REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

La Pampa


Roberto Bravo

Después de desayunar y preparar nuestro bastimento partimos. La Pampa volvió a envolvernos, dócil, suave en sus ondulaciones, con su uniforme color marrón y su viento helado: El sol descubría sus secretos; guanacos, que te miran curiosos; la visión de algo extraño los hipnotiza; armadillos en busca de hormigas, lagartijas y raíces; cóndores sobrevolando localizando carroña; ñus nerviosos que huían de nuestra presencia. Limpia y transparente la luz se perdía hasta volverse azul, a veces celeste, y otras del color que asoma entre las hendiduras del hielo en los glaciares. Muy de vez en cuando encontrábamos un auto en contrasentido.
El horizonte en la Patagonia habla silenciosamente, su soledad, purifica; te cobija estéril como una gasa de algodón fino que te hace olvidar y da esperanza. Lo virginal, ofrece la seguridad de que puedes volver a empezar una vez más sin temer al porvenir y lo que se encuentra tras él, es una suerte de madre que te da la certeza de que siempre podrá ser posible vivir.
Nos detuvimos varías veces y Theresita hizo tomas. Yo las hice también con mi cámara electrónica a la que únicamente enfocaba, encuadraba, y presionaba el botón. Theresita, en cambio hacía una maniobra tras otra, medía la intensidad de la luz, se paraba frente a su objetivo con las piernas abiertas en compás y las botas bien firmes sobre el terreno.
Antes de la frontera con Chile llegamos a un valle estrecho bañado por un río angosto, después de un puente que lo cruza encontramos una mina de carbón y una termoeléctrica, y adelante, Río Turbio, donde se encuentran las oficinas tanto argentinas como chilenas que marcan el límite entre uno y otro país.
Río Turbio es una ciudad serrana que se extiende sobre una colina que lleva a las aduanas, es frío y corre permanentemente el aire. Como no hay señalamientos que aclaren al foráneo dónde se encuentra el paso, pregunté una y otra vez por temor a perder tiempo, finalmente llegamos, y pasamos. El lado chileno es tan pobre como el argentino. Eso fue lo que dejó ver cuando cruzamos, casas bajas de adobe con techos de lámina. Estos centros urbanos quizá en invierno cuando la nieve los cubre resulten interesantes, pero en verano muestran solamente tristeza, una roña que carcome sus calles y las paredes de sus construcciones. El sol directo que cae sobre ella, habla de una vida que afuera de sus habitaciones vale bastante menos que en los interiores.
Bajando la cordillera, en Chile, el paisaje se hace amable, un bosque desciende hasta las tierras bajas donde se extiende una estepa plana y con arbustos. Frente a un campo militar aparece la carretera que tiene en un extremo a Puerto Natales y en el otro Punta Arenas, nuestro destino.