REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Los Andes por la Aconcagua


Roberto Bravo

Los Andes, por la parte alta chilena, son cortantes. Sus faldas, no muestran los contrastes que se encuentran al aproximarse a las cimas cercanas a La Aconcagua. Antes de estas cumbres circulamos por una cañada al pie de un riachuelo, a cuyos lados encontramos caseríos pobres que ofrecen de comer en pequeños restaurantes. Cuando se avizoran los picos, las laderas se hacen empinadas, con curvas de cuarenta y cinco grados, en medio de una arena gris oscura volcánica que amenaza con caerte encima dada su cercanía y la inclinación casi perpendicular de la montaña. Las prominencias filosas que asoman de la cordillera son dramáticas, conmueven, provocan una emoción entre el encantamiento de confrontar lo majestuoso, y la sensación de estar en una dimensión donde sé es nada en medio de la grandiosidad de los montes, que en esta parte son construcciones enormes, masivas, como bloques mal desbastados que imponen su grosor desde los cimientos. Es una aglomeración grosera, refinada y sublime de lo pétreo que emerge crudo, opaco, con cobres y dorados según pasan las nubes debajo de la luz y encima del rascacielos de ceniza, tierra y roca que la conjuntan.

-- Es verano, no quisiera estar aquí en invierno.

Dije a Theresita al sentir opresivas las emociones. Ella me pidió detuviera el auto para hacer unas tomas.

En el lado argentino, el horizonte se amplía, se encuentra un poblado que comienza con una ermita refugio, un iglú de bloques de arcilla al pie de los montes; inmediatamente después, la cruz de una iglesia católica recién hecha relumbra de pintura; luego, tras una simbólica puerta, la villa ofrece restaurantes y cafés carreteros. Teníamos hambre, por primera vez comí la deliciosa carne argentina a un precio que me pareció exagerado, todavía no me acostumbraba a pagarlo tanto en Chile como en Argentina.

Una cañada, al pie de un río seco, poco a poco fue engrandeciendo el panorama tan bello como majestuoso. La cordillera cambia de color con la luz, sus vaivenes son un espectáculo. Nos detuvimos muchas veces a captarlo, Theresita no se cansó de hacer tomas. Esperamos constantemente los pelotones de nubes que daban a las faldas de los montes matices diferentes. Bajábamos eufóricos, percibía la altura de los montes, los valles, las formas caprichosas de las laderas, los pequeños planos que se interrumpían en los precipicios, como ir por un océano de rocas, tierra, arena, grava, piedras; debajo de un cielo turbulento, cubierto de luz y nubes, que puso mis sentidos en un estado de aceptación y expectación como pocas veces había experimentado en el pasado. Me hizo pensar en cómo había sido La Tierra antes de que el hombre la habitara. Imaginé la soledad que nos rodeaba (por una carretera muy poco transitada), como la de ese lugar donde estuvimos antes de nacer y estaremos después de la vida. Lo primigenio, lo sublime, lo que vive abajo de la aparente esterilidad de la superficie.

Un terrón y una piedra son tan bellos como el corazón más generoso.

La cordillera de los Andes, en esta parte, tiene la belleza de lo que engendra el miedo más grande que puede experimentar una persona: Verse desposeído, ser libre, ser auténtico.

Poco a poco los valles se hacen espaciosos, suaves, blandos, con la típica belleza que conocemos en filmes, en libros de fotografías y de arte. Las montañas van quedando atrás como el cromo de un almanaque. Aparecen lagos, ríos, hasta llegar a una ciudad donde paramos a cargar gasolina.