REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

El libro y la cultura hispanoamericana de Ernesto de la Torre Villar


El Búho

Ernesto de la Torre Villar, nacido en Puebla, fue un historiador notable, a cuyo paso sembró el país con excelentes libros. Un investigador reflexivo, atento a los documentos que estudiaba o descubría en París, Madrid o México. Como profesor fue asimismo ejemplar. Sus muchos alumnos en la UNAM lo recuerdan con emoción, respeto y cariño. Pero no sólo fue un gran historiador, fue asimismo un enamorado del libro. Escribió sobre su importancia y sus méritos. Para él la lectura era fundamental. La humanidad mejoraba a través de los libros, no sólo servían para perpetuar el conocimiento, asimismo para enriquecer el espíritu del ser humano. Es el mejor instrumento creado por el hombre para mantener vivas las artes, la ciencia y la cultura. Sobre los libros escribió otros libros y al fin recogió discursos y ensayos sobre su importancia. Lo hizo convencido del valor que emana de cualquier obra.

En este número, El Búho ha tomado un capítulo de Elogio y defensa del libro para darle una idea a nuestros lectores del amor-pasión, también delicado y tierno que Ernesto de la Torre Villar sintió por la palabra escrita.

En estos momentos en que las nuevas tecnologías parecen arrumbar al libro, la obra del historiador revela su completa y gran importancia. Por ahora el libro y la pantalla coexisten, en algún momento el primero se quedará en los museos, sí, pero sobrevivirá dentro de computadoras y sistemas electrónicos. Es decir, el libro jamás desaparecerá, a lo sumo modificará su forma tradicional.

La pasión del maestro Ernesto de la Torre Villar nos lega algunas de las más hermosas palabras de elogio al libro y su larguísima y trascendental vida.

EL LIBRO Y LA CULTURA HISPANOAMERICANA*
ERNESTO DE LA TORRE VILLAR


Entre las más serias y profundas preocupaciones que los dirigentes de las naciones hispanoamericanas tuvieron al independizarse de España se cuentan: asegurar definitivamente su emancipación política; alcanzar la igualdad socioeconómica de sus pueblos; organizarse como entes jurídico-políticos autónomos; liberarse de toda sujeción ideológica, y transformar a sus pueblos en naciones cultas y progresistas. Es indudable que no todos los países americanos percibieron en el mismo momento estos problemas y que estos no se presentaron en la misma forma en cada uno de ellos, pero sí está fuera de duda que los aspectos señalados ocuparon la atención de nuestros próceres durante muchos años y que varios de ellos aún siguen preocupando a nuestros gobernantes.

La Ilustración europea que normó la mentalidad de los emancipadores, confirmó en ellos una de sus más amplias preocupaciones, la de liquidar la ignorancia general y elevar el nivel cultural del pueblo. Estaban conscientes los próceres americanos de que no era posible formar naciones progresistas y cultas con masas rudas e ignorantes. Para que esas masas pudieran utilizarse como algo más que carne de cañón en las batallas, era indispensable crearles una conciencia de su capacidad, instruirlas, para “transformar su alma de siervo en un alma de ciudadano”.1 Tal transformación sólo se lograría a través de la educación, la cual se consideró obligación y derecho de los gobernantes, del Estado, el cual a través de la cultura debería realizar mejor sus finalidades. Si los déspotas ilustrados, María Teresa, José y aun Carlos III habían prohijado en forma intensa la instrucción pública y preocupándose por extenderla entre todas las capas de la población, aun las más desheredadas, los gobiernos republicanos resultaban mucho más obligados a utilizar la educación y la cultura para elevar a su pueblo, para hacerlo gozar de los beneficios de las ciencias, las letras y las artes, pero también, y esto era muy importante, para crearle una auténtica conciencia de ciudadanos, conscientes de sus derechos cívicos, de sus obligaciones en torno a la sociedad, y también para preservarle por ese conocimiento y su ejercicio, de todo sistema dictatorial que ahogaba la iniciativa individual, el ejercicio de los derechos civiles y el disfrute de las garantías que los hombres tienen por el simple hecho de serlo.

Esta razón fue la que impulsó a los creadores de los países hispano americanos a realizar notables esfuerzos civilizadores: promoción de la instrucción pública declarada obligatoria, gratuita e impartida por el Estado; transformación de las instituciones de enseñanza superior existentes, de elitistas y de estructura clerical, en instituciones populares, abiertas a la enseñanza de las ciencias modernas; fundación de bibliotecas y salas de lectura, museos, gabinetes de experimentación científica; adopción como garantía general de la libertad de imprenta necesaria para expresar sin obstáculos el pensamiento, sin más limitaciones que las que imponían la moral y la seguridad del Estado.

A ese anhelo continental débese la erección por Mariano Moreno de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires, la creación en México de salas de lectura que Fernández de Lizardi proclamara; la declaración de los constituyentes de Apatzingán de que “la instrucción como necesaria a todos los ciudadanos, debe ser favorecida por la sociedad con todo su poder”, y la obligación impuesta al Congreso de “cuidar con singular esmero de la ilustración de los pueblos”.2

Multitud de testimonios de las primeras décadas del siglo XIX revelan en toda América esa ansia de renovación cultural. En México son numerosas las voces que reclaman a las autoridades prestar mayor atención a la instrucción del pueblo. Fernández de Lizardi en varios números de El Pensador Mexicano insta a las autoridades a preocuparse por “desembrutecer e ilustrar al pueblo”; propone medios, crea métodos y recoge las ideas más salientes del educacionismo europeo en su noble afán. Con inmenso celo escribe amplios y frecuentes artículos en los que precisa los principios esenciales de la educación, y señala sus finalidades específicas, entre otras: despertar en el pueblo la conciencia de ser libre, enseñarle el cumplimiento fiel de sus obligaciones y derechos y así preservarle de una vuelta a la dependencia y al absolutismo. Un artículo suyo, “Sobre la educación popular”, del 16 de junio de 1815 concreta sus ideas a este respecto al decir:

                   Es menester creer y confesar que mientras no haya cuidado en un pueblo católico de instruir a su mayor parte en los principios de nuestra religión, en la sana moral, y en aquellos primeros rudimentos de leer y escribir bien, jamás sabrá usar de su razón y sus potencias, ni menos las obligaciones que lo ligan con Dios, con el rey, consigo mismo, ni con los demás hombres.
                   Sólo los tiranos han procurado en todos tiempos destruir los caminos que conducen a los pueblos a su mayor ilustración. Tanto déspotas como bárbaros han creído que en la ignorancia de aquellos hombres infelices, que trataban como esclavos, consistía la seguridad de sus ensangrentados tronos. Por esto, unos desterraron a los filósofos de sus estados, otros quemaron las más preciosas bibliotecas y todos conspiraron contra aquellos pocos hombres que se decidían a desengañar a sus semejantes de algunos errores…3

La multiplicación de las escuelas y el cuidado de dotarlas tanto de maestros competentes como del material necesario para la enseñanza, era lo que proponía Lizardi para transformar la sociedad mexicana.

Más sistemático y profundo, verdadero ideólogo y promotor de la cultura mexicana, fue el doctor José María Luis Mora. Creía con firmeza en el poder de la educación como fuerza de transformación social y luchó por instaurar un sistema educativo que a la vez que instruyera en las letras, ciencias y artes a los individuos, formara su carácter, su conciencia, los hiciera miembros útiles de la sociedad y del Estado. Sería éste, el Estado, el encargado de dirigir la educación, pues a través de ella crearía una conciencia nacional que favorecería la existencia de la República y la formación de ciudadanos que cambiarían a la sociedad y al país.

Los esfuerzos del doctor Mora, apoyados por un grupo valioso de liberales, dieron origen a importantes reformas educativas que no cristalizaron debido al temor que inspiraron a los grupos ultraconservadores. La creación de la Biblioteca Nacional proyectada en 1833 habría que posponerse para épocas mejores. Hay que señalar que destacados hombres que no militaron en la extrema liberal, pero igualmente ilustrados, también propiciaron la reforma de la instrucción pública y apoyaron la fundación de instituciones de cultura, como Lucas Alamán y Carlos María de Bustamante.

La gran reforma ideológica planeada por el doctor Mora, que pudo haber cooperado a un desarrollo pacífico y positivo del país, no pudo realizarse sino treinta y cinco años más tarde, con una generación de hombres que a la vez que empeñaron todas sus energías y valor para salvar la independencia del país venciendo en lucha desigual al extranjero invasor, trazaron con extraordinario cuidado la transformación cultural del país como base indispensable para su evolución política y social.
A partir del mes de agosto de 1867, los reformistas mexicanos dotaron a la República de una serie de instituciones, y más que eso, de una ideología, de una filosofía cultural, tan operantes que modificaron totalmente la mentalidad nacional. Tan trascendente, tan orgánicamente tramada, tan bien planteada fue la política cultural de la Reforma, que el país ha seguido viviendo de la bondad de esas instituciones, de los beneficios que de ellas emanaron.

La Biblioteca Nacional de México, creada definitivamente el mes de noviembre de 1867 gracias a los esfuerzos de Antonio Martínez de Castro y José María Lafragua, apoyados por Juárez, Lerdo e Iglesias, hizo posible que los esfuerzos de Mora de 1833, los del presidente Salas de 1846 y de Ignacio Comonfort de 1857 se hicieran realidad. Todos ellos habían advertido la importancia civilizadora de los libros y la necesidad de apoyar el desarrollo cultural en la existencia de buenas bibliotecas. La labor efectuada por Lafragua y más tarde por José María Vigil para organizar los inmensos e importantes fondos bibliográficos con que se formó la Biblioteca Nacional y para complementarlos con libros modernos con los cuales los mexicanos podían estar al día en todos los adelantos científicos y técnicos; su intensa actividad de promoción editorial; la creación paulatina de bibliotecas especializadas en medicina, ingeniería, física, química y ciencias sociales con que se dotó a nuestros institutos de cultura, sólo es equiparable al enorme esfuerzo realizado por Domingo Faustino Sarmiento en la región austral de nuestra América, pues tanto en el austro como en el septentrión hispano americano, nuestros mejores hombres empeñáronse en sostener intensa lucha contra la barbarie. México a más de esa lucha, tuvo que realizar otro gran esfuerzo: combatir desesperadamente, pero con fe inmensa, para sobrevivir como nación amenazada por agresores del exterior. Ese combate llevó a México más de dos décadas de lucha que le impidieron atender los problemas internos con plena eficacia. Sin embargo, ese tiempo fue el que se trató de recuperar febrilmente a partir del triunfo de la República sobre el imperio. ¡Hermoso combate por la libertad y el derecho de ser una nación, un país culto y progresista!

Infinidad de testimonios, repetimos, podríamos aportar para mostrar cómo América hispana realizó, en medio de convulsiones internas y de amenazas exteriores de extrema gravedad, grandes esfuerzos para acrecentar la cultura del pueblo como medio de transformarlo social, política y aun económicamente, y cómo en todos y cada uno de nuestros países fueron efectuándose cambios positivos, más rápidos y eficaces en algunos, tardíos y transitorios en otros. De toda suerte no hubo república hispanoamericana en la que no se hayan sentido vivos anhelos de renovación intelectual y espiritual, que no haya aportado hechos significativos de un cambio cultural benéfico.

Por tratarse de una acción de eficacia singular, significativa por su valor, influencia y permanencia, de algo muy peculiar en nuestro desarrollo histórico cultural, y además por ser representativa en su más alto grado de un fervor y furor cultural extremos, mencionaremos la campaña que en favor de la difusión del libro y la creación de las bibliotecas realizó en Chile y en Argentina Domingo Faustino Sarmiento.
Sarmiento, refugiado en Chile huyendo de una dictadura, apoyará la obra benemérita de don Andrés Bello, interesado en transformar cultural y jurídicamente ese país, en que creyó posible cristalizar los ideales libertarios por los que tanto había luchado desde su juventud, mano a mano con Bolívar. En Santiago, a través de varios periódicos: El Mercurio, El Monitor de las Escuelas Primarias y otros más, efectuó intensa campaña en pro de la instrucción del pueblo, del libro y de las bibliotecas.

A semejanza de Lizardi, escribirá sobre el estado intelectual de la población y, como aquél, coincidirá en señalar su atraso e ignorancia.

                                  Es el trabajador el instrumento de la riqueza y mal puede labrarse la tierra con instrumentos embotados, que no es otra cosa el labriego rudo, incapaz de realizar, cuanto más de concebir idea alguna que se aparte del estrecho círculo de sus prácticas ignorantes.4

Y ante la inmensa tarea que se presentaba a todos los gobernantes, y frente a la imperiosa necesidad de utilizar todos los medios que estaban a su alcance, valora la importancia de la escuela y la importancia del libro.

                                    La escuela es sin duda un primer paso para la posterior instrucción de los que a ella concurren, pero la escuela no contiene en sí la instrucción misma, y aun aquellos rudimentos que proporciona, son sólo simiente sembrada para otra generación y otra época. No así la biblioteca; ella encierra o podrá encerrar en sus estantes un prontuario de todos los datos, nociones y conocimientos que forman el caudal de las ideas de nuestra época.5

Y en otra parte asienta: “La escuela y el libro, o más bien la biblioteca, son dos cosas que se suponen la una a la otra. Los libros piden escuela, las escuelas piden libros”. Tras esta reflexión e insistiendo en la acción formativa de la biblioteca, en su función complementaria de la escuela, nos dice: “La prueba de que una escuela es buena, sería saber si sus alumnos leen en sus casas o en las bibliotecas”.6

Esta creencia en el valor del libro, en su acción mutante y en el papel que en la formación de la cultura realiza la biblioteca, a la que define como el agente más poderoso para la difusión de los conocimientos útiles, es la que impele a Sarmiento a recomendar a través de diversos artículos escritos a partir de 1841 en El Mercurio, la creación de sociedades de lectura, semejantes a la que en Filadelfia fundara Benjamín Franklin y que originó la fundación de numerosas bibliotecas populares.
En 1853, al otorgarse a Sarmiento el segundo lugar en el concurso que el gobierno chileno abrió para premiar los trabajos en torno al tema: Influencia de la instrucción primaria en las costumbres, en la moral pública, en la industria y en el desarrollo general de la prosperidad nacional, afirmó en su obra Educación común, lo siguiente:

                                     Quien dice instrucción dice libros. Sólo los pueblos salvajes se transmiten su historia y sus conocimientos, costumbres y preocupaciones por la palabra de los ancianos. El Cristianismo tiene por base las escrituras. De la esencia de su doctrina dijo el Divino Maestro: Es la ley y los profetas; yo no vengo a derogar las escrituras. Nuestra civilización cristiana es, pues, esencialmente escrita; el libro es su base y mal cristiano será el que no sepa leer.

De la misma boca salió esta otra amonestación:

                                  Mirad, no tengáis en poco a estos pequeñuelos. Y muy en poco los tienen los que los dejan crecer en la ignorancia, morir en la destitución hereditaria, o depravarse en hombres groseros e inmorales. La educación primaria, es pues, eminentemente cristiana.7

Una vez fundamentada la importancia de la instrucción y de la escuela, Sarmiento recomienda la necesidad de contar como apoyo y complemento de una y otra, con buenos y numerosos libros. Sarmiento, que vivió ilusionado por crear en nuestros pueblos instituciones y sistemas escolares tan efectivos y numerosos como los de Estados Unidos, que pensaba eran los que habían provocado el desarrollo extraordinario y progreso de aquel país, se apoya en el considerando de la Ley de Massachussetts de 1837 en favor de la instrucción pública y las bibliotecas, para urgir la adquisición y edición de libros, no de novelas que era lo que comúnmente se leía, sino de obras de historia, geografía, viajes, ciencias, biografías. Por ello transcribe la parte relativa de la ley mencionada que contenía su pensamiento:

                                   ¿De qué sirve enseñar a leer a nuestros niños, si no se les proporcionan facilidades para adquirir libros? Las llaves de los conocimientos son inútiles para quien no tiene a su alcance el libro que ha de abrir con ellas.8

Y ante el desolador panorama editorial existente en nuestros países planea con ambiciosa visión la creación de una editorial denominada “Biblioteca popular” que, como señala, debe ser una institución pública, no particular, y que edite libros especialmente calculados para que cumplan su función civilizadora. Después planeó más ampliamente su idea, proponiendo una obra conjunta latinoamericana que permitiera que todos los países editasen obras convenientes, las cuales permutarían entre sí. Propondrá que los congresos hispanoamericanos aportasen crecidas sumas para hacer ediciones de libros de enseñanza, traduciendo los que estén en lenguas extranjeras, a fin de fomentar el desarrollo de la imprenta y la circulación de las ideas modernas, lo cual, afirma:

                                 ...ha [sido] olvidado más de una vez por nuestros hombres de Estado que se lamentan o se complacen, según lo entienden, del daño que ellos mismos hacen con leyes y amaños que sirviéndoles para casos del momento, aniquilan por medio de trabas todo desarrollo posible de la difusión de los libros.9

Al darse cuenta de la pobreza editorial hispanoamericana, de la ausencia de buenos libros de enseñanza en español y de la ignorancia que se tenía de otros idiomas, Sarmiento propondrá a la editorial que planee la adaptación y traducción de libros de texto utilizados en otros países. Por ello dice:

                                     ...los libros mismos, que son los almacenes del saber, no vienen ya preparados para nosotros y tales como los necesitamos, es decir, en nuestro idioma y para la lectura común. Los libros necesitamos hacerlos en casa y ya que nuestro saber no alcance a crear los conocimientos de que son conductores y propagadores, podemos vaciando, por decirlo así, en nuestro idioma, los tesoros que en este género poseen otras naciones, hacer nuestro el trabajo de todo el mundo.10

En este sentido la voz de Sarmiento coincidía con los actuales dirigentes del Tercer Mundo que expresan ansiosamente la necesidad de aprovechar la cultura universal sin obstáculo ni limitación alguna.

Él mismo da el ejemplo traduciendo y adaptando para la enseñanza el libro de Luis Figuier, Exposición e historia de los descubrimientos modernos e insistiendo en esa labor, ya que los libros técnicos y científicos resultaban indispensables para salir del atraso en que se vivía, pues si no éste, asienta, aumentará a medida que los otros países adelantarán y así siempre permaneceremos rezagados. Junto a las obras científicas y técnicas, propondrá la traducción e impresión de las historias de Robertson y Prescott acerca de Carlos V y Felipe II, las de Washington Irving y los relatos de viaje de Cook, pues la historia y la biografía, afirmaba, despiertan el espíritu cívico. Era evidente que todavía por los años en que Sarmiento escribía no se había elaborado una aceptable historia de todos y cada uno de nuestros países, y por ello se tenía que recurrir a interpretaciones extranjeras de la historia de España y la colonial de América. Al igual que el doctor Mora, propondrá la lectura de biografías que presenten nobles y grandes ejemplos, no ejemplos de vidas de santos, sino de héroes cívicos a los que se debía imitar. La biografía cumpliría así su alta misión, la cual es educar a la humanidad, excitando en ella la admiración y el deseo de acercarse a los grandes modelos: Washington, Franklin, Herschel, Cuvier, Colón, Fergusson, Duval, etcétera. Cada uno de ellos enseña algo que puede ser imitado.11

Con desesperación que raya en la angustia y con un sentimiento de desamparo, advierte cómo América, después de la Independencia, se encontró carente de un apoyo y de una tradición cultural que constituyera su fuerza, su razón de ser. Ansioso de un cambio que como a muchos liberales llevó a romper del todo con lo que representara lo español, considerado como sinónimo de atraso y sujeción, advirtió que se carecía de una base, que todo había que hacerlo de nuevo, que había que crear una cultura propia adecuada a las circunstancias, utilizando los aportes de las naciones más adelantadas. A eso se debe este trozo singular que representa un juicio muy duro en contra de la influencia cultural de España:

                           Entre nosotros, en América, no es necesario acercarse a la clase ínfima para sentir que todos los hilos que nos unen al mundo están rotos o al menos flojos. Biografías, ¿las de quien conoce la generalidad?, historia ¿no sabe lo que ello sea? Tradición. Hay silencio profundo en el alma. Los promaucas [sic] están a dos generaciones para arriba, o aventureros obscuros que al fijarse en este suelo virgen, olvidaron sus pocos recuerdos de su antigua patria. ¿Canciones populares? No existe una sola si no son cantares de amor, prosaico e innominado. ¿Ciencias, artes, monumentos? Yo me admiro de cómo vivimos, y la sabiduría de la Providencia que liga los idiomas a la existencia de los pueblos, y cómo los mata a veces, o los anula, sin otra cosa que una lengua que no es vehículo de los medios de desenvolvimiento que épocas nuevas imponen a los pueblos. Cuando bastaba ser esforzados en la guerra, cualquiera lengua, la de Atila, como la de Cortés, podía hacer la gloria y la felicidad de un pueblo pero hoy, que al calzado de nuestros pies concurren la química y la botánica; al vestido todos los climas de la tierra y todos los poderes de la mecánica, que nuestros trigos necesitan para fecundarse más que del sol, de un mercado que no está en nuestra mano tener, sino a condición de rivalizar con los productos de la industria de los pueblos más inteligentes, me admiro de que estemos viviendo aún y haya esperanzas de sobrevivir por largo tiempo.12

Algo que era tan vital para nuestras naciones, como su lengua, llega a parecer a Sarmiento como un obstáculo para su progreso. La falta de instrumentos culturales en español, los que aportaban elementos para un desarrollo científico y tecnológico, lo conduce angustiado hasta desear un cambio idiomático que permitiera absorber y utilizar rápidamente el adelanto cultural que observaba en otras naciones europeas y en Norteamérica. Por ello llega a escribir al mencionar la situación general de Latinoamérica: treinta millones de seres que hablan español “se revuelven —afirma— en el cieno de su inferioridad y decadencia, sin intentar un esfuerzo para salir de él, ellos o sus hijos”. Y agrega:

                                     Si fuera posible cambiar idiomas voluntariamente, como se cambia la forma del vestido, el hombre de Estado propendería cambiar el idioma inviable, por otro más conductor de los conocimientos humanos. Hácese esto con los dialectos que el Estado logra extinguir al fin, como nocivas vegetaciones de la planta principal. Hácelo la mano de la Providencia sustituyendo unos pueblos a otros en cada punto del globo a medida que pierden las cualidades que requieren para su conservación, en relación a su época y las circunstancias que los rodean.13

En su admiración por el desarrollo científico y técnico de los países anglosajones, Sarmiento tuvo que adoptar una posición anticientífica, teñida de un darwinismo social que resultaba demasiado peligroso para nuestros pueblos. De toda suerte, su fervor por la educación y la cultura como medios de transformación de los pueblos se mantuvo muy vivo en él. A su vuelta a Argentina proseguiría esa labor con todo entusiasmo y a él habrá de deberse la creación de sólidas instituciones que elevaron el nivel cultural de su patria.

La lucha que Sarmiento realizara en Chile por destruir la barbarie y el atraso que imperaban en nuestros pueblos y contra los cuales se alzaba como paladín, la continuó en su patria, Argentina, una vez vencido el régimen de Rosas.14 Como la incultura y las formas despóticas de gobierno eran generales, Sarmiento pensó siempre en un combate general. Aun en Argentina y cuando la voluntad de su pueblo le llevó a ocupar la más alta magistratura, continuó haciendo esfuerzos que tendían a impulsar la educación e ilustración de nuestros pueblos como medio de vencer la barbarie. En un artículo sobre “Las bibliotecas parroquiales” que publicó en El Nacional de Buenos Aires el 14 de mayo de 1856, señala que las Bibliotecas Nacionales de Chile y Argentina no cumplen su cometido, pues sus colecciones envejecían muy pronto, por lo que había necesidad de crear pequeñas bibliotecas, sugiriendo una red de bibliotecas parroquiales o populares bien distribuidas que pudieran servir mejor para fomentar la instrucción pública.15

Más tarde, en 1866 al publicar su estudio: Las escuelas, base de la prosperidad y de la República en los Estados Unidos, hace una reseña de la situación bibliotecaria hispanoamericana, en donde, afirma, poco se lee. Menciona que en varios países existen interesantes y ricas bibliotecas conventuales, dotadas de obras de alto nivel, pero poco útiles a todo el pueblo. Nombra algunas bibliotecas eclesiásticas de Lima, enriquecidas en sus fondos pero aún pobres, y afirma que a las bibliotecas hay que renovarlas de continuo, puesto que muchas obras envejecen en su contenido y es menester mostrar siempre al pueblo los aspectos cambiantes del mundo; y ante la ausencia de obras científicas en español, insiste en la necesidad de traducir lo que llama la atención del mundo, además de crear el mercado de libros, el lector y las bibliotecas.16

Con extraordinario empeño e indomable decisión, Sarmiento realizó en Argentina notable y eficaz acción. Así, al terminar su periodo de gobierno en 1874, Sarmiento pudo resumir su labor en favor de la cultura diciendo que con ella había obtenido: “un alto desenvolvimiento de la inteligencia y de la moral política de las muchedumbres, en otro tiempo origen y estímulo de aquellas largas perturbaciones sociales” padecidas anteriormente, y ratificar su deseo de asociar a toda América en una labor de difusión editorial y de organización de bibliotecas populares.17

Aun cuando los frutos obtenidos fueron grandes, Sarmiento insistía en su tenaz actividad tendiente a colocar a nuestros países a la altura de los más adelantados. En su conferencia sobre bibliotecas populares leída el 20 de julio de 1883 ante la Asociación Bernardino Rivadavia, que se había consagrado a la manera de Franklin a crear bibliotecas populares, Sarmiento compara la producción editorial hispanoamericana en su conjunto con la de Estados Unidos, y considera que el balance era desfavorable a nosotros.

Señala la existencia de contados fondos útiles en nuestras bibliotecas y cómo los esfuerzos editoriales de varios países eran aún insuficientes. No dejaba Sarmiento de reflexionar en que la industria librera era en nuestros países muy incipiente, que había que fomentarla y aumentar los lectores y los suscriptores de esas obras para que pudiera subsistir la industria editorial. Aun el loable esfuerzo de Rivadeneyra que trataba de salvaguardar los testimonios de la cultura española le pareció poco útil, pues su deseo era contar con obras no retrospectivas, sino actuales, con obras que, proporcionando al pueblo una información precisa y completa del estado de la ciencia y la cultura universal, la europea y la norteamericana por entonces, le permitiera auspiciar un desarrollo cultural semejante. Pensaba que las obras que se requerían y deberían publicar tenían que ser tan efectivas, tan actuales y tan amplias, como las de la Enciclopedia del siglo XVIII.
Esta idea la reiterará de continuo. En 1888 al agradecer la imposición de su nombre a una biblioteca, escribe ante la carencia de libros:

                                     No tenemos libros nuevos que leer en nuestra lengua y en cincuenta millones de españoles con veinte gobiernos independientes, con cincuenta congresos, con quinientas imprentas en actividad y diez mil literatos que se honran en escribir en castellano, aunque el castellano no se honre mucho de tenerlos a ellos por intérpretes, en tan erguida aristocracia y con tan aturdida canallada, dándose taco de naciones, no se ha intentado todavía, ni en Europa ni en América, ni en la perla de las Antillas que en achaque de lenguas vale una nación entera, publicar un solo número de la Biblioteca científica internacional, de que van publicados cincuenta y ocho volúmenes que leen a un mismo tiempo en francés, en inglés, en alemán, en ruso, en italiano, diez millones por lo menos de gentes cultas, sin pretender ser sabios, menos en castellano, la lengua de Cervantes, que no sirvió nunca sino para ensartar disparates, con licencia del ordinario antes, y hoy sin restricción alguna, con la libertad ilimitada de imprenta que viene a poner el colmo. ¡Qué quiere usted que digan, si no leen, no saben nada! 18

Así tan tajante, tan radical, Sarmiento actuaba por transformar la cultura hispanoamericana, por dotar a todos los pueblos de ascendencia hispánica de los instrumentos científicos y técnicos que les permitieran cambiar su ideología para que cambiándola por una más moderna y eficaz pudieran transformar a sus pueblos. Pensaba Sarmiento que la lucha contra la barbarie, que el imperio de la civilización y del progreso sólo sería posible cuando se alcanzara el adelanto científico y técnico que los países más adelantados de la tierra gozaban; cuando los hispanoamericanos pudieran aprovechar por sí solos los logros del pensamiento universal manifestado en los libros. El pensamiento científico europeo representaba la clave para la transformación de nuestros pueblos. El impulso educativo y cultural a la manera de Norteamérica, que había logrado un progreso material e intelectual considerable, era el modelo a seguir. El libro era el instrumento a utilizar en esa magna tarea que él se había asignado: no educar solamente a los niños, sino a los pueblos.

A través de estos tres personajes, Lizardi, Mora y Sarmiento, los más señeros por su esfuerzo educativo y por su creencia en el valor del libro, hemos tratado de representar la conciencia que en América se ha tenido desde hace ciento cincuenta años respecto de la cultura popular, en relación con la idea de forjar pueblos que a través de la cultura puedan garantizar su libertad, su bienestar; y como se ha entendido que en esa labor el libro es el instrumento más eficaz de transformación, puesto que en él se encierra el pensamiento, se conserva no fosilizado, sino actuante. En él, el hombre nuevo que lo lee halla un nuevo mensaje cada día, un nuevo estímulo transformador. Ahí no se pierde, como ocurre con otros medios de comunicación y a través de otros libros a que da lugar, está siempre actuante, en, renovación continua.

*De la Torre Villar, Ernesto. Elogio y defensa del libro. UNAM. Dirección General de Publicaciones. México, D. F. Cuarta Edición, 1999.


NOTAS:
1 Jean Sarrailh, La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII (trad. de Antonio
Alatorre) México, Fondo de Cultura Económica, 1957, 785 p., ils.
2 Ernesto de la Torre Villar, La Constitución de Apatzingán y los creadores del Estado mexicano, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas (Serie Documental, núm. 5) 1964, 425 p., ils. Se trata de los artículos 39 y 117 del Decreto Constitucional de Apatzingán del 22 de octubre de 1814.
3 José Joaquín Fernández de Lizardi, Obras, vol. IV. Periódicos (Recopilación, edición, notas y presentación de María Rosa Palazón M.). México, UNAM, 1970. 441 p. En el número XII de la Alacena de Frioleras, aparece su escrito “Sobre la educación popular” en el cual, a más de los trozos citados, hallamos otros que precisan su interés por la educación y la cultura. Uno, apoyado en la autoridad de un benedictino francés. Nicolás Jamin a quien llama sabio eruditísimo, dice: “Que lo que más necesita un Estado son buenos ciudadanos, y estos no los forma la naturaleza sino la buena educación” (p. 75); y ante los males que la ignorancia provoca, escribe Lizardi:
“¿Y qué remedio será el propio, el único, el justo, el mandado por nuestros reyes, el sancionado por las leyes y el dictado por la razón y la justicia?
“La multiplicación de las escuelas, el cuidado así de dotarlas, como de que sus directores sean hábiles, y, lo más importante, el celo y actividad para que nadie pueda tener excusa para mandar a sus hijos a las dichas escuelas.”
Muchas otras obras de Lizardi ofrecen testimonios claros y vigorosos en tal sentido.
4 [Domingo Faustino] Sarmiento, Páginas selectas de... sobre bibliotecas populares. Advertencia de Juan Pablo Echagüe, Buenos Aires, Comisión Nacional de Homenaje a Sarmiento. 1939. pp. 32 y ss. Menciona ahí mismo que la educación se vale de la lectura y que fomentándola es posible transformar a los pueblos. Cita el caso de varios estados europeos en los cuales las reyertas religiosas impusieron la necesidad de la lectura, de donde derivó una gran preocupación por la cultura. Y añade: “los pueblos que no se preocupan por ella viven en retardo respecto a aquellos que sí lo hicieron”.
5 Ibídem, pp. 39 y ss. En ese trozo respondía a Andrés Bello, quien el 26 de agosto de 1856, siendo rector de la Universidad de Chile, le escribió felicitándolo por su labor en pro de la educación popular.
6 Ibídem, p. 33.
7 Ibídem, p. 34.
8 Ibídem, p. 32-33. Y frente a la necesidad de educar ya no a los niños sino a los pueblos, para lo cual era necesario contar con los libros adecuados. Sarmiento agrega:
“Muchas desazones nos ha costado ya insistir en estas verdades cuán triviales son, y a riesgo de experimentarlas cada vez más duras, habremos de insistir siempre sobre lo mismo. ¿De dónde nos proveemos de libros? ¿Qué libros nos vienen de fuera? ¿Cuántos libros y sobre qué materias ven al año la luz en nuestra lengua? Cuestiones utilísimas son éstas que debieran haberse estudiado con prolijidad. ¿Por qué la erudición bibliográfica de nuestros literatos americanos no se ha propuesto contar y clasificar el repertorio de los libros que proveen en nuestro propio idioma de instrucción al mundo hispanoamericano?”
Señala Sarmiento que en las bibliotecas particulares hay libros en varios idiomas, pero que ellos no llegan a la multitud. También añade que las obras arriban a América con un retraso considerable y que sin libros técnicos y científicos, indispensables para salir del atraso en que se vive, nuestros pueblos no podrán progresar. Como se advierte, ya desde los años de Sarmiento, la dependencia cultural en todos sus aspectos era intensa y el retardo en la información muy grave.
9 Ibídem. p. 65 y ss. Pensaba Sarmiento que dada la pobreza de los países hispanoamericanos y que todos ellos tenían las mismas carencias culturales, la solución para todos debía ser común y apoyada por todos. Aisladamente poco podían hacer, en cambio, unidos, su esfuerzo sería más efectivo; por ello propone a base de la unión latinoamericana, la creación de editoriales que publicando cada una libros diferentes en gran escala, puedan permutar unos con otros sus obras. Para ello, los congresos respectivos deberían aportar fuertes cantidades que permitirían la impresión de libros de enseñanza, ciencias, viajes, exploraciones y la traducción al español de obras útiles, con el fin de que se fomente el desarrollo de la imprenta y la circulación de las ideas modernas. Y al reflexionar Sarmiento sobre la viabilidad de esta idea, no podía desistir de su realización, pese a la terrible realidad por la que atravesaba la mayor parte de las naciones hispanoamericanas. Por ello escribe lo que por representar un valioso testimonio de la época no podemos dejar de transcribir:
“Cuan vasta parezca la idea, téngase presente que en cuarenta años nada han hecho los Estados sudamericanos que merezca tenerse en cuenta a favor de la difusión de los conocimientos, y menos por anudar los vínculos rotos de la familia hispanoamericana, entregada a la orgía de las revoluciones, o al pillaje, violencias y desmanes del primero que se puede alzar con el poder para ensayar absurdos condenados ya por tantos desengaños. Bolívar, San Martín, Iturbide, O’Higgins, Freire, Santa Cruz, Flores, Rosas, Rivera, Oribe. Páez, los Carreras, Echenique, Obando, Ballivian, muertos en el desierto o en el cadalso, o viviendo en el olvido, abrumados algunos por el legítimo desprecio de los pueblos, nada han enseñado a los modernos equilibristas que tomando por balanza una pica, vienen en pos a mostrarnos su habilidad, para hacer muecas de despotismos personales en la cuerda floja del gobierno, ocupando las horas de trabajo que son siglos de retardo entre nosotros, en hacer contorsiones para mantenerse por más tiempo en equilibrio, hasta que un día despachurran a los pueblos mirones de estas farsas con sus vergonzosas caídas para ceder el lugar a otro majadero pretencioso que principia el mismo juego. ¡Ah! ¡Y qué países, qué pueblos y qué hombres! ¡Qué le sucede a México en este momento, sino desangrarse y morir por estorbar que se llame Su Alteza Serenísima un perdulario que no alcanza a concebir mejor idea de la grandeza humana, y cuánto no acaba de costarle a Nueva Granada impedir que un cabo de la guarnición de las cárceles de la capital se erija en dictador! Cuántos millones perdidos, cuánta inmoralidad sembrada, cual abrojos para que desyerben los venideros, y sobre todo, cuánto tiempo en afianzar con puntales edificios incongruentes, fundados sobre el fango de inmoralidad, de fraudes y violencias que tienen por base!”
10 Ibídem, pp. 39 y ss. En su misiva a Bello, le señala la necesidad de efectuar en América una labor editorial intensa y al mismo tiempo crear, como se había hecho en los Estados Unidos, una amplia red de bibliotecas populares que apoyaran la acción de la escuela; bibliotecas abiertas a todo el mundo, sin restricciones por razones de sexo, edad, ubicación, situación social, bien dotadas y que pudieran prestar sus libros a domicilio. Creía Sarmiento que la necesidad de lograr en América una transformación rápida, una reforma efectiva, imponía la necesidad de utilizar cuanto bueno hubiera en los países más adelantados.
11 Ibídem, p. 48. En este sentido, la opinión de Sarmiento coincide con la de Mora al desear dar a la juventud americana modelos qué imitar, no modelos exclusivamente religiosos, sino laicos, en los cuales las virtudes de patriotismo, valor, honradez, independencia de criterio, tolerancia, pudieran servir para normar caracteres y afianzar la personalidad ciudadana. Pocos años después que Sarmiento, un gran educador, Justo Sierra, insistirá en la necesidad de crear un santoral cívico que proporcionara a la juventud mexicana, a manera de excelente dechado, los modelos a imitar.
12 Ibídem, p. 49.
13 Ibídem, pp. 48 y ss.
14 Ibídem, p. 127. Efectivamente, una vez que en Chile realizó ingente labor y derrumbado en Caseros el régimen dictatorial de Rosas, la barbarie como lo denominaba. Sarmiento retornó a la Argentina en donde puso en juego sus ideas habiendo obtenido gran éxito. El apoyo que dio a la educación logró la transformación de la Argentina que a partir de entonces y después de los Estados Unidos cuyos sistemas adaptó, se convirtió en el país más adelantado desde el punto de vista de la educación. Al hablar en 1874, una vez que concluyó su periodo de gobierno, Domingo Faustino mencionaba que el esfuerzo cultural realizado había logrado “un alto desenvolvimiento de la inteligencia y de la moral política de las muchedumbres, en otro tiempo, origen y estímulo de aquellas largas perturbaciones sociales que he mencionado”. Y también insiste en su proyecto de asociar a todos los países en una magna obra de difusión editorial y de creación y organización de bibliotecas populares.
15 Ibídem, pp. 67-69.
16 Ibídem, Estaba convencido Sarmiento de que el pensamiento e información contenidos en los libros eran cambiantes, pues la ciencia y la técnica avanzaban, por lo tanto era necesario renovar de continuo las obras de las bibliotecas y las consagradas a la enseñanza para estar al día en los nuevos aspectos que el mundo ofrecía. Considera que debido a este cambio, todos los libros son susceptibles de discusión. En un artículo publicado en La Educación Común en 1877, relativo a libros y bibliotecas, se refiere a la perennidad de la información:
“Los libros —escribe— son un alimento del espíritu que no se destruye. Pero aun así, los libros sin perder su forma, se desvanecen también con el tiempo, en presencia de nuevos libros más avanzados o de nuevas formas del gusto y de la literatura. Los libros pasan con las ideas que contienen... Leemos por tanto eternamente sin satisfacer la innata curiosidad del espíritu.”
17 Ibídem, pp. 127 y ss.
18 Ibídem, p 232