REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 08 | 2019
   

Confabulario

Ahora somos más fuertes


Leonardo Sevilla

Cuando llegamos a la playa Lido Bosco Verde, ubicada en el mar Adriático y en el territorio de La Puglia, cerca del tacón de la península italiana, vi que las olas eran tan grandes que de repente recordé que muchos años antes estuve a punto de morir en una playa de México y se lo conté a Antonela, la mujer de mi amigo Giuseppe. Fue un presagio o una premonición, aunque el peligro del mar era más que evidente. No obstante, le pasé mi pequeña libreta a Herminia, la mujer peruana de mi amigo Sandro, proponiéndole que escribiera un poema, pero ella me dijo que después. Sandro puso una toalla sobre la arena y se tendió a reposar; y yo, como no hacía sol ni suelo meterme en el mar de inmediato, pensé hacer lo mismo o ponerme a escribir. De repente vi que Giuseppe, Amadeus y Alexi estaban nadando, y que Maija se empezaba a meter en el agua. En la siguiente imagen Alexi ya no estaba atrás de Giuseppe y de Amadeus, sino adelante de ellos, por lo que sentí cierto alivio. Pero cuando capté que mi hijo menor no lograba avanzar, a pesar de que nadaba, me puse alerta. Las fracciones de segundo me parecieron siglos enteros mientras me quité lo más rápido que pude el reloj, dos pulseras, la playera y las bermudas, que metí en mi mochila. Y, como todo seguía igual, me lancé al mar sin pensarlo más. Sentí de inmediato la frescura y la fuerza de las olas, y pensé que podría pasar algo muy grave si Amadeus no salía cuanto antes. En contra de mi deseo e intención de llegar nadando directo hacia él, el oleaje me arrojó ocho o diez metros hacia el lado derecho. Fue tan sorpresivo como frustrante, pero consideré positivo que Amadeus estuviera junto a Maija y Alexi. En un abrir y cerrar de ojos el movimiento de las olas hizo que Giuseppe, atrás y a la derecha de ellos, y yo estuviéramos más o menos cercanos. Le grité pidiéndole ayuda, temiendo que Amadeus y Maija estuvieran en peligro. Como capté que el estruendo del mar haría inútiles mis gritos a lo lejos, opté por hacer señales de ayuda a Sandro, a Antonela y a Herminia. Pero los tres, ante mi desconcierto, desde la playa me indicaron con las manos que saliera del mar. Mi temor aumentó aún más cuando vi que Giuseppe, quien había sido arrojado por el tremendo oleaje atrás y al lado derecho de mí, hacía gestos verdaderamente angustiosos pidiendo socorro a los que estaban en la playa.

Con la impotencia y la rabia de que todos pudiéramos morir de una manera tan imprevista y estúpida, tuve la sensación de que esa escena espeluznante era una especie de broma cruel y absurda del destino. De pronto vi a Alexi, que me gritaba con desesperación que los fuéramos a ayudar. Le dije que sí, que ya iba, pero las olas lo impidieron. Y él, muy irritado por mi supuesta inercia o lentitud, me dijo que eso no era un juego. Insistí en avanzar hacia mi mujer e hijos, que se debatían en medio de aquel oleaje que parecía un monstruo hambriento.

Después con asombro vi más cerca a Amadeus, así que nadé y floté hacia él con renovados bríos. La cada vez mayor cercanía entre ambos fue un enorme consuelo para mí, el cual aumentó cuando percibí que en ciertos lugares yo podía apoyar lo pies y descansar un poco. Sin embargo, el nivel del suelo era profundo en otras partes, aparte de que las olas me movían e impedían permanecer en un solo lugar, por lo que la oscura amenaza seguía vigente. Cuando logré al fin estar junto a mi hijo menor consideré que era una enorme fortuna que la vida me concediera esa oportunidad, y tuve la convicción de que haría hasta lo imposible para salvarlo. Le pregunté que cómo estaba y él me contestó que no le gustaba el mar, que era un mar de mierda. Sentí una ternura y una alegría increíbles, como si mi cuerpo y espíritu se hubieran cargado de una intensa energía. De pronto Amadeus se me colgó del cuello, pero yo le quité el brazo de éste y le expliqué que ambos podríamos hundirnos así. Lo ayudé a flotar y le dije que se tranquilizara, que yo lo iba a empujar de las nalgas hacia la orilla y lo lancé hacia delante un par de veces. En ese trance crucial vi que un joven salvavidas con un calzón de baño rojo corría por la playa mientras se iba quitando la playera y en la arena clavaba una especie de ancla y se metía en el agua, agarrándose de una cuerda. Fue una nueva esperanza, un aliciente más para no desfallecer y proseguir en aquella lucha desigual contra las olas, que parecían titánicas, desafiantes e imperturbables. Perdí otra vez la noción del tiempo y entonces ocurrió una especie de prodigio, pues noté que tanto Alexi como Amadeus y Maija estaban casi fuera de peligro. Un momento después el joven salvavidas, que se encontraba a unos siete metros de mí, me gritó con vehemencia en italiano que si yo era capaz de salir solo. Yo le respondí que sí, aunque no estaba muy seguro de lograrlo. Él se dio media vuelta hacia la playa y casi no pude creer lo que vi detrás de mí: un hombre mayor también trataba de salir del mar. Al comprobar que Amadeus estaba fuera de peligro -no temí por Alexi porque es más fuerte y alto y podría apoyarse en el suelo para descansar como yo, pero si por Maija, que por su baja estatura no podía hacerlo-, una satisfacción infinita se apoderó de mi ser y al mismo tiempo logré pisar la arena y salir andando a la playa. Al darle las gracias al salvavidas por su oportuna intervención, éste estaba furioso, gritándonos varias veces con indignación que no volviéramos a entrar más. Tuve ganas de llorar por la tensión y la felicidad de que todos siguiéramos vivos, pero opté por abrazar a Amadeus, a Maija y a Alexi, y luego le agradecí verbalmente a Giuseppe su colaboración. Lo paradójico de la desgarradora experiencia fue que éste, por ser de allí, se supone que debería de saber que esa zona de la playa es muy peligrosa. Pero más tarde nos contó que él había ido a nadar a esa playa y que nunca le había pasado nada. Me impresionó saber que al principio Maija había ayudado a Amadeus, luego yo y al final su hermano Alexi, que lo levantó y aventó hacia delante cuando venían las olas grandes y así habían logrado salir del mar los dos. Asimismo fue desconcertante escuchar que en aquellos sucesos tan críticos Herminia, Antonela y Sandro habían creído no sólo que los estábamos saludando desde el mar sino hasta proponiéndoles que se metieran, por lo que no reaccionaron pidiendo ayuda. Pero después de haberme o habernos pedido que saliéramos del mar, resultó incomprensible que ninguno de los tres hiciera algo, así como que Sandro, que es un hombre fuerte y nada bien, no tratara de auxiliarnos. Al reflexionar sobre esa secuencia plagada de oscuridades, arrebatos e incomprensiones, encontré paradójico que yo me hubiera lanzado a las olas, sin avisarles del peligro por si se hacía indispensable que alguien nos ayudara. No obstante, logré comprender que el impulso de meterme rápido en el mar había partido de la creencia de que yo podría salvar a mi hijo. Pero en esa insospechada encrucijada no conté con las acechanzas del oleaje, que pronto cambió mi rol de posible héroe en posible víctima. Luego descubrí que el mismo fenómeno le había ocurrido a Maija, que tampoco había reflexionado ni tomado precauciones y se había metido instintivamente en el mar con el anhelo de rescatar a su hijo. Sentí vergüenza por haber tenido que recurrir a Giuseppe, pues en ese instante olvidé a mi hijo y mujer por pensar en mí, aunque en realidad yo sólo podía servir para algo en esa situación casi letal si primero lograba estar a salvo, como sucedió después. Giuseppe, al notar el peligro, colaboró al decirle a Alexi que se salieran del mar, quien, por fortuna, lo entendió y le hizo caso. Luego éste trató de salvar a su hermano y, como no logró hacerlo en su primer intento, nos pidió ayuda a los adultos. Pronto se dio cuenta de que no lográbamos responder a su ilusión, y también de que Giuseppe tenía menos condición física de la que él pensó. Luego también supe que el joven salvavidas había ayudado a salir a Maija -aunque ella había estado a punto de salir sola o Alexi hubiera podido ayudarla-, y al pobre hombre mayor y con algunos kilos de más, pero tan incauto como nosotros. Sin embargo, lo que ahora cuento a toro pasado o a posteriori es distinto a lo que ocurrió en esos momentos tan confusos y extremos: habríamos podido evitar el sufrimiento en el caso de que alguno de nosotros hubiera sabido que la playa era tan peligrosa o logrado prever que los lenguajes e interpretaciones de las veloces y confusas circunstancias serían o se harían tan complicados. Como siempre, cada uno tiene su propia versión de lo ocurrido, que considera la verdadera, cuando quizá todas las versiones sólo se aproximen a una presunta verdad, por lo demás inexistente. La experiencia recorrió velozmente las facetas del teatro: el drama estuvo a punto de convertirse en una tragedia irreparable, pero, por fortuna, terminó en comedia. Sea lo que fuera, me parece tremendo y maravilloso que lográramos superar aquel insospechado desafío. Ahora recuerdo que, cuando ya todos estábamos más o menos tranquilos, me le acerqué a Alexi, quien estaba sentado en la playa, dándole de puñetazos a las olas o tomaba con los dedos la arena, lanzándola con violencia al mar. Cuando le pregunté que cómo se sentía, me contó que la pinche vieja de Herminia se había reído cuando logramos salir de las olas. Le puse el brazo sobre el hombro y él me miró a los ojos y dijo: Pero ahora somos más fuertes. Su actitud y sus palabras me conmovieron de pies a cabeza: expresaban de una hermosa manera que éramos más valientes y valíamos más que antes. La vida nos había mostrado claramente su poder y su riqueza a través del inmenso amor que nos tenemos: acabábamos de verle la cara, las entrañas y la espalda a la muerte, su hermana gemela, que permanece oculta o en la sombra y a veces aparece para poner a prueba a los seres humanos, que naufragamos, nos ahogamos o salimos a flote de sus trampas a lo largo y a lo ancho del incierto camino cotidiano.