REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
27 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

Las faenas del alter ego
Estoy estupefacto, tío. Me has dado la razón en dos puntos. De mi parte no era competencia y menos con alguien de cultura enciclopédica. Las abandoné cuando obtuve el quinto lugar en la carrera de cien metros, cuando el equipo de básquet ganaba o perdía 3-2 o 2-3 mientras en las grandes ligas se gana o se pierde por decenas de encestes, como tú sabes; cuando empaté en peso pluma fue sin duda porque los jueces eran colegas de mi padre, sentado entre el público en ese match, je je, y cuando quedé en noveno lugar (éramos diez) en una carrera de bici. Ahora compito con mi alter ego, neurótico de tiempo completo, aunque él diga que competir con uno mismo son memeces.
No entiendo como, estando solo, no escribes. Lo que nos fastidia es que una mujer ronronee en tu pescuezo mientras pares textos históricos, dice mi alter ego. Como si escribir fuera más importante que amar. Pero escribe más, tío, para que llegues al punto en el cual es a todas margaritas para quien escribe hablar con su alter ego. Puedes tener tantos como quieras. Dicen los psicoterapeutas que el problema es hacer preguntas y te contestes. Yo hago preguntas y me peleo con él porque es un neurótico impertinente y en un descuido se apodera del escenario. Le grito y le miento la madre. Ni siquiera cuando estoy acompañado dejamos de discutir dentro de mi mente. Si hay alguien en casa, amenazo (a mi alter ego) con partirlo en dos y sustituirlo por otro más tolerante, por alguien de superior inteligencia emocional. ¿En este país?, pregunta, ¿Rodeado de esta gente? ¿A quién quieres verle la cara de wey? ¡¿A mí?! Etcétera.

Estoy sin dinero, tío, y debiera sentirme frágil y vulnerable como te sientes tú en la tierra de la fritada de cabrito, pero ni en cuenta porque bebo mucho café, leo y escribo y esa fragilidad y vulnerabilidad me importa un diputado, de esos ensombrerados bajo techo que suelen rociarle fertilizante a las mujeres.
Quiero concluir tres o cuatro mamotretos. Carezco de tiempo para pensar en mí. Lo tengo para teclear y terminar esos libros. El resto puede irse mucho por la cloaca de las inmundicias así que dirige tu sable mellado a uno más próximo.

Cómo entrabas a los diarios
Tío Hugo: Como nadie me invitó a participar en el portal 15Madres igual tomé la decisión de no mandar más mis textos sin avisarle a nadie. Reconozco no obstante que recibí un correo en el cual se me ordenaba cómo enviar el material: Sin sangría, nada de muestrario tipográfico, tal familia tipográfica, en tal tamaño, etcétera. Aun cuando me daban a entender que era un primerizo torpe en Internet lo hicieron con amabilidad suficiente.
De modo respetuoso. Acerca del otro portal que me recomiendas, ignoro qué es Monitor... Creo haber visto en el chorizo de textos condensados, nombres de gran prestigio. Sería para mí un honor firmar al lado de ellos. En una de ésas, el lector exigente sufre un resbalón y cae de bruces, alelado, en un texto mío.
Sólo un punto: Si cobrando a veces te dan más o menos uno que otro dato acerca de dónde y cuándo te publicarán, gratis esperaba algo semejante. Recuerdo que en nuestra época te decían empieza hoy, siéntese ahí y dele e la tecla... Nadie pedía el curri. No tenías que mostrar recortes o copias de tus trabajos. Mucho menos credenciales, chapas, IFE o CURP, IETU y demás.
A cambio no te atrevías ni siquiera a preguntar a partir de cuándo iban a firmar tus textos, no digamos a pagar. Ni cuánto ni por qué tanto. Si no te publicaban estaba prohibido preguntar por qué ni si te publicarían dos días después o nunca. Te hacías el sospechoso si hurgabas en los botes de basura en busca de tu nota. Si te mandaban a la guardia ay de ti si hacías alguna pregunta. Menos tenías derecho a preguntar cuándo ibas a descansar y por qué ese día.
Respecto a mi trabajo en Internet, tenía confirmado un criterio así así. Me desternillé de risa cuando dijiste que no pagaban pero que cuando fuera a Monterrey el dueño iba a invitarme a comer porque también es dueño de un restaurante. ¿Dijiste restaurante o carnicería? Me quedé patidifuso porque bien sabes que soy ovolácteovegetariano. Sería largo y acaso tedioso pormenorizar lo que sé del trato que te prodigan en los portales. Pero en éste me quedó el retintín de la burla, del escarnio. El caso es que todo se vino abajo con el portal llamado15Madres. Así que necesito reestructurarme. Quién sabe cuánto me lleve recoger los pedazos. No lo tomes como una cosa personal. En todo caso, he aprendido ya sabes dónde, que el conflictivo soy yo. Nadie más.


PRÓLOGO DE CUENTOS DEL SUR
En Cuentos del sur llama la atención la variedad de temas. Catorce autores publican treinta y tres relatos policiacos o negros y hasta góticos. Varios de ellos con humor, lo cual se agradece y se aplaude. Los jóvenes reflejan la clase de lecturas preferidas en el momento. Las mujeres brillan por su ausencia, el mejor lugar común para ilustrar el fenómeno. Dos autoras y ya.
Éste es el segundo libro colectivo del Taller de Narrativa de Tapachula en poco más de un sexenio. Buena cosecha. Tres autores de los quince del anterior, Nueva literatura del Soconusco (2006), siguen presentes. Hay, pues, una nueva promoción sólida y vigorosa. Avanzamos. Diario del sur, el único diario con suplemento cultural suprimió un tiempo esas páginas, y las reanudó con dos páginas. Ahí publican los cuentos del Taller.
A un escritor nada lo destruye, afirman los clásicos. Sólo la muerte los transforma.
Sobre los temas suele suceder que algunos se mantienen en su línea original y otros descubren mejor acomodo, según avanzan en el hallazgo de nuevos autores o gracias al dominio de la técnica. Pocos recomiendan escribir sobre montañas nevadas cuando se vive en el trópico y la mayoría, al contrario, de cuanto le afecta al escritor, esto es, de su entorno. Puede escribirse de todo. La diferencia está en la malicia narrativa obtenida a base de teclear y a fuerza de revisar y de corregir los textos.
Al Taller han llegado chicas, pocas en comparación con los chicos. Sin duda han seguido escribiendo ahí donde están porque son quienes más se desplazan. También quienes despliegan un carácter indomeñable. Stevenson supo de esa idiosincrasia y en sus ensayos recomienda buscarse un oficio o profesión ad hoc.
En el caso de los hombres recuerdo a uno. Escribía artículos de autoayuda y cuando le dije que utilizara de personaje a un articulista de esos en un cuento o novela no regresó al Taller. El segundo caso: una chica escribía un recetario de cocina y afirmó tener imaginación. Un ejemplo peliagudo. Imaginé la mesa larga rebosante de cazuelas, sartenes, el fogón ardiendo a mis espaldas en lugar de cuartillas y de legajos y de engargolados con novelas inéditas y las tazas de café humeantes. Le dije lo mismo. La heroína intenta escribir un libro de cocina y…
Aquí está, pues, la nueva cosecha del Taller de Narrativa de Tapachula y faltan otras, muchas, con el auspicio del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, Coneculta-Chiapas.

Beca para leer basura
Me gusta Tuxtla, Pollo Borrás, no para trabajar. Me encanta la cafetería Avenida. El Taller de Narrativa no es trabajo y hago periodismo a mi gusto. Trabajar con políticos son vivencias, sí, como fue tu caso. Siniestras, ¿eh?
Desecho la boñiga de la red. Si no, en medio siglo lamentaré haber perdido tiempo chateando, feisbukeando, twiteando.
Hay un apartado en un blog que difunde mis textos y gano pisto, aunque ni sé vender ni cobrar. Lo publico hace tres años y hace nueve meses mi hijo Mariolín descubrió que recurriendo a cierta oferta ganaría un centavo de dólar por cada click de cibernauta. Llevo 2.83 dólares. El costo de un café y pan tostado. Podré cobrarlos si acumulo diez, tras cumplir los requisitos, ¿caminar de manos tres días?
A diario corrijo en pantalla hasta cuatro turnos. Publico catorce columnas al mes (mi comida) y reviso de veinte a treinta cuartillas del mamotreto en marcha (mi postre).
Leo tres periódicos, veo y escucho noticiarios. Si leo en un café quiero checar en casa, del verbo to check, el significado preciso de ciertas palabras. Hago listas. Tengo decenas porque se me olvida buscarlas o cambia mi interés por otras. No leeré libros en pantalla, creo. Analizo el tema con mis hijos y con Petunia Flowers, quienes leen ya en el Kindle. Hablan maravillas del chunche. Decidiré entre ése y el iPad.
El K tiene un diccionario chafa, ni el de la RAE ni el de Mejicanismos, que busco en la red. En casa consulto los de filosofía, psicología, aztequismos, etcétera. Podré meter al iPad un texto y corregirlo en el café o viajando. Podría pergeñar una Turbo o un relato.
Los amigos mandan chistes. Debo leer noventa y nueve mediocres para sentir las cosquillas con uno. ¿Lo sabe el patoso? Tengo decenas sin abrir en espera de una beca para leer correos. Al Rayo Macoy le mandaban rezos, cadenas. Por piedad, gemía, no más. René Avilés Fabila los abre todos, dice. Cada escritor es un mundo.
Un sodomita del norte pidió el envío gratis de mis textos para su portal. Otro del sur con portal y revista impresa pagó una colaboración nomás. El viejo truco del mercachifle transa. Otro me dice sobre qué escribir. Los caza-talentos se la pasan diciéndote qué hacer. Lo hacían mis padres, profesores, amigos, novias, hijos. ¿Me verán indeciso?
Si viajas al DF, avisa, Pollo. A veces veo al profe Rojas Arévalo en la cafetería de la Gandhi.

marcoaureliocarballo.blogspot. com