REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 09 | 2018
   

Confabulario

Mi amigo el irlandés


José Juárez

Lo recuerdo como si fuera la víspera de ayer, que vale la pena mencionar la estrecha relación amistosa de mi padre Myking con el señor Stephen Maugham, su amigo más entrañable, la amistad duró tanto, que data desde los años cincuenta, cuando compartían una de las clases magistrales del maestro Herbert Edward Read en la Universidad de Oxford. Mi padre me relató con pasión emotiva una de tantas aventuras vividas entre ellos: él me lo dijo a mí personalmente: que sucedió en un día invernal de Capricornio, mientras esperaban mejorara el clima.
―Fue una mañana decembrina que amaneció nevando mucho, el ambiente era muy lúgubre, y se veía que a fuera de casa la temperatura estaba demasiado gélida; sin duda, el frío calaba hasta los huesos de los peatones que caminaban encorvados, para no patinar en el hielo que comenzaba a cristalizar las banquetas. ¡Uf! Otra vez nos quedaremos aquí encerrados en el departamento!, balbució el señor Stephen Maugham, dirigiendo la mirada al exterior, sin rumbo fijo, dando la espalda a su amigo el irlandés, Mr. Myking.
Ese día ambos tenían la esperanza de que amainara el terrible temporal que azotaba la ciudad, desde hacía varios días, sin embargo, eso no sucedió.
—El señor Maugham manifestó muy desmoralizado: “¡No sé hasta cuándo vamos a poder salir de casa!”, mientras continuaba ahí, parado a corta distancia del gran ventanal que cubría toda la fachada del departamento, él permaneció por algún momento contemplando el paisaje que se perdía por encima de los techos y las copas de los árboles cargados de nieve.
—¡Es verdad! replicó Mr. Myking, quien sin interrumpir su lectura continuaba sentado en el sofá desde hacía más de una hora.
¡Así es Stephen! No sabemos hasta cuándo vamos a quedarnos “varados”, contestó con la vista pegada a las páginas del libro que leía; tenemos ya más de cuatro días que al levantarnos contemplamos el mismo panorama, la misma bruma matinal. ¡Estoy verdaderamente aburrido de ver caer copo tras copo de nieve!, no paran, ni de noche ni de día. ¡Y para colmo!, hemos estado escuchando, el chisporroteo continuo de esa lluvia menudita que deslava los brillosos tejados de las ennegrecidas pizarras de los techos.
—¡Recuerda Myking, que este clima no es nada excepcional en París, cada año es lo mismo, así suelen ser de extremosas las estaciones de algunas años, en particular en el invierno!...
―Mientras ellos esperaban que pudiera cambiar el día, la claridad penetraba, invisible como un fantasma desde el exterior, pasaba inevitablemente por encima de ellos. Se podía ver la mañana encapuchada en su oscuridad grisácea, escurriéndose como una mancha amorfa a través del ventanal, y bañaba hasta los más pequeños rincones de la estancia, aún más allá de la lúcida percepción nuestra.
― ¿Te das cuenta amigo mío, cómo las sombras avanzan y nos atrapan dentro de su invisible masa corpórea?, dijo Stephen.
—Así es contestó Myking, son simples sombras, que se van encaramando lentamente sobre todas las cosas, es como una masa irregular, que imperceptiblemente va cayendo sobre los muebles y paredes de la estancia dejando a lo largo y ancho de los muebles, algunos tonos transparentes, unos más saturados que otros, pero con una infinidad de matices aperlados.
—En efecto murmuró el señor Maugham con los labios casi entrecerrados. Mira al fondo de la sala, frente al muro en donde está la biblioteca, cómo la obscuridad envuelve toda la pared con su manto nebuloso que apenas nos sugiere la presencia de una infinidad de libros bien ordenados y clasificados, de diversos tamaños, algunos espesores, no es verdad, Myking.
―Tienes razón amigo mío, contestó éste, aún sentado en medio de la sala. Y continuó Mr. Maugham, ve desde donde estás tú, cómo apenas se vislumbra el nicho que alberga tu cuadro favorito, y nota cómo da vida y crea una atmósfera misteriosa a la estancia rectangular, tal parece que fue pintado especialmente para este muro; las sombras proporcionan un toque muy especial y sofisticado a esa parte del sombrío estudio, ¿no lo crees?
—¡Sí, es verdad!….
Mr. Maugham continuó: recuerdas que cuando adquirí esta obra pictórica, te comenté en una de mis cartas, que la había obtenido en una pujante subasta muy competida en “Christie’s”, y que dicha obra fue pintada al óleo por Vincent van Gogh la cual representaba un par de zapatos viejos, y tú me contestaste que debí haber adquirido mejor una obra de Édouard Manet en lugar de ésta.
—Sí lo recuerdo contestó Myking, hasta te comenté que yo no hubiera comprado una obra semejante, y agregué: “ni siquiera sabías, ni podías decir dónde estaban los despojos de esos zapatos viejos, que algún labriego abandonó en las tierras de cultivo. Sólo se sabe que esos zapatos fueron encontrados en la entrada de una mina de hulla; los que seguramente el artista recuperó para darles una nueva existencia, una función, es decir, una nueva utilidad”.
Y aún lo sigo sosteniendo Stephen: en ellos no hay ningún rastro que pudiera insinuar al menos, un indicio de quién o a quiénes pudieron pertenecer o corresponder. Terminó diciendo Mr. Myking
—Tu reflexión Myking, sigue siendo particularmente patética y obstinada, afirmó Stephen.
—¡Stephen!, la obra, antes o ahora, sólo es un espacio indeterminado en el tiempo. Ni siquiera está adherido a ellos el terreno lodoso del camino por el que anduvieron. Replicó Myking.
―Tienes razón Stephen, el cuadro representa unos simples zapatos de labriego y nada más, y sin embargo, ¿tú sabes que sobre esta obra, uno de los filósofos más prestigiados de Alemania, Heidegger, hizo toda una apología al respecto?
—Por supuesto —dijo Myking—, Heidegger siempre creyó tener la posibilidad de penetrar en la esencia y en el significado de cualquier obra de arte, y en especial de esos zapatos, sin recurrir a otras ciencias, más que a su propia lectura iconográfica. Y lo logra aquí en forma vehemente.
—Por supuesto replicó Myking, y sin embargo Heidegger, en sus obras completas, ―no recuerdo en cuál de sus volúmenes―, nos dice al respecto que “en la oscura boca del gastado calzado interior, bosteza la fatiga de los pasos laboriosos; que en la ruda pesantez de los zapatos está representada la tenacidad de la lenta marcha a través de los largos y monótonos surcos de la tierra labrada [….]” ―y continúa afirmando―, “que en esas botas vibra la tácita llamada de la tierra, su reposado ofrendar del trigo que madura y su enigmático rehusarse en el yermo campo del invierno […] y, que la propiedad de la tierra es este útil ―la utilidad que proporciona la tierra―, y lo resguarda el mundo del labriego. Además, Heidegger insiste que se trata también, de la utilidad que resguarda la propiedad característica del calzado, del que emerge este útil mismo, en su reposar en sí.”
—Estoy de acuerdo contigo repuso Stephen, pero todas estas reflexiones, no me compensan en nada mis reprimidos paseos al aire libre, si no sentimos en el alma la nostalgia de los días luminosos del verano que esperamos, mientras este temporal nos mantiene aquí prisioneros, a pesar de la amable comodidad del departamento. Mientras tanto, en esta mañana las horas perezosas pasan lentamente, y la tormenta no tiene la intención de cesar.
―¡Tranquilízate amigo! ¡Tranquilízate por favor, Myking!, dijo el señor Maugham, mientras veía al fondo; en torno a la mesa de cristal del salón de té, en la que se encontraban amontonados, encima de la mesa, varios libros que guardan en sus páginas un sinfín de palabras ya leídas, imágenes que vagan a la deriva, a la aventura, sin contenido ni semejanza; también ahí están —sobrepuestas—, algunas revistas y unas hojas sueltas con apuntes o croquis hechos por Gaugin. ¡Observa amigo mío!, replicó entusiasmado: esta mañana la penumbra pesada avanza cada vez más rápido, ella se expresa y se posa sobre todas las superficies que toca.
¡Al fondo, no se distinguía casi nada! Sin embargo, las siluetas de nuestros cuerpos alargadas como fantasmas, también se desdoblan, y siguen el ritmo de nuestros pasos sobre el piso alfombrado o sobre los muebles, hasta perderse por completo, más allá de nuestra imaginación sempiterna.
―Hasta ahora, al señor Maugham se le había dificultado pronunciar las palabras que lograba sacar con pereza; daba la impresión de escuchar las voces de un instrumento musical desvencijado. Y mi padre Myking bastante aburrido, soportaba el curso de esa mañana monótona. Él se entretenía mirando alrededor, a través de las antiparras suspendidos únicamente sobre la nariz, él levantaba a intervalos, la cabeza sobre el diván en el que se encontraba, esperado que llegara el privilegio de un día de sol estimulante.
¡Mientras tanto, la lluvia intensa reinicia a intervalos, su continuo chipi, chipi, sin saber cuánto tiempo más continuará cayendo vertical con ese mismo ritmo, y los mantendrá apartados del mundo exterior! Ellos no podrán salir a jugar tenis como era su costumbre, ni podrán ir a correr al parque; por lo tanto continuarán contemplando el paisaje que seguía siendo igual de monótono, frente al gran ventanal, totalmente empañado y sudoroso como le bouchers de les Halles. A pesar de la melancolía y de la depresión que ello les causaba. Creo ―¡debo admitirlo!―, sin temor a equivocarme, que ese acontecimiento, no deja de ser un espectáculo maravilloso de la naturaleza.
En este periodo, el otoño y el invierno siempre se unen majestuosos en un encuentro fascinantemente amoroso: la humedad y el frío se entrelazan, inseparables en un abrazo eterno. Las chimeneas rojizas y los techos grisáceos, sobresalen por encima de las copas de los vetustos cedros, de los robles y castaños, encorvados todos ellos por el peso de la nieve.
Por su lado mi padre repetía:
―¡Cómo me hacen falta, esas caminatas sin lluvia y, recibir el perfume resinoso y alcanforado que al aspirar profundamente, purificaban nuestros pulmones! Y también, tener el placer de disfrutar de los prestigiados desayunos matutinos en el “Castillo del Parque”, uno de sus lugares preferidos.
—Con el clima gélido que ellos han vivido en estos días, también los árboles han comenzado a perder su dorado follaje, las hojas han tapizado el suelo de tonos ocres y rojizos y se perciben una que otra hoja oxidada, que aún se aferran a las ramas. Ellas cumplen un ciclo más de vida, todo el follaje está saturado de nutritivas sales y minerales; los estomas ya se han cerrado para evitar que siga entrando y saliendo por los haces vasculares, su principal alimento. Después de tanta agua, las hojas han llenado por completo sus vacuolas. ¡Ya no admiten más esos excesos!
—En aquella contemplación silenciosa, en uno de los aburridos días, irrumpió mi padre Myaking, con su voz pastosa: ¡Stephen!, no te parece que estos días están como para quedarse echados en la cama y acurrucarse en los brazos de la mujer amada, recibir todo el calor y el perfume de su piel nacarada: suave, tersa; y sobre todo, tener la dicha de aspirar con ternura, aquel inconfundible perfume que su cuerpo desnudo, deja al amanecer, húmeda la almohada!”
—¡Qué te pasa Myking! —replicó el señor Maugham—, me sorprenden tus lascivos deseos, tal parece que las hormonas te alteraron tu raciocinio. ¿O, acaso es el frío que ha despertado tus innatos instintos?
—¡Señor mío!—, contestó Myking, dirigiendo la mirada serena hacia el infinito, hasta perderse más allá del “Bosque de Boulogne”. ¡Discúlpame Stephen!, pero tu opinión me parece inaudita; lo que pasa, es que ustedes los ingleses se creen superiores a todos los demás seres vivos; piensan que nuestra única capacidad es la consecuencia instintiva, y que todo es parte de una asociación aprendida entre un estímulo y una respuesta. Es decir, ¿crees qué es una forma compleja de aprendizaje por ensayo y error? ¡Me entiendes!...
—¡Perdóname Myking, no quise contrariarte, pero debo admitir que me dejas atónito y perplejo, querido amigo!, susurró, casi entre dientes, arrastrando sus irónicas palabras.
—Pues ya ves mi estimado señor Maugham, los comportamientos aprendidos no solamente se modifican con la experiencia, recuerde que también nosotros los seres “inferiores” tenemos algo que se llama <<res cogitans>> o mejor dicho, una sustancia pensante, lo que ustedes suelen llamar, ideas innatas. ¡Sabes!, esas ideas que nacieron conmigo, algunas propias y otras inventadas, mezcladas con algunas ideas extrañas, que quizás llegaron de fuera, o que fueron creadas por nosotros mismos; como quien dice, unas a priori y otras a posteriori. Por ello, debes aceptar que nosotros no solamente tenemos <<red extensa>> o sustancia corpórea, también tenemos alma. Por ende, una vista ágil, un oído hipersensible y, sobre todo, contamos con una capacidad mental de rápida reacción. ¡Te repito estimado amigo, nosotros los irlandeses no somos autómatas, también vivimos racionalizando nuestros actos, lo que nos hace sensiblemente impredecibles y diferentes a ustedes!
—¡Myking! —repuso Stephen—, yo entiendo que tengas virtudes excepcionales, y acepto que las hayas adquirido por herencia genética, o en nuestros continuos viajes, ya que también ellos ilustran. Pero esas tentaciones temperadas no son más que ligereza de jóvenes imberbes
—¡No Señor!, no es así. —inquirió Myking, con una voz dulce y pausada que agradó a mis sentidos, —dijo seguro de sí mismo y agregó—, lo que pasa es que ustedes los “intelectuales con talante progresista”, no llegan a captar nuestros mensajes, ni hablan nuestro idioma; el día que lo logren podrán sentirse superiores, o al menos se pondrán a la par con nosotros. Cuando eso suceda, aceptarán que la capacidad humana no corresponde a la realidad; o como dice Saramago: “el lenguaje del hombre no siempre contiene lo que las cosas o los acontecimiento son”. Señor mío, no lo olvide, un día te sorprenderé y quizás cambiarás tus juicios sobre mi persona, entonces podrás alcanzar la etapa de crecimiento y desarrollo humano; ¡es verdad que han llegado a donde están a grandes pasos, han crecido, han englobando variados aspectos de la evolución social y científica, pero aún les falta algo más! ¡La chispa de la genialidad!...
—Quizá tengas razón, nada me gustaría más, que entender tu propio lenguaje Myking.
—Mucho después de aquel lejano invierno, los años habían transcurrido veloces como el viento sin que ellos se dieran cuenta; y mi padre, cada día lo sorprendía más y más; muchas veces había llegado a tomar decisiones muy importantes por el señor Stephen.
—Cuando llegamos a habitar el nuevo departamento del barrio catorce, cerca del Parque Montsouris, dijo el señor Stephen: mi vida adquirió mayor sentido, y casi llegué a depender de lo que Myking dijera u opinara. Nuestra prolongada e inquebrantable amistad, y nuestros viajes continuos y vivencias nos acercaron cada día más; nuestra amistad se fue fortaleciendo como un roble. Ahora, no solamente era mi amigo, mi guía, mi confesor y confidente; sino también, debo confesarlo, ha llegado a ser mi propio mentor.
―El invierno de 1975, se manifestó con toda su fuerza y con todos sus matices. En ese periodo los dos hicimos un viaje a Alemania, para asistir a la exposición titulada “Latinoamérica en Bonn”, en la que Stephen participó con obras personales, pero de regreso viajamos durante diez horas bajo una espesa tempestad de nieve. Llegamos a París, alrededor de las tres de la madrugada y Myking y yo, no dejábamos de titiritar por el inclemente frío.
Al llegar nos bajamos del automóvil felices de estar nuevamente en casa; apresurados entramos al departamento, que parecía una hielera. Antes de acostarnos tuvimos que ventilar las habitaciones, y poner en marcha todos los servicios: agua, luz y gas; también encendimos la calefacción, lo más alto posible, antes de meternos a la cama. Yo me acosté con doble suéter y doble edredón, además del pijama; por su lado, Myking hizo lo mismo en la recámara adjunta, él se cubrió, como era su costumbre, con su cobertor de vicuña, y ambos caímos “ipso facto” en los brazos de Morfeo.
―Minutos después, el agudo olfato de mi padre lo despertó, debido al fuerte dolor de cabeza que tenía, en todo el departamento había un olor nauseabundo.
—¡Qué pasa! —Me pregunté soñoliento. ¡Esto huele a gas, de inmediato le grité a Stephen con la intención de despertarlo! Ante su nula reacción, traté de moverlo, mas sin embargo, no reaccionaba. Pensé pedir ayuda a los vecinos, pero a esa hora nadie podía auxiliarme, en el quinto piso, todos los vecinos roncaban a pierna suelta. A pesar de todo, continué intentado despertarlo; lo sacudí varias veces sin éxito; tuve que jalonearlo hasta desgarrarle la ropa; fue difícil despertarlo ya que los efectos del gas lo tenían completamente noqueado. Él se puso finalmente de pie con mi ayuda, y al reaccionar se percató que el gas se extendía por todas partes. Stephen sabía qué hacer en estos casos. De inmediato corrió trastrabillando, para cerrar la llave de paso del gas.
—¡Stephen! —Le grité— Tienes que llamar a los bomberos y por favor, no vayas a encender ningún cerillo.
— ¡Ya voy, me contestó desde la cocina!...
―Luego, con gran dificultad, descendimos en la oscuridad por las escaleras desde el quinto piso hasta la calle (preferimos no encender la luz por miedo a un chispazo). Allí esperamos la llegada los bomberos, quienes minutos después, hicieron su trabajo minucioso. Media hora más tarde los bomberos nos permitieron regresar al departamento.
—¿Qué pasó capitán Moulin, preguntó Stephen muy asustado?
—“Fue la llave del piloto de la calefacción que se apagó, y el gas siguió fluyendo sin quemarse. ¡Busquen a primera hora un plomero, para que les repare el daño!”, —nos informó el subteniente de bomberos.
—¡Muchas gracias capitán Moulin!
“—Mejor dele las gracias al señor Myking, ya que fue él quien logró despertarlo exponiendo su propia vida, de lo contrario no lo estarían contando”. ¡Tengan más cuidado! —¡Buenas noches capitán…!
—¡Buenas noches señores! ─¡Buenas noches!, contestamos nuevamente al unísono.
—A partir de ese momento Stephen le ha prodigado un gran respeto y admiración a mi padre Myking; ahora le dedica más tiempos a sus reflexiones y a sus críticas. Después de este accidente comenzó a tener mejor comunicación con él. La expresión profunda de sus ojos le hacían comprender muchas cosas: levantar las cejas eran rasgos comunes en él. Cuando deseaba comunicar algo era incisivo, él daba vueltas a su alrededor y su cuerpo vibraba, él sabía manifestar su gran inquietud y lo manifestaba sin reservas. Desde ese momento Stephen se percató que su amigo Myking era indispensable en su vida. ―Reconocí finalmente, dijo Stephen, que él era el ser más inteligente y el amigo más fiel que haya conocido en la faz de la tierra. Llegué a entender, que estas vivencias, eran constantes factores biológicos, desconocidos e inconcebibles hasta entonces, pero reales. Eran una larga indefinición, pero finalmente entendí que es una dependencia infantil de todo hombre y de sus complejos. Me decía a mí mismo en silencio: cómo toda la energía que llena mi espíritu vivo, que de esa experiencia proceden los impulsos instintivos que nos son inherentes; así fue como se inició la vida en nuestro planeta y muy a pesar mío, acepté que no todos los instintos deben ser admitidos a las mismas fases evolutivas.
—Años después, mi padre se vio afectado por un soplo en el corazón. Muy preocupado el señor Stephen, insistió que se debía operar de inmediato. Se le hicieron los estudios pertinentes, pero por su edad, el médico no autorizó la cirugía a corazón abierto. Dos meses después, una mañana de primavera, al amanecer, cuando aún se escuchaban las eclosiones de las flores, y bajaban sus perfumes del “Parque “Montsouris”, muy atropellados inundaban la estancia en su totalidad.
—Ese día Stephen comentó: “a mi gran amigo Myking, lo sorprendió inesperada la muerte”. Aquella trágica mañana, lloré y lloré inconsolable, hasta las cinco de la tarde, —y conmigo sus tres hijos: Miky, Dolly y Star—. A esa hora, fue sepultado con todos los honores, al caer los últimos rayos del sol.
—En su lápida de mármol de Carrara, se lee el siguiente epitafio:

“Aquí yace Myking, mi amigo el irlandés, 1968-1990. Cairn Terrier. Myking fue un perro valiente y tenaz, tenía una mente ágil, con una inteligencia natural. Sus extremidades eran fuertes, con aplomo en las patas delanteras, su cabeza era pequeña pero proporcionada al cuerpo. Su cráneo ancho, con una hendidura bien marcada entre los ojos. Se dice que los animales son buenos amigos porque no hacen preguntas, y tampoco critican. Sin embargo, él fue un ser excepcional, único, comunicativo, entrañable, lleno de virtudes, con un alma generosa. DESCANSA EN PAZ AMIGO MÍO”.
—En el sepelio nos dijo el señor Stephen muy consternado: nuestra amistad fue un verdadero lazo afectivo, una unión basada en la comunicación, el apoyo mutuo, la comprensión y el cariño. ¡Siempre estaré en deuda con él!… Con un nudo en la garganta concluyó una vez más: Entre nosotros existió una absoluta armonía inconmensurable. Debo confesarles, que a mis mejores amigos los cuento con los dedos de mi mano, y entre ellos siempre estuvo Myking, por encima de todos.