REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Ceremonial de Cíclopes


Guillermo Villegas

Roberto Bañuelas siempre ha ejercido la palabra. Desde que lo conocí en 1951, ya era un ente parlante, decidor, proclive a la calificación verbal, el juicio, y con mucha frecuencia la forma ingeniosa de decir las cosas, diría que la avidez por decirlas, por configurar un fallo, una crítica, un elogio por medio de este ejercicio de la palabra que hoy nos encontramos convertido en tinta de imprenta, en un Ceremonial de Cíclopes, ricos en su óptica unilateral.

Para mí hay una continuidad entre el Roberto Bañuelas que yo conocí en el Conservatorio Nacional de Música, y el que hoy hojeo bajo el sello de G V Editores. Me encuentro en la portada con otro antiguo conocido de aquella década, el pintor duranguense-camarguense, Alfredo Barraza, la reproducción de su cuadro llamado La Musa.

No ha pasado el tiempo, paradójicamente no ha pasado. Nosotros transitamos como si camináramos sobre una banda sin fin, en el mismo sitio. El paisaje se transforma sin moverse, y sin embargo todo esto es otra ficción, como sería lo opuesto: todo ha cambiado y ya no somos los mismos. Roberto sobrevuela el presente y el pasado, se eleva hacia el futuro en estos 244 brevicuentos, y en alguna medida nos convence con tantos argumentos a favor como en contra de la inmovilidad de la existencia a su dinamismo perpetuo.

Somos uno más de sus cuentos o somos unos individuos que los están leyendo y que al mismo tiempo estamos participando de otras pequeñas historias. De cierto modo el “Ceremonial…”, es una obsesión, es algo para tomarse a sorbos… Entre lo que vives y lo que duermes, lo que recuerdas y lo que esta sucediendo, la profecía que ya llega, el futuro que ya está aquí. Otra vez el Roberto que se expande y sobrevuela los tiempos.

“Los advertistas”
Nos instalamos con nuestra música en una de las calles más céntricas para impedir el paso de la gente. La multitud creció al ritmo de nuestros cantos y danzas, pero se dispersó con el anuncio que hicimos de lo próximo que está el fin del mundo.
Ahora todos se fingen sordos y pasan de largo, creyendo que así evitarán el advenimiento de la verdad suprema. Pronto se darán cuenta que las trompetas que portamos no son de adorno.


Como si quisiera despertar a la gente, despertarse a sí, de nuevo se produce otro arremetido en este otro relato breve. El autor es muy consistente en sus acusaciones directas o implícitas, configura el delito, lo califica y condena. A cada personaje, en verdad vivo, le reserva una fecha en su calendario cuentológico, y se lo ejecuta…:

“Conócete a ti mismo”
Impostor… Falsario… Lujurioso… Autor plagiario con más títulos publicados que lectores ocultos… Y triunfador, aunque no le dieron tiempo suficiente para terminar su obra destructiva… Cuando encontró que las palabras formaban los pilares que sustentaban su existencia de corrupto privilegiado, se quedó dulcemente dormido, y soñó que lo confundían con un hombre creador, puro, luminoso y justo.

 El autor les llega a sus personajes por el lado de la vigilia o los espera por el mundo de los sueños, los espía -como se verá en otras historias- y los vuelve a sorprender, con su dedo flamígero.

Es importante mencionar este fenómeno de moralidad que se da en la obra de Roberto Bañuelas Amparán, su visión de los pantanos que forman los convencionalismos vigentes, la atmósfera social de la creciente corrupción, son todos estos elementos los que nutren con frecuencia la ironía y a veces la vena sardónica de este personaje que también es Bañuelas, quien fustiga, satiriza, castiga a sus entidades tipo, los que habitan las noticias periodísticas, la historia y la mitología. Pensamos que conocemos o hemos oído hablar de alguien así:

“El hombre fuerte”
Obsedido por la publicidad y hostilizado por la exhibición de la fuerza bruta ostentada como humana virtud, ingresó en un gimnasio para convertirse en un atleta de campeonato. El tiempo libre que le dejaban sus negocios, estafas y contubernios, lo dedicaba a un apasionado entrenamiento que, gradualmente, fue aumentando su habilidad y potencia muscular.
La vanidad le impulsó a querer levantar, antes de tiempo, el peso de su conciencia… Al día siguiente, los diarios daban la noticia de que el prominente hombre de negocios había muerto, según el parte médico, herniado y víctima de una rara asfixia.


En otros momentos la cuentalia robertiana mitiga ese sabor agrio que a veces nos queda y nos entrega un ambiente poético, una circunstancia poética, que sin embargo conserva el aire escénico y la presencia protagónica del autor, factor psíquico que se convierte en una especie de común denominador. Veamos esta

“Lunación perpetua”
El nuevo criado que contratamos para la casa de campo nos gustó por cortés e inteligente. Sin embargo, su carácter comenzó a cambiar desde una noche en que fue a sacar agua del pozo y encontró que la luna flotaba en el fondo. Noche a noche, cuanto más crecía la luna en el cielo, tanto más aumentaba su desesperación por capturarla, quedando siempre al final del oscuro túnel vertical una portentosa moneda que brillaba como el ojo de un cíclope embelesado.
Aunque los vecinos afirman que nuestro criado está loco y que algún día se volverá peligroso, nosotros seguimos estimándolo por servicial, y porque ya forma parte de esta casa y de esta luna.


Rescato, con cierta arbitrariedad funcional, otros momentos de su poesía como cuando para ser igual a sí mismo, en la cumbre de la originalidad, un “equis” escritor tuvo un acierto asombroso: “¡descubrió la perfecta armonía de un pacto celebrado entre el silencio y la nada!”

O como cuando en la historia sobre Ícaro, Roberto “recuerda” que “Antes de caer al encuentro exacto de su muerte, se despertó con un grito que él oyó, como un eco en fuga, abriéndose paso entre la tinta espesa de la media noche.”
En otra narración -“Otro viaje”- se da una fuerte combinación entre las palabras, la circunstancia poética y un nuevo elemento en el lado opuesto a lo sublime:

“Otro viaje”
En el clima uniforme que anulaba las distancias el lobo contemplaba al camello mientras el búho reflexionaba sobre la dama enlutada que esperaba la salida del avión.
Luego, todos se fueron al fondo de la taza con otros residuos de café turco.

Ese cierto elemento reaparece en:

“Cuervos S. .A”
Los hombres son verdaderamente ingratos, y, lejos de apreciar los beneficios, prefieren hacer mofa de ellos. Las mejoras que ha realizado nuestro nuevo director en todos los departamentos del edificio -que él recibió en condiciones casi ruinosas-, han servido para activar el mezquino humor negro de mis amargados colegas que siguen añorando la administración y los manejos del jefe anterior.
Lo que más critican es que ahora los retretes se mantengan automáticamente limpios e iluminados, y, sobre todo, la pequeña biblioteca que mandó instalar para ilustración de los usuarios.


Donde la inversión de los factores sí altera el producto, es algo que podemos subrayar en….

“Autodonación”
Hastiado de museos convencionales, aceptó encantado la invitación para visitar la Monstruoteca. Al llegar y presenciar los antiprodigios, pasó gradualmente de la curiosidad al entusiasmo y del arrobamiento a la identificación que lo condujo, finalmente, de espectador apasionado en ejemplar integrante de la colección.

De nuevo aparece en la obra de Bañuelas el ancestral espíritu de la fábula, o mejor, de la antifábula, donde los que piensan, son más bien los animales, y no los hombres. De estos brevicuentos, viene un buen número en el libro que hoy estamos celebrando:

“Renovarse o morir”
La veneración a la familia coadyuvó para que sus prédicas moralizantes convirtieran mi bondad natural en el blanco donde la maledicencia del prójimo ejercitaba a diario sus refinados ataques. Cansado de oponer mi mansedumbre a la violencia, ni los estoicos con sus pretensiones de autodominio, ni Kipling con su poema “Si…”, impidieron que me inscribiera en un curso intensivo de “HÁGASE EL LOBO DEL HOMBRE EN DOS SEMANAS”.
Después de haber aprobado el curso (con mención honorífica), esperaba yo un cierto respeto de los demás, pero no este sometimiento conmovedor y la admiración que ahora me tributan.


No pocas veces el autor se detendrá a pensarlo dos veces: ¿No seré yo el que vive en el horror? ¿O yo el que vive en el horror? Juega a la insana metáfora de ser él quien se coloca en la jaula y se deja mirar por las mayorías. Se sale y se mira, mira a su doble; luego vuelva a la jaula y mira a alguien como él, que lo observa. Finalmente, no decide, y escribe:

“Cadena subversiva”
A la mala comida ya estamos acostumbrados; los baños de agua fría y las descargas eléctricas resultan, finalmente, vigorizantes y compensatorias con el resto del tratamiento. Sin embargo, partiendo de que cada cabeza es un mundo (en caos), aunque sostengamos con frecuencia criterios pluriopuestos, coincidimos en oponernos a la cara de loco que ponen nuestros parientes cuando nos visitan.
DESPUÉS DE LEER LA PRESENTE CIRCULAR, HACER DIEZ COPIAS Y DISTRIBUIRLAS.


Aunque nuestro autor se refugia y se fortifica enderezando la espalda e impostando la voz, no deja de pasar tragos amargos, no deja de contemplar dudas espinosas y sufrir otras tormentas interiores. Casi aseguraría que Roberto sin su literatura, no estaría completo ante las exigencias de su talento múltiple. Después de todo, las situaciones conflictivas se subliman a través de la creación. Al menos ésa es la salida de que el artista dispone. Y nos la ofrece:

“Tríptico”
Yo, poeta inédito, loco de atar, músico sin orquesta, increpo al mundo su incomprensión y a las mujeres su frigidez de estatuas. No hay soneto posible si las palabras escapan al cruce armonioso de la rima y se van, libres o para extraviarse, flotando a la deriva de los ideales marchitos. El manuscrito de la sonata lo perdí con el violonchelo en la casa de empeño. Adiós al noble instrumento de registro inmenso, manoseado ahora por profanos dominicales.
Las noches se me pueblan de fantasmas mudos que me hacen muecas. Así las cosas, así la vida, no sé que será mejor: ¿llamar a un empresario o al psiquiatra?


Acaban ustedes de leer una pieza que también ofrece rasgos biográficos. Recordemos que la biografía es al mismo tiempo lo que se ve al mismo tiempo de la vida de otros.
La fusta y la pluma, la sanción y la caricia. De alguna forma tenemos al juez y al poeta en el

“Peregrino Del Alba”
Con todo mi cuerpo agredido de tentaciones y herido aún por la soledad de mi último insomnio, vago por las calles que respiran bajo el peso de la madrugada. Respetuoso de apostasías y cultor de absurdos con herencia celeste, camino sobre las estrellas olvidadas de los charcos.
Sin mandolinas ni cascabeles que proclamen mi presencia, grito que estoy loco para llamar la atención de los pedestres. Pero todos fingen que lo dan por hecho y ninguno me mira ni me oye. Gregarios y domesticados, obedientes y cobardes, imitándose a sí mismos a través de los demás, sigue de frente en pos de la estulticia pacificadora, sin poder renunciar a llevar sobre los hombros más dolores de cabeza que sueños y encuentros con la vida.


Me voy acercando al final de esta intervención cuando quiero presentar a ustedes una de estas tareas de la palabra que mejor atraparon el poema…

“En aquella hora de plenitud y misterio, él sintió que descendía en río para penetrar en un mar florecido de estrellas. Fulgores y cantos fueron la simiente de un sueño propicio. Desde aquella noche, ambos cuentan los días al celebrar la puntual presencia de la aurora. Mientras él contempla la tersa llanura de su vientre, ella siente crecer el horizonte”.

“Gravidez” es el nombre de este paisaje primerio.

Con “Los antiguos dueños” (Pág. 85), viene un asunto de mayores proporciones. Trae el ambiente misceláneo de las novelas de terror y las narraciones verídicas acerca de fantasmas; también trae los misterios policíacos y la vida a veces tratada en tono de realismo fantástico, dentro de esta ciudad, que también es multifacético. Aquí tiene Bañuelas la simiente de una novela corta, más que la de un cuento largo, como en muchos otros de estos trabajos. “Los antiguos dueños” posee un corte que se antoja clásico en el marco de la literatura que predominó en la primera mitad del siglo XX, ciertamente con sus buenas dosis cinematográficas.

“Los Antiguos Dueños”
La escasez terrible y la raquítica economía de mis ingresos me forzaron a aceptar la vivienda que Segismundo me dejó a cambio de mi anillo de graduación y algunos de mis mejores libros. Cuando se despidió, más brutalmente efusivo que de costumbre, pensé que su sonrisa se debía a la mueca de dolor que hice por la presión de su mano contra la mía.
Durante la primera semana, cada mañana me despertaba cansado y con la sensación confusa de haber soñado ruidos y voces, o de que realmente las hubo y turbaban mi sueño.


Anteanoche todo empezó a presentar signos reveladores. Desde mi ventana vi cómo, en una sala del segundo piso del edificio frontero al de mi domicilio, un hombre sujetaba a otro por la espalda para que un tercero lo golpeara y maldijera con un variado repertorio de atroces insultos que se derramaban hasta la calle. En cuanto el hombre se desplomó, sus verdugos lo dejaron y salieron a la calle, convencidos de haber cumplido una gran misión. Media hora después salió el hombre, maltrecho y despavorido, mirando hacia todos los rumbos hasta que, aterrorizado por su propia indecisión, eligió la misma ruta por la que se habían ido sus enemigos.

Quedé nervioso y con ira por haber sido en el momento preciso, mientras presenciaba un acto de violencia, un indiferente civilizado que se atuvo a la prudente cobardía de no intervenir en problemas ajenos para no convertirlos en propios.

Tranquilizado al pensar que otros vecinos también se dieron cuenta de lo sucedido, y que no fueron en auxilio de la víctima, me quedé dormido.

Los gritos de una mujer me despertaron, y, esta vez, sí fui a ver qué demonios pasaba, pues ya me estaba yo hartando de zozobras y malas noches.

Salí al patio y vi que en la vivienda D (habitada por dos matrimonios) había luz, se oían voces y el llanto hipado de una mujer. Toqué y, como desde un escenario, una voz teatral me ordenó que pasara.

Cuando entré, una pareja trataba de calmar a la mujer que lloraba y tartamudeaba incoherencias. Saludé en general, pues no conocía por su nombre a ninguno de los presentes; a mi saludo contestó el hombre que estaba sentado contra el respaldo de la cama y cubierto con una colcha hasta la cintura. Antes de explicarme que le pasaba a su mujer, se disculpó por estar aún con el rostro maquillado: “”Es que soy actor -dijo-. Llegué tan cansado que ni cenar quise; me estaba quedando dormido cuando mi mujer empezó a dar de gritos, y es el momento en que no sabemos el por qué”.

Todos nos dedicamos a tratar de tranquilizar a la mujer, hablándole como a una hija mimada, dándole palmaditas en su linda espalda, azúcar y una copita de coñac. “Ahí en el centro del patio está una mano blanca tirada que hace señas con un dedo para que me acerque”, dijo, y volvió a llorar, horrorizada, como si la mano estuviese dentro de la habitación y fuera a trepársele por las piernas.

El actor se puso una bata a rayas; el marido de la otra cogió un cuchillo de la cocina y, dándome una lámpara de pilas, propuso que fuésemos los tres al patio.

Lo que vimos a cierta distancia nos pareció un conejo blanco; pero, al acercarnos más, comprobamos que se trataba de una mano que, moviendo hacia atrás el dedo índice, nos llamaba con insistente impudencia. Yo fui el primero en querer cogerla, pero sólo atrapé un guante con un escudo grabado en la parte correspondiente al dorso de la mano; mis vecinos hicieron lo mismo que yo y, cada vez que jalábamos un guante, la mano se empequeñecía, pero sin dejar de agitar el dedo lascivo que nos invitaba a continuar en la demencia compartida de una absurda tarea. Después de reunir setenta y siete guantes de tejido sutilísimo, la mano desapareció.

Hoy han aparecido dos pies, calzados con elegantísimos botines de charol, que pasean por el pretil del edificio. Desde que el vecino de la vivienda H me contó que también suelen aparecer cabezas flotantes, monjes murmurantes y sombras de animales fatigados, lo que hagan o dejen de hacer los botines vagabundos me importa menos que atrasarme en el pago del alquiler. Además, prefiero acostumbrarme a que alguien me observe mientras duermo a tener que tirar otros tres meses de mi vida en buscar un lugar donde vivir.


En el siguiente juego de imágenes musicales, como corresponde a un barítono que ha triunfado a nivel internacional, Roberto se autoinmola, arrasa con sus breves personajes, pagando él mismo su cuota. Hay una vocación de personalidades, de versátiles sombreros, y tal vez, como concluiría Roberto: un solo yo verdadero, con su espíritu fabular, que incita a la enmienda, porque es admonitorio, porque juega a la parábola, da con el Libro de los Ejemplos, anecdotiza y deja aquí y allá que el poeta asome:

“Transmigración Armónica”
Fiel a mi vocación musical, te abracé como a una vihuela de madrigales amatorios; pero tus huesos sonaron huecos y lejanos. Intenté inspirados arpegios en el templo gótico de tus costillas, y sólo obtuve la risa opaca de una cítara jubilada. Ante la presencia exultante de los pájaros, traté de cantar un aria de tenor heroico: mi voz, cansada de proclamar la verdad para legiones de indiferentes, vibró apenas como el eco peregrino de un lamento.

Dispuesto a todo, te ofrecí cuanto me quedaba de vida; mas tú me detuviste con el ademán soberbio de una diosa reinante para hacerme escuchar, con envolvente claridad, la perfecta armonía del silencio.


Si bien el preambulatorio nos ofrece una imagen entre cortada de los grandes temas y las grandes máximas, incluso un gesto final acorde con los escépticos que anteponen los sueños y la verdad personal contra la corrosión de los prejuicios heredados:

“Preambulatorio”
Si Napoleón demostró que la Paz se gana con la guerra, lo hizo para motivar y justificar las frases célebres que ya traía preparadas en la maleta de las condecoraciones. Queriendo seguir su ejemplo, muchos generales han escrito sus memorias y, diverso el campo de batalla, los románticos de todos los tiempos -clientes no rentables para el psiquiatra- lo han consignado todo en diarios, al confesar por igual las ilusiones hacia la mujer ideal y los desengaños reales por las diosas terrenales y culiformes.

Si en otro tiempo se cometía verso con la misma facilidad que matrimonio, hoy abundan los partidarios del poema y del amor libres.

Escribir o no escribir. He ahí el dilema. Lo dijo un príncipe que no fue a la guerra porque prefirió hacerla en casa hasta consumarla en forma de venganza que, para fortuna de los demás, todo quedó en familia. Su grito de triunfo fue: ¡Viva la palabra de honor y muera la fonorrea de los demagogos incrustados en el presupuesto!

Escribimos para rendir un involuntario homenaje a los clásicos, tan parecidos a nosotros, los inéditos, en que nadie nos lee. Lo hacemos, también, para tratar de organizar los absurdos de la vida y nuestros cultivados prejuicios, en algo parecidos a la verdad personal.


En cambio en el EPÍLOGO, Roberto oscila entre el horizonte universal cuando escribe:

“La palabra y las furias”
La predicción de la tormenta fue tan perfecta como un epitafio cincelado en el crepúsculo turbio. El viento comenzó a correr anoche como una bestia perseguida, desmembrando árboles y alterando el rumbo de los barcos perdidos. Las casas, más desamparadas que los últimos académicos con sombrero, no tuvieron manos para sujetarse la techumbre que devoró el huracán.

Ante los pájaros que mueren incrustados en las ventanas, tú te olvidas de las oraciones y conjuros que aprendiste cuando eras niña. Me miras, incrédula, de que hemos sido uno y ahora somos dos.

Esto es el presente: la prolongación de nuestra esperanza frente al lejano y breve ayer, tramado de sueños y festines, ausente a la total existencia de las máquinas sin ideales.
Además del puente de la palabra amor, quizá nos quede tiempo para tejer una red de silencio que nos proteja de las interrogaciones cósmicas, a la manera de los libros sagrados, que se cierran para no presenciar el cumplimiento de tanta irresponsable profecía.


Asistimos, en este libro hermanado con la imaginación creativa y el entusiasmo poético, a la imagen socializada de la ternura interior de su propia ventana afectiva y ciertamente tocada por la visión poliédrica del poema inmerso en la narrativa.