REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
27 | 05 | 2019
   

Artes Visuales

Manuel González Serrano: viaje al subsuelo de una curaduría apasionada


María Helena Noval

Emprendo la curaduría de una exposición dedicada a mostrar la naturaleza herida del jalisciense Manuel González Serrano (Lagos de Moreno, Jalisco, 1917- Ciudad de México, 1960), quien se diera a conocer durante la primera mitad del siglo XX por sus dramáticas composiciones pictóricas, no exentas de un persistente dolor producto de un temperamento febril, nutrido por el mundo del arte que a él le interesaba: el simbolismo, el surrealismo, la pintura metafísica. ¿Pero qué digo? ¿Emprendo, acabo de comenzar? No es cierto. Comencé desde que era una niña, entrevistando a la familia, la gente que lo conoció, atesorando sus pinceles, coleccionando con fervor muchas de sus pinturas y dibujos. Manuel ha sido parte de mi vida familiar y profesional. A donde voy lo llevo, en lo que leo lo encuentro. Estamos atados inextricablemente. Yo a él me entrego con los ojos abiertos, su pintura me atrapa porque retrata la condición humana, porque me revela el mundo que hay detrás de falsos telones. Él no me suelta porque sabe que yo seguiré buscando, hasta el final de mis días, su gran obra y el reconocimiento que le debe la historia del arte.

Para su muestra he elegido las pinturas en las que más lucen los frutos y las flores, las naturalezas muertas, género pictórico que trabajó con mucho ahínco. Pude haber elegido los cristos --“Yo he sufrido más que Cristo” decía él--; pude haberme centrado en los retratos que realizó a partir de modelos en vivo, o bien pude haber seleccionado el paisaje porque para él afuera era adentro: nadie más los ha pintado tan desolados, tan desesperanzados. Esos cielos impasibles, esa arquitectura derruida o inconclusa, esa insistencia en el mar primigenio poblado de caracoles, forman capítulo aparte en la historia del arte mexicano. No obstante, elegí las pinturas y los dibujos en los que el asunto principal son estos productos de la naturaleza porque estas composiciones han dejado de ser lo que a simple vista son, para convertirse en símbolos y en metáforas de sus estados de ánimo, de sus deseos, de sus necesidades expresivas, de sus carencias afectivas, de su furibundo erotismo a flor de piel.

Cuando uno acomete un trabajo de orden académico como es una curaduría para un museo, lo primero que se hace es la lista de obra, la selección de las mejores piezas y la localización de los coleccionistas a los que pertenece la obra que se va a mostrar. Vienen después los textos de sala y la subdivisión en núcleos temáticos de la obra a colgar: se trata de hacer evidentes las relaciones entre las pinturas, de enseñar los procesos creativos, los antecedentes de cada idea. Las fichas técnicas se elaboran durante el primer proceso de investigación y vienen a completar la información que el espectador va a incluir a la hora de formarse un juicio de valor estético sobre la obra que le ocupa.

Todo esto por lo que respecta al trabajo técnico. Pero ¿por qué hay debajo de la entrega, durante meses, al análisis y selección amorosa de la obra de un artista? ¿De qué manera se identifica uno con un creador, al grado de querer desenterrarlo de cuerpo completo? ¿Al grado de tratar de escribir un texto cuyas palabras, como gritos ahogados no alcanzan a decir lo que se quiere?

No posee el hombre sonidos bastante fuertes
para expresar el ansia de beatitud.
Siento la pasión exaltada,
Pero palabras no encuentro,
y en ese instante
presto estoy a sacrificarme para,
de algún modo,
verter siquiera su sombre en otro pecho.

(Mikhail Lérmontov 1814-1841)

Considerada género híbrido, entre lo académico, lo literario y lo periodístico, la crítica de arte tiene como función sorprender al público. Se basa en la capacidad de hacer una traducción que en primera instancia es para uno mismo: “¿Qué mueve, qué toca, en dónde me identifico con el creador?”, es la primera cuestión que el “metiche profesional de talleres de artista o de museos” resuelve frente a la obra. La solución es ineludible: se trata, antes que nada, de acallar la conmoción, la emoción estética. Quienes creen que la historia del arte escrita es pura racionalidad y teoría se equivocan: con esto se decoran estos textos amorosos.

Hacia el siglo XVI coincidía el ensayista Francis Bacon con Platón al afirmar que todas las imágenes que el mundo nos ofrece están guardadas en nuestra memoria, desde el día de nuestro nacimiento. Para ellos todo conocimiento es sólo recuerdo, cada descubrimiento es sólo un reencuentro.

Algo de esto debe ser verdad porque resulta que yo, tú, él, ella, nosotros, vosotros y ellos, todos, nos reflejamos de algún modo en las imágenes artísticas creadas por el hombre. Cada quien tiene su repertorio de azogues mágicos elaborados por artistas. Nos identificamos con los sentimientos transformados en líneas sinuosas, colores umbríos, formas desgarradas de unos, o bien con los colores tímbricos y alegres, las formas pletóricas y las composiciones jocosas de otros. Las obras de arte son antes que nada espejitos. Ya sea que descubramos en ellas los recuerdos de algo que alguna vez fue nuestro o ya sea por razones genéticas o heredadas, hay obras que simplemente nos viven.

Tales son los dilemas a los que me enfrento como autora de un texto sobre los frutos artísticos de Manuel González Serrano, gran artista mexicano, propulsor de la estética del dolor.

Vienen tiempos de descubrimientos, de lecturas y relecturas, asombros y momentos de intenso goce, entendido el término como un estado que conjura amor y muerte.

Bendito el arte que se encarga de mantenerme en estado de enamoramiento perpetuo.

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