REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Filosofía para leer en el metro


Hugo Enrique Sáez A.

Se nace y se muere a cada instante. Se nace: nuestro profundo error metafísico es que adjudicamos a cualquier objeto de nuestro deseo propiedades casi mágicas que lo erigen como algo perfecto y eterno. Cuando menos lo esperamos, el objeto del deseo se revela como frágil y perecedero; entonces todas las ilusiones se caen al piso. Se muere.

Perfecto significa que, según nuestra particular perspectiva, “no le falta cualidad positiva alguna”. Heidegger decía que en la historia de la filosofía se había confundido el ente (esta persona o esta cosa, relativa, parcial, efímera) con el ser (lo absoluto, lo que no cambia, lo que reúne en sí todas las propiedades). Y tenía razón, se habla de un ídolo popular con adjetivos que por lo regular se reservan a dios (una de las tantas versiones de lo absoluto). Luego caemos en la cuenta de que esas cualidades son perecederas, se desarrollan en el tiempo, o sólo existen en nuestra mente. Se caen nuestras “ilusiones”.

Si yo le dijera hoy a un joven que viviera sin ilusiones es casi seguro que me respondería más o menos en estos términos: “No, yo tengo la ilusión de hacer una carrera, de conocer una buena pareja, de comportarme bien con los demás”. Sin embargo, no le estoy pidiendo que renuncie a esos proyectos, que no son “ilusiones” en sentido estricto; al contrario, es positivo que revele iniciativas para vivir. Se entiende la palabra ilusión en lugar de decir proyectos que perseguimos. Yo digo ilusión en un sentido similar al de Platón con su alegoría de la caverna: proyectamos a los objetos y a las personas cualidades que existen en nuestra mente sin advertir que estamos percibiendo figuras aparentes que a menudo nada tienen que ver con los objetos reales. Se mueren esas ilusiones cuando ante cualquier golpe de suerte se nos revela una dimensión que no nos gusta de lo que habíamos convertido en un objeto ideal. Después de la muerte, se renace buscando otro objeto que sí reúna esas ansiadas cualidades. Es un juego idiota que nos encanta jugar. Vivir sin ilusiones significa, entonces, desear y amar con entrega total sabiendo que no hay objetos perfectos, que todos tienen debilidades, que son perecederos, que lo absoluto es la situación en que nos desenvolvemos todos los días. No es perfecta y lo perfecto tampoco es.