REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

Confabulario

El Árbol de las palabras


Héctor Ávila Cervantes

AWEWETL

A Florencio

El viejo se extiende bajo el cristal de la noche,
Se enlonga y se aferra al suelo de sus ancestros,
De donde extrae el fluir de los tiempos
Para después florecer y dar el fruto a las aves.

Encorvado por el murmullo de la ventisca
Transforma los secretos del aire en suspiros,
Los que se vuelcan en el eco de la noche
Para llamar al conejo en un salto al infinito.

En sus hojas yace un recuerdo que se convierte en aire,
Las orugas lo devoran y lo convierten en vuelo,
Así, a veces los verdes pétalos se desprenden y
A veces se baten para reclamar su lugar en el follaje.

Su cuerpo repleto de vetas denota su caminar,
Un caminar lentísimo, casi invisible, casi mudo.
Ahí las hormigas murmuran y navegan con sus velas
Hechas de un trozo de vida, de luz.

De esta forma el abuelo de agua cuenta su vida,
En una interminable vena donde transcurre el espacio
Y el transitar no es más que el señuelo de una tierra
A la que besa con profundo amor por sobre el agua.


KAKTLI

A Esperancita

Un par de botas grises, pequeñas, casi incorpóreas,
Marcan el paso del primer nieto, su primer andar
Queda grabado en el interior aborregado cual la nube
Tras la caricia de un soplo que trae consigo el ocaso.

Pisada tras pisada dejan de ser de uno para pasar al siguiente,
Una corriente que anda aprisa y abandona lentamente.
El arraigo al suelo, las alas se despliegan en silencio
Y la libertad aparece para dar paso al siguiente polluelo.

El tercero encuentra las plumas del equidermo a gusto,
Las mete en sus pequeños pies y vuela en el prado,
Aparece un boquete en la punta y la abuela exclama:
¡Ya picó pollo!, las botas fante heridas caen sobre la maleza.

Han abandonado el nido los tres bien unidos, uno tras otro
Abanica al siguiente en un intento por unir su trompa con la
Coda del anterior, es una búsqueda del tiempo inmemorial,
Cola y trompa, principio y fin en un instante detenido.


EL LIMONERO

Al licenciado Efrén

Un tronco grácil sostiene un manto de estrellas blancas,
Pequeñas perfumadas que esparcen esencia en la marea,
Plumas de un ave que se posa en la quietud de la mañana
Y de súbito un huevo, dos, tres, no sé cuántos, tal vez mil.

Se desgajan las perlas en un continuo caer, un abismo sin fin,
Cuatro, cinco, seis, amarillo, verde y blanco,
Se puebla de nidos el suelo, un aroma se vierte en ráfaga,
Siete, ocho, nueve, el corazón del limonero se mueve.

El juez se hace presente y divide el motín entre los pequeños,
Una sonrisa sincera se muestra en el correr del tiempo,
Segundo tras segundo el ácido fluir en sus bocas se deleita
Gotas de lluvia atrapadas en la quietud verde amarela.

Beben todos el elíxir emanado de la copa sorbo tras sorbo,
La tarde cae y el viejo extiende sus brazos hasta la última hoja,
Ya todos cubiertos por el manto nocturno ven pasar sus recuerdos,
Uno a uno el viento los sopla y se fugan dando luz a la noche.


NEKTLI

A mi madre

El aire lo intenta apresar en la red de su correr, mas éste se le va,
Se dispara con la fuerza de todo su ser y esquiva la vorágine,
Viaja a la velocidad de la luz y es casi invisible, impalpable,
En su tránsito tan sólo una huella lumínica, estrella fugaz.

Su objetivo es probar el fluido que mana del cáliz vital,
Es hacer de lo tangible lo irreal, cambio sublime y mágico.
Su aleteo rompe el espacio y hace una herida que detiene el tiempo,
No queda más que un leve rastro de aire y pasión en su volar.

Está lejos y junto, cerca y lontano en su ráfaga voraz,
Deja restos de amor y presencia en la boca de una flor, de dos,
De no sé cuántas, se abisma en cada bocanada de dulce,
Penetra la más leve fibra atemporal para beber sin saciarse.

Su corazón se bate a razón de su vuelo, mil veces por segundo,
Ama con desesperación cada leve instante cual gotas de rocío
En la llovizna, flota y flota incesante, parece haberse detenido;
El tiempo se interrumpe en un breve espacio para saborear su miel, su néctar.

TLAPEHPENILIZTLI

En las mañanas salíamos con la resortera, esa horqueta mortal,
A tirarle a las ratas para que no se llevaran nuestra ración,
Un poco de esto y de aquello que quedaba en los despojos
De algún festín consumado o perdido en el olvido.

Había alguno que siempre con las aves compartía, entonces
Por las tardes el pan que en la mañana juntaba en una bolsa,
Iba y lo lanzaba cual estrellas en la bóveda celeste, mendrugos,
Migajas, presas inertes alumbran el canto de los pájaros.

Así, aquel hombre quedaba vacío, lleno de alegría y una sonrisa
Hambrienta, a la par de su acto venía una plegaria que decía:
¿Qué no hay hambre en esta ciudad? Desaparecía y al calor de
Las velas se le veía zampando los restos de algún otro muladar.

Lo cierto es que nadie guardaba una sola moneda, un vano
Se construía todos los días en los bolsillos de los pepenadotes
Cual una ciudad que se yergue al alba y se duerme en las entrañas
Del campo, no fuera a pasar como con el Rey Lopitos, el todo en la nada.



PILNANTLI

Ahí están las tres, una grande otra chica y una tiernita
Que juegan a la vida con una muñeca de madera,
La primera se la presta a la segunda, ésta se la da a la otra,
La que apenas sonríe porque son de la medida.

La madre se ausenta y hace del juego algo real,
Son entonces las tres y sus almas las participantes,
Entonces la grande toma a la muñeca entre brazos
Y la mediana abraza a su hermana de encino.

Las dos chiquititas envueltas en su rebozo se mecen
Al calor de la canción de la mayor, entre colores
Que trazan el sentido de la existencia; se cae la muñequita
Y un silencio hueco invade el rumor de la calle.

La más grande le dice “¡Levántala!” y al tenerla entre
Manos se astilla la palma, ésta replica “Mejor tú la cargas”
Y con un gesto de obviedad responde “Fuera tu pilmama”;
La madre regresa y reparte las ganancias del juego.


CHUKULAATL

A la Morucha

Allá en Topilejo, pasando el cantil desayunamos tamales y atole,
En el transepto se percibe la espesura de la grasa, del chicharrón
Y las carnitas, la levedad de las manzanas, capulines y tejocotes,
La frescura del deshielo en las mejillas y en la punta de la chata.

Primero pasamos con el señor de los borregos, le damos los buenos días
Y nos echamos un taco, pancita, maciza, brebaje con garbanzos y
Un par de corridos cantados a flor de madera, sonidos apenas
Audibles con sabor a óxido cobijan la madrugada gélida.

La ventisca pela la piel a ras de hueso, restos blancos y rojos
Pintan la faz de los pequeños que se erosionan así nada más,
El viejo con sus manos fuertes los aprieta para evitar que se
Los lleve el viento, caminan en busca del calor en la niebla.

Se divisa a lo lejos la chimenea de un tren que se ha detenido,
Son los tamales que se alimentan del carbón en su regazo de aluminio,
Una mano con experiencia tiende a los pequeños un cacito de café
Lleno de cacao con agua, chocolate caliente que hierve en las entrañas.



EL BORRACHITO

De camino al pueblo cuando se pone el sol todos los días por ahí paso,
Contemplo la monstruosidad de los montes y cierro los ojos,
Huelo el último canto del viento y saboreo un terrón húmedo,
Me pongo aguzado y escucho la frescura del río que corre alegre.

Un hombre se acerca con las manos repletas de oro, camino lento,
Se postra frente a mí y me pregunta por una moneda, le ofrezco
Una de cinco aunque no sé para qué si sus manos son un tesoro,
Los toma con sus dedos de lodo y sonríe con sus dientes de maíz.

Entre brazos carga un sombrero cual un hijo al que se ama,
El espacio rebosa de un aroma a limón y mugre deliciosa,
Una mano extrae un fruto que abarca la palma entera, entre dedos
Toma tres más y hace una ofrenda en agradecimiento con la cabeza baja.

Níquel por oro, extraño trueque del viejo pirata de milpa,
Los pasos se cruzan y de reojo el viejo mira con alegría su botín,
Su caminar sinuoso le hace perder un lingote más por el rumbo del viento
Y yo me sigo por un sendero que conduce donde en el mapa no hay trazos.