REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

De postre, escribir
Cada vez reduzco más mi campo de investigación, estimado Gusgús. Lo circunscribo a lo que escribo en mis dos ocupaciones. Suficiente para mí. Si no, tengo líos, el lío de perder tiempo si me dejo llevar por la curiosidad, lo cual es relativo. Es decir, cualquier investigación puede servirte mañana, sí, pero ¿y si no? Cierto, el tema acerca del “efecto mariposa” va y viene ahora en Internet. El aleteo de una mariposa en Pekín puede provocar un tsunami en Puerto Madero, Chiapas. Hay películas y canciones. ¿Cuándo supe de su existencia? Cuando leí un cuento de Ray Bradbury (1920-2012) en los años 70 del siglo pasado. Quizá si escribiera una novela basada en el tema investigaría qué novedades hay casi medio siglo después. Sólo que si se me ocurriera escribiría un cuento y de ocurrírseme dudo de igualar a Bradbury. ¿Por qué no un relato sobre la clase de vida que llevan los mayas en el subsuelo de Marte?
De entre los 65 mil pensamientos que generamos a diario pienso cuando tengo un respiro que habría sido más trinchón o menos burro si hubieran mundializado Internet desde los principios de su existencia, hace cuarenta y pico de años, según sé. Habría hecho mejor labor reporteril y mis libros quizá serían mejores. También me pregunto ¿por qué los veinteañeros pierden tiempo en Facebook y en el Twiter con todo lo que hay de aprovechable para ellos en la red. Como diversión podría estar bien. Pero ¿y la escuela y el trabajo? Quienes ven nomás basura es porque se hacen bolas o se ahogan en la mengambrea de las minucias. Esta clase de navegación reclama disciplina para no navegar a lo wey.
Estoy en las horas dedicadas a mi trabajo periodístico. Ernest Hemingway (1899-1961) dijo que si queríamos escribir ejerciéramos el periodismo durante cinco años y lo abandonáramos. No entró en detalles, pero vivió otras circunstancias y otra época. ¿Te imaginas su aumento de “productividad” provisto de una compu, él que escribía una cuartilla casi perfecta al día? Recién le contaba a Petunia Flowers mi descubrimiento de una confirmación, quién sabe de cuántas, del consejo de Papá Hemingway. De no hacer la talacha periodística aprovecharía el tiempo en más lecturas necesarias para mi trabajo de narrador o… ¡en navegar a lo wey! Si no hicieras esa talacha, dijo ella, morirías de hambre. Al oírme tartamudear, agregó que debiera tomar la narrativa como postre.

El general Villa y Gore Vidal
Descubrí a Gore Vidal (1926-2012) al leerle su novela Myra Breckinridge, regalo de mi general Jorge Villa. Él acababa de leerla y dijo está buena. La leí con gusto. Sucedió a principios de los años setenta cuando el de la tecla era redactor de corresponsales de aquel diario y Jorge Villa el jefe. Lo tomé como una distinción pues ¿por qué no se la dio a mi compañero? El jefe Villa recibía el mazo de telegramas, desechaba unos y el resto los dividía entre Julio Peña y yo. Con ellos redactábamos las notas informativas. Eran puros datos. Debíamos engordar el perro como decían los reporteros gringos. Echarle galleta, decía Luis Spota en los semanarios en que trabajó.

Volví a leer a Gore Vidal con gusto y con interés en el 2004: Una memoria (Grijalbo Mondadori). Título feo, pero es que en inglés se llama A Novel in the form of a memoir. Se sabe que nos gustan los libros que confirman nuestras opiniones. Gore Vidal cuenta que le preguntó a Saúl Bellow (1915-2005) por qué seguía dando clases. Porque sólo ahí tengo con quién hablar de literatura, contestó el Nobel 1976.
Gore Vidal, un burgués gringo, intentó ser senador demócrata como lo había sido su abuelo. Fracasó. Los expertos lo reputan mejor ensayista que narrador. Un periódico londinense le ofreció una suma cuantiosa de libras para que entrevistara al primer ministro inglés John Major (1990-1997), cuenta en sus memorias. Si quieren dar un buen golpe, les contestó, mejor que él me entreviste a mí. Enemigo del maquinazo como acostumbran los periodistas de países allende el Bravo, escribió también: “Para hacer un buen artículo hay que dedicarle mucho tiempo y el tiempo no es algo que yo esté dispuesto a derrochar alegremente”.
Quién sabe de qué manera influyó en mi vocación de narrador la novela que leí de él, pero en cuanto supe (1976) que o me culiatornillaba a teclear o sería un narrador frustrado, me puse a darle a la tecla obsesivo y compulsivo. Sexenios después le llevé al general Villa dos libros míos a un diario de Villahermosa, Tabasco. Él no estaba esa mañana y yo regresaría al DF minutos después. Ahora pienso que, si corrí con suerte, él leyó uno de los dos mamotretos, o los dos. Pero ¿los habrá regalado? No es mal hábito. O alientas a escribir a alguien o le pasas el mensaje de que sí, pero no como ese autor. Descansen en paz mi general Villa y Gore Vidal.

El hipocondriaco chafa
Estimado Doc Muñoz Campero, ya consulté a un médico alópata y a otro homeópata. Tenía una cita inminente con el primero. Un día previo a estas lluvias, te cuento, encendí el abanico de techo. En cierto momento el ridículo motorcito hizo ruidos raros como de OVNI. Ese abanico tiene ahí tres sexenios. Cierta vez soñé que manos enemigas cambiaban el motor y que manejado a distancia adquiría una potencia astronáutica y arrancaba el techo y se lo llevaba girando por los cielos, con todo y Petunia Flowers arriba. Mientras tanto caían pedazos de sol en llamas sobre mí expuesta humanidad. Así que esa tarde, bien despierto, mejor lo apagué y, ¿qué crees?, detenido el chunche seguí oyendo el traqueteo extraño durante varios segundos, muchos.
Pensé que todo había ocurrido en sueños o en duermevela. Sin embargo, algo sucedía en mi oído izquierdo, noté a partir de entonces. Cuando contestaba el teléfono y escuchaba mal pedía al interlocutor que al hablar guardara distancia del aparato. Pero no era él. Era yo. Era mi oído. Probé con el derecho y escuchaba bien. ¿Iba a quedarme sordo de uno? Puse atención con el radio y con la tele. Los sonidos resonaban como en un eco. Al confirmarlo recordé, inquieto, mi consulta médica pero quería recurrir de inmediato a una cita con el médico de la farmacia, a cincuenta pesos consulta. Asumo que soy un hipocondriaco chafa, pero sospeché de un tumor cerebral y que moriría en semanas. Petunia Flowers dijo, harta, que acudiera cuanto antes a cualquier médico. Ellos, con el otoscopio, ¿escudriñan el yunque, el estribo, ¡la trompa de Eustaquio!? Fue cuando te escribí. Quería una opinión previa. No contaba con que estuvieras tan ocupado pues casi a diario recibo dos o tres correos tuyos con despampanante información: chicas encantadoras, humor cibernético.
La médica me recetó unas gotas porque tenía inflamado el oído izquierdo y unas pastillas para atacar la infección desde la garganta. Nada de eso, dijo el homeópata, porque contienen esteroides y me dio un tratamiento ultraintensivo de tres días y otro intensivo de un mes. Como ambos coincidieron en el diagnóstico me serené. Esta vez no sucumbiré de cáncer cerebral, supongo. Tú mejor que nadie, siendo otorrinoetcétera, deducirás qué clase de inflamación tengo, atendida ya. De todas maneras gracias.

Sábados de Coyoacán
Todos los libros tienen un principio aburrido, pero mejoran, le dijo Cara Carnosa (CC), mujer robusta, a su madre, una anciana bien peinada, con una gran mariposa de oro ciñéndole el cabello blanco. ¿Que que qué?, se dijo Feldespato y giró el cuello. Ellas tomaban espumosos capuchinos en la banca de metal de la calle de Allende, ante la cafetería El Jarocho. Feldes, un “chutazo” de mokachino.
Feldespato prefiere asiento en Cuauhtémoc, sitio de malos conocidos y no de advenedizos por conocer en las bancas de madera de Allende. CC le había ordenado a su madre siéntese ahí, a usted que le gusta el sol. Acababa de irse una gringa. Sin duda, se dijo Feldespato porque ella le sonrió al sentarse. Las mexicanas enchuecan la cara.
Él observaba el paso de perros tirando de viejos, jóvenes y niños. Bestias chicas y grandes de dos en dos. Bien cuidadas. Más cepilladas que sus amos en bermudas y en chanclas, recién salidos de la cama. Sin bañarse, excepto los niños y los adultos. Iban por cafés o chocolates. Un cartel anunciaba el 59 aniversario de El Jarocho, cadena exitosa de Coyoacán.
La gringa estuvo minutos. Seguía dos consignas propias: sonreír y moverse. “¡Move!”, “¡move!”... Habituado a las fruncidas, Feldes respondió con una sonrisa de lado. Un cincuentón de gafas negras había pedido que recogieran toda “esa basura”, graznó, mientras señalaba con un dedo artrítico, la macetota de un árbol con vasos de capuchinos, de chocolate y una paleta de caramelo chupada. Se los dije a ellos como se lo estoy diciendo a usted que ni caso me hace, ladró el viejo carcamechuzo como si Feldes pudiera adivinar aquella mirada oculta. El tipo avanzó meneando su indignado trasero. Luego de la gringa, Cara Carnosa y su madre ocuparon el resto de la banca.
El comentario acerca de los libros había surgido porque un vendedor les ofreció separadores. ¿Ya leyó el libro que le di?, preguntó CC. No lo he terminado, dijo la anciana. Leer no le hace daño, madre. Tengo un altero. Una cosa es que tenga un altero y otra cosa es que los lea. El que me acabas de dar está muy aburrido… Ya vámonos, dijo CC. Feldes sintió ganas de preguntar si el libro era como uno de los que él había echado al baúl, esos que vendía por kilo. CC tiró de su cabecita blanca. La mariposa parecía aletear con ímpetu para que la anciana levitara en su enfurruñado desplazamiento atropellado.

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