REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 08 | 2019
   

Clave de sol

La Viena antigua contada por un vienés


Edwin Lugo

Viena siguió en el pensamiento y en el corazón de quienes la vivieron, constituyendo casi una leyenda dorada que uno de los más eminentes escritores del siglo XX Stephan Zweig plasmó en su obra como el rescate de un hermoso sueño.

Políticamente fue el centro del imperio Austro-Húngaro, el más vasto de Europa a fines del siglo XIX y comienzos del XX y artísticamente la patria de innúmeros intelectuales y artistas, que la mágica pluma del insigne novelista rescata para solaz de nuestra imaginación.

Vindobonna fue una colonia militar fundada por los romanos, al pie del Danubio, estratégicamente destinada para contener los ataques de los bárbaros, y de la que ni siquiera Tácito menciona como el asentamiento de alguna tribu austriaca, si bien posteriormente se fue convirtiendo en el bastión que habría de defender la cultura occidental, incluyendo las Meditaciones de Marco Aurelio, que son como un verdadero compendio de la filosofía latina.

Mas tarde fue la fortaleza que defendió la religión católica de la ola reformista surgida en Alemania y después cuartel general de la contrarreforma; por lo consiguiente nunca pudo ser una provincia alemana subsistiendo desde entonces el prolongado divorcio entre la teutona rigidez militarista y austera con la idiosincrasia austriaca liberal, sensible y fascinada por el arte y la belleza, cualidades propicias para convertirse en el centro del Sacro Imperio Romano y más tarde en la sede de los Habsburgos cuando ya apuntaba ser una urbe cosmopolita donde la sacra majestad estaba sostenida por prominentes nobles húngaros, polacos y eslavos, en tanto se comerciaba con italianos, búlgaros, belgas, bohemios, acogiendo además artesanos judíos y yugoeslavos, así los complacientes austriacos fueron creándose una cultura multinacional y la ciudad se vio invadida de negocios cuyos letreros en checo, inglés, francés, y ruso pregonaban la absoluta inexistencia de odios o discriminaciones ya que en las mesas de los palacios o dentro de los modestos heuritages se saboreaban lo mismo los postres de Bohemia o el gulash mayar.

Con el paso del tiempo convivirían sin envidias el dramaturgo vienés Grillparzer, con el alemán Schiller en tanto se leía a Hofmannsthal quién resultaba una mezcla de judío, italiano y vienés.

Esta armoniosa conciliación se ostentó sobre todo en la música que es ante todo armonía, así el ambiente de libertad -como afirma Zweig- propició el desarrollo de los genios musicales entre los que figuraron Haydn, Mozart, Beethoven, Salieri, Bruckner, Malher, Brahms, Schubert, Gluck y hasta Hugo Wolf, muchos de ellos procedentes de diferentes lugares de Europa que encontraron en la bella metrópoli el indispensable estímulo para su labor, no sólo proveniente del mecenazgo o los encargos, sino del interés de la gente, porque el arte está destinado al público, y la creación o interpretación no deben limitarse a una satisfacción egoísta, sino que deben ser generosamente cedidas a los demás; sin los Esterhazy, los Lobkowitz, Waldstein, Rasumosky o Kinsky, seguramente las obras musicales de las que disfrutamos hoy no existirían.

Lamento decir que el mecenazgo es algo casi inexistente en México, y que el patrocinio del estado se ha circunscrito desde la época dictatorial de Carlos Chávez a una privilegiada elite, y nunca a los artistas sin protectores.

En aquellos tiempos el burgués de Viena solía abrir el periódico, no para enterarse de los acontecimientos políticos, o las piruetas más o menos afortunadas de los deportistas, sino para enterarse de la programación de la ópera, los programas de las orquestas sinfónicas o de cámara, los recitales que se ofrecían o el drama que iba a ser estrenado: la gente culta aprendía -y creo que lo sigue haciendo- a ejecutar algún instrumento, a leer la música, o a pertenecer a algún coro, aunque no los animara un interés profesional. Los teatros y salas de concierto eran centros sociales donde se conjugaban la elegancia, el buen gusto y la cortesía; y Zweig el cronista por excelencia de la Viena de ayer, afirma que sus habitantes fomentaban la música no por snobismo sino porque le concedían un rango superior.

En las mansiones de la aristocracia se realizaban conciertos de música de cámara recitales de lieder, y representaciones de pequeñas óperas, el teatro Imperial era frecuentado por el Emperador, los ministros, el cuerpo diplomático, y pudientes hombres de negocios que atiborraban las plateas y los palcos. Directores, instrumentistas, cantantes, actores, dramaturgos eran respetados, tenidos en gran consideración y objetos de homenajes; recibirlos en casa, constituía un legítimo motivo de orgullo para sus dueños.

El pueblo que también tenía acceso, aunque fuera a las localidades más económicas guardaba reverencia a los artistas y se detenía a aplaudir a las bandas militares que solían interpretar en los kioscos y parques: danzas, polcas y mazurcas y cuando desfilaban por las calles la gente abandonaba sus negocios para verles pasar y aplaudirles.

Un público exigente incentivaba a los profesionales del arte a perseverar en la perfección de sus ejecuciones, los jóvenes solían ir al teatro con las partituras de las obras en las manos, buscando detectar alguna equivocación u omisión.

Si para Alemania la consigna era trabajar arduamente y producir, para los vieneses la vida se consagraba en buena parte a la diversión y al arte.
El lujo predominaba en las deslumbradoras escenografías teatrales, en los vestuarios de las divas, y obviamente en las soirées donde se daba cita el buen gusto.

Los vieneses disfrutaban las buenas cosas de la vida, muy lejos por cierto de las miserias, inseguridades, fanatismos y luchas de otras naciones; y aunque había como en todas partes una división entre ricos y pobres, el pueblo gozaba de las interpretaciones de las pequeñas orquestas en los salones de baile, allí sonaron inicialmente los preciosos valses de los hermanos Straus.

Las dos guerras mundiales afectaron profundamente a Viena; ya que en la primera se desmembró el imperio y en la segunda, durante la brutal dictadura de Hitler, proliferaron espionaje, fusilamientos, tortura, racionalización y escasez de víveres, impactando terriblemente a una sociedad que no conocía el racismo, y llevándola a tal desastre financiero que aún después de la guerra se podían adquirir valiosas obras de arte por algunas legumbres, una barra de pan o un poco de carne; la detención, confinamiento y matanza de judíos dolieron a los vieneses consientes de que entre las víctimas había excelentes músicos, escritores, pintores e intérpretes, no obstante los teatros no cerraron, si bien fueron blanco de agresiones y aún medio oscuros por la carencia de energía, con un público hambriento, miserable y que titiritaba de frío, pues no había calefacción, cuando se abría el telón, la escena se iluminaba con las sílfides o las alegres grisetas del restaurante Maxim donde se divertía el alegre conde Danilo, el protagonista de La Viuda Alegre, entonces las joyas aunque falsas volvían a relucir, y se llenaban las copas de champaña traída de contrabando desde Francia, y a los acordes de las solemnes óperas verdianas o las alegres operetas de Oscar Straus, Edmundo Eysler, Leon Bard o Leo Fall la urbe musical volvía a vivir.

Poco encontré en mi última estancia en Viena de lo que consigna Zweig en sus memorias, si bien las cartelera del Burgertheater o del Volksoper siguen atrayendo a los vieneses y visitantes de todo el mundo, pero recordaré siempre haber disfrutado el honor de haberme sentado sobre una mesa en el café Sperl, donde Emmerich Kálmán o más bien Kálmán Imre, y Franz Lehár departieron animosamente hace décadas, hablando a no dudarlo de las hermosas operetas que estaban componiendo; y acodado sobre la plancha de mármol asentada en la mesa del viejo café, pensé en el gran hombre que puso a bailar a la humanidad entera con el inmortal vals de El conde de Luxemburgo