REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 01 | 2021
   

Confabulario

La agonía de los alumbramientos


Raúl Hernández Viveros

                                        México fingía una necrópolis
                                                 Ramón López Velarde

I
Sobre las piedras de los sacrificios,
entre los volcanes y flores del altiplano,
el viento abre los caminos
rumbo al valle
donde la luz
se tiñe de rayos y relámpagos
que arrojan los dioses
de la traición y muerte.

Detrás de las montañas
se elevan los lamentos
bajo el júbilo sagrado,
entre los cuerpos vestidos
y envueltos con la esperanza,
acompañados del deseo por la salvación.

En el centro del universo
todo está en calma.
Dentro de las tinieblas
sosegadas por las estrellas brillantes
y el relámpago del tiempo vivido
frente a los dioses solares.

II
Desaparece la tristeza
en los rostros de hombres y mujeres.
De la noche a la mañana
brotan los rostros enmascarados,
vendaval de fusiles en las manos
se abre entre el ruido de las sirenas.

En este lance espurio
continúa el fuego provocado
por el estallido de las explosiones.
El ruido cesa hasta la llegada de las sombras
se abre el telón crepuscular.
donde la muerte sopla la música
que fluye entre las calles y avenidas.

El asentimiento ordinario desaparece.
La ilegitimidad abre las puertas
a la violencia y corrupción.
De una manera sigilosa
los escrúpulos se hacen invisibles.
Las evidencias destruyen las ciudades
y en los campos inertes
triunfa la calamidad.

En el fuego los inocentes
danzan entre las tinieblas
de la oscuridad,
olvidándose hasta de sus nombres.

Los bienaventurados abren los pechos
de los adversarios que, sin lamento de agonía,
contemplan las imágenes
de sus corazones todavía palpitantes
entre las manos de los jinetes de la guerra.

Sobre las piedras de los sacrificios
se escuchan las exclamaciones
y rezos de los vencedores.
Las promesas divinas
de que algún día la verdad
sosegada abonará el jardín
de las azucenas pintadas de sangre.

III
Cuando aparece el crepúsculo,
algunos huérfanos preguntan,
con inocente ternura,
sobre el paradero de sus padres;
enlutados ignoran el lugar de origen.

Los restos de las figuras hirientes
pintan las calles y avenidas.
Por los campos
de la tierra abandonada
alzan las manos con sangre tibia
para exigir esperanza
de un poco de vida.

IV
Miles de hileras
de sombras fugaces
anhelan agua y comida.
Desde el fondo del cielo
brota la orden de los dioses.

El príncipe embriagado
ordena a sus ejércitos
la ampliación sagrada
del imperio de terror.

Desde lo alto de las pirámides
los huérfanos frenéticos
se precipitan hacia el fuego
que brota en el pebetero de la eternidad.

V
En la espalda del dios de la violencia
el penacho baila alrededor de sus hombros.
La muchedumbre llora
relumbra la clemencia
y se desmoronan las gargantas.
El dolor de los ausentes
hiere más que el olvido.

La espina dorsal de la patria
es atravesada por las cuchilladas
de los pedernales ensangrentados.
Los verdugos encapuchados
desoyen los cantos angustiantes
de piedad y respeto a vivir.

La serpiente devora las plumas
de la poderosa águila
que agoniza debajo del nopal.
En la piel de los tigres brillan las manchas
que esconden las garras y colmillos.

Al borrar los fragmentos
de aquellos instantes
la vida se extravía en los episodios
y escenas de la historia de México.

Los sacrificios terminan cuando
los lamentos de las mujeres
se unen en coro:
¡Ay, mis hijos!
¿Dónde están,
a qué lugar se fueron?

Y el coro se repite desde
tiempos antiguos
hasta la eternidad
del presente del fulgor solar
que nadie puede contemplar
por la arena del infierno.