora, Zavala y Gómez Farías, destacan por la fuerza con que están delineadas e interpretados su pensamiento y acción. Contrastan éstos con los de Santa Anna y señala con cuánta penetración juzgaron estos hombres al veracruzano.
De algunos de ellos proporciona rasgos esenciales, como de Guadalupe Victoria, a quien señala se caracterizó por “su taimada constancia”. O de Mariano Arista en quien se ensañó la opinión de los grupos contendientes.
Creo que Santa Anna, a más de actuar influido por su estado paranoico y su sensibilidad romántica, aprovechaba con sagacidad el conocimiento que tenía del pueblo mexicano, en el cual captaba con fino instinto sus diversos cambios, irreflexiones violentas, caprichosas, o sus necesidades económicas y sociales utilizándolas en su propio beneficio y en el de su política. Al describir algunos aspectos del desarrollo socio-político mexicano, Yáñez advierte que muchos de los vicios actuales tienen vieja procedencia, tanto por falta de educación cívica, como de consistencia moral e ideológica de los dirigentes. Así señala cómo “la mexicanísima cargada” actué desde la caída de Iturbide y la “tradición del futurismo electoral” se impuso a partir de 1827; y también, como ocurrió hasta antes de que fuera creado el milagroso P.N.R., en el que la sucesión presidencial tendía a resolverse por las armas y no por el voto de los ciudadanos, como ocurrió por vez primera en las elecciones que ganó Manuel Gómez Pedraza y cuyo triunfo le fue arrebatado por los demagogos.
Páginas llenas de vitalidad, de conocimientos vivos son los que encierra esta biografía, que es a la vez pintura de una sociedad.
Si está bien trazada la vida política de Santa Anna, que corre desde que actúa como interesado instrumento bélico de convencidos republicanos como Miguel Santa María, en contra de Iturbide, iniciando así su carrera política, hasta los tristes años de su ocaso en los que trata de jugar, perdiendo la partida, tanto con el gobierno republicano de Juárez, quien lo odiaba, como con las fuerzas imperialistas que no le tenían confianza y con los dirigentes de los Estados Unidos que mostraban ya en aquellos años que no sabían escoger a los ejecutores de su torpe política, también lo está su vida militar, perfilada a base de certera y confiable documentación.
Si en los pasajes relativos al inicio de su vida, actividad política y militar, hallamos trozos vibrantes, llenos de rumores de combates y clarines, en las páginas que consagra a los últimos años de su vida, descubrimos párrafos doloridos y tristes como fueron los últimos días de su vida entre otros, el que sigue:
“Esta lucha postrera, tenaz, contra la fortuna que era ya por siempre esquiva a quien tanto mimó, nos revela al hombre en sus justas proporciones: héroe sin máscara, sin coturno y bajo coro, vestido con el traje de la vida común, lejos del proscenio y bajo la neta luz de la adversidad, que nada disimula; el caballero mexicano excede a Don Quijote porque no se despoja de la locura megalómana, ni en sus últimos días abjura su destino heroico; marciales dianas de un clarín compasivo, piadosa farsa de la servidumbre, adhesión inquebrantable de la esposa y de algunos amigos fieles halagan la blanda locura.”
No tiene este libro ni juicios apresurados ni violentos, ni aplicación de los comunes epítetos que a Santa Anna se han dirigido, si no una comprensión total de sus ideas, vida y conducta realizada a base de la utilización cuidadosa de los testimonios que ya desde su tiempo se presentaron y de los numerosos juicios que a partir de aquellos años han sido emitidos.
Acertada, precisa y bella biografía de un personaje que llenó media centuria con su influencia y presencia y que conjugaba en su acción, tanto las personales inquietudes que de su espíritu y mente atormentada brotaban, como las insatisfacciones, apetencias y necesidades de una sociedad en dolorosa gestación, tan trágica e inquietante como la que provocó tres siglos antes la Conquista de México.
Las páginas de este libro al que Don Agustín quería perfeccionar formalmente al final de su vida, tal vez en un anhelo de sublimación creativa, se nos entrega ahora como homenaje de su hija Ma. de los Ángeles a la memoria del padre ejemplar.
Hermoso y generoso rasgo filial que sólo en la literatura clásica se da y en rarísimas ocasiones que también nosotros hemos tenido la suerte de disfrutar.

Ernesto de la Torre Villar
Atotonilco, diciembre de 1981.

*Agustín, Yáñez. Santa Anna. Espectro de una sociedad. Ediciones Océano, S. A. México, D. F. 1982. 264 pp.