REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 08 | 2019
   

Arca de Noé

¿Qué quedó del discurso revolucionario del PRI y del legado del 68?


Héctor Fernández Pedroza

“No nos representan”  15-M Spanish Revolution
Ahora que el PRI se dispone a regresar a Los Pinos y que en la izquierda se avizora una nueva ruptura, oportuno es recordar los cimientos ideológicos que sirvieron a ambos para posicionarse en el espectro de la política mexicana durante muchas décadas, y que a la postre, les recompensó enormes dividendos políticos y materiales.

Aunque el título del presente artículo puede llevar al error al considerar que los conceptos revolución mexicana y movimiento estudiantil no tienen nada en común.
Por muchas décadas, el discurso revolucionario fue el sustento ideológico que sirvió de justificación para legitimar la permanencia en el poder de la clase triunfante de la Revolución Mexicana.

Mientras que el legado del 68 ha sido visto como el hecho fundador del proceso democratizador del país.

El discurso revolucionario

¿Qué tiene que ver el discurso de la Revolución Mexicana con el legado del movimiento estudiantil de 1968? Lo que a simple vista podrían parecer asuntos irreconciliables, en los hechos parece ser que no lo son tanto.

Pues el discurso revolucionario del PRI sirvió -hasta su agotamiento- para legitimar a un régimen carente de transparencia, pero “comprometido” con la justicia social.
En efecto, el discurso de la Revolución Mexicana sirvió para darle un velo de heroísmo a los que condujeron el país luego del conflicto armado. Eran los tiempos de los gobiernos revolucionarios, lo que importaba era alcanzar la justicia social, no importaban los métodos a utilizar, no importaban los saldos negativos en democracia que sembraba el modelo nacional y populista.

Mientras que el discurso del “legado del 68” ha sido un instrumento -hasta el día de hoy- para legitimar a una generación de políticos de la izquierda en su búsqueda por el poder. Desde entonces, estos expropiaron aquel hecho como crisol de su identidad personal y partidista.

El discurso revolucionario era el telón que encumbraba los grandes logros de los gobiernos del partido oficial, de los gobiernos que lograron pacificar el país y ponerlo en la ruta del desarrollo, eran los tiempos de “todo dentro de la revolución, nada fuera de la revolución”, o para decirlo a la mexicana, “el que se mueve no sale en la foto”.

Era la época del desarrollo estabilizador, de la política del pleno empleo a pesar de las desigualdades y el corporativismo, en suma, el sistema político contaba con una amplia aceptación dentro de la población.

Siendo la aparición de la clase media, la que vendría a poner en cuestionamiento los supuestos logros del desarrollismo.
Mucho se ha escrito ya sobre el significado que tenían para los jóvenes de los años sesenta la Revolución Mexicana. Para entonces, entre los jóvenes empezaba a crecer un sentimiento de enfado y frustración por los malogrados resultados de la Revolución institucionalizada, a saber: desigualdad socioeconómica en aumento y corrupción en todos los órdenes de gobierno. Éste era el rostro del Estado posrevolucionario, cuyo discurso ya no era aceptable entre los jóvenes provenientes principalmente de una clase media con acceso a la educación.

Hay bastante material documental que testifica que para 1968, los jóvenes mexicanos habían perdido la identidad con el régimen revolucionario que había enganchado a las generaciones anteriores; las causas de este deterioro, van desde el simple paso del tiempo como también por la actitud crítica de ese nuevo sector de la población que confrontaba día a día el discurso de los gobernantes con la realidad.

De igual manera, existe casi unanimidad, de que la torpe y criminal respuesta del gobierno al movimiento estudiantil desencadenó una crisis moral del régimen, cuyo sustento ideológico -el discurso revolucionario- vendría a presenciar un deterioro irreversible hasta su agotamiento a fines de los años ochenta, cuando el gobierno reconoce su anacronismo, producto en buena medida por el desmantelamiento del Estado propietario, del Estado populista.

Vale sentenciar que con la represión estudiantil de 1968 la credibilidad de la clase dirigente inició un proceso de erosión, debido a su incapacidad para democratizar las instituciones y al pretender perpetuar los controles autoritarios a través de las organizaciones de masas oficiales. No obstante ello, el gasto público permitió por un par de décadas más, cumplir las exigencias de esos grupos clientelares, que al lema “la Revolución me ha hecho justicia”, siguieron garantizándole legitimidad al régimen.

¿Qué tiene que ver el ocaso del discurso revolucionario con el discurso del 68? Sencillamente que Revolución Mexicana y movimiento estudiantil de 1968, hechos diferentes en tiempo y espacio, sirvieron de materia prima para llenar los discursos de la permanencia en el poder y la aspiración al mismo, del PRI y de la izquierda militante respectivamente.

Una vez que al régimen priista no le quedó más que reconocer el adiós sin regreso del discurso revolucionario a fines de los ochenta, esta crisis de identidad ideológica le trajo consigo el aceleramiento del fin del régimen de partido hegemónico.

Es que retrospectivamente hablando, las consecuencias que tuvieron para el Ancien Régime el abandono del discurso revolucionario no se podían circunscribir en un simple cambio del discurso de un gobierno en turno, sino que se trataba nada menos que el despojo del aura justiciera que caracterizó a generaciones enteras de políticos de la familia revolucionaria.

Los politólogos norteamericanos afirmaron por mucho tiempo que la legitimidad del régimen mexicano descansaba en “la promesa de la Revolución”, la socialización de esa creencia, de esa promesa, permitió la aceptación de ese sistema entre amplios sectores de la población a lo largo de muchas décadas, a pesar de sus rasgos autoritarios, clientelista y profundamente corrupto.

Por tanto, llegada la década de los ochenta, y con ella, la crisis fiscal detonada por la deuda externa que obligó al Estado mexicano a introducir reformas económico-sociales radicalmente opuestas a lo que había sido el rostro del Estado revolucionario, el discurso de la Revolución se quedó sin contenido material. Sólo era cuestión de tiempo para que se decretara su desuso.

Cuando esto ocurrió, el conjunto de males acumulados bajo el tapete revolucionario le estalló literalmente en las manos a la clase gobernante, quedando al descubierto, y más aún, a debate las reglas no democráticas que sostenían al régimen.

El fin del discurso revolucionario significó para la clase priista, el reconocer en los hechos la existencia de un régimen autoritario y dar paso, inevitablemente a un discurso de transición a la democracia, significando esto un cisma dentro de sus más fervientes defensores del antiguo régimen. De no haberlo hecho, las tensiones generadas entre las instituciones de entonces y las demandas sociales hubieran abierto escenarios impredecibles.

Los damnificados al interior y exterior del priismo, luego del reconocimiento de un régimen no democrático, trataron de minimizar su pasado autoritario reduciendo sus diferencias, sus desacuerdos al ámbito económico, dividiéndose y acusándose de populistas por un lado y de neoliberales por el otro. Reeditando lo que algunos desde la academia habían señalado como “la disputa por la nación”.

Cierto es, que se trataba de una cortina de humo para ocultar lo que realmente había quedado evidenciado: un régimen autoritario que había sido gobernado bajo un esquema populista-nacionalista y en su última etapa, por una generación de tecnócratas inspirados en la corriente económica ultraconservadora en boga. No es casual que por esa misma época -principios de los noventa-, el escritor Vargas Llosa acuñara la frase de la dictadura perfecta para definir lo que había sido hasta entonces el régimen político mexicano.
Muchos populistas optaron por el retiro, pero otros más protagonizaron una oleada de migración hacia la izquierda partidista.

Hay que recordar a un enfurecido Secretario de Gobernación -allá por 1993- cuando reclamaba a los periodistas qué era eso “de transición” de régimen, para ejemplificar el sentimiento de orfandad que generó entre la clase gobernante el abandono del discurso revolucionario.

Por esos mismos años, el ex presidente que endeudó al país en cantidades estratosféricas entre 1976 y 1982, declaraba a una publicación semanal que había sido “el último presidente de la Revolución”.

Es que hay que comprender que el vacío dejado por el anacronismo del discurso populista y nacionalista, abrió las puertas para un debate amplio y serio sobre el déficit democrático de las instituciones políticas.

Ya no se trataba de trasnochados profesores de las universidades públicas que soñaran -desde sus cómodos escritorios y salarios- sustituir el régimen priista por un régimen marxista, sino de una pléyade de opiniones de nuevas generaciones de periodistas, politólogos, internacionalistas y juristas, que hacían un recuento de los saldos de ese régimen autoritario, y ahora se exigía desde diversos frentes, transitar a un régimen de libertades y derechos.

Crítica que también debería haberse extendido a un buen número de juristas, que en cuyas obras nunca existió el menor señalamiento de la ausencia real del Estado de Derecho. Su silencio, en la mayoría de los casos, fue acompañado de su contribución en el sostenimiento antidemocrático del régimen.

El fracaso del Estado populista y el fin de su justificación ideológica, expuso al régimen a un severo escrutinio interno y externo, imposible de ocurrir sin la presencia de una pluralidad en los medios de comunicación.

La otrora clase gobernante comprendió que para poder sobrevivir no le quedaba más que construir un nuevo discurso, que a su vez, se sustentara en la transformación democrática de las instituciones, aunque para ello, significara la pérdida del monopolio del poder.

La transformación paulatina de las instituciones políticas y una creciente sociedad civil, allanarían el camino para un cambio de opinión en las preferencias de los votantes que quedará evidenciado con la alternancia en el año 2000, y con ella, la consumación de la transición a la democracia.

La modernización política del Estado mexicano representó el fin irreversible de un régimen autoritario posrevolucionario, incluso ante la eventualidad de que regresara el PRI a la presidencia de la República.

El discurso del legado del 68

Debe señalarse que a estas alturas no hay prácticamente nadie que pretenda justificar el acto criminal del 2 de octubre de 1968, como tampoco debe haber excusa alguna al día de hoy, para que se exija rendición de cuentas a esa izquierda institucionalizada que ha explotado con grandes dividendos políticos “el legado del 68”. Esa izquierda partidista que desde hace más de dos décadas ocupa posiciones dentro del Estado -primeramente en funciones legislativas y luego en funciones de gobierno.

Hubo honrosas excepciones de aquellos líderes del 68, y de esa generación, que decidió marchar por caminos diferentes a la militancia partidista de izquierda. Excepciones de escritores, periodistas, académicos (no confundir con burocracias universitarias), sirven todavía de ejemplo hasta el día de hoy. Pero seguir calificando a toda aquella generación como los autores de los “tiempos que hoy gozamos”, resulta en todo sentido un exceso por decir lo menos.

Es que hablar de la generación del 68, es hablar de que la mayoría de sus “líderes” (muchos de ellos autonombrados), a la luz de sus actuaciones a posteriori, simple y llanamente, no superan la prueba de credibilidad y honestidad.

Como ha ocurrido con otros hechos coyunturales, con otros hechos históricos, en torno a la generación del 68 se han creado grandes mitos, se les han colgado -voluntaria e involuntariamente- a sus líderes y a aquellos por el simple hecho de pertenecer a esa generación, cantidad de milagritos, que repito, se desvanecen con la prueba de la realidad.

Se dice que en política nada es casualidad, y si comparamos la distancia en términos de tiempo, entre 1968 y los años en que quedó formalmente institucionalizado el régimen de la Revolución Mexicana (1929), son aproximadamente los mismos años, cuatro décadas, que separan a 1968 con la actualidad.

Curiosamente se puede afirmar que lo que les ocurría a los jóvenes del 68 respecto al discurso revolucionario, les empieza a ocurrir a los jóvenes de ahora con el legado del 68; el mismo fenómeno se empieza a desdoblar con los jóvenes nacidos en los años ochenta y principios de los noventa que no se politizan necesariamente a partir de los hechos ocurridos en 1968.
Esto es natural en cualquier sociedad; los jóvenes españoles de la actualidad no se ven inmersos en debates sobre el régimen franquista versus republicanos, a pesar de que cuenten con vivos testimonios por parte de sus abuelos.
Esto también es aplicable para el caso mexicano, respecto al movimiento del 68.

Si bien hay que advertir sobre las profundas diferencias entre una guerra civil -como lo fue la española- y el movimiento estudiantil de 1968, para el caso que nos atañe es válido sobre el impacto que tiene un hecho histórico en la politización de varias generaciones.

El legado del 68, como discurso de la izquierda institucionalizada, ya ha perdido fuerza, porque al igual que el franquismo, las causas objetivas y/o materiales han desaparecido, ésas que permitían unir a una y otra generación.

La generación nacida después del 68, los jóvenes que marcharon en la segunda mitad de los años ochenta se sintieron vinculados a la generación de sus padres porque aún pervivían las mismas condiciones materiales del régimen autoritario: partido hegemónico omnipresente en todos los órganos y del Estado y en todos los órdenes de gobierno (federal, estatal y municipal).

Muchos jóvenes de fines de los ochenta, fuimos testigos presenciales de ese sentimiento de solidaridad que resultaba por entonces entre esa y la generación anterior.

Se sabía que aún estaba intacto el régimen que había asesinado a cientos de gente aquel 2 de octubre. Régimen que se negaba a hablar del movimiento, al igual que por entonces mucha prensa escrita y hablada.

Cómo olvidar aquellas grandes movilizaciones estudiantiles y sociales de 1987, o aquéllas después de las elecciones de 1988, incluyendo la del 2 de octubre de 1988, donde cientos de miles enlazaban la lucha inconclusa de 1968 con la lucha por el sufragio.

La tentación del poder por reprimir en aquellos años ochenta, siempre estaba presente en la mente de todos los asistentes a los mítines, y eso inevitablemente unía a las generaciones.

En contrapartida, la generación actual de jóvenes, los nietos del 68, no encuentran las mismas condiciones materiales: ya no existe ese PRI-Gobierno a secas, acaso lo que existe son partidos diferentes en los gobiernos.

Incluso en 1993 -25 años de aquellos sucesos- era todavía aceptable esa solidaridad pues la alternancia aún no había llegado con tal fuerza a otros órganos que no fueran los órganos legislativos.

Eso le debería quedar claro a la izquierda militante y dejar de presentarse cada vez que puede, como los “herederos” de esa lucha.

No es mera coincidencia que el ex candidato de las izquierdas a la presidencia del país en este 2012, por cierto ex priista, haya elegido la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco para relanzar su campaña en momentos que lo ubicaban muy por debajo en las encuestas; sus cálculos electorales le decían que la incertidumbre en la intención del voto se encontraba en los votantes indecisos, particularmente en los jóvenes que por vez primera votarían en una elección presidencial. Siendo ése el mejor escenario -la plaza- para dirigirse a ellos y atraer su atención.

Días después, en la misma sede, el autodenominado movimiento “yo soy 132”, haría suyas las exigencias vertidas por el candidato. A partir de entonces candidato y movimiento marcharon en la misma dirección.

Los intentos por enlazar a los jóvenes de ahora con lo ocurrido en 1968, difícilmente encontrarán eco como factor de movilización o cohesión.

Si la generación actual de jóvenes ya no se ve vinculada por razones objetivas a la del 68, la generación que quedó en medio difícilmente seguirá identificándose con la de sus padres.

En efecto, ya fueran en líderes o simples miembros de la generación del 68, estos utilizaron permanentemente el discurso del “legado del 68” para aspirar al poder, a estos se les sumaron los jóvenes en los años ochenta, que de igual forma utilizaron dicho discurso como emblema de su movimiento pues “había que cumplir con las promesas truncadas”. El discurso del 68 fue monopolizado incluso también, por la escisión de líderes del PRI que se separaron del partido en los años ochenta. Vamos, el discurso del 68, siempre estaba presente en los discursos de la izquierda y de ellos, como hecho histórico de una “lucha” que encabezaban y/o heredaban.

Utilizaron puntualmente ese discurso, como lo hizo por muchas décadas el PRI con el discurso revolucionario, para legitimarse en el espectro de la política mexicana.

No obstante, a la izquierda partidista les sorprendió llegar al poder, pues todo su discurso se había construido en la crítica del autoritarismo y la corrupción. Ahora les tocaría a ellos ser el centro de la crítica y prueba de la rendición de cuentas y con ello el discurso del 68 que habían sabido capitalizar para alcanzar el poder.

Ambas generaciones de líderes de izquierda militante -la del 68 y la siguiente- nunca habían demostrado con hechos estar comprometidos con los principios y valores democráticos. Se les daba un voto de confianza por sus promesas de “hacer las cosas diferentes”, de llevar a “obreros y campesinos al poder”, de permitir “la autogestión del pueblo”.

Ahora que desde hace más de una década son gobierno, han venido a demostrar lo que en el fondo eran.

Ningún joven de ahora que se politiza por otras vías diferentes al legado del 68, debería pasar por alto que hoy precisamente muchos de esos líderes o “herederos” de aquella lucha, sean los mismos que hoy repiten similares prácticas de corrupción, fraude y autoritarismo que tanto habían criticado al gobierno de corte priista.

A partir de 1997 -año en que son por vez primera gobierno local-, se observa cómo esa izquierda partidista ha creado clientelas personales que controlan y administran espacios de poder como patrimonio suyo (ya sea en las cuotas de diputados, en los espacios del gobierno y delegaciones políticas del DF, en los Estados donde han ganado como Michoacán, Zacatecas, Baja California Sur, etc. y por supuesto en su mismo partido o partidos); es la violencia física, la que también parece ser otra de sus características para defender sus cuotas de poder.

Es verdaderamente sintomático que en todas las elecciones internas del principal partido de izquierda, hayan sido impugnados sus resultados, develando las prácticas antidemocráticas de todos sus grupos, de todas sus tribus como se les llama.

Tan cierto es, ese estado moral de las izquierdas, que mejor decidieron en este año electoral de 2012 recurrir a las encuestas como método para elegir a sus candidatos y evitar el mismo espectáculo de fraude interno.

Los otros partidos pequeños de izquierda, simplemente se administran como patrimonios personales.

Observar cómo se organizan y actúan estos grupos de la izquierda, es el mayor insulto que pueda darse a la inteligencia de los mexicanos que creyeron que esas personas sin nada, llegando al poder, iban a evitar embriagarse de los recursos y sobre todo del dinero al que tienen acceso legal e ilegalmente.
Incluso, se puede asegurar que la generación que sí se sintió ligada a la del 68, los jóvenes que se manifestaron en los años ochenta, es la más reacia a seguir permitiendo que la izquierda partidista siga sintiéndose heredera del movimiento del 68.

Como miembro de la generación siguiente a la del 68, no puedo ocultar mi desencanto y mi indispensable deslinde; poner en claro la posición generacional de la que soy parte con respecto a aquélla.

Aceptar el argumento de la izquierda militante que afirma que el cinismo y corrupción de sus legisladoras, legisladores, de sus gobernadores es una desviación a corregir, es simplemente aceptar la estrategia de ganar tiempo para volver a obtener los mismos espacios para el siguiente gobierno o legislación. Hay que decirlo, en los hechos han demostrado que su rencor y odio por la corrupción que imperaba (cuando eran oposición), era en realidad su odio por no participar de los frutos de la misma.

El desencuentro -hoy evidente-, ya empezaba a manifestarse desde hace más de 20 años, cuando no cuadraba el discurso de esa izquierda con sus conductas. Finalmente ser de izquierda era y es una actitud y no consiste exclusivamente en insultar y descalificar al gobierno.

Paradójicamente, fue la ceguera y brutalidad del gobierno autoritario de aquel año de 1968, lo que generó a la postre un enorme capital político para un grupo de políticos “que no sabían lo que querían” como confesó uno de ellos al cumplirse 25 años de los sucesos, pero que utilizaron la represión gubernamental como bandera política por muchas décadas.
Con el paso de las décadas esos líderes y burocracias universitarias, han querido presentar una imagen armoniosa de aquel movimiento, de sus propuestas, han querido ocultar sus profundas desavenencias que fueron ventiladas durante el movimiento y después del 2 de octubre, apostando a la desmemoria ocultan sus divisiones, sus acusaciones mutuas, que sin duda facilitaron al gobierno en turno la opción, la salida represiva.

Se les olvida a muchos de sus ex líderes y burócratas universitarios, que muchos de ellos, a los pocos años del 68 sucumbieron ante los pies del gobierno echeverrista, basta recordar una frase del ex presidente en los últimos años del siglo pasado, cuando en tono sarcástico le reconocía a uno de aquellos dirigentes que fue de los pocos que “no se vendió por un plato de lentejas”.

En otras latitudes, en la mayoría de los ex líderes del “mayo francés”, del movimiento que para muchos observadores detonaron las protestas mundiales de aquel año de 1968, hoy han reconocido sus excesos y errores que lideraron y protagonizaron. En México no hay ninguna opinión semejante.

La izquierda partidista, la izquierda militante mexicana (incluyendo los llamados sindicatos independientes y las burocracias universitarias de profesores) no sobreviven a la prueba democrática.

En estilo cantinflesco, ningún joven de hoy y de siempre puede creerles ahora -a la luz de sus comportamientos antidemocráticos y corruptos- que fueron lo que dicen que fueron en aquel año de 1968.

Cuestión aparte lo representa el sector igualmente beneficiado del movimiento del 68, el sector de las burocracias de profesores universitarios.

De la misma manera de que hay que deslindarse de la izquierda militante, hay que desmarcarse de las burocracias universitarias, en las cuales, muchos de sus miembros han compartido ambas actividades.

Esas burocracias revestidas de un halo de resistencia al régimen, se formaron en el esquema autoritario, y siempre han evidenciado su escasa vocación a la autocrítica, poco dispuestas a la actualización académica y sí en cambio, aprendices de las prácticas más nefastas del corporativismo oficial.

Los burócratas de profesores universitarios, se beneficiaron en los años setenta del último soplo del populismo al brindarles pleno empleo sin que mediara para ello algún criterio de calidad; hasta el día de hoy acaparan al mismo tiempo puestos de profesores “de tiempo completo”, de investigadores, de funcionarios universitarios, incluso en varias instituciones educativas, en menoscabo de oportunidades para las nuevas generaciones de profesionistas mejor preparados en todos los sentidos.

Hoy las irreductibles e inexpugnables burocracias universitarias, en su mayoría se formaron de todos aquellos de la generación del 68, cuyo único mérito que tuvieron, si es que se puede llamar mérito, es el haber llegado primero.

La revolución que tanto pregonaban para la sociedad, es precisamente lo que se requiere pero en las aulas, en sus mentalidades; hay que recordarles el principal lema del mayo francés de aquel año: la imaginación al poder.

Lo cierto es que el legado del 68 como discurso de la izquierda militante y partidista ha entrado en una crisis cuyos augurios de desenlace son los mismos que le siguieron al discurso de la Revolución Mexicana.

La vieja clase priista, que en buena medida hoy regresa al gobierno federal y la izquierda militante actual, comparten los mismos vicios que provocaron su desenmascaramiento ideológico, a saber, su autoritarismo y su escasa convicción por la transparencia y la rendición de cuentas.

Por respeto a la memoria de aquellos que fueron víctimas de la represión de hace cuarenta y cuatro años, de una vez por todas ignoremos en las urnas y exijamos en las aulas a aquéllas y aquellos que se han beneficiado lucrando con esa tragedia.

*Constitucionalista y profesor universitario
hfernandezp@comunidad.unam.mx