REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 08 | 2019
   

Confabulario

Las Arias de la locura


Roberto Bañuelas

Varias veces oyó que la llamaban con urgencia, que la encontraban cerca de la sala de maquillaje y le pedían (esta vez eran ellos) que se preparara para suplir a la soprano a partir del segundo acto porque desde el “racconto” la cantante sufría de la tos que Mimí tendría que fingir y producir al final de la obra. De camino al escenario, antes de que iniciara el segundo acto, todo era exaltación; pero al llegar al foro, deslumbrada por lo esperado, se despertaba para recordar que mañana sería la función de la Bohème y que no era ella, sino Martha Soriano quien iba a cantar en la apertura de la temporada.

Se despertó con la sensación de que sería más fácil llorar que seguir pensando en lo que ya le había pronosticado su horóscopo. A pesar de estar sometida a la fatiga del duerme-vela, con un movimiento brusco separó la sábana y la cobija que aumentaban su estado casi febril; luego se pasó la mano sobre el camisón de gasa que pretendía, aún para dormir, que fuera una imitación de los que usaban las heroínas Lucia o Violetta. La prenda, usada con la intención de que le transmitiera la inspiración teatral correspondiente al personaje, estaba húmeda por la transpiración angustiosa procedente de la pesadilla recurrente que le prolongaba otra noche de fatiga. Intentó concentrarse para elaborar la necesidad de un reposo profundo que fuera más fácil que la anhelada venganza. Contra el telón de fondo, que preparó mentalmente de un color violáceo, Cecilia Cordero comenzó a recorrer el sendero de una infancia compitiendo con su hermana en las complicadas y poco teatrales posturas del ballet, sin que para nada importasen los resultados porque las personas invitadas por su padre a las tertulias sabatinas siempre aprobaban con los mismos elogios, besitos y bolsas de caramelos.

A petición insaciable de los asistentes, su padre solía interpretar con meritoria destreza danzas y valses de autores mexicanos que habían desafiado con sus ingenuas audacias a los compositores europeos a los cuales imitaban para beneficio de la “gente decente”, de buen gusto, esmerada educación y una moral bien fundada. Durante muchos años, agobiado por los asuntos urgentes y contradictorios de la administración pública, su padre no pudo encontrar el tiempo para esclarecer debidamente la maraña de dificultades del “Vals capriccio” de Ricardo Castro, ofreciendo en su lugar otras piezas de sentimental hondura. A su madre, que solía cantar en las reuniones la media docena de romanzas, acompañadas por papá, debía la influencia y la vocación del canto que la había conducido a esta noche de insomnio saturado de recuerdos y temores, Primero los años de Conservatorio, sin lograr destacar como otras que ambicionaban menos. Los maestros trataban de estimularla por su inteligencia y disciplina, pero le aconsejaban que no intentara una carrera de solista con esa voz que tenía volumen pero no belleza de timbre. “¡Malditos pedagogos resignados!” La confusión se había originado en la filosofía ambivalente y ambigua del padre que ponía la misma obsesión en considerar la dificultad del arte como profesión y sus arrebatos delirantes ante cualquier vals o romanza de zarzuela. Haber crecido dentro de las estrecheces y apariencias de clase media, con pretensiones y maneras impuestas por la sonoridad de un apellido que había sido casi de linaje un siglo atrás hasta antes de la Revolución, ahora que subsistían de la pensión que su madre cobraba como viuda y de la venta de carpetas bordadas con primor, además de la mitad del sueldo que su hermana mayor ganaba como secretaria de un gerente ventrudo y fumador. Todos habían estado de acuerdo en que la carrera más rápida sería la del canto, con un ámbito inmenso como el país o el continente, ya fuese en ópera, recitales o representaciones de zarzuela.

La realidad era que hacía ya dos años que había terminado sus estudios en el Conservatorio y, con excepción de los recitales presentados como examen de graduación, el debut como solista no llegaba ni siquiera con una segunda parte. Así como estaba a tiempo de aprender otro oficio, también pensaba que lo estaba para intensificar sus intentos en el ya elegido. Si muchos artistas, aun con mayor talento habían sido incomprendidos o combatidos -pero no vencidos-, también ella utilizaría los rechazos y las humillaciones como peldaños para un triunfo que le anunciaba con acompañamiento de gran orquesta su voz interior, su ángel, su duende, su demonio, su otro yo, agazapados y prontos a saltar para defender la línea bien trazada de su destino superior. Sintió sobre sus mejillas la humedad ardorosa de lágrimas que resbalaban; con un gesto de final de acto, se llevó una mano al rostro para borrar el preludio de un llanto de autocompasión que sólo podría debilitarla e impedirle la posibilidad de dormir. Pero todo estaba hecho y programado ya a favor de la Soriano, que no se tomaba el canto tan en serio como los atributos de belleza física con los que anhelaba conseguir un ventajoso matrimonio. Pero Martha, sin ser extraordinaria, cantaba bien y se sentía suficientemente protegida y apoyada por el maestro Farnesio, pianista experto y hábil director que sabía casi de memoria más de treinta óperas y que sentía una rara fascinación por la disposición de las pecas que Martha tenía cerca del nacimiento de los hermosos mellizos de sus senos. Cecilia, por encima del camisón impregnado de sudor, se palpó su busto; lo consideró abundante y hermoso. Pero no bastaba si no formaba parte de una belleza unitaria, como el equilibrio y desarrollo de un allegro de sonata… Recordó que en el concurso de canto, Martha lo había ganado sin esfuerzo y sin angustia en caso de que lo perdiera y ella, Cecilia, había quedado en tercer lugar y como premio recibió una carta que la designaba suplente de la ganadora, por si fuese necesario en caso de… nunca se sabe, lo importante sería la función operística…

El ensayo general se había realizado sin tropiezos y todos, el director y los solistas principales, entusiasmados con la debutante, habían anticipado a Martha un éxito seguro para la función del día siguiente.

En el patio de la casa, varios gatos dirimían con maullidos y arañazos la posesión de una hembra de la alta sociedad angora. Cecilia abandonó la cama y de un salto estaba ya abriendo la ventana y espantando con palmadas y órdenes a los gatos, los cuales huyeron y ella regresó a la cama con un deseo irreprimible de llorar. De los sollozos sofocados pasó a dolientes gemidos que provocaron la aparición de su madre, pronta a rodearla con sus brazos y consolarla como cuando era niña.

Mientras Cecilia representaba la escena de la falsa durmiente, su madre salió sin hacer ruido para no despertar a la que se pasaba los días soñando despierta. La oscuridad comenzó a diluirse y la habitación a ser ocupada por los muebles habituales: del espejo, colocada sobre una cómoda con chapa de nogal, brotaba una tenue luz que crecía como la flama de un cirio. “Gia il sole”, musitó Cecilia Suzuki.

La función de apertura estaba anunciada a las 20:00 hrs, pero Cecilia, peinada, maquillada y vestida como Mimí. Llegó con más anticipación que todos los solistas. Al entrar al teatro, con la respiración agitata, saludó al portero con la sonrisa que anticipaba la celebración del triunfo. Caminó, a pesar de los altos tacones, en una ambigua dignidad de sacerdotisa y de celebridad triunfante, en dirección al camerino de la soprano protagonista. Sabía de memoria dónde estaba el interruptor (en este caso de oscuridad), lo accionó y la luz superó a la de la tarde que se filtraba por la gran ventana encortinada que daba a la calle. Frente al espejo, que la reflejaba de cuerpo entero, contempló la solemnidad de lo imprevisto. Comenzó a vocalizar con escalas de quinta combinadas con arpegios de octava; luego intentó notas tenidas con la palabra amore; pero a partir del fa de la quinta línea, la voz perdía su fluidez. Intentó luego con escalas rápidas de novena hasta el si bemol. Respiró profundo para intentar un medio tono más alto, pero la puerta se abrió con demasiada rapidez, como si alguien hubiera estado escuchando y quisiera interrumpirla en el mejor momento.

-¡Hola! -saludó Martha Soriano, que en ese momento irrumpía acompañada de una mujer joven y elegante a la que presentó como su prima.
¿Por qué estabas vocalizando Ceci? ¿Piensas suplir a la que canta Musetta?
-No, no; es que me dijeron que estabas afónica y vine con la intención de suplirte, por eso me ves vestida ya de Mimí.
-No hagas caso del coro de las malas lenguas: me siento muy bien y voy a tener un triunfo; pero no te preocupes: mi prima me ayudará en lo que sea necesario. Te ruego que vayas a ver la función… Gracias. Nos veremos dopo la recita.
-Entonces: in bocca luppo. Marthita. Mucho gusto -dijo, despidiéndose de la prima.

Aunque la representación había ocurrido sin contratiempos, los grandes momentos de canto supremo no se habían producido ni en el primer ni en el segundo acto; pero en el tercero, a partir de “Donde lieta uscí al tuo grido d’amore” que le valió una entusiasta ovación a la soprano, el melodismo teatral de Puccini inspiró a los intérpretes y conmovió a los espectadores, ávidos de oír cantar con belleza y pasión una de las obras preferidas de su repertorio de oyentes.

Cecilia, más resignada que indignada por el éxito de Martha, fue a felicitarla al camerino y a ser invitada a la fiesta que de todos modos se iba a celebrar; ya Martha, con su humor a la inglesa había dicho que se brindaría para olvidar el fracaso o para celebrar el éxito.

Todos los colegas, exaltados por sus propias interpretaciones, comían y bebían, eufóricos por el canto realizado frente a un público que terminó entusiasta y delirante y todos, estaban seguros de que se superarían en la segunda recita. El tenor Joel Mendiolea, después de cantar Core’ngrato de Cardillo, se acercó al grupo que rodeaba a Martha, y todos supusieron que desde los ensayos se habían prolongado las emociones de Rodolfo y Mimí.

Cecilia, para suplir la ausencia de un primer tenor, cogió dos copas de vino y fue a ofrecerle una al maestro Farnesio
- No bebo por la noche, Niña; pero siéntese a charlar conmigo. ¿Qué le pareció la actuación de Marthita, eh?
-Para qué le digo que yo lo hubiera hecho mejor si no ha querido escucharme en un primer papel…
-Tenga paciencia, Ceci. Recuerde que si el Sol sale para todos, también hay que aceptar que nos alumbra por turno, no todos al mismo tiempo ni en el mismo lugar…
Cecilia consideró que todos estaban absurdamente contentos para celebrar algo tan mediano y, pretextando un dolor de cabeza, se despidió y salió a caminar en busca de un taxi que la llevara a casa. En el trayecto meditó en cazar a un maestro de canto que la ayudara a triunfar contra las protegidas de la fuerza del destino.

*Capítulo de la novela inédita de Roberto Bañuelas llamada Las Arias de la Locura.