REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

Apantallados

Moviola en su laberinto - Cristopher Hitchens y su juicio a Henry Kissinger


Alonso Ruiz Belmont

La muerte prematura del ensayista angloestadunidense Christopher Hitchens, el 15 de diciembre de 2011 a la edad de sesenta y dos años, dejó un vacío en la conciencia crítica del mundo anglosajón. Nació en Portsmouth, Reino Unido en 1949 y desarrolló una meteórica y fructífera carrera que lo llevó a publicar unos doce libros sobre temas variados de política internacional, religión y cultura, así como diversos volúmenes compilatorios de su trabajo ensayístico. Colaborador de numerosos medios impresos como The New Statesman, Harper’s Magazine, The Nation, y Vanity Fair, por mencionar sólo algunos, su prosa aguda y singular lo distinguió siempre como un polemista nato y un agresivo defensor de la dignidad humana frente a cualquier forma de despotismo o barbarie, sin importarle distinciones ideológicas o religiosas.

Las agrias polémicas ideológicas que protagonizó, tanto con figuras de derecha como de izquierda, dificultan hasta cierto punto un entendimiento claro de su ideario intelectual. La peculiar travesía de esta rara avis en el medio ensayístico y periodístico, comenzó con un primer alineamiento dentro del movimiento trotskista británico hacia 1965, luego de un breve acercamiento a la Revolución Cubana durante el apogeo de las guerras de liberación nacional que tenían lugar durante los años sesenta. A partir de la década siguiente, Hitchens se hace de una sólida reputación como un decidido liberal progresista al colaborar en The New Statesman. Su crítica hacia la política exterior norteamericana será consistente en temas como Vietnam, América Central y Sudamérica. En 1981 el escritor se estableció en los Estados Unidos, país del cual obtendría finalmente la nacionalidad.

Sin embargo, la esencia intelectual de Christopher Hitchens está marcada ante todo por dos conceptos históricos igualmente revolucionarios: el Iluminismo y el Materialismo Histórico. Él concebía la importancia estratégica de asegurar la libertad de pensamiento y la autonomía individual ante el poder represivo de cualquier Estado o Iglesia, pero también entendía la deuda justiciera y civilizatoria que el capitalismo tiene con el producto de sus propias contradicciones, de ahí la importancia histórica que le asignó al proceso ideológico que produjo la Revolución Bolchevique. A pesar de lo anterior, para él la lucha por la justicia y la libertad nunca quedarían a salvo de las tentaciones totalitarias. Algunos de sus referentes formativos más importantes fueron Voltaire, George Orwell, Carlos Marx y León Trotsky. Ateo, defensor incansable del Estado secular, la despenalización del aborto y las drogas, crítico del sionismo (a pesar de su origen judío) y ferviente antimonarquista, Hitchens (cercano a escritores como James Fenton, Martin Amis e Ian Mc Ewan) criticó por igual, tanto los vínculos de la madre Teresa de Calcuta con grupos de extrema derecha (The Missionary Possition: Mother Theresa in Theory and Practice, Verso, 1995), como el populismo y el oportunismo político del matrimonio Clinton (No One Left to Lie To: The Triangulations of William Jefferson Clinton, Verso, 1999).

Una de sus posiciones más duramente criticadas fue, sin duda, su apoyo a la segunda guerra de Estados Unidos en Irak a raíz de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001; miope a la distancia, pero difícil de entender sin la indignación que le habían causado varios años antes la fatwa pronunciada por la teocracia iraní contra su amigo Salman Rushdie y lo que consideró una tibia reacción de parte de la intelectualidad progresista anglosajona, ante ese hecho (Hitchens comenzará a referirse al integrismo musulmán como una especie de “fascismo islámico”). Sin embargo, es justo recordar que también denunció los estrechos vínculos financieros de las familias Bush y Bin Laden, así como las torturas y las atrocidades cometidas por los Estados Unidos luego de la invasión en Irak y en nombre de la llamada “guerra contra el terrorismo”.

En 2002 Hitchens publicó The Trial of Henry Kissinger (Verso). Utilizando numerosas fuentes, entre las cuales se encontraban miles de documentos desclasificados el 30 de junio de 1999 por el Consejo Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, el autor demuestra de forma contundente que el diplomático estadunidense más famoso de la historia es un criminal de guerra. Por los delitos que se le plantean, podría acusársele en una corte penal internacional. Se basa en el hecho de que éste conspiró en varios momentos para cometer secuestros, torturas y asesinatos. Al año siguiente, el cineasta Eugene Jarecki filmó The Trials of Henry Kissinger , un documental inspirado en el libro de Hitchens. El filme explica detenidamente el sustento político de las acusaciones formuladas, así como las mayores intrigas políticas que rodearon la exitosa carrera del exsecretario de Estado.

El primer núcleo argumentativo del documental comienza de la siguiente manera: hacia finales de 1968 la administración de Lyndon B. Johnson luchaba secretamente por terminar con la guerra que los Estados Unidos jamás habrían podido ganar en Vietnam. Tras su declinación para presentarse a un segundo mandato, la victoria del candidato de su partido en las elecciones a la presidencia ese año, el demócrata Hubert Humphrey, dependía del éxito que tuviesen las conversaciones de paz que se llevaban a cabo en París entre Vietnam del Sur, Vietnam del Norte y los estadunidenses. La agenda de negociaciones se encontraba en una fase avanzada y a punto de llegar a buen puerto: la firma de un tratado de paz y el probable fin de la aventura militar estadunidense en el sudeste asiático.

Sin embargo, el candidato republicano Richard Nixon conspiró con algunos de sus más cercanos colaboradores para entablar un canal secreto de negociaciones con los representantes sudvietnamitas. El equipo de Nixon persuade rápidamente al gobierno de Saigón de que una presidencia republicana podría lograr mejores condiciones políticas para Vietnam del Sur que aquéllas ofrecidas por los demócratas. Como resultado de esta intriga, la junta militar sudvietnamita se retiró de las negociaciones unos días antes de las elecciones, destruyendo las aspiraciones políticas de Humphrey. La guerra se prolongó durante otros cuatro años. En ese lapso murieron veinte mil soldados norteamericanos, un número indeterminado de vietnamitas y quinientos mil camboyanos. En 1972, la administración Nixon decidió firmar un acuerdo de paz en idénticos términos a los que habían sido ofrecidos en Paris cuatro años antes. El hombre clave de los republicanos en 1968 para las negociaciones secretas con Vietnam del Sur a espaldas de la Casa Blanca (asesor en funciones de la presidencia demócrata en aquel momento) y principal beneficiario político de la inmensa pila de cadáveres ya descrita fue Henry Kissinger.

Kissinger había sido un activo y distinguido seguidor del republicano Nelson Rockefeller desde 1956. Rockefeller buscó infructuosamente la candidatura presidencial de su partido para las elecciones de 1960, 1964 y 1968. Sin embargo, Kissinger (vivo retrato del pragmatismo en su más pura expresión) se había posicionado en la Casa Blanca como asesor del presidente Johnson en temas de política internacional. ¿Qué permitió que el disímbolo tándem Nixon-Kissinger pudiese haberse salido con la suya sin que un hombre como Johnson hubiese podido herirlos de muerte en el proceso? En 1991, Clark Clifford (secretario de Defensa en el gabinete del presidente demócrata) en colaboración con Richard Holbrooke (ex vicesecretario de Estado y exembajador ante las Naciones Unidas) publicó un libro revelador llamado Counsel to the President (Anchor). En él, Clifford confiesa que los servicios de inteligencia habían logrado detectar oportunamente las intrigas de Kissinger y su patrón de filtraciones estratégicas al equipo de Nixon, encaminadas a lograr una posición de mayor influencia política en una eventual presidencia republicana, así fuese a costa de reventar las conversaciones de París. El Pentágono había logrado descifrar la existencia de un emisario personal secreto que colaboraba con John Mitchell (director de campaña de Nixon) y Ana Chennault (portavoz de los sectores reaccionarios taiwaneses y survietnamitas) en persuadir al presidente Nguyên Van Thieu, líder de Vietnam del Sur, de que abandonase las negociaciones de paz. El dato es confirmado por el propio Nixon en su libro RN: The Memoirs of Richard Nixon (Simon & Shuster, 1990).

Clifford señala que el presidente Johnson, su asesor de Seguridad Nacional, Walt Rostow y el Secretario de Estado, Dean Rusk acordaron en privado no revelar la existencia del complot, temiendo que las conversaciones acabaran fracasando, como eventualmente ocurrió. El candidato demócrata Hubert Humphrey nunca fue informado de lo que estaba ocurriendo.

El abandono de los representantes sudvietnamitas sella el destino de Humphrey y Nixon gana la elección por un estrecho margen. Kissinger se convierte en su asesor de Seguridad Nacional y es nombrado secretario de Estado el 22 de septiembre de 1973. Al interior del primer círculo republicano, Kissinger es el arquitecto de una sangrienta política exterior que, entre otras cosas, luchó incansablemente por evitar que la humillación que Estados Unidos estaba sufriendo en Vietnam ocasionase el desplome de la credibilidad política de los EEUU en el orden bipolar de la Guerra fría. Para tal efecto, convence a Nixon de que los Estados Unidos debían proyectar ante el mundo una imagen de fuerza (filtrando incluso a la prensa el rumor de que el presidente no dudaría en usar ojivas nucleares, si ello fuese necesario, para acabar el conflicto en términos favorables a los EEUU) aunque la decisión de salir de Vietnam era a todas luces impostergable. De ahí el concepto de “salida honorable” al conflicto de Vietnam que Nixon vende a la opinión pública, pero que el propio Johnson ya había entendido claramente desde muchos años antes.

En aquel momento, las fuerzas del vietcong contaban con numerosos campos de entrenamiento en la vecina Camboya y recibían flujos de suministros terrestres. Sin embargo, el gobierno camboyano había asumido una posición diplomática neutral ante el conflicto, el Congreso estadunidense difícilmente autorizaría extender la ofensiva militar hacia aquel país. Violando la ley, Kissinger organiza una campaña secreta de bombardeos a Camboya desde Vietnam del Sur. Las bitácoras de vuelo de los aviones estadunidenses eran alteradas para ocultarle al Congreso que los aviones no atacaban posiciones en Vietnam del Norte, como era reportado, sino en territorio camboyano. Sobre aquel país neutral cayeron 110,000 toneladas de bombas que acabaron con medio millón de vidas.

La destrucción ocasionada por los ataques aéreos sólo fortaleció las actividades locales del vietcong y colapsó la agricultura local, ocasionando una severa hambruna. La descomposición social resultante sentó las condiciones propicias para la aparición del régimen del Khmer Rouge, encabezado por Pol Pot. Por medio de la fuerza armada, entre 1975 y 1978 este delirante “experimento” genocida de “ingeniería social” dejó tras de sí una pila de tres millones de cadáveres en Camboya.

La “paz con honor” en Vietnam se había finalmente concretado en 1973 paralelamente al desarrollo del escándalo Watergate, que le costó la presidencia a Nixon. Luego de ser ratificado como Secretario de Estado por Gerald Ford, hacia 1975 Kissinger se hallaba convencido de que las fuerzas pro comunistas que buscaban la independencia de Timor Oriental en el archipiélago indonesio constituían otro desafío político simbólico a la hegemonía estadunidense en la región. Por esa razón, Ford y su Secretario de Estado se reúnen con el presidente indonesio Suharto y expresamente le otorgan su visto bueno para aplastar al movimiento independentista en Timor con una invasión a gran escala. Las atrocidades cometidas por la operación militar indonesia en dicha isla incluyeron numerosas masacres contra la población civil, planificadas con el consentimiento y el apoyo político explícito de los EEUU y las demás potencias occidentales. Se estima que en dichas matanzas habrían muerto más de diez mil personas. El filme de Jarecki ilustra cómo, en todo momento, Kissinger y Ford estuvieron al tanto de las atrocidades que se estaban cometiendo y dieron su aprobación directa a la junta militar indonesia para que usara toda la violencia que fuese necesaria, barriendo así con los comunistas.

El tercer núcleo argumentativo del documental es que Kissinger ordena y planea meticulosamente el asesinato del jefe del Estado Mayor Chileno, general René Schneider, en octubre de 1970 para facilitar las negociaciones con el resto de la cúpula militar y posibilitar el triunfo del sangriento golpe de Estado que tendría lugar el 11 de septiembre de 1973. Luego de la victoria electoral de la Unidad Popular el 22 de enero de 1970, Schneider se negó rotundamente a cualquier pretensión interna o estadunidense para conspirar e impedir la ratificación de Allende como presidente constitucional por el congreso chileno. Hasta ese momento, las fuerzas militares en aquel país llevaban una larga tradición de respeto hacia las instituciones políticas. Chile estaba entonces catalogada como una de las democracias más avanzadas de toda América Latina. Muchos consideran que Schneider era el único gran obstáculo que se interponía entre la actitud injerencista de Washington y el deseo expreso de Nixon por facilitar cuanto antes la llegada de los militares al poder. Este hecho no podría explicarse cabalmente sin los estrechos vínculos políticos que el propio presidente estadunidense había desarrollado como abogado litigante en años previos con poderosas corporaciones como ITT y Pepsi Cola. Nixon parecía estar convencido de que sin las contribuciones millonarias de estas empresas no pudo haber financiado su campaña de 1968 y su reelección en 1972. De algún modo éste les devuelve el favor y defiende con violencia sus aspiraciones intervencionistas en la economía chilena, particularmente en el sector minero (buscando así acceso indiscriminado a una de las mayores reservas de cobre del planeta).

El papel jugado por Kissinger en Chile y el resto de los golpes militares en Sudamérica durante los años setenta, no han pasado inadvertidos para diversos jueces, que han buscado infructuosamente, en más de una ocasión, sentarlo en el banquillo de los acusados ante un tribunal. Entre estos figuran Roger Le Loire, Juan Guzmán, Baltazar Garzón y Sophie Hélène Chateau. El caso más singular es el de Le Loire, quien en mayo de 2002 envió a un miembro de la brigada criminal de la policía francesa al Hotel Ritz de París, para que entregase personalmente a Kissinger un citatorio en el que se le solicitaba diese su testimonio sobre las actividades de la DINA (policía secreta de Pinochet) en relación con la desaparición de cinco ciudadanos franceses durante la dictadura chilena. Kissinger se negó a declarar y pidió que se le citara por los canales diplomáticos en los Estados Unidos.

Pero sin duda, el caso más importante en este sentido es la demanda presentada por la familia del general Schneider en 2011 ante una corte estadunidense, acusando a Kissinger de ser el autor intelectual del asesinato del militar. El veredicto final de la justicia norteamericana en 2005 fue que un tribunal de ese país no podía pronunciarse legalmente sobre un asunto que, por requerir elementos de juicio políticos, no constituía un tema que pudiese ser dirimido por una corte estadunidense (“the political question doctrine”). Resulta curioso que bajo el manto de esa doctrina, los tribunales estadunidenses se rehúsen a tomar parte en la resolución de disputas legales que serían potencialmente dañinas para la imagen de ese país ante al resto del mundo (política exterior, reformas a la constitución, revocación del mandato presidencial y distribución sesgada de distritos electorales).

Sin embargo, casos como el de Kissinger muestran que el llamado “excepcionalismo norteamericano”: la idea de que Estados Unidos es un faro de luz para el mantenimiento de la justicia, la libertad y la democracia alrededor del mundo, es evidentemente un concepto erróneo. América Latina tiene much

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The Trials of Henry Kissinger, EEUU/Reino Unido/Dinamarca/Francia/Canadá/Australia, 2003. Dirección: Eugene Jarecki. Producción: BBC, Diverse Productions, History Television. Guión: Alex Gibney, Christopher Hitchens.

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