REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Arca de Noé

Don Quijote en el diván


Hugo Enrique Sáez A.

En las relaciones humanas es muy común que ocurra de nuevo la batalla de Don Quijote en contra de los molinos de viento. ¿Y cómo sucede tan singular combate que nos mueve a risa cuando lo leemos? Vamos por partes, como dijo el descuartizador. Supongamos una relación de pareja. En algún momento un miembro de la pareja palidece, se transforma y queda sometido a un síndrome de ansiedad, que implica sensación de ataque externo o bien la posibilidad de la pérdida de algo (el afecto, por ejemplo). La amenaza de la descomposición del ente individual que somos, despierta una reacción.

Si el amenazado es mujer, se desvanece su belleza y adopta la deteriorada figura de Consuelo, la centenaria anciana en la novela Aura, de Carlos Fuentes. Si es hombre, de pacífico e inofensivo ciudadano pasa a ser un temible Hulk. Los tórtolos pueden estar atravesando por un remanso de paz y comprensión, pero el más proclive en esa encrucijada trágica (el más vulnerable también) al acoso de fantasmas infantiles interpreta un gesto, una palabra que evocó un rival erótico, una decisión del otro, como una descalificación o bien una ofensa a su persona. Se viste con la adarga y el bacín de Don Quijote y emprende feroz lucha para abatir al gigante de mirada torva.

Hasta ese inesperado instante, el otro miembro de la pareja era un simple molino con sus aspas arrulladas por la música del viento; sin embargo, de pronto es enfrentado con pesada artillería como furioso depredador. Si no se acuerda de que está metido en la novela de Cervantes, en lugar de reírse de la escena entrará en pavor y empezará a defenderse con todos los libros de lógica que escribió Aristóteles, incluyendo una que otra artimaña.

Querida amiga o amigo, si te toca el papel de gigante no intentes convencer a Don Quijote de la materialidad palpable ni le des argumentos sacados del Organon. Has perdido la batalla de antemano. Estás tratando de escapar de las garras de una fantasía poderosa que actúa con una lógica implacable para la que no existe el principio de realidad. Conviene dejar a Don Quijote tirando mandobles al aire hasta que choque con las paredes del molino alucinado y comprenda su error, o regrese a culparte de abandonar el campo de batalla donde debían batirse.

Como dice Deleuze, la conciencia es el lugar de una ilusión en la que rebotan efectos de los que desconocemos las causas. El deseo, esa bestia camaleónica, nos sumerge en el torbellino del amor lanzando flechas al azar. Nuestro gozo es el efecto de esa flecha si el otro cuerpo se compone con el nuestro para formar una unidad superior que sentimos tocada por el ala de la eternidad. La guadaña de Cronos jamás aprendió lo que es una súplica; la guadaña cercena toda primavera.