REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 01 | 2021
   

Confabulario

Perro sarnoso quiere querer con perrita finolis


Hugo M. del Río

¿Me amarás si te digo que he vivido como lo que soy: un perro? Chucho callejero casi siempre: patadas en esta calle, patadas en la otra; aquí me arrojan agua hirviendo; allá me ofrecen un pedazo de carne con vidrio molido; muchos automovilistas cambian de carril con ánimo de atropellarme y dogos más grandes o más hábiles que yo me muerden y me zarandean.
El hambre y el frío se tutean conmigo; sólo la lluvia me limpia un poco el pelaje. El pordiosero mutilado que me daba casi toda su mísera ración se murió hace rato y sé, porque entiendo el lenguaje de los humanos, que los de la perrera municipal han cruzado entre sí apuestas a que me capturan.
Quizás lo lograrán. Por qué no.
No me malinterpretes: quejas, no. Hubo y hay perras tan roñosas como yo que me dieron caricias y calor, y algunos perros famélicos fueron mis amigos y compañeros de correrías.
Algunos murieron, otros cambiaron de barrio. Hoy camino solo, con una de mis pobres patas muy lastimada. Los perros del rumbo me ven con malos ojos y me gruñen, las perras se dan aires de grandeza y me ignoran.
Y los niños, claro, me tiran piedras y botellas. Pero sé esquivar toda clase de proyectiles. En la calle aprendes a sobrevivir.
Déjame decirte que también conocí la buena vida. Fui perro guardián en casas de ricos. Tenía mi casita de madera con una caja de cartón como cama. En invierno me procuraban mantas de lana y todos los días comía croquetas con vitaminas.
Bueno, debo decirte que hasta novias me conseguían.
Perdonarás, también, la falta de modestia, pero fui héroe. Salvé de un par de secuestradores al hijito de uno de mis patrones. A mi gusto mordí a los truhanes, los hice sangrar, los hice gritar.
Pagué el precio, claro. Me dieron un balazo en una de las patas, que nunca me volvió a quedar bien. Pero la familia me llevó a un hospital de mascotas domésticas y fui bien atendido.
Y ahí la conocí.
Las cosas buenas nunca duran mucho. Nada me costaba quedarme en aquella casa, dejarme querer. Pero, qué quieres:
Claro, una perrita guapísima. Me volví loco por ella. Cuando se la llevaron escapé del hospital y durante meses seguí su rastro. El olfato y todo eso. Tú sabes.
Cuando la encontré, meses después, estaba yo hecho un asco. Frunció su hociquito, que tantas veces besé, alzó con desdén su cabecita de reina y me mandó a freír espárragos.
Te hablaré con franqueza y seré muy claro. Lo único que te puedo ofrecer es mi amor. Conmigo sólo te esperan días de hambre y golpes y noches de frío y lluvia.
¿Me amarás? Tú dirás.