REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

Para mi compa del arma Jesús Rodarte
por su pronta recuperación


El saraguato mojarra
Gracias por la mención en tu artículo, maestro René Avilés. Medio mundo habla ahora del sentido de pertenencia, tema, confieso, que me importa un diputado matraca. No sólo no soy del DF sino tampoco de Chiapas, sino del Soconusco, franja entre la selva y el Pacífico, roturada por una veintena de ríos. Soy costeño, selvoso y subacuático. No pertenecí ni siquiera a las cantinas de mi pueblo, sino a una cervecería, La Mesa Redonda. En el café La Habana del DF los colegas habituales de los años setenta, ajenos a las seis redacciones en las cuales había trabajado, me nacionalizaron ¡dominicano!, según el periodista Abraham García Ibarra. Aunque se equivocaron por unos cuantos cientos de kilómetros y otras tantas millas náuticas, les reconozco intuición reporteril porque me veían prieto, brazos de saraguato y comiendo mojarras todo el tiempo.

Tampoco sentí ser economista ni periodista si yo ambicionaba escribir historias. Soy reportero, oficio aprendido sobre la marcha, y aspirante a narrador aunque haya publicado una docena de libros correspondientes al género, de acuerdo con mi pretensión contumaz. Elena Jordana hizo el favor de publicarme La tarde anaranjada y otros cuentos (El Mendrugo, 1976), en papel de estraza y pastas de cartón. Tú los seleccionaste de entre una docena. El malvado de Antonio Andrade preguntó si era de la editorial Conasupo cuando lo presenté en mi apartamento de divorciado, presentación a la cual asistieron Enrique Loubet junior, Rafael Cardona, Miguel Ángel Rivera y Roberto Vizcaíno, recién salidos de Excélsior. Y mi primer mamotreto, Polvos ardientes de la Segunda Calle (Mortiz, 1990).

Si soy del verano del 42, je, ¿pertenezco a la generación del 40? En cuanto al calendario así es y al rock y a haber leído a la mayoría de los escritores de “la onda”, pero ¿quién iba a reconocérmelo? Detesto a los advenedizos. Así pues traté de dominar dos oficios para cuyo ejercicio nadie te da título. Pagés Llergo me hizo ver a quién o quiénes pueden reputarse periodistas y yo quedé en noventa o noventa y cinco por ciento de lograrlo. Gracias a ti puedo considerarme parte la generación del 40. Lo cual es un honor. Si me tildan de arribista diré reclamos al Águila Negra...

Abriendo fuego amigo
¿Cómo te fue?, preguntó Petunia Flowers (PF) al reencontramos a la hora de la sopita. Han sido los mejores muchachos porque preguntaron como nadie. Pero abrí fuego cuando les previne que afuera no hay vacantes y que si quieren ser articulistas tienen que reportear. Dudaba, dije, de que tuvieran en sus hipotéticos respectivos periódicos notas informativas completas para hacer análisis o para opinar sobre equis tema.

PF me tildó de aguafiestas con esa clase de alientos y preguntó cómo osaba asestarle de patadas al pesebre. Yo no doy patadas sino puntapiés, pensé decirle, pero ¿para qué? Buscaba estimularlos, le dije, para que se prepararan pues enfrentarán espacios invadidos por razones ajenas a la calidad. Preparados, podrían darle un puntapié en el trasero a los usurpadores.

Estaba ante cuarenta y pico de estudiantes de Ciencias de la Información de la UNAM (quinto semestre), en la cátedra de géneros de opinión, a cargo del profesor Armando Rojas Arévalo. Les dije que emitiría un rollo de tres minutos y pasaríamos a las preguntas y respuestas en la cual me desplazo como pez en el agua, supongo.

Para escribir artículos, especifiqué, deben tomar como punto de partida las notas informativas, pero ¿y si son deficientes? Pues a reportear…, lo que está bien y con mayor razón si han llevado la clase. Porque ¿cómo analizarían u opinarían con datos insuficientes acerca del, digamos, envenenamiento a un cardenal, que salvó la vida según él porque le extirparon metro y medio de intestino? Sólo están las versiones a modo de la supuesta víctima y del presunto responsable, ahora senador.
Tenía un montón de ejemplos, pero pasamos a las preguntas y las respondí con sinceridad. Hasta que Jéssica preguntó: “¿Qué es reportear?” Así nada más, agregó. Interesante. Pero cuando uno reportea no se detiene a preguntarse cómo define lo que hace porque, si anda en Babia, le ganan la nota. ¿La dejó insatisfecha mi respuesta? Una definición que acaso ni está en los manuales. Reportear es enterarse, Jéssica, y saber de primera mano por medio de la información, lo cual te da poder y libertad y, como el lector es selectivo, hay que ganarlo con excelente reporteo y buena redacción.

¿Y la paga?, preguntó Petunia. Me la dio Mildred, respondí. La única que compró uno de mis libros, Morir de periodismo (Axial). Se te enfría la sopa, dijo PF.

Soltería eterna o saber leer
La idea de que nadie se case si los novios no saben leer me parece formidable, Gusgús. Si ocurre en Alemania como dices, debes tener mayor información. Suena a ley propia de la tierra de Gunther Grass y de Henrich Böll, pero también de Hitler. Como soy un caso para psicoterapeuta repudio toda restricción en mi tránsito por la vida. Tras dos o tres descalabros familiares y otros tantos en el ámbito de la universidad de la vida descubrí la forma de evitarlos y es cumplir, respetar la ley. ¿Será la cárcel allá el castigo para los amancebados? Habría quienes la prefieran a seguir arrejuntado con quien te salió bruja, je je, sin que importe un diputado matraca las salchichas bien hechas.

Debiera inhibir mis lucubraciones porque uno de mis pocos aciertos en la vida fue aprender a leer. También ignoro si es mérito para alguien adicto a la lectura y a los jaiboles, y a los cacahuates, nueces y pistaches, en orden ascendente de precios. Una cucharada de cacahuates a manera de piscolabis me saben a gloria como las nueces o los pistaches. Tan me hice adicto a la lectura que encarrerado di el salto al vacío, el intento de escribir. Podría ser el colmo porque muchos escritores se quejan de que sobran escritores y faltan lectores.
En cuanto a tu pregunta de ¿qué se me ocurre?, ¿algo como la idea alemana? ¿Qué opinas tú de que haya doce millones de peludos aquí sin acta de nacimiento? Lo que me gustaría es que por decreto se prohibiera prohibir, como demandaba Danny el Rojo, alemán, en el 68 parisino y que todos lean para que el ser humano sea más libre y tenga mejores gobernantes. Podría hacerme de la vista gorda si permiten el matrimonio sólo si la pareja documenta que sabe leer. ¿Y qué tal si enseguida le exigen a los candidatos a equis puesto la lectura mínima de tres libros?

Aunque aquello suene contradictorio porque ¿serías más libre atado a una mujer? Como ya vienen los contratos matrimoniales por tres años, cada vez conviene más saber leer. Deben sobrar ideas para sustituir la alemana o para adecuarla al desmadroso mundo latino. Ahí está Cuba. Qué te parece que la letra entre con anuncio de TV y no con sangre. Pero esa tarea les corresponde a otros zapateros. Yo estoy muy a gusto haciendo los míos. ¿Por qué hacerle la chamba a los demás, con todo respeto? Sólo atiendo órdenes de Cervantes, de Hemingway, de Rulfo y de Pagés Llergo.

Mañana chilanga
Como ese libro le demanda concentración total, Feldespato lee una, dos veces equis párrafo. No importa, siete sexenios atrás no entendió nada, o recordaba sólo detalles. Se propuso ya la relectura porque iban a hacer una nueva traducción y corregirían numerosas erratas, y su déficit de atención podría llegar al ciento por ciento. Las medicinas que se lo exacerbaban terminaron en la basura.

Tomó asiento de cara a la entrada del vagón y detrás de él subió un vendedor de música estridente con bocinas a la espalda. Respiró profundo y apretó los puños, la receta para combatir el estrés y la neurosis, según leyó. Lo mejor para él fueron siempre dos, tres mentadas. Avanzaba en la lectura cuando irrumpieron tres cargas de búfalos en estampida en la estación del Centro Médico. Una pareja tomó asiento a su izquierda. Él, un sesentón de gafas para miope y de cabello como de estopa. Ella empezó a hacer aspavientos entre su nariz, la de Feldespato y el libro. Eran como jabs femeninos, como uno-dos femeninos, como lancetas mortíferas.

Feldes vio a su derecha y al fondo. La gente despierta no respondía al ataque. Entonces giró el cuello hacia la izquierda y vio a una cuarentona sordomuda, lanzando los jabs perfectos. El tipo del cabello como de estopa apenas lograba meter su cuchara, es decir, las manos. Esas sí en alto. No iban más allá de las rodillas de él. Feldes cerró el libro. Formidable, se dijo. Una sordomuda ¡parlanchina! y ¡vehemente! ¿Podrá decirse así? Meneaba dedos, manos y brazos, y hacía muecas, estiraba los labios de manera tan flexible que podría alcanzarse una oreja.

Feldes esperó el cese de las parrafadas violentas. El hombre cabello de estopa vio a Feldespato a los ojos, resignado. Como diciéndole ¿te imaginas cuánto soporto yo? La parrafada menguó. Entonces él, distraído, se dijo que había sido buena decisión buscar las dos versiones del Ulises, de James Joyce, para ver cuál releería. La traducida por un argentino o la traducida por un español. Escogió el ejemplar mejor conservado. Pensó en leer una versión y luego la otra. Pero tenía tanto qué releer…

De repente la mujer dejó de manotear entre su narizota, la de Feldes, y el libro. Feliz, él abrió de nuevo el libro pero entonces el vagón quedó a oscuras y el convoy se detuvo entre Niños Héroes y Balderas. Pinche realidad, murmuró Feldes, resignado.

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