REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
07 | 07 | 2020
   

Letras, libros y revistas

Rosalía Velázquez Estrada: Se lee ajeno


Ulises Velázquez Gil

Para Ximena Ganado Velázquez y Alberto Velázquez Gil

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Hace varios septiembres, se me concedió, como a varios compañeros de Letras Hispánicas, dar asesorías de Ortografía y Redacción dirigidas para alumnos de las carreras de Humanidades. Gracias a la buena voluntad y a una certera corazonada de la entonces Secretaria Técnica, cada viernes de septiembre a noviembre de 2004, y de 1 a 3 p.m., tendrían lugar mis sesiones, y como en todo curso que se respete, de diez alumnos inscritos, solamente cinco sobrevivieron al trajín de lecturas y divagaciones: dos iconoclastas de Filosofía, dos comadritas de Comunicación y una decana profesora de Historia que se metió al curso, palabras más, palabras menos, con el fin de mejorar su redacción. Para su sorpresa, le comenté en la primera clase que ya contaba con todas las bases para ello, es decir, leer con dedicación y escribir contra viento y marea; eso sí, nunca se deja de aprender, sin importar todo tipo de títulos y demás nomenclaturas burocráticas que se pintan de académicas.

(Para fortuna de aquel grupo, en aquellas sesiones no se aprendía nada que el Curso de redacción para escritores y periodistas de Beatriz Escalante y la Ortografía de la Real Academia Española no conocieran a fondo; a cambio, motivaron algo muy digno: la escritura creativa. Desde una carta a su personaje favorito −para aquella historiadora, era Arnold, famoso personaje de dibujos animados, cuya cabeza parecía un balón de futbol americano−, pasando por reseñas de conciertos y obras de teatro, hasta un texto de varia intención con temática radiofónica, y un diccionario grupal −cuya primera palabra fue la suya, América−, abundaban la creatividad y un sentido fraternal de compartir poco del conocimiento adquirido.)

A guisa de obertura, cada sesión comenzaba con la lectura de un texto ajeno a los programas del curso, hábil pretexto para entrar de lleno al tema del día. Recuerdo especialmente tres textos de aquel tiempo que hicieron mella en aquella historiadora ávida de aprendizajes: un artículo periodístico de Andrés Henestrosa, “Aprendiz y maestro”; varios artículos intermitentes de Vicente Quirarte y sus Enseres para sobrevivir en la ciudad, y “Pienso a veces”, prodigioso poema de Álvaro Mutis que, tiempo después, según supe, recitaba y recetaba a sus alumnos de entonces.

Finalizado el curso, los iconoclastas filosóficos siguieron su peripatética personal; las comadritas se separaron por un tiempo, dado que una de ellas cruzó el Atlántico para un intercambio académico en Lleida, Catalunya, y la historiadora de la sonrisa contagiosa, Rosalía Velázquez Estrada, prosiguió el contacto con quien esto escribe; andando el tiempo, el magisterio compartido se volvió coincidencia académica en coloquios y congresos, para después derivar en una sólida amistad que resistió la prueba de los dos años; incluso, cabe decirlo, varios colegas y amigos ¡nos creían parientes!, simple y sencillamente por la coincidencia en el apellido; no es para menos, don Luis Velázquez Ontiveros, su padre, y don Josafat Velázquez Rangel, mi abuelo, eran casi contemporáneos por haber nacido en el Bajío; para don Luis, Querétaro fue su estado natal, mientras que Guanajuato lo fue para don Josa. (Otra coincidencia al calce: doña Concepción Estrada Granados y doña Alberta García Quezada, sendas esposas y guardianas de sus respectivas dinastías, han superado en fechas recientes ciertos embates de la vida. Hoy viven para contarla.)

A raíz de la dinámica en las sesiones de los viernes, Rosalía Velázquez Estrada resolvió colocar en el escritorio de su cubículo (en ese entonces, ubicado en el segundo piso del A-11) un letrero muy peculiar, a semejanza de los oficios de antaño: Se lee ajeno. Tanto los trabajos de sus colegas y alumnos (léase tesis de licenciatura y maestría, tareas de Historiografía General 1 y 2, artículos para libros colectivos, etc.) como de los autores incluidos en sus cursos (Marc Bloch, Hayden White y Fernand Braudel), además de sus libros de texto para secundaria (trabajo de seis manos, junto a Cristina Montoya y Marcela Arce, cuyo libro de Historia de México usé en Tercer año), debieron pasar por una lectura sesuda de su parte, entre académica y banquetera; como echar la ropa ajena −y la suya también− en lavadora colectiva. Más adelante, por mi carácter de corrector de estilo en potencia, retomé su frase institucional y la hice más adecuada a nuestro quehacer humanístico: Se lee y se corrige ajeno.

Para sellar nuestra incipiente amistad, dejar atrás el ustedeo y hablarse de , el viernes 4 de marzo de 2005 tuve a bien recibir un ejemplar de su México en la obra de John Kenneth Turner, recién salido de la imprenta, con la siguiente dedicatoria: “Para Ulises, con el afecto que se casa con el enlace de las letras y las palabras”. Meses antes, y al amparo de un viaje al lejano Oriente, recibió de mi parte un ejemplar bastante gordo de la Obra periodística de Fernando del Paso, que se volvió −literalmente− su libro de cabecera y con una lectura a cuentagotas para dormir mejor. Cuando el Día Nacional del Libro, 12 de noviembre, cayó en una de las sesiones de los viernes, le obsequié al grupo varios ejemplares de Con palabras y fuego de Carlos Pellicer, ramillete poético editado por el Fondo de Cultura Económica. Una verdadera joya bibliográfica para quien ahora lo tenga en su colección, inclusive la propia Rosalía.

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Cuenta Adolfo Castañón en Viaje a México que para acercarse a su padre, el insigne jurista Jesús Castañón Rodríguez, sus interlocutores debían volverse libros para así conocerlos a fondo. En el caso de Rosalía Velázquez Estrada, ocurría al contrario: cada persona que conocía, en el salón de clase, los coloquios en Acatlán, Ciudad Universitaria y San Ángel, en la vida familiar y hasta en las “escapadas” al Cinemex San Mateo, le entregaba su propia historia, misma que no dudaba en compartir con los demás, y en reciprocidad, aparecían otras más, que, como los libros mismos, quien lee uno, puede leer dos, y quien lea dos, puede hacerlo con tres, y así hasta el infinito. (“¡A todo dar!”, diría ella.)

A manera de agradecimiento por haberle compartido mis encuentros con Henestrosa, Quirarte y Mutis, no tardó en incluirme en esa nómina de colegas y amigos que forman su cuadrilla espiritual e historiográfica residente en Acatlán: Patricia Montoya y sus pasiones decimonónicas; Pilar Barroso, buscadora del tesoro perdido de América Latina; Cristina Montoya, compañera de viajes bibliográficos y roomie del 211 del Programa de Investigación; Milagros Pichardo, con el arte en las venas, las arterias y hasta el corazón completo; Laura Edith Bonilla y su trinchera noticiosa; Valeria Soledad Cortés, embajadora de su buena esperanza en tierras uameras; Graciela Gaytán, mujer de dos tiempos aunados al paso del semestre, y Aurora Flores Olea, maestra y colega, siempre cordial a toda hora. Y, claro, no olvidemos a sus Caballeros de la Mesa Redonda: José García Gavito, Julio César Morán, Manuel Ordoñez, Miguel Ángel Soto, Juan Soria Díaz, Miguel Ángel Cerón, David Guerrero Flores, Rafael Hernández Ángeles y Ricardo Martínez Lacy: presentes unos, persistentes otros. (Más los que se acumulen en la semana…)

Un día, cuando celebrábamos una comida en Arrayanes 38, toda esa cuadrilla historiográfica hacía acto de presencia en una casa siempre abierta al tiempo, santuario para todas las ideas; antes de irme, me llevó a su biblioteca y así compartirme su universo secreto. Los dos volúmenes del Pancho Villa de Friedrich Katz y los tres tomos de La Cristiada de Jean Meyer (mismos que tomé prestados, a condición de regresárselos firmados por el autor), por decir un ejemplo, convivían en sana armonía con sendas series de Sherlock Holmes y Harry Potter, además de sus libros de texto para las materias arriba mencionadas y demás lecturas de coyuntura. (Paréntesis aparte: una queridísima profesora, Rosario Dosal, nos contó una vez que cuando el trabajo la abrumaba sobremanera, dejaba un rato los papeles con que estaba trabajando, tomaba una novela de Agatha Christie y no paraba de leerla hasta llegar al final. Después, retomaba su trabajo y hasta lo terminaba con mejor ánimo.) Bien dicen que lo mejor del acto de leer es hacerlo por el puro gusto, y lo demás viene por añadidura. Me imagino que Rosalía, además de vivir a flor de piel la saga de sus revolucionarios, también hacía lo propio con las de J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis. (De Baker Street y Hogwarts a Cananea y Bachimba, sólo había un paso de distancia, es decir, un anaquel de su biblioteca. Vivir para ver.)

Después de devolverle la serie completa de La Cristiada, firmada y todo por Jean Meyer, comenzó una cadena muy peculiar para ella y quien esto escribe. Por cada visita a su casa, con su respectiva escala en la biblioteca y a sabiendas de una ceremonia en puerta, tomaba con su permiso uno de sus libros y procuraba regresarlo con la firma del autor. Quienes conocen a fondo su acervo bibliográfico pueden constatarlo en el Espejo de discordias de Andrés Lira, Historiografía de la historiografía de Álvaro Matute (“Rosalía Velázquez fue mi alumna, una muy destacada”, palabras del autor al saber a quién iba dirigida la dedicatoria), y Rocalla de historia de Victoriano Salado Álvarez, con prólogo de José María Muriá (“Salado no me gusta nada; por su culpa, Ricardo Flores Magón fue acusado de filibusterismo”, me decía ella, “pero los textos son muy interesantes”).

De los libros que le obsequié con su respectiva firma, quiero detenerme en dos: Enseres para sobrevivir en la ciudad de Vicente Quirarte y Espejo de historias y otros reflejos de Jorge F. Hernández. Del primero le conseguí la edición colombiana de Grupo Norma (“no sabía que Vicente era hijo de don Martín, su papá fue mi maestro”) que leyó con una dedicación que le concedió un lugar especial en su biblioteca; cuando el azar me llevó a conseguirle una primera edición firmada hacia otro destinatario, le cambié esa joyita por el ejemplar colombiano, que ahora descansa en la oficina de su excompañera de curso, Leyvi Castro Martínez, hoy Secretaria Auxiliar del Programa de Investigación. (También firmado, por si querían preguntarlo…) Y respecto a Jorge F. Hernández, la convencí de leerlo para descubrir que varios de sus maestros en la Facultad de Filosofía y Letras estaban bien pintados en los retratos ficticios que componen Espejo de historias; recuerdo que las primeras líneas del prólogo la dejaron maravillada, y ante esa reacción, bien merecía tener un ejemplar propio:

Entre Clío y la loca de la casa, entre el pasado y el deseo, entre lo que soñamos y lo que vivimos, se debate no sólo el oficio de historiar sino también el placer de novelar. Quien contrae el silencioso gusto de la lectura no puede evitar que la historiografía suscite el acompañamiento instantáneo de lo imaginario y que las grandes novelas se vuelvan pasajes inolvidables de nuestra memoria personal.

Al terminar de leerlo, un poco desanimada me dijo: “No encontré lo que me decías, Uli, pero el libro es maravilloso”. (Su palabra favorita: maravilloso.)

Si me permiten una confesión propia, por cada libro que obsequio, siempre recibo dos o hasta tres, porque si una biblioteca es un proyecto de lectura para toda la vida, tal y como lo sugería José Gaos, Rosalía también supo corresponder esa pasión bibliográfica. En una bolsa de mandado que ayudé a bajar de su coche, estaban algunas cosas dignas de incluirse en mi fondo privado, como las Poesías completas de Manuel Altolaguirre, Fervor guerrero de Antonio Muñoz Molina, o una edición popular de La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, que acabaron yéndose a mi bolsa. De igual suerte, la nueva edición de su Historia de la Ingeniería civil en México (al alimón con Cristina y Patricia Montoya) y un ejemplar de Historia Mexicana con una reseña suya sobre su maestro Eduardo Blanquel, cuyo estilo personal de historiar seguía con devoción y franqueza.

El último libro que recibió de mi parte, Textos de la Revolución mexicana de Javier Garciadiego, editado por la Biblioteca Ayacucho de Venezuela, digamos que es el más significativo de todos, y que la resume en pocas palabras. Cuando Garciadiego ingresó a la Academia Mexicana de la Historia en septiembre de 2008, después que el flamante académico leyera su discurso de admisión y recibiera respuesta por Enrique Krauze, todos los asistentes pasamos a felicitarlo; cuando llegó el turno a Rosalía, Garciadiego simplemente le dijo: “Te cito en mi trabajo…” Un distinguido alumno de ambos y tocayo de cumpleaños del colmexicano eminente, tuvo a bien comprobarlo: “En el COLMEX es de sobra conocido: El Doctor cita a la Maestra”. Por él supe que en la versión extendida del discurso publicada en las Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, es más que evidente, pero si revisamos con sumo cuidado la Introducción del volumen con que inicié este párrafo, notamos que México en la obra de John Kenneth Turner aparece citado y hasta con una invitación para conocer más sobre el magonismo y otros temas periféricos.

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Una de las características notorias y sobresalientes de Rosalía Velázquez Estrada es la facilidad que tenía para juntar en una misma mesa a tirios como a troyanos. Luego que Rosalía me presentaba en algún coloquio, presentación de libro o lo que se le parezca, a sus colegas y alumnos, engrosaba dos nóminas, la suya y la mía. (A la fecha, se lo agradezco.)

Sus alumnos, años más, años menos, eran por default mis compañeros, pero la cotidianidad del Se lee y se corrige ajeno los volvió alumnos, después en colegas, cuya amistad intransferible nos ha hecho sortear todo tipo de embates; menciono por economía del recuerdo, mas no del corazón, a Alicia Puga Hernández y sus pesquisas culturales en torno a Oscar Lewis y Los hijos de Sánchez; Rocío Paulina Martínez y su mirada telescópica en technicolor sobre la Radio oficial del PNR; Celina Aceves Zamora, biógrafa en movimiento perpetuo de esa odisea hemerográfica llamada Cuadernos Americanos; Irma Hernández Bolaños, cuya prosapia oaxaqueña y pasión decimonónica la hicieron recipiendaria del Premio Edmundo O’Gorman 2011 (mismo que once años antes, Rosalía recibiera en buena lid); Araceli González Jiménez, doncella guerrera y defensora documental de Historia Mexicana, y Melissa Martínez Lemus, cuyas letras de la Historia e historia de las Letras siguen dignamente las revueltas de su mentora.

¿Qué decir de sus colegas de alto calibre? Con Georgette José y Josefina Mac Gregor me anuncié como su embajador (“ya quisiera tener un embajador así”, dijo una de ellas), pero ante todo un lector asegurado en las lejanas tierras de San Ángel, a quienes debo el conocimiento de Belisario Domínguez, Antonio I. Villarreal y Eduardo Blanquel. En esos lares del INEHRM, de donde salía repleto de libros por cortesía de Pablo Serrano y su matria colimense a flor de piel, compartí la pasión ateneísta de Susana Quintanilla y el feminismo fervoroso de Gabriela Cano.

Pero este elenco de clionautas no estaría completo sin Martha B. Loyo. Luego de presentarnos en un ágape navideño en el Programa de Investigación, posteriormente a la transición del ustedeo para hablarse de tú, en el cubículo 201 del Programa de Investigación, Martha y este charro de levita pasábamos horas y felices minutos hablando de la farándula cultural; junto con Rosalía, éramos las únicas personas de toda la FES-Acatlán en justipreciar la presencia de Enrique Krauze en el panorama historiográfico, y para equilibrar la balanza entre tirios y troyanos, los tres concretamos un sueño común: la visita de Jean Meyer a tierras acatlecas en abril de 2008.

Por su carácter de conciliadora y mujer afable con los tiempos que corren, Rosalía Velázquez Estrada era siempre una figura fundamental para cuando la ocasión se pintara de gala. Cuando la inquietud humanística de Irma Hernández Bolaños llevó a efecto sendos coloquios sobre Benito Juárez y Porfirio Díaz, fue compañera de viaje tanto de Patricia Galeana como de Paul Garner, igualmente admirables como polémicos. (A cada quién sus armas ¿no?) Así mismo, su presencia imprescindible en todos los coloquios, desde los anuales del Claustro de Historia hasta en los multidisciplinarios con sabor a macroproyecto como Historia ACA (Álvaro Matute, gentleman de la historiografía mexicana, fue uno de sus eminentes invitados), daba cátedra sobre lo que un humanista con todas las letras debe expresar: conocimiento y sencillez, aprendizaje y maestranza. Nada humano me es ajeno, dirían los clásicos.
El viernes 31 de marzo de hace un sexenio, tuve la dicha de confirmarlo cuando compartimos cartel en el coloquio Viajeros: mexicanos en el extranjero y extranjeros en México; allí recibí de ella, dicho a la usanza taurina, la alternativa. Sin picarme de espontáneo, compartir una mesa con ella lo “doctora” a uno en las artes del buen decir y el bien investigar. Para fortuna nuestra, Patricia Montoya aplica esa misma preceptiva en el Seminario de Revistas Historia ACA.

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Felipe Garrido, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, decía que para descifrar los signos que rodean a cada quien, se debe “leer, explorar y transformar el mundo, que incluye a mi persona”. No dudaría ni un ápice que Rosalía Velázquez Estrada lo cumplió de forma íntegra y a contracorriente, en un tiempo que hoy se antoja nada interesante, donde la pluralidad en el pensar y en el hacer solamente se miden hoy en seguidores de Twitter, menciones en Google y contactos de messenger y Facebook, donde la diferencia entre lo grandioso y lo grandote (Ibargüengoitia dixit) no existiría ni por error.

En la primera faceta, me consta que se maravilló con algo que Javier Garciadiego escribió en su texto de homenaje a Enrique Krauze, incluido en El temple liberal, publicado por el Fondo de Cultura Económica y Tusquets: “hombre de ideas y de ideales, Ricardo Flores Magón espera un biógrafo como Enrique Krauze”. Su respuesta fue la siguiente: “¿Eso dijo Javier? Me sigue sorprendiendo…”, a lo que respondí: “Seguro que serías tú, eh…” (En la famosa polémica sobre los onerosos y ominosos volúmenes bicentenarios del Instituto de Investigaciones Históricas, Garciadiego recibió esta lapidaria definición: “solvente, como todo lo suyo”. Vivir para ver.)

Comprobé la segunda faceta una tarde en la Biblioteca Benjamín Franklin de la Embajada Estadunidense, donde nada se le escapaba; lo que a muchos nos cuesta una semana de ardua búsqueda, ella lo hacía en un día. Admiradora y usuaria de todo tipo de bibliotecas, cuando le mostré mi ejemplar de La biblioteca de mi padre de Rodrigo Martínez Baracs, descubrió con gratitud que el legendario bibliófilo José Luis Martínez −padre del autor− le había “hecho la tarea”, proporcionándole un dato faltante sobre los Prolegómenos de Ibn Jaldún; después le mandé por correo electrónico la ficha con todo y datos. (“Un pendiente menos”, diría en su muy particular estilo.)

Finalmente, al transformar el mundo (y su mundo, por consiguiente), Rosalía Velázquez Estrada siempre daba nuevos motivos para seguir de pie en el ancho y ajeno mundo de las Humanidades, abierta a muchas opciones, pero ecuánime en todo. Como sabemos, aun en su condición de Gasparín o de lluvia intermitente de verano, seguramente le hincaría el diente al volumen de edición limitada que Zyanya Salcedo −alumna suya, hoy prominente historiadora del deporte− escribió sobre los 50 años del ascenso a primera división de los Pumas de la UNAM. (Creo que ella hubiera hecho un notable papel en el Coloquio Identidad Universitaria, de haberse incorporado al módulo que coordinó Rosalía por invitación suya.)

Para quienes nos dedicamos a las Humanidades, en esta vida hacemos tres tipos de lectura: con los vivos (viajar), con los muertos (leer) y consigo mismo (escribir). Afortunadamente, Rosalía ejerció las tres formas, y en todas supo sacarle todo el jugo posible en aras de vivir mejor, de darle más vida a la vida. Nosotros, sea en este homenaje académico, sea en la fragilidad del fraternal recuerdo, corresponde perpetuar sus legados, en espera de su propia biografía.

A título personal, y si me permiten la licencia −o la cartita a los Santos Reyes, como quien dice−, me gustaría en un futuro hacer una compilación de varios textos suyos, aquellos que tuve la oportunidad de leer, corregir y, por supuesto, de escuchar. (Con un generoso prólogo de quien esto escribe, desde luego.)

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Cierro estas notas al vuelo sobre la experiencia lectora de Rosalía Velázquez Estrada con dos tipos de homenaje; uno, de lector compartido: hace poco, supe que una de sus lecturas favoritas era El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, el cual, cabe decirlo aquí, leo cada año en víspera de mi cumpleaños, y ahora esa feliz coincidencia doblemente me hermana con ella, dado que ahora tengo otro motivo para releerlo, y otro, el poético: desde que retomé el quehacer de la literatura, gracias a que René Avilés Fabila me abrió las puertas de El Búho, mi primera lectora de todos esos papelillos, fue, ni más ni menos, que nuestra querida Rosalía. Una vez que se publicara algo mío, sin falta se lo hacía llegar con su dedicatoria de puño y letra de regalo. En enero pasado, llegó a sus manos el último ejemplar impreso de El Búho, preludio y obertura de una era digital que comprime todo, hasta el entendimiento. Comparto con ustedes el poema incluido en aquel número, “El prístino ensueño”, a guisa de saludo, dedicatoria y despedida.

para Rosalía Velázquez Estrada


Nunca perderé el prístino ensueño
que orilla mis naves –¡palabras!–
hacia un buen puerto, el menos abrumador,
si se permite dicha licencia.

Nunca dejaré que el prístino ensueño
se llene de dudas hechas al primer
intento de cerrar la memoria,
como si ganara, con lujo de detalles,
una realidad escrita con desesperanza.

Nunca malbarataré el prístino ensueño
de vivir en la realidad de sus milagros,
visibles donde la distancia inscribe un territorio;
confiando al tiempo detener el destierro,
sin tocarlo a la vera del camino.

Nunca borraré el prístino ensueño
al maldecir los parajes de mi incertidumbre,
instantes que ejercen mi reincidencia
y solamente un fraternal suspiro
sabrá dejarme en paz, o quizás eso intente.

Nunca olvidaré el prístino ensueño
de la poesía, ir hacia otros lares
buscando la respuesta menos violenta
de todas; aspiro a ver en mi alma
ese límpido esmeril (las palabras)
cuya solar confección fortalezca
mis visiones, marinas de mi corazón.

Nunca negaré el prístino ensueño
si conjuro el franco encuentro
con todos mis poetas mayores
(Carlos, Octavio, Jaime, José Emilio),
quienes conocieron primero el infierno,
encontrando después su toral residencia.

Nunca perderé el prístino ensueño:
la Poesía.

(Aquí ya lo dije todo,
aún espero –si se puede–
confirmar mi respuesta. Quizás.)



(Después de todo, en la poesía como en la vida, siempre se lee ajeno, ¿no creen?)

 Versión corregida y aumentada del texto leído durante el Coloquio Rosalía Velázquez Estrada o cómo ver con amor a la Historia (In Memoriam), realizado del 17 al 21 de septiembre de 2012, en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán (UNAM).

Atizapán de Zaragoza, Edo. de México
24 de septiembre de 2012