REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
08 | 12 | 2019
   

Arca de Noé

El Calafate, glaciar Perito Moreno


Roberto Bravo

El recorrido estaba siendo fructífero en cuanto a imágenes. Nos detuvimos cada vez más seguido, es indescifrable la mirada de un artista y por qué decide hacer una toma y no otra. Enfrentábamos a cada momento cosas interesantes. Un mismo objeto cambiaba en segundos su apariencia según le llegaba la luz: pequeñas montañas, colinas, planicies, rocas, etc. Encontramos guanacos, cóndores, ñus, armadillos, conejos, zorros. Los tres primeros se incorporaron a mi existencia, antes no los había visto.

Como la jornada se alargaba, acordamos detenernos en Tres Lagos a pasar la noche. Oscureciendo nos salimos de la carretera principal para buscar alojamiento. Pero aquel punto en el mapa que parecía una población importante, resultó un poblado insignificante, donde nadie nos supo dar razón de donde podíamos encontrar alojamiento. Volvimos ya completamente de noche a la carretera principal hacia El Calafate, y llegamos allí a las 23:30. Catorce horas después de la salida de Perito Moreno.

Siempre es importante la elección del hotel aunque a esa hora era tarde para hacerlo, el primero al que nos asomamos para preguntar precio y verlo por dentro, no nos gustó, La persona que nos atendió fue un tanto áspera y con malos modos, como si hubiéramos llegado a importunarlo. El precio, estaba bastante arriba de la media, y el hotel lucía descuidado. Una cuadra adelante, en una calle lateral, cien metros hacia dentro vimos otro muy iluminado. Fuimos. Un jovencito a quien me costaba escucharlo y más entenderle porque arrastraba tanto las palabras que parecía una salmodia como se expresaba. El hotel resultó bastante más barato que el anterior, recién hecho, todavía olía a nuevo. Le pedí me mostrara la habitación, era grande, daba a la calle y superior a todas las que habíamos tenido antes. El baño brillaba de limpio.

--Hay agua caliente.
Le pregunté pensando darme un baño antes de dormir.
--Siempre hay agua caliente.

Me respondió mirando el suelo. Era tímido, pero firme para hacer el trato.

Más tarde cenamos hamburguesas en un bar cercano concurrido por jóvenes que tomaban su cerveza mientras miraban un documental que repetía una y otra vez los desprendimientos de hielo en el glaciar Perito Moreno.

El golpe luminoso del sol colándose por las rendijas que permitían las cortinas me despertó a tiempo para hacer el desayuno (incluido en el precio del cuarto): un vasito de jugo de naranja sintético, dos rodajas de pan francés horneadas (descubriríamos más tarde un costal de ellas, de antigüedad indescifrable, en la cocina, de donde las tomaban para servirlas), dos medias rodajas de jamón, igual cantidad de queso, un cuadro de mantequilla, y otro de mermelada. El café estaba en un depósito donde uno se servía. Ese desayuno es la costumbre en los hoteles de Argentina y Chile donde nos hospedamos.

En el hotel había que pagar en efectivo y después de la primera noche nos quedamos sin él. Después del raquítico desayuno, planeamos las actividades del día de la manera siguiente:

--Ir a una casa de cambio, o a un banco a cambiar dólares por pesos argentinos.
--Llevar la ropa a lavar, y que la secaran el mismo día.
--Ir al supermercado a comprar víveres.
--Buscar un lugar barato donde comer a medio día.
--En el atardecer ir a los alrededores, a hacer tomas

El Calafate es una ciudad pequeña, con una calle principal de dos vías en donde se encuentra el comercio del lugar, bares, cafés y restaurantes. Es agradable, y se siente uno relajado. Estaba infestada de turistas y hacía un clima delicioso. Después de ir al súper, y de ver los precios de los restaurantes, decidimos comer de lo que habíamos comprado en una banca del camellón de la avenida.

Por la tarde fuimos por la ropa y de allí a un faro que encontramos en las afueras. Cuando Theresita me pidió que me detuviera, yo no veía nada interesante, pero la mirada de un artista es distinta a la de un escritor: En un instante algo puede cruzarse a su mirada, produce el arrobamiento y ven el objeto, mientras que éste permanece invisible a alguien que no tiene esa sensibilidad.

Dormí un poco, cuando volvió tocó en el parabrisas, y regresamos.
Cenamos pasta en un restaurante de la calle principal, y planeamos el día siguiente. Iríamos al glaciar Perito Moreno y a explorar el parque nacional donde se encontraba.

Por la mañana preparamos el lunch que llevaríamos, desayunamos, yo comí además algo de nuestra comida para quedar satisfecho, y partimos.

Antes de llegar a la masa de hielo, la carretera bordea cerros desde donde se ve un lago acerado y frío en medio de colinas grises. Después de pagar el boleto, más o menos veinticinco dólares, subimos por una colina y frente a ella el glaciar aparece.

Se siente el frío de estar dentro de un refrigerador y éste golpea el rostro con una violencia que obliga a protegerse.

Aunque cinco años atrás me había admirado el glaciar Athabasca de Alberta, Canadá, su imagen reducida por el deshielo del círculo ártico, es nada frente al Perito Moreno.

Hay tantas mentiras en las guías, y en la publicidad, que la incredulidad se ha vuelto parte de la cotidianidad de las personas. Las noticias falsas, medias verdades, confusas y sin posibilidades de comprobar que difunden los medios, nos convierten en escépticos; por ejemplo, leí una noticia en el periódico donde afirmaban los científicos que mientras en el ártico los hielos disminuían, en el antártico sucedía lo contrario. Sin embargo, mi guía, su autor, dice que por el calentamiento global glaciares como el Perito Moreno están perdiendo masa, lo cual contradice lo anterior y lo que uno observa cuando está frente a él. El desplazamiento del glaciar está detenido por una saliente de la montaña que se le opone, y su volumen no rebasa una línea sin que se desgaje cayendo toneladas de él al lago que lo anida. El sonido de la liberación de la energía al caer o fracturarse la mole es similar al del disparo de un cañón, o al de un fusil, dependiendo de la cantidad que se precipita.

Volteé a las colinas cubiertas de bosques que se alzaban a mis espaldas negando la conmoción que me provocó el encuentro con él. Miré el rostro de Theresita que lo admiraba sonriendo, y otra vez lo enfrenté entre el follaje de los árboles que se nos interponían. Bajamos por unas escaleras hasta un mirador abarrotado de turistas que le tomaban fotos y hacían comentarios. Después del pasmo inicial me invadió la euforia al presenciarlo.

Estar aquí, vale el viaje completo pensé, estaba convencido que la naturaleza no podría ofrecerme otro espectáculo semejante. Eso mismo había pensado cuando cruzamos los Andes por la Aconcagua, y más adelante en un amanecer durante la travesía por fiordos e islas chilenas.

Sentí que el glaciar, libre en su ámbito, me miraba, mientras que yo podía estar en su mundo únicamente prisionero en una vitrina, en un escaparate; no era yo quien lo observaba sino el observado en mi nicho de seguridad. Esa posibilidad me hizo entender que ninguna lente podría captar aquello porque en su presencia, uno es poseído por lo majestuoso y esa particularidad que solamente tiene la grandeza es una cualidad que no puede plasmarse, solo puede asombrarnos al testificarla frente a personas, cosas, y fenómenos que la provocan. Su presencia es un callejón sin salida para la percepción, el fin del camino, es una de las aporias que ofrece lo existente.

No sé cuánto tiempo permanecimos arrobados por la presencia del glaciar, durante el cual Theresita hizo una buena cantidad de tomas. Esa helada grandiosidad la había visto solamente en el documental de Herbert Ponting sobre su viaje a la Antártida en la expedición de Scott para llegar al Polo Sur. Una zorra que caminaba bajo nuestra pasarela me distrajo. Sentí hambre, y fuimos a una cafetería colina arriba a comer el lunch. Estuvimos sin hablar, nos alimentamos, y coincidimos que el dinero gastado hasta ese momento valía el espectáculo.

Seguimos por un camino asfaltado que serpenteaba por la ladera buscando algo interesante, después regresamos al lago que vimos antes de arribar al glaciar.

Caminamos hacia la rivera, una costa pedregosa y cubierta de musgo donde las botas se hundían. Me detuve a ver las piedras, cantos rodados de río que tenían impreso el dibujo de una rama que se fosilizó en ellos como diminutos corales pintados con tinta negra indeleble. Cubrían una zona extensa. Buscaba entre ellos dos para llevarnos, uno para Theresita, donde el dibujo estuviera bien definido, y fueran además estéticos. Theresita con sus cámaras y tripié en mano hacia tomas a unos árboles secos que surgían de entre el agua del lago, y que habían crecido en la orilla. Eran una contradicción, estaban sedientos de vida en medio de una cantidad infinita de líquidos que los hubieran nutrido. Me subí a uno derribado a observarla en su trabajo. El lago era un espejo de acero, quieto, similar en su silencio a la nieve después de cubrir la superficie de la tierra. A lo largo de su costa, se levantaban cerros como cúmulos plomizos y estériles.

Después de ayudar a Theresita a quitarse los cardos y cardillos de la ropa caminamos al auto; seguimos, y adelante nos detuvimos otra vez y repetimos la operación anterior.

No había luz suficiente para seguir haciendo tomas cuando regresábamos al Calafate.